jueves, 27 de diciembre de 2012

blanca Navidad

Las calles de Cochabamba se desperezan al ritmo inexacto de correteos infantiles. Ha llegado la Navidad y, con ella, centenares de familias que mascullan, entre cariadas y hambrientas dentaduras, felicitaciones y limosneras súplicas. Han bajado de los escalofríos nevados de la cordillera. Han llegado de la marea estanca del campo. Vienen del lóbrego poblado de madera crujiente y pan de ayer, a esta tormenta inversa de cemento y vidrio que es la ciudad. Abandonan paraísos como prados para sembrar destellos de lacerante indigencia aquí y allá, entre los adoquines, a la sombra del tráfico, a la puerta de los mercados y entre los labios de las alcantarillas. Y llegan acompañados de sus retoños, que convierten la tragedia de la mendicidad en una comedia de juegos inconscientes, sonrisas dinamitadas y miradas de peluche.

Vienen a la ciudad porque esperan arrebatar a sus habitantes la limosna que les asegure la continuación de los días. Creen ferozmente que hallaran la bondad de sus compatriotas jaleada por esta marea de paz y solidaridad universales que la Navidad, ¡ay!, debería instaurar en los corazones humanos, si de honrar las prédicas de su inventor se tratase. Atestan las calles con sus ropas de carestía y sus proles de apetito, rebalsan en las aceras la marea inconsciente del consumo y la podredumbre, tan callados, ocupados tan sólo en su mano alzada al transeúnte, a la espera de monedas, migajas, prendas de vestir que les desvistan el miedo a un futuro que, en su caso, llega con adelanto. Tan en silencio, ya digo: sigilosos como el rugir de una tormenta abortada por los caprichosos designios de la polución. 

Es así que, en Cochabamba, como en cualquier otro lugar (me temo), los desheredados del banquete universal buscan entre la multitud la gema silenciosa de esta minería de escarnio en que convertimos, los humanos, la dulce Navidad

...hambre y progreso...¿para qué uno sin el otro?, ¿con qué motivo? 
...lo ignoro, no tengo respuestas, tan sólo pregunto...

Vienen de los cerros, de la verticalidad horrenda de cordilleras sin mañana, de los pastos incendiados en ignominia de un progreso que ignora lo verde, lo claro, los valles, los cielos. Vienen de la ciudad subterránea para invadir nuestras calles con sus andrajos y súplicas de pan y moneda. Aquí, ya digo, como en el resto del orbe: el pobre aprende del rico que éste debe refregar su conciencia en la piedra maloliente de la limosna y el favor. Es por ello que bajan a la ciudad sin límites con un fronterizo rezo demoliéndoles la dentadura. Es por ello que invaden las acequias de hormigón y ladrillo en busca de la migaja que nos sobra o no nos place. Mendicidad latente de la Navidad y la Buena Nueva. Mendicidad oculta entre los rieles de ferrocarriles que conducían al futuro y quedaron en mero atropello de fraternidades y comunes esfuerzos.

Ha llegado la Navidad, ya digo, con su manto maloliente de pavos asados y cebones sacrificados a la mayor gloria de la gula y el exceso. Ha llegado la Navidad, en el día, para replegar su manto de banquetes desperdiciados, en la noche sucia de cartones remendados y pies ateridos en que habitan los habitantes de la montaña, los montaraces supervivientes de la cordillera, los desheredados...los conocéis, vosotros que habéis tenido el valor de enfrentarles la mirada. 

Ignoro si es mejor cristiano el que les ofrece la dádiva de la limosna y el mendrugo de pan (siente a un pobre en su mesa) o el que se niega a siquiera mirarlos para no favorecer su inactividad pordiosera (la igualdad no es posible). Sólo creo poder comprender que ellos también anhelen el tiovivo de electrónicas y lujos a que nos someten (a unos y otros) los voraces dueños de mercados, bolsas y gobiernos, y tal vez sea éste el verdadero mensaje oculto del dios de los cristianos: la igualdad entre los hombres y, por supuesto dejad que los niños se acerquen a mí, independientemente de que calcen zapatos de barro y vistan túnica de lamparones.

La Navidad, en Cochabamba, no es blanca...salvo por el refulgente latigazo de este sol de mediodía que amenaza devorar las noches.

sábado, 15 de diciembre de 2012

breve historia del circo (3)

Fue a mediados de los años 30 del pasado siglo (si la memoria, ingrata, no me falla) que Tod Browning llevó a las pantallas las desdichas y alegrías de una heterogénea troupe de personas cuya constitución física les situaba, a ojos de la sociedad, más cerca del animal o la anomalía que del ser humano.
Esta joya del séptimo arte llevaba el título de Freaks, palabra que el mundo anglosajón comenzó a utilizar para denominar a aquellas personas con apariencia o comportamiento sorprendentemente inusuales. 

Tod Browning rodeado de algunos de sus actores (cortesía de "la red")

Si bien en su origen la palabra se utilizó como un apelativo mayormente despectivo, bien es cierto que en la actualidad puede llegar a convertirse en elogio. Esto sólo puede ser muestra de la esquizofrenia galopante del ser humano "moderno" que se inmiscuye vulgarmente incluso en los irracionales vericutos del lenguaje.
Independientemente del cariz con que se pronuncie la palabra de marras, a nadie se le escapa la certeza de su estrecha vinculación con los "fenómenos" que comenzaron a ser mostrados, allá por el siglo XVI, bajo carpas y tenderetes, junto a buhoneros, magos, trapecistas, embaucadores y malabaristas.

