martes, 28 de agosto de 2012

cerrado por huelga

agradeciendo el caudal sónico de poesía y mordisco 
derramado por José Ignacio Lapido

Cochabamba se mueve en transporte público. Pocos, de entre sus ciudadanos, son los que reciben salario suficiente que les permita desplazarse en auto propio. Así que la mayoría, mayoritaria por redundancia, que no por ruidosa, mayoría silenciosa pues, desenreda los trayectos de sus jornadas en micros, trufis, taxis...con el semblante esculpido en fotograma y la palabra en barbecho.

Otro día explicaré qué cosa son las trufis, cuál los micros. Los taxis no precisan explicación, todo occidental los conoce. Tan sólo diré que aquí, en Cochabamba, carecen de ingenio tecnológico alguno que contabilice los kilómetros recorridos transformándolos en unidades monetarias. El precio de la "carrera" se negocia con el taxista, antes de emprenderla, y en pocas ocasiones alcanza a fijarse más allá de lo que a cualquiera de ustedes vendría a costarles un café, si lo toman en la taberna más rancia del más lóbrego y popular barrio de su ciudad. Es algo que se hace en principio, para tantear precios. Después, ya conocido el precio justo (siempre escueto), se abona una vez arribados a destino.

Lo que pretendía explicar es que el cochabambino precisa del transporte público para llegar al trabajo (si lo tiene), al colegio (si está escolarizado), al mercado (si tiene algo que poder vender, o una mínima necesidad alimenticia que poder satisfacer), y un largo etcétera de traslados que no podrían realizarse de no existir los servicios de transporte mencionados. Por ello una huelga de transporte público como la del pasado miércoles, y que amenaza con repetirse una semana después, inutiliza la actividad vital de la ciudad y le cuelga el cartel de "cerrado por huelga". Cierran los colegios, cierran las empresas, cierran los pequeños negociados...

Durante un día se esconde en los hogares el ruidoso regocijo del recreo, el teclear insomne de las contabilidades, el breve trueque de panes, peces y divisas, y humedece las calles un musical regato de pasos perdidos que no hallan desembocadura en la que inaugurar laguna, mar u océano.

Para un occidental no deja de resultar harto sorprendente el hecho de que la ciudadanía asuma cada nueva huelga, paro, bloqueo, como algo natural, otorgando incluso a los amotinados el beneficio de la duda, llegando a comprender los motivos que les conducen a imposibilitarles el transporte.


Recuerdo escenas de pánico cuando, ante una nueva huelga de Metro, tren o autobús, los ciudadanos madrileños alcanzaban el estado de shock, ante la terrorífica posibilidad de llegar unos minutos tarde al puesto de trabajo. Recuerdo escenas de histeria, mujeres con el grito y el insulto a flor de labio, trabajadores arracimados a la escueta parra del asidero que, en el vagón del tren que cubría los servicios mínimos, escanciaba zumo de sudor y vino de ira, personas normales, como usted, como yo, ansiosas por ocupar el cubículo móvil que les movilizara hasta su inmóvil puesto de trabajo, aterrorizadas ante la sola idea de llegar tarde, de recibir por ello el envenenado dardo de la mirada de sus superiores...y ante tan terrible perspectiva no importa pisotear a otro que, como tú, intenta salvaguardarse de la malévola huelga y mantener a salvo, así, su salario.

Bajar al suburbano con el cuchillo entre los dientes 
y la alevosía cobarde del que se sabe esclavo, 
para mejor subir al reptil Olimpo de los delincuentes
 a quienes hemos permitido sustraernos la dignidad y el aliento.

