miércoles, 24 de octubre de 2012

dios salve a la reina (ejercicio demagógico)

Informan no sin cierta cautela, los tabloides, de la reciente visita de Su Majestad la Reina de España al Estado Plurinacional de Bolivia. Según los redactores el viaje ha sido un éxito y Doña Sofía ha podido comprobar in situ los solidarios avances sociales que la ayuda española para cooperación al desarrollo ha logrado en distintas provincias andinas. ¿Una noticia del pasado? No, fíjense, hablo del Estado Plurinacionesl de Bolivia y no de la "Real Audiencia de Charcas" (tal era el engalanado apodo con que los egregios conquistadores españoles de mediados del siglo XV denominaron la zona geográfica incardinada en la cordillera de los Andes y que hoy habitan los ciudadanos bolivianas). Por otra parte a nadie se le escapa que los actos de nuestros aguerridos conquistadores no podría ser denominado "cooperación al desarrollo", salvo si pretendiésemos hacer gala de gruesa ironía.

Hablo, pues, de hoy y ahora, más bien hace unos días. Hablo de la actualidad, esa víbora insidiosa que nos envenena el futuro. Y en la actualidad la Reina de España ha visitado Bolivia en viaje de negocios (perdón: de representación) para poder observar de cerca el provecho con que utiliza el dinero de los más solidarios de entre los ciudadanos españoles.

Lástima. Me cogió de improviso. Andaba yo preparando los diferentes cachivaches que se utilizan en una actuación de circo a la que asistirían apenas una docenas de transeúntes. Afortunada la reina que, por lo leído, parece que estuvo acompañada en todo momento por un séquito de más de 30 personas (incluidos los orgullosos indígenas que hoy hacen las veces de mandatarios en el país andino). En la actuación circense que ayudé a preparar participaban al menos 20 niños/artistas, mientras que el público acompañante no pasaba, ya digo, de la docena.

De haberlo sabido hubiese variado mi estrategia del día y, en vez de acompañar a los niños a la plaza principal, hubiese invertido mi tiempo en acompañar a la reina en un agradable paseo por Bolivia.



De haber podido, hubiese dirigido los pasos de la real y sumisa comitiva hacia el Mercado de la Cancha, en Cochabamba, donde de seguro hubiese disfrutado Su Alteza con el indígena exotismo de los mil y un comerciantes que, llegados de las montañas cercanas en busca de más factible oportunidad de desarrollo, extienden por el enrevesado entramado de callejas y soportales de lata sus no menos enrevesados entramados de prendas textiles usadas, cachivaches electrónicos desgastados por el paso del tiempo, irregularmente geométricos baldes y cuencos de plástico de la peor calidad, lustrosos y aromáticos ramilletes de frutas y verduras, y un largo etcétera de productos de primera o postrera necesidad. Bien es cierto que hubiesen quedado los majestuosos zapatos de la reina algo desmejorados por el zarpazo anacrónico de charcos milenarios y restos orgánicos de dudosa procedencia, pero podría haberlos cambiado por unas cómodas zapatillas de pura goma, usadas, sí, pero a años luz en cuanto a precio de lo que los lacayos de Su Majestad habrán desembolsado por los zapatos originarios de su jefa.

Pasear por La Cancha es cansado, no lo niego, y de seguro que no está la musculatura de la homenajeada acostumbrada a tamañas maratones. Por tanto me hubiese permitido invitarla, para reponer fuerzas, a devorar un suculento pedazo de carne en alguna de las innumerables churrasquerías de la ciudad. En ella hubiésemos podido departir al hilo de la calma y la gastronomía, y ella habría exihibido, ante su séquito, las numerosas baratijas que a tan exiguo precio, sin duda, a pesar de su delator acento extranjero, habría adquirido en el Mercado, y alabaría, de seguro, la fastuosa técnica a las cuerdas del charango de ese cantante cuya voz atrona el ambiente de humo y trago de la churrasquería. Evidentemente estará, Su Majestad, más acostumbrada a finos filetes de solomillo que a opulentos cortes de chuletón pero no me hubiese importado rebanar en pedazos su pieza para mejorar su deglución, y haber sido taimado con el uso de la llajua (1) para evitar una incómoda digestión Real o cualquier otra desavenencia culinaria que pudiese provocar malestar en la invitada. Cierto es que, al día siguiente, Doña Sofía hubiese precisado renovar su tocado glamrock para desprenderlo de aromas a leña y lírica ebria, pero eso le habría posibilitado gozar de un tumultuoso baño de espuma, supongo.