Podemos afirmar, pues, que fue ya por aquellos lejanos años cuando el circo comenzó a incorporar a su caravana de sorpresas y milagros, todo aquello que pudiese alimentar la gana que atesora el hombre (al menos el que vive en sociedad) por lo inusual y grotesco, por doloroso que pueda llegar a ser. El paralelismo actual más fiel serían los "circos" televisivos en que asistimos al evidente desequilibrio mental de personajes que no tienen el mayor reparo en exponer ante las cámaras su carencia de raciocinio y sus intimidades más vergonzosas, sólo por obtener a cambio un puñado de monedas. La diferencia de estos con los freaks que fueron paseados por pueblos de medio mundo, bajo la circense carpa del hambre y la miseria, es que aquellos eran bien conscientes de que sólo podían, para subsistir, convertir su monstruosa condición en fuente de ingresos.

Así se exhibieron durante siglos el hombre de dos cabezas, la mujer barbuda, las siamesas unidas por el mentón, el hombre sin brazos ni piernas, la mujer de múltiples senos y un largo etcétera de desdichados seres humanos a los que Madre Natura había decidido jugar una mala pasada.

El bueno de Tod Browning realizó su imprescindible largometraje como un acto de justicia poética que reintegrase la dignidad a estas personas, y tuvo que enfrentar la censura y recriminación de los mismos ciudadanos que se agolpaban aún a las puertas de una carpa en que se exhibían las vergüenzas del avergonzado Hombre Elefante, por ejemplo. Pensarían los magnates de Hollywood que bien estaban estos seres deformes recluidos tras las celdas del espectáculo pueblerino, pero que jamás deberían aparecer en sus rutilantes pantallas de dólar y postiza belleza...o que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

En la actualidad continúa el Circo deambulando el globo terráqueo para sorprender a propios y extraños con su arsenal de florituras y desconciertos, pero tiempo hace ya que fue prohibida la lucrativa exhibición de aquellos cuerpos que habían tenido la desgracia de nacer contra la norma.

Pienso en Freaks y en Tod Browning, no obstante, y mi cinefilia (imagino) me hace pensar que, hoy día, cualquier circo que de tal se precie, debe seguir contando entre sus filas con algún que otro freak, alguna anormalidad...

Vivo rodeado de niños que realizan espectaculares piruetas, tragan y escupen fuego, se desplazan en monociclo, por calles mal adoquinadas y terrados irregulares, con la habilidad que lo hace el astronauta veterano por las cavidades abdominales de su cápsula espacial. Vivo rodeado de magia e ilusión, a  la sombra de un circo que aún no lo es, junto a unos poetas de la acrobacia de la edad (y menos) de ese otro poeta que con su furia adolescente y sabia vino a poner patas arriba la Historia de la Literatura...sí, hablo del joven Rimbaud, ¿cómo no? Vivo inundado de sorprendentes anomalías, a la deriva en una marea de geniales rarezas: las de unos niños que en edad de jugar con canicas lo hacen con fuego y cuchillos, y exhiben con orgullo, bajo la carpa inconsciente del cielo metropolitano, sus lenguas de lumbre y sus brazos de vértigo y filo, le deliciosa anomalía de su diestra habilidad. El público presta atención, más sorprendido por el hecho de que sean niños, de su talla breve y su sonrisa desaseada, que por la profesional ejecución de sus números circenses. El público se acerca y descubres en su mirada una mezcla de admiración y desprecio...la misma, supongo, con que se asomaba el público de antaño al abismo doloroso de un rostro aquejado de elefantiasis.


¿Es admiración o morbo lo que genera los aplausos? ¿Son estos niños los nuevos freaks? No tengo respuestas, sólo muchas dudas, y la certeza de que cuando los chicos actúan frente a un público infantil, frente a un nutrido grupo de niños tan niños como ellos lo son, desaparece esa mirada ambivalente en los ojos de quien admira el espectáculo. Los niños ven a estos jóvenes poetas como lo que son: profesionales de la magia y la fantasía.

Igual Tod Browning, que enfrentó a su troupe de actores deformes con la límpida mirada del igual. Eso era demasiado pedir a los hipócritas espectadores de la época, tal vez también lo sea para los hipócritas espectadores de hoy día. Porque sí, aún existen los freaks en el circo, yo los conozco y son tan humanos como usted. Claro, son quizás demasiado pequeños para andar ganándose la vida de manera tan arriesgada, pero es que no todos nacen bajo el signo de la opulencia.


sábado, 8 de diciembre de 2012

poemas de la quietud (a la sombra de Nick Drake)

unas gotas de alcohol y una copa de Nick Drake es todo lo que necesita un pobre imbécil como el que escribe para poner en marcha la roída bicicleta de la melancolía...ignorad el poema pero no ignoréis Cello Song...ensancha el alma...eso sí: la canción está al final del poema...una burda manera de forzar su lectura, lo reconozco, pero ahora que ya lo sabéis...podéis ir directamente al final...sin olvidar, por supuesto, que debéis darle al

                                                                    !!play!!

I

las nubes danzan
rumbas tristes
y las señales
de luz, ahora,
son tan sólo
una quimera

sorprendo el vuelo
aguerrido
de la golondrina
que no me trae
noticias
de los viejos amigos

sucumbir a una edad
de esperanza
pero sin vuestro abrazo
es duro


enfrentar las pesadillas
y no poder
compartirlas
es duro

                                           'Cello Song by Nick Drake on Grooveshark

domingo, 2 de diciembre de 2012

cumbia colombiana

a Naikel, Jenny, Fer, Edgar...a todos los que van y vienen...porque siempre están regresando

Hay personas que recorren los senderos que la mayoría decide ignorar. Espíritus, no libres, tan sólo espíritus que se reconocen como tales y como tales deciden vivir.
Hay personas que deciden beber a dentelladas la vida que nos es dada. Almas sin pena que por la pena ajena vagan para mejor curarla.