En Cochabamba, como en Bolivia entera y gran parte de esta América que hemos querido intitular Latina, recuperan (quizás), o echan por tierra (tal vez), esa latinidad de la que en otras ocasiones gustamos de hacer gala los hijos de los conquistadores. Aquí, y en el resto del continente, casi hasta las lindes en que comienza a difuminarse en fronteras de alambre de espino y perros adiestrados para la localización del paquete que conduce hacia la gran Norteamérica kilogramos de sueños adulterados para ser inyectados en vena, aquí, ya digo, son comprendidas/toleradas/asumidas como justas y necesarias las huelgas de aquellos que aún comprenden que la única manera de defender su festín de migajas y esfuerzo es la lucha abierta y descarnada. Y no, no hay servicios mínimos. Y no, no hay despidos ni reprimendas a aquellos de entre los ciudadanos que por tal motivo no pueden llegar a tiempo, o incluso no llegan en todo el día, a la casilla marcada con su nombre, a su puesto de trabajo.

Recuerdo desquiciadas escenas, incomprensión e insultos hacia los que decidían, por un día, demostrar que sin su esfuerzo de horas hurtadas al sueño y a la propia vida, la de los demás no sería tan cómoda, tan fluida en su marea de hueco y nula percepción del paso del tiempo que no, no regresa.

Son recuerdos, ya digo, de cosas que ocurrían o pudieron/podrían suceder...en otro tiempo, en otro lugar...


En otro tiempo, en otro lugar by José Ignacio Lapido on Grooveshark

martes, 21 de agosto de 2012

rancias razas modernas

Apenas acabo de abandonar (¿hasta cuándo?) una tierra/país/nación/etecé que se vanagloria denigrando su propio pasado, la sabia savia de su Historia, salvo que ésta vista el oropel ensangrentado de feria popular glosada por animal sacrificio, por ejemplo.

Es así que el español, en todo aquello que alguien medianamente informado considere cultura, gusta de elevar pública proclama de lo rancio de propuestas que el dictatorial transcurso de los tiempos y el comercio ha clausurado en el infecto nicho de lo provinciano. De esta forma, se carcajea, el español de a pie, hasta del gusto musical de sus propios abuelos, alegrándose del retiro de verdugos travestidos de enfermera y drogas potenciadoras de la demencia que suponen los asilos de la tercera edad. Encerrado el abuelo en la residencia ya nadie me obliga a visitarle y soportar el canturreo de sus malditas coplas. La copla, un suponer, ese vergonzoso recuerdo. Así piensan, así les he escuchado. Luego elevan, los mismos, al pulcro y perfumado Olimpo de la modernidad y el buen gusto, informatizadas musiquillas de barraca de feriante en paro, pergeñadas allende los mares, en que robotizadas voces escupen palabras que el oyente no comprende (claro, el tema de hablar idiomas distintos del que parió el páramo castellano no es cosa de buen español - curioso, sabido esto, el cruel olvido al que deciden exiliar la lengua de Cervantes, los peninsulares, cada vez que abren la boca o aporrean el teclado-).

Está bien eso de la modernidad, ya lo proclamó Rimbaud al escupir aquello de "hay que ser absolutamente moderno". Aunque temo fuese otra la modernidad a que aludía mi amado poeta. En caso contrario no alcanzaría a comprender, un servidor, el agresivo encono del español "moderno" contra cualquier manifestación artística de esas que portan el indeleble gen de lo hispano (salvo, of course, el flamenco, quintaesencia, hoy, de la modernidad de terraza de Serrano y descapotable a la puerta).

En España la única opción de defensa de lo propio consiste en alabar las gestas de aquellos que, portando los aleatorios colores con que alguien ensuciara el trapo que se erigiese en imperial insignia (bandera, lo llaman), se hacen fuertes en los céspedes futbolísticos de medio mundo y en las campañas propagandísticas del otro medio que nos resta: el mercado...perdón: los mercados.