Sí, existen personas que sin miedo a los candados, que no encuentran amarrados a frustrantes ansiedades fabricadas para cercenarnos los sueños y la ebriedad del silencio, la mirada y el tiempo con su etiquetado tictac de fragores ruinosos y envejecimientos prematuros.

Allá, lejos, donde nací, y donde tantos de ustedes lo hicieron, y tantos otros ahora moribundean las horas que les regalaron una noche de pasión un par de personas que sólo jugaban a reconocerse en sudores, latidos, crujidos de una piel efervescente de amoroso murmullo, allá, lejos ahora, ya digo, continúa la danza farsante del prestigio que anida en ropajes de nombre voluminoso y talla escueta, el delirio imbécil de las cifras que nada dicen aunque pretendamos que nos digan y hagan de nosotros algo que no somos para mejor amedrentar al extraño, al otro, al amigo incluso. Bailan y siguen y seguirán bailando las desalmadas almas que dejaron de serlo, rodeadas de otros fantasiosos espectros engalanados de oropel y burda burla hacia el que no tiene, el que no posee, el que no sabe, mientras existen personas que confían en que todos tenemos derecho a saber...revolucionaria creencia en estos días de pelea y hambre...

Aquí, ahora, acá, en estas tierras que alguien quiso nombrar américas y algún otro hispanoamérica, latinoamérica, qué más da el distintivo, qué nos importa el dominador apelativo. Digo que aquí, ahora, ya, andan recorriendo sendas y vagabundeando abrazos, personas que creen en las personas y que despiertan de un naufragio de sangre guerrillera en que se hundió un día la semilla de la esperanza, la fantasía de la igualdad, la quimera de la vida en paz hermanada a la Pacha Mama. Allá se ríen, ya lo sé, y les llaman perroflautas, costras, vagos, maleantes (reminiscencias de una ley antigua que, ¡ay!, reverdece estos días), y un sinfín de apelativos que no son muestra más que de la estulticia mental y la ciénaga imaginativa en que chapotean los motores de sus deportivos, las valías de sus chequeras, los desvelos de sus multimillonarias hipotecas. Lamentablemente el insulto y la mofa sólo son producto del miedo, ni valor tienen los que ofenden para defender unos planteamientos prestados por los esclavistas propietarios de la moneda y el odio.

Pero hay personas, ya digo, que no necesitan más techado que el festival de nubes, iluminaciones, tormentas o calimas con que les provee esta bendita tierra que gustan de festejar a cada uno de sus pasos. Llegan de Colombia, abandonando cumbias, tiroteos, guerrillas desprestigiadas, paramilitares feroces, sólo para recoger esencias, mezclarlas en su mochila de sueño y esperanza con un puñado de harapos, y regresar engrandecidos por la humildad del poeta y, como el poeta, para regalar, no para pedir ni mendigar, ni mucho menos exigir. También abandonan tangos argentinos laburados a la sombra de una traición femenina, o corridos mexicanos que celebran la existencia a punta de botella de mezcal. Otros llegan de ese Madrid que en ocasiones añoro, un Madrid de abrazo y malabar de sonrisa tierna funambulista sorteando el precipicio, entre la carcajada y el beso. Llegan de todas partes, vienen y van, marchan los caminos con la voz alegre de canto y el espíritu libre de cadenas.

Lo sé, por allá se ríen de ellos, en cenas de lujo y celebraciones de relumbrón. Pero ellos tienen la llave y nos enseñan que podemos cruzar umbrales, puertas, senderos, vidas para hallar que la nuestra sólo se sostiene por un puñado de necesidades básicas a las que deberíamos regresar antes de descubrirnos muertos.

Ellos ya dan las gracias, a cada paso, con cada acorde. Yo no sé. Me queda grande. Espero no me culpen por mi torpe intento...mejor le dejo la voz a los poetas


                 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

somos números

Hoy se realiza en Bolivia el Censo de Población y Vivienda 2012. No me pregunten por qué, pero está prohibido el tráfico rodado y toda persona que habite el país debe permanecer en su vivienda (o lo que de tal haga las veces) durante 24 horas. Aún a riesgo de incurrir en delito y proveerme un futuro dudoso, caigo un par de veces en la tentación de cruzar el umbral de la casa, bajar las escaleras y salir a recorrer estas calles vacías, como recién despertadas de un ataque con bombas de neutrones ...


no llego a salir a la calle, no me crean tan intrépido, o acúsenme de la cautela propia de los entrados en edad (que también)...me limito a asomar la mirada a la terraza y reflexionar cuán fácilmente nos convertimos, los humanos, en números...


día de perder el tiempo
frente a la computadora,
la televisión,
la batidora...

día de permanecer en casa,
desechada la esperanza
de salir a pasear
una ciudad sin peatones,
ni automóviles,
ni ruidos...

día de censo en Bolivia,
todos recluidos en casa
como después del último
parte de guerra,
como antes
del bombardeo...

día de calles huérfanas
de paseantes,
de tiendas ausentes
de transacción
y moneda...

día sin gloria
cuajado de pena

miro los chagallianos cielos
de Cochabamba,
amenazados de tormenta,
desprestigiados de sol y temperatura

el Cristo de la Concordia
lanza un guiño a mi desconsuelo,
extiende los brazos y reza,
bendiciendo a los ciudadanos
que aguardan la visita
inevitable
de los agentes del censo

mañana será un nuevo día

día de bocinazos agrestes,
saludos musitados,
humo,
calor
y trabajo...

hoy toca descansar
y agotar
festejando,
entre parrillas y tragos,
este temporal simulacro
de estado de excepción


lo dicho: creo que expondré mis pupilas de nuevo al salivazo honesto y entrañable de La silla de Fernando, esa joya fílmica en que David Trueba desnuda al gran Fernando Fernán Gómez...o volveré a maltratar mi sensibilidad con los bellos versos agrestes de No hay tiempo para libros (nadie a salvo) del poeta David de San Andrés (antes David González)...o escucharé de seguido hasta sangrar lágrimas el Kamikazes Enamorados de Quique González...quién sabe

miércoles, 14 de noviembre de 2012

noche de muertos en Arani

Por no sé qué códigos aprendidos ó aprehendidos, genéticas malsanas enfermizamente enroscadas a nuestro ADN (sea lo que demonios sea tal cosa), o enseñanzas inducidas acostumbramos a reverenciar a familiares fallecidos y antiguos compañeros de fatigas que ahora descansan la propia entre losas de mármol, a varios metros bajo el suelo o algunos sobre el mismo (dependiendo del cubículo). Respetamos a los muertos casi con miedo reverencial. O pretendemos ignorarlos, para mejor sobrellevar nuestras vidas desatendiendo el fin seguro que a todos nos está reservado.

No es así en todo lugar, no fue así en todo tiempo, intuyo
Existen, sí, otras culturas, distintas costumbres

En Bolivia, quizás de resultas de ese batiburrillo etnoreligioso en que quedaron anegadas sus gentes cuando los misioneros del miedo y los conquistadores del espanto cruzaron mareas para asentar aquí sus expolios de cruz y esclavismo, se celebra, como en el resto del orbe cristiano, la noche de difuntos que, sin apenas darse cuenta, deslizadas las horas como truchas sabrosas al albur de las corrientes, se transforma en día de muertos. Pero ya digo, es esquizofrénica mescolanza lo que se advierte en la manera que tienen los bolivianos de celebrar anualmente la fecha en que quisieron los próceres de la fe establecer la obligación de venerar la memoria de los ancestros extintos.

La familia Mamani nos abre las desvencijadas puertas de su humilde morada, aún a pesar de lo intempestivo de la hora, cuando ya el escaso alumbrado del pueblo de Arani acomoda su cansancio de vatios y chispazos entre las vísceras de cobre del tendido eléctrico, y los portones de las viviendas se abren para dejar paso a una atropellada comitiva de vecinos que entran a rezar oraciones en memoria de los difuntos.

Apenas tenemos tiempo para depositar las mochilas sobre el polvoriento camastro en que disolveremos nuestro cansancio horas después. Un vaso de agua con canela para refrescar el caluroso clima que nos colorea la piel de sudor y aroma rancio, y salimos de la vivienda, abandonando su fragancia de gallinero y su rumor de tedio. Victor Mamani enreda en sonrisas y afectuosas frases la atmósfera del vehículo que nos introduce en la noche de muertos de Arani. A partir de entonces recorreremos callejas y plazoletas, deteniéndonos a cada escasos metros a la puerta de viviendas que vomitan la breve luz de una lóbrega bombilla y los hedores alcoholicos de la chicha derramada.

En cada casa habita el recuerdo de un difunto. Es por ello que en cada hogar boliviano se honra la memoria de algún familiar que abandonó la vida terrena. La manera de hacerlo no deja de ser soprendente. Sobre una mesa lo más amplia posible se disponen numerosos cachivaches con los que se pretende recordar la vida que el fallecido gustaba de hacer. Es por ello que si al paladar de éste agradaba el pollo se colocan pollos desplumados, sostenidos por pequeñas esquirlas de madera, simulando el caminar que dichos animales tuviesen en vida. O que si disfrutaba de practicar la mecánica en la mañana perezosa del domingo destripando su vieja furgoneta, se disponen numerosos cochecitos de juguete junto al retrato que figura en el centro de la mesa para mejor reconocer a aquél cuyos rasgos ya comienzan a ser alterados por la caricia del olvido. 

Las Tantawuawuas o panes de muertos dan colorido a la mesa con sus numerosas e imaginativas formas. Las masitas o pequeños panes dulces (la calidad de los realizados en Arani es reconocida en todo el país) salpimentan la barroca decoración culinaria de las mesas.

Las mesas de muertos lucen atiborradas de viandas, panes, pastelillos, uvas pasas, aceitunas, frutas, vasos con jugos, pedazos de carne de res, lechones incluso a los que se ha colocado unas modernas gafas de sol para mayor discrección de su mirada vacía de vivacidad y pestañeo. Todo vale, y la imaginación redunda en exquisitas circunvalaciones de cachivaches y flores remoloneando las estampas religiosas que, por supuesto, no han de faltar. En la zona más accesible de la mesa se entretejen panecillos de delicioso aspecto y, sobre éstos, colgado de un cordel que alguno de los familiares del difunto se encarga de sostener, un enorme pan acribillado en su base por una jauría de palillos, espinas u otros objetos punzantes. Cuando los chiquillos del pueblo se acercan a la mesa a orar por la memoria del muerto, tienen derecho, finalizada la plegaria, a abastecerse de las masitas situadas al frente de la mesa. El pan espinoso que sobrevuela la estancia advierte a los muy golosos de que pueden ver sus manos heridas si intentan coger más dulces de la cuenta.

Alrededor de la mesa se distribuyen incómodas sillas en que toman asiento los adultos, en espera de su turno para dedicar al homenajeado la oración que les permita disfrutar, de manera menos atropellada y también menos festiva que los chiquillos, de un platillo provisto de masitas y un vasito de vino dulce. Para amenizar la espera, una de las mujeres de la casa se afana ofreciendo a los visitantes pulidas cáscaras de tutuma rebosantes de chicha.