En Bolivia se estrujan, entre el tráfico rodado y los paseos insensatos de los viandantes, gruesos racimos de niños enjalbegados de sudor y hambre. Su único sustento se oculta tras las grandilocuentes sonrisas de los poderosos, alojado en las sucias migajas derramadas de su almuerzo de ambición y miedo. Hasta ese mal sagrado que cauteriza la sacrosanta libertad de los hijos de occidente, la educación, les ha sido arrebatada a los niños de la calle de este otro lado del Imperio. En España los niños menosprecian la cálida covacha de la educación. En Bolivia algunos niños, los más afortunados, corretean entusiasmados al escuchar la llamada a clase. La cultura española se aferra a las piernas de los futbolistas y crece el orgullo de raza ante cada victoria balompédica (o halterofílica incluso, si es que las Olimpíadas han desgarrado el pecho de un fiero nacional con el breve resplandor de una medalla). La cultura boliviana crece en sus calles y no consiguen acallarla la pobreza ni las mordidas del librecambio.

Asisto a la grabación de una maqueta, en el escueto estudio de grabación que posee una ONG, de un nuevo tema de hip-hop creado por niños que nunca han asistido a la escuela. Hip-hop, música moderna, cierto, pero en las letras adivinas la cerbatana furiosa del gélido altiplano, un murmullo indígena en que chapotean siglos de una cultura que se niega a ser desaparecida. Es tan sólo una canción carente de alardes tecnológicos y cantada en español, para más inri. Signo de atraso, lo consideran muchos de los que germinan en estadios cosechas de alaridos, vítores e insultos y acuden embriagados en pos de grandilocuentes espectáculos musicales pergeñados en los laboratorios de la mercadotecnia. Son los mismos que se ríen de la copla que tarareaba su propio abuelo al calor del brasero y la cena familiar, los que se mofan de las ancestrales costumbres de esos inmigrantes andinos que por un puñado de €uros les adecentan el hogar y alimentan a sus hijos. Porque ellos son los modernos, y no el boliviano ni el abuelo.

Pienso que ser moderno, en estos tiempos, es relamer el jugo dionisíaco de la raíz que aún nos atenaza a esta tierra que nos vomitó tras nefasta digestión. Ser moderno es enredar los cables de la luz como si fuesen lianas, y hacer de la ciudad jungla.
Rimbaud lo sabía. Por eso huyó y tornó salvaje cuando los hipócritas profetas de la cultura moderna comenzaron a embadurnar de parabienes y halagos la salvaje lucidez de sus versos.

Ser moderno, hoy, para mí (como ayer para el poeta), es ser indígena. Afortunadamente, estoy seguro, son mayoría los españoles que de igual manera lo entienden, pero si no generalizo no escribo lo que antecede.