Ahí residió el problema. El señor Mamani no me advirtió en ningún momento de las ingentes cantidades de chicha que habría yo de digerir en cada una de las casas a efectos de no ofender a las familias de los difuntos. Esa graciosa ebriedad fue cobrando presteza a lo largo de la noche y las plegarias se derramaban entre mis labios disfrazadas de pastoso tartamudeo. Afortunadamente no era yo el único que mostraba claramente las cicatrices del alcohol, y lo que debía ser penoso deambular de ánimas iba tornando festivo carnaval de parranderos.

Noche de muertos alejada de la solemnidad de la tristeza, envuelta entre las sedas de la festividad y el recuerdo de aquellos que un día decoraron nuestros días con su amistosa compañía. Tronaba la música también, en algunas de las casas, y era más similar a la funeraria que celebra noches de New Orleans que al Réquiem de Mozart, un suponer.

Al menos así lo recuerdo yo. Quizás sea el efecto de la chicha que me nublaba el entendimiento, no sé, pero no imaginaba que fuese posible disfrutar tanto en tan aciaga fecha. 

Idénticas connotaciones, distintas costumbres. Será que los de la cruz y el arcabuz no consiguieron emplearse a fondo con sus evangélicas propuestas. Será que la Pacha Mama tiene más fuerza cuando reclama su trago de chicha, cada vez que te dispones a acercar la tutuma a los labios, que el dios de los cristianos al reclamar que encuentres en el caudal de vino el regusto amargo de su sangre.

O tal vez que el código genético de los esclavos lleve adherida
música de alegres trompetas, 
tanto aquí como en New Orleans

                                          New Orleans Wanderers by Perdido Street Blues on Grooveshark

viernes, 9 de noviembre de 2012

noche de hotel

Hubo noches en que almohadones recios de comodidad y caricia gustaban de recluir mis sueños en cárceles de pluma y seda. Noches acariciadas por el ineludible aroma de refriega sexual, ecos de una batalla reverberando en la fase R.E.M. del guerrero que nunca fui.

Cierto, en ocasiones, normalmente cuando los viajes breves se iniciaban para dar merecido descanso a ese batallar de siglos y aceros bursátiles que era la semana laboral, gustaba yo de alojarme en pequeños hoteles cuyos solícitos empleados me hiciesen sentir “como en casa”. En otras ocasiones, las más, cuando el periplo largo y alargado por geografías lejanas, acostumbré a desenredar el ovillo cansado de mi osamenta en jergones apenas cálidos, apenas mullidos. No importaba entonces la decoración de la estancia, más bien su economía de mobiliario y precio, ésa que me permitía no anudar raíces y tomar la habitación de hotel tan sólo como receptáculo, durante un puñado de horas, de mis desvelos.

dormir rápido barato bien dormir sólo eso tan sólo abandonarse a un reponedor descanso dormir

En realidad sólo para eso deberían servir las habitaciones de hotel. Pienso esto ahora, con la musculatura aún convaleciente y el escaso cabello aún más cano de lo habitual por efecto de los siglos de arena y polvo que, como desordenadas costuras, decoraban la sucia almohada en que reposé anoche mis pensamientos desorientados por el alcohol. Noche ajetreada visitando las mesas de muertos en Arani, un pequeño pueblo del Valle Alto cochabambino, recibiendo con sinceras reverencias, una tras otra, tucumas rebosantes de sabrosa y embriagante chicha, rezando en muda voz, en falsa voz, ante retratos de venerados difuntos y recibiendo a cambio deliciosas masitas que hoy descansan frente a la mesa en que debería extenderse el pantagruélico desayuno que no llega…porque no estoy en un hotel, no, sino en la casa de adobe de la humilde familia que tan amablemente nos ha conducido por los ancestrales senderos de la costumbre y la hospitalidad. A mi alrededor no revolotean emperifolladas y portentosas camareras. En su lugar, equivocan el camino gansos, gallos, pollos algún que otro cuy…polvo, mucho polvo, polvoriento amanecer y no hay café ni leche ni agua potable que echarse al gaznate dolorido de ebriedad mal digerida.


Hablo en presente, pero ocurrió hace días (ya hablaré con calma de ello, que así lo merece), los suficientes para que mi mente pueda ya jugarme malas pasadas y equivocarme el recuerdo mientras intento averiguar por qué la persona que tuvo la delicadeza de remitirme el par de instantáneas temblorosas que ensucian esta “entrada” no responde a mis insistentes preguntas. Ya saben cómo va: envía un correo del que esperas respuesta que jamás llega y que sigues esperando a pesar de saber a ciencia cierta que no, no llegará.


Resulta que hace meses, casi años, no sé, envié tres microrrelatos a un concurso que organizaba una importante y engolada cadena hotelera. Las premisas eran claras: no más de no sé cuántas letras y alguna referencia a los hoteles, o algo así, no recuerdo bien. Sí recuerdo que cuando supe del concurso andaba yo medio enredado entre botellas y otras hierbas y, sin dar cancha a la capacidad de raciocinio escupí un puñado de sucias palabras sobre el mantel de papel que había servido, horas antes, de frágil sustento a viandas y licores. Ebriedad, amiga del poeta, enemiga del poeta frustrado…como yo, que no tuve la cautela suficiente para guardar las bases del concurso, ni en mi memoria ni en el disco duro de la computadora que a través del éter trajo hasta mí las líneas básicas de la convocatoria.

Nada importa. Sólo que hoy ahora ya mis torpes textos sirven de entretenimiento frugal a quien a alguno de los establecimientos hoteleros de la cadena Meliá (en su versión high-tech, creo, a la vista del diseño del libreto) acude para descansar negocios, acunar maratones turísticos o desbaratar insignes armazones de ropa interior y perfume. Ese debía ser el premio, pienso, aunque nadie se haya tomado la molestia de comunicármelo. Nada importa, ya digo.