viernes, 17 de agosto de 2012

resacas


EL DÍA D   por Pablo Cerezal



Hoy es el día en que tengo que entrevistar a Charles Bukowski. Tengo todo preparado: la introducción, las preguntas, las posibles escapatorias a las posibles respuestas no deseadas, las frases oportunas para convertirme a la primera en un elemento “cercano” a su personalidad y su prosa…
Incluso he comenzado a beber temprano. Cerveza Miller, el genial brebaje del Doctor Henry. Es realmente buena esta cerveza. Nada que ver con la que me intenta colocar a diario el bueno de Jeff Beck. Si es que hasta el nombre que ha puesto a su cerveza da pereza: Beck’s. ¡Qué falta de imaginación! Debería dedicarse a la guitarra en vez de seguir ensayando nuevos sabores en los matraces malolientes que guarda en la trastienda de su negociado de ultramarinos. Al fin y al cabo el chaval es diestro a las seis cuerdas…pero su cerveza…prefiero la Miller. Entra suave y fácil y te desordena el campo visual antes de que comiences a dar cuenta del tercer litro.
El caso es que lo tengo todo preparado y ahora sólo pienso dónde habré dejado las llaves del coche. No puedo acercarme hasta allí en transporte público. El viejo indecente se ha mudado a una zona residencial cercana al hipódromo, en las afueras del Laberinto Visceral. Sí, pone la excusa de las carreras, tener cerca su zona recreativa predilecta, pero en el fondo creo que se trata de que los réditos obtenidos por sus escritos comienzan a engordarle aún más el ego. Al fin y al cabo a nadie amarga un dulce. Por lo visto ni siquiera acude ya a los bares. Eso le dijo al menos a Sean Penn cuando éste le entrevistó, hará dos meses. ¡Otro tipejo de cuidado! Así que sólo por ser actor de fama mundial tiene derecho a robarnos el sustento a los plumillas de medio pelo como yo, que subsisto a base de colaboraciones en fancines de dudosa distribución y aún más dudosa repercusión. Bueno, al muy mamón le quedan tres asaltos, el cine sonoro ya es un hecho y a ver qué opina el público cuando escuche su voz aflautada e histérica…todo se andará. Además: hoy es mi día. Cuando salga de la casa de Bukowski tendré material de sobra para comenzar mi andadura hacia la fama, estoy seguro.
Las llaves…y otra cerveza. Es imprescindible tener a mano una cerveza. Mejor cuatro. Un par para el camino y otras dos para invitar al viejo, eso le pondrá en situación de responder a mis preguntas.
¿Y el gato? Joder, quizás sea arriesgar demasiado pero creo que al escritor le gustan los gatos. Le puedo regalar el mío, así, de entrada, a bocajarro. Eso le rendirá de inmediato y podré sentirme más cómodo al lanzarle mis preguntas. Pero a mi mujer no le va hacer ni pizca de gracia. ¡No importa! Si supiese que la primera opción que barajé fue ofertarle sus servicios amatorios al viejo borracho…eso sí permitiría que la entrevista fuese fluida y relajada, y yo me sentiría más cómodo, más tranquilo…creo que voy a tomar otra Miller, lo empiezo a necesitar. Y repasar las preguntas, sí, aunque creo que están bien: estructuradas, directas, encadenadas, sin opción de concesiones al entrevistado. Las he escrito y repasado en la noche, como a él le gusta, él no escribe de día, piensa que es como acudir desnudo al supermercado, es mejor de noche, cuando nadie te ve y la magia fluye entre los dedos. Pues así lo he hecho yo, de noche y…y desnudo y bebiendo cerveza y dejando que mi santa se arrodille frente a mi lúbrica herramienta…eso siempre me relaja, no porque ella lo haga bien ni sea bella, eso es lo de menos, es simple cuestión de nivelar necesidades. En esto le doy la razón al viejo: el sexo es como un trance: un momento en que te instalas con la necesidad de la urgencia y que abandonas con la urgencia de la necesidad. Ni siquiera existe la belleza, y menos en mi mujer, jajaja, ¿cómo decía el bueno de Bukowski? Sí, algo así como que al mirar a una mujer de las comúnmente consideradas hermosas a él le parece estar mirando un plato de sopa, sí, es agudo…
¡Venga! Las llaves del coche…y el gato, ¿por qué no? ¡Sí!, ¡tú!, pequeño bastardo, ven aquí, no me hagas correr tras tus zarpas malolientes, te voy a llevar con un amigo que te tratará mejor que el plato de sopa fría que te hace las veces de dueña, ya verás…
Y los papeles. Debo hacer un último esfuerzo por memorizar el orden correcto de las preguntas. Deben fluir con sencillez: sinceras y directas, como las que le haría a un amigo. Tengo que ganarme su simpatía, conseguir que se sienta frente a un colega de correrías. No puedo aparentar el vulgar entrevistador que soy. Al fin y al cabo pretendo que esta sea la primera entrevista en que el maldito viejo indecente se sincere y no juegue al ratón y al gato con el periodista dando información falsa y carcajeándose como una anciana desdentada. Le gusta contar mentiras en las entrevistas, siempre lo dice. Pero conmigo será distinto. El gato y las cervezas le pondrán de mi lado…y ¿las llaves?, ¿dónde están las malditas llaves? ¡joder!, no puede ser…mi mujer…fue al supermercado y me dijo que se llevaba el coche mientras yo repasaba las preguntas…
No puedo ir en transporte público y no tengo dinero para un taxi. Si llego tarde seguro que ni me abre la puerta, el muy cabrón. Bien, cogeré más cervezas y me acercaré al supermercado. En cinco minutos pasa el autobús que me deja allí. Interceptaré a mi mujer y le cogeré las llaves…y el coche…¿y el gato? El maldito revisor seguro que se percata de que lo llevo bajo mi impermeable y no me deja entrar al bus. Venga, vamos, tú, ven aquí conmigo…
Todo saldrá bien. Todo va a salir bien. Todo ha de salir bien. Todo debería salir bien. Todo saldrá deliciosamente bien porque todo fluye deliciosamente fácil y suave.
Tres minutos. Se ha adelantado un minuto. Gracias a que la cerveza me espabila y pone alerta. He sido rápido y el gato está inconsciente tras el golpe que le he dado con el culo de la última botella consumida. Al menos respira, no lo he matado. Menudo plan si le mato. ¡Qué panorama! Presentarme en casa del egregio literato amante de los gatos con un ejemplar muerto. Aún así me encuentro tan lúcido que habría podido sortear el problema. ¿No es el propio Bukowski quien asegura que la violencia no se puede retener en el interior?, ¿qué es una energía que tenemos que sacar si no queremos volvernos locos? Pues eso, le diría que he sacado a pasear mi violencia para no volverme majara. Así me contaría de inmediato entre “los suyos”.
Todo saldrá bien.
Odio los autobuses. Apesta a perfume rancio y sudor acartonado. Y a cerveza. Aunque por la mirada de la anciana de mi izquierda el que debe apestar a cerveza soy yo…no importa, ella no tiene ni idea de que tengo una cita con el gran escritor Charles Bukowski, que me he bebido ya más de cinco litros de Miller, que llevo un gato amordazado bajo la axila derecha, que me dirijo al supermercado con la firme intención de comprar un corpiño y unas bragas de cuero, localizar a mi mujer, golpearla hasta la inconsciencia, meterla en nuestro automóvil, desvestirla y volver a vestirla con el corpiño y las bragas, tomar camino hacia la casa del escritor y…regresar con la mejor entrevista a Bukowski que jamás se haya publicado. Con esto me gano una sección propia en LaLetraCruzada®, ¡seguro! Cierto, regresaré solo, sin mujer y sin gato…pero estoy seguro de haber dejado al menos un par de Miller en la nevera.

por Mailer S. Thompson


Pablo Cerezal, de Los relatos de la letra cruzada.


viernes, 10 de agosto de 2012

Cortez the killer (reverso)



Me descubro, en ocasiones,     
en secreto, deseando    
la irremediable, tajante,    
extinción de el Hombre Blanco.
No aludo a la Decadencia,     
obvio, eso ya lo han hecho otros    
-Xen Rabanal, O.Spengler-
mejor de lo que podría    
 tan siquiera yo soñar.
Digo que, a veces, anhelo    
edificar sucio nido    
en mi exilio y transmutarme    
augur de la destrucción.
Ya ven: surgen ocasiones    
en, quien decimos humano    
-aunque de uno mismo hablemos-
torna, no más, repugnante!
Podría incluso rizar    
el desprecio y confesar    
que siempre anidó en mi pecho    
el burdo y cruento deseo 
de inaugurar una secta,     
pero no puedo, no valgo,     
y el caso es que, en pocos días,
comenzaré a rellenar    
el peluche maltratado    
de mi tan sucia mochila    
con la ajada gomaespuma
de mis pocas pertenencias    
para mejor trasladarlas    
hasta el nuevo continente...
y anhelo darle más luz    
que la de la intrusa hoguera    
de la cruz y el arcabuz.
Fondearé tierra indígena    
en que mi pálida piel    
de mugrienta luna llena    
quizás pueda ser estigma.
Así que antes que, tal vez,     
pueda invadirme un -pueril-    
cínico arrepentimiento,
quiero hoy, aquí, proclamar:    
bendito vuestro desprecio    
-bendita arrogancia indígena-
que desaira al Hombre Blanco!
Si tal vez, al fin y al cabo    
-¿aún no lo comprendéis?-    
ya está muerto el Hombre Blanco.
América, dosmildoce    
-año cero algunos dicen-    
allá voy, aquí comienzo!