Parece ser que existe un librillo con los textos, en la mesilla de noche de numerosas habitaciones de hotel. Las fotografías que acompañan este texto son la prueba irrefutable. De los textos no tengo foto, pero sí memoria, y por si a alguien interesan …  

                                                                       
                                                                       1

Ya te sentías algo nerviosa. Ya te aleteaba el corazón. Las niñas bonitas gustan de la mirada de trópico de los desconocidos. Ya emprendían la huida los segundos definitorios.
Yo traqueteaba entre mis dedos las llaves de la habitación, en el resplandeciente hall del hotel.
Tú decidiste perder el autobús turístico sólo por arracimarte al umbral de mi equívoca sonrisa.


2

Anduve reclamando a gritos tu presencia, toda la noche.
Destripé el minibar de la habitación, descubriendo la razón de que las botellas de alcohol sean sólo réplicas de juguete de una fantasía de ebriedad que en ningún caso compensará los desvelos del servicio de habitaciones del hotel.
Aullé antes de quedar profundamente dormido, inconsciente. Fue el dolor de tu marcha, no la apócrifa borrachera.
La mañana me regaló esa foto en que reíamos abrazados, la noche anterior, hace ya tanto tiempo.


3

Tras clausurar ella la puerta de la habitación 321 ya no pude respirar.
Mis pupilas arañaron los párpados y el plástico firmamento por el que, en lugar de nubes, viajaban letras de imprenta glosando los parabienes del recién inaugurado centro comercial en que había comprado los preservativos.
Ella decidió utilizarlos por asegurarse la vida, yo usé la bolsa de plástico por equivocarme la muerte. No sé en qué sórdido umbral quedé, extraviado y erecto, desnudo sobre la alfombra.
El solícito personal del hotel recomponía expresiones ante tan equívoca estampa.
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

dios salve a la reina (ejercicio demagógico)

Informan no sin cierta cautela, los tabloides, de la reciente visita de Su Majestad la Reina de España al Estado Plurinacional de Bolivia. Según los redactores el viaje ha sido un éxito y Doña Sofía ha podido comprobar in situ los solidarios avances sociales que la ayuda española para cooperación al desarrollo ha logrado en distintas provincias andinas. ¿Una noticia del pasado? No, fíjense, hablo del Estado Plurinacionesl de Bolivia y no de la "Real Audiencia de Charcas" (tal era el engalanado apodo con que los egregios conquistadores españoles de mediados del siglo XV denominaron la zona geográfica incardinada en la cordillera de los Andes y que hoy habitan los ciudadanos bolivianas). Por otra parte a nadie se le escapa que los actos de nuestros aguerridos conquistadores no podría ser denominado "cooperación al desarrollo", salvo si pretendiésemos hacer gala de gruesa ironía.

Hablo, pues, de hoy y ahora, más bien hace unos días. Hablo de la actualidad, esa víbora insidiosa que nos envenena el futuro. Y en la actualidad la Reina de España ha visitado Bolivia en viaje de negocios (perdón: de representación) para poder observar de cerca el provecho con que utiliza el dinero de los más solidarios de entre los ciudadanos españoles.

Lástima. Me cogió de improviso. Andaba yo preparando los diferentes cachivaches que se utilizan en una actuación de circo a la que asistirían apenas una docenas de transeúntes. Afortunada la reina que, por lo leído, parece que estuvo acompañada en todo momento por un séquito de más de 30 personas (incluidos los orgullosos indígenas que hoy hacen las veces de mandatarios en el país andino). En la actuación circense que ayudé a preparar participaban al menos 20 niños/artistas, mientras que el público acompañante no pasaba, ya digo, de la docena.

De haberlo sabido hubiese variado mi estrategia del día y, en vez de acompañar a los niños a la plaza principal, hubiese invertido mi tiempo en acompañar a la reina en un agradable paseo por Bolivia.



De haber podido, hubiese dirigido los pasos de la real y sumisa comitiva hacia el Mercado de la Cancha, en Cochabamba, donde de seguro hubiese disfrutado Su Alteza con el indígena exotismo de los mil y un comerciantes que, llegados de las montañas cercanas en busca de más factible oportunidad de desarrollo, extienden por el enrevesado entramado de callejas y soportales de lata sus no menos enrevesados entramados de prendas textiles usadas, cachivaches electrónicos desgastados por el paso del tiempo, irregularmente geométricos baldes y cuencos de plástico de la peor calidad, lustrosos y aromáticos ramilletes de frutas y verduras, y un largo etcétera de productos de primera o postrera necesidad. Bien es cierto que hubiesen quedado los majestuosos zapatos de la reina algo desmejorados por el zarpazo anacrónico de charcos milenarios y restos orgánicos de dudosa procedencia, pero podría haberlos cambiado por unas cómodas zapatillas de pura goma, usadas, sí, pero a años luz en cuanto a precio de lo que los lacayos de Su Majestad habrán desembolsado por los zapatos originarios de su jefa.

Pasear por La Cancha es cansado, no lo niego, y de seguro que no está la musculatura de la homenajeada acostumbrada a tamañas maratones. Por tanto me hubiese permitido invitarla, para reponer fuerzas, a devorar un suculento pedazo de carne en alguna de las innumerables churrasquerías de la ciudad. En ella hubiésemos podido departir al hilo de la calma y la gastronomía, y ella habría exihibido, ante su séquito, las numerosas baratijas que a tan exiguo precio, sin duda, a pesar de su delator acento extranjero, habría adquirido en el Mercado, y alabaría, de seguro, la fastuosa técnica a las cuerdas del charango de ese cantante cuya voz atrona el ambiente de humo y trago de la churrasquería. Evidentemente estará, Su Majestad, más acostumbrada a finos filetes de solomillo que a opulentos cortes de chuletón pero no me hubiese importado rebanar en pedazos su pieza para mejorar su deglución, y haber sido taimado con el uso de la llajua (1) para evitar una incómoda digestión Real o cualquier otra desavenencia culinaria que pudiese provocar malestar en la invitada. Cierto es que, al día siguiente, Doña Sofía hubiese precisado renovar su tocado glamrock para desprenderlo de aromas a leña y lírica ebria, pero eso le habría posibilitado gozar de un tumultuoso baño de espuma, supongo.

Para evitar la incomodidad del paseo tras tan opípara pitanza hubiese invitado a la Soberana a un viaje en taxi por la ciudad. Aunque soy consciente de que no precisa ella de portar dinero, ni metálico ni plástico, tampoco dudo de la versatilidad económica de su séquito, por lo que hubiésemos tomado un taxi sólo para nosotros, en vez de formar parte del grupo de siete personas (incluido el conductor) que habitualmente aglomera dichos vehículos. Por supuesto se habría elegido uno moderno, nada de tomar un taxi de esos llegados de Japón, habilidosamente trucados para su correcta conducción pero carentes de todo parecido razonable con lo que podríamos considerar un vehículo. En algún semáforo, de seguro, nos hubiese asaltado un breve fárrago de niños desorientados por el excesivo consumo de clefa (2), con aviesas intenciones de limpiar el parabrisas del taxi, o incluso haciendo gala de su desastrada habilidad ejecutando malabares con varias botellas de refresco vacías o un puñado de achatadas pelotas de goma. Creo que hubiese permitido a Su Majestad que, con su real y límpida mano, depositase una mínima limosna en el bolsillo de uno de los chavales. De seguro eso le hubiese hecho sentirse más humana que durante su visita al Conjunto Misional de de San José de Chiquitos, fundado en el siglo XVIII por la Compañía de Jesús y a cuya reconstrucción España destina un millón de Euros (aprox.) de los muchos con que se asegura la Cooperación al Desarrollo. Me pregunto quién decide que la citada ayuda se destine a la reconstrucción de monumentos religiosos. Lo ignoro, pero intuyo que no lo hacen los ciudadanos que voluntariosamente aportan parte de su exiguo capital a tan loables actividades. Y casi seguro que tampoco es la Reina de España, así que mejor, como decía, dejarla sentirse como una auténtica cooperante al regalar una moneda y una sonrisa al niño clefero. Tal vez el niño, honrado por la dádiva Real nos hubiese invitado a cenar una sopita fría en el perímetro delimitado por tres sábanas, una menoscabada pared de ladrillo visto y un tambaleante tejadillo de chapa y que hace para él, sus cinco hermanos, su madre y los dos hijitos de su hermana mayor, las veces de vivienda.

Ya, ya veo venir a más de uno tildándome de demagogo. Disculpen si me he puesto dramatico y, sí, para aquellos que aún siguen leyendo, y en especial para los más avispados de tan exiguo grupo, explicaré por qué entre la numerosa familia que acabo de nombrar no aparece la figura paterna. Seamos sinceros y evitemos dramatismos: no ha muerto, el padre, ni sufre incurable enfermedad en alguna cama de hospital. Simplemente comprendió, tras una noche envenenada de chicha (3), que su trabajo de albañil no le daba para mantener tantas bocas, y que la de su esposa estaba ya agriada por las penurias y le prematura vejez. Así que buscó otra boca, más joven, más tierna, y en una noche sin delatora luna llena marchó agarrando con una mano la cintura de su joven amante y con la otra el cuello de una botella de aguardiente, para no volver jamás a dar señales de vida a la que en otro tiempo constituyese su amada familia.

Creo que el pequeño periplo turístico que hubiese ofrecido un servidor a Su Majestad la Reina de España habría sido de su Real agrado. Pero si, por un acaso, hubiese percibido en su soberana efigie alguna mueca de disgusto tened por seguro que me habría apiadado de ella ,y la hubiese conducido a alguno de los numerosos Cementerios de Elefantes (4) que se esconden en los más lóbregos vericuetos de la ciudad de La Paz. Tal vez, una vez allí, hubiese decidido Su Alteza encerrarse en uno de los infectos cuartuchos en que los más desfavorecidos, tristes o desgraciados de los ciudadanos bolivianos se confinan, con la puerta cerrada por fuera, a beber hasta morir, para mejor olvidar sus penas...o para mejor expiar sus culpas, nunca se sabe, ya digo que de esos cuartos sólo se sale cadáver.

Puede que no, pero tampoco es imposible que tan majestuosa personalidad hubiese decidido encerrarse a beber, arrepentida (por ejemplo) de no andar corriendo por las calles de Atenas lanzando piedras contra aquellos que han logrado que la cuna de la democracia (y de su persona, no olvidemos que Doña Sofía es griega) haya mutado hoy en mecedora del fascismo, en vez de perder el tiempo en viajes solidarios por tierras extranjeras con la intención de prestar ayuda económica a un puñado de indígenas andinos.

Creo que tengo que dejar de escribir, o al menos dejar de verbalizar todo lo que se me pase por la cabeza. Luego me tachan de excesivo, rebuscado, barroco e incluso, releyendo lo que antecede, puede que también de demagogo.

Para que no queden dudas...os dejo una "sutil" ración de demagogia



(1) llajua: vocablo quechua para nombrar una salsa compuesta básicamente por locotos (un tipo de pimiento) y tomate y que se caracteriza por ser excesivamente picante y por acompañar de manera ineludible cualquier comida boliviana.
(2) clefa: tipo de alucinógeno barato a base de gasolina, depresor del sistema nervioso central y altamente adictivo, muy utilizado por los niños de la calle de Bolivia a efectos de mejor ausentarse de su dura realidad.
(3) chicha: vocablo que se utiliza en numerosos países suramericanos para nombrar diversas bebidas alcoholicas derivadas de la fermentación de cereales y que, en Bolivia, hace referencia a un fermentado no destilado de maíz, cuyo consumo es verdaderamente elevado en ciertas zonas del país.
(4) Cementerio de Elefantes: nombre dado, en Bolivia y otros países de sur y centroamérica, a una serie de cuartos aledaños a un boliche de bebidas alcohólicas donde, de manera voluntaria, se encierran personas que desean pasar en soledad sus últimos días bebiendo baldes de alcohol de ínfima calidad hasta morir. Si aún hay alguien que ha seguido leyendo hasta aquí y alberga ciertas inquietudes cinéfilas le recomiendo encarecidamente que visione la película boliviana del mismo nombre: dura, feroz, agria, bella...

miércoles, 17 de octubre de 2012

tímidos incendios

Aseguraban cuando pequeño, ciertos libros de texto (o la meliflua monotonía vocal de algunos profesores), que hubo un tiempo en que la península ibérica podía ser recorridaa por una ardilla sin que ésta tuviese que tocar suelo, esto es: de árbol en árbol.

Lamentable devenir el de tan salvaje floresta que hoy parece necesario extirpar para mejor seguir golpeando las puertas de la modernidad y el progreso.

Supongo que los aires de grandeza que tan gloriosa vegetación otorgaba a los nacionales hispanos, se veía amplificada ante el horizonte siempre visible de las tierras que llegaron a confirmar el poderío patrio, ya saben eso de que el sol no se ponía en el Imperio. Prefiero lo de las ardillas, más reducido y amable. Al menos el animalillo de marras no hace más que saltar y saltar en busca de piñones y castañas, si es que son dichos frutos de lo que se alimenta (lo cual ignoro y no tengo intención de averiguar en este momento).

Pero tan salvaje floresta era escueta para nuestros intrépidos conquistadores y decidieron emprender largos viajes, allende los mares, quizás para que las ardillas ibéricas siguiesen dando saltos en busca de alimentos. La Amazonía aparentaba buen comienzo para la maratón del animalillo.

Años después, culminados genocidios, expolios, saqueos y asesinatos, tomaron el relevo los norteamericanos y, poco a poco, a golpe de talonario, fueron haciendo gloriosa plantación en las tierras del sur de américa de dictadores, genocidas, guerrillas y contrabandos, de manera tal que podía afirmarse, hace no mucho, que la supuesta ardilla hispana podría haberse movido desde el golfo de méxico hasta tierra de fuego sin tomar tierra en suelo limpio de sangre: saltando de guerrilla en narcotráfico de expolio en dictadura de paramilicia en violencia urbana de favela en miseria de hambre en carencia...

Intuyo en el apocado carácter boliviano una inmisericorde genética de superviviente, de víctima. Pueda ser que la exposición continua a los salvajes crímenes del mercado y la ambición hayan impreso en los rostros indígenas líneas de temor, asfixia, miedo, respeto, y por eso bajen la mirada cada vez que un extranjero les dirige la palabra.

Tal vez sólo sean prejuicios de extranjero ignorante, 
pero es innegable, 
a priori, 
el carácter reservado del oriundo de estas tierras

Hay excepciones que confirman la regla, por supuesto, pero están más cerca del gen conquistador de los antiguos españoles que del vernáculo propio de quien nació de semilla sembrada en tierra andina. O sea que, como en España, Europa, Occidente, aquel que dispone de plata se permite mirar a la los ojos del interlocutor, e incluso, en ocasiones, por encima de su hombro. Mientras, el que, hastiado de laborar el terruño para mal alimentar a su prole, decide emprender la Gran Aventura de la vida en la ciudad, tiende a esconder la mirada entre los surcos sordos de este vinilo en giro eterno que es el día a día.

Y son libres de opinar 
que continúo arrastrando 
mi poco liviana carga 
de prejuicios de clase

No sabría decir si serán ellos (los callados, los tímidos) quienes emprendan el camino hacia el progreso y acaben tomando las riendas de la propia vida, o serán los amigos de la soberbia quienes emprendan el cambio. Quedaría muy mesiánico decantarme de uno u otro lado y hoy no tengo cuerpo de Mesías.

Pero parece que poco a poco se inician en estas tierras del sur americano incendios que, al contrario de los peninsulares, traen progresía y deseos de avance a los ciudadanos de este inconmensurable continente en el que hoy habito. Sí, no pretendo engañar a nadie, el proceso será lento o no será. Y ahí es donde radica la esperanza: en que el tan cacareado progreso que a medio mundo está abocando a la desesperación, el estrés, la ansiedad, la epilepsia, los crímenes pasionales, el asesinato en masa, la ignorancia, o incluso las carreras universitarias, decía: la esperanza radica en que el carácter pausado y pensativo de los habirantes de gran parte del continente americano haga que el progreso sea lento, meditado, sometido a algún tipo de freno que impida el salto al vacío. 

Y lo dejo ya, porque al final sí que sonará a apostolado todo esto, y nada más lejos de mi intención. Al fin y al cabo sólo pretendía dejar constancia del carácter introvertido y manso del boliviano de a pie. Comprendan que a un español como el que suscribe, tan acostumbrado a los feroces fuegos, le resulten cuanto menos curiosos estos tímidos incendios.