Para evitar la incomodidad del paseo tras tan opípara pitanza hubiese invitado a la Soberana a un viaje en taxi por la ciudad. Aunque soy consciente de que no precisa ella de portar dinero, ni metálico ni plástico, tampoco dudo de la versatilidad económica de su séquito, por lo que hubiésemos tomado un taxi sólo para nosotros, en vez de formar parte del grupo de siete personas (incluido el conductor) que habitualmente aglomera dichos vehículos. Por supuesto se habría elegido uno moderno, nada de tomar un taxi de esos llegados de Japón, habilidosamente trucados para su correcta conducción pero carentes de todo parecido razonable con lo que podríamos considerar un vehículo. En algún semáforo, de seguro, nos hubiese asaltado un breve fárrago de niños desorientados por el excesivo consumo de clefa (2), con aviesas intenciones de limpiar el parabrisas del taxi, o incluso haciendo gala de su desastrada habilidad ejecutando malabares con varias botellas de refresco vacías o un puñado de achatadas pelotas de goma. Creo que hubiese permitido a Su Majestad que, con su real y límpida mano, depositase una mínima limosna en el bolsillo de uno de los chavales. De seguro eso le hubiese hecho sentirse más humana que durante su visita al Conjunto Misional de de San José de Chiquitos, fundado en el siglo XVIII por la Compañía de Jesús y a cuya reconstrucción España destina un millón de Euros (aprox.) de los muchos con que se asegura la Cooperación al Desarrollo. Me pregunto quién decide que la citada ayuda se destine a la reconstrucción de monumentos religiosos. Lo ignoro, pero intuyo que no lo hacen los ciudadanos que voluntariosamente aportan parte de su exiguo capital a tan loables actividades. Y casi seguro que tampoco es la Reina de España, así que mejor, como decía, dejarla sentirse como una auténtica cooperante al regalar una moneda y una sonrisa al niño clefero. Tal vez el niño, honrado por la dádiva Real nos hubiese invitado a cenar una sopita fría en el perímetro delimitado por tres sábanas, una menoscabada pared de ladrillo visto y un tambaleante tejadillo de chapa y que hace para él, sus cinco hermanos, su madre y los dos hijitos de su hermana mayor, las veces de vivienda.

Ya, ya veo venir a más de uno tildándome de demagogo. Disculpen si me he puesto dramatico y, sí, para aquellos que aún siguen leyendo, y en especial para los más avispados de tan exiguo grupo, explicaré por qué entre la numerosa familia que acabo de nombrar no aparece la figura paterna. Seamos sinceros y evitemos dramatismos: no ha muerto, el padre, ni sufre incurable enfermedad en alguna cama de hospital. Simplemente comprendió, tras una noche envenenada de chicha (3), que su trabajo de albañil no le daba para mantener tantas bocas, y que la de su esposa estaba ya agriada por las penurias y le prematura vejez. Así que buscó otra boca, más joven, más tierna, y en una noche sin delatora luna llena marchó agarrando con una mano la cintura de su joven amante y con la otra el cuello de una botella de aguardiente, para no volver jamás a dar señales de vida a la que en otro tiempo constituyese su amada familia.

Creo que el pequeño periplo turístico que hubiese ofrecido un servidor a Su Majestad la Reina de España habría sido de su Real agrado. Pero si, por un acaso, hubiese percibido en su soberana efigie alguna mueca de disgusto tened por seguro que me habría apiadado de ella ,y la hubiese conducido a alguno de los numerosos Cementerios de Elefantes (4) que se esconden en los más lóbregos vericuetos de la ciudad de La Paz. Tal vez, una vez allí, hubiese decidido Su Alteza encerrarse en uno de los infectos cuartuchos en que los más desfavorecidos, tristes o desgraciados de los ciudadanos bolivianos se confinan, con la puerta cerrada por fuera, a beber hasta morir, para mejor olvidar sus penas...o para mejor expiar sus culpas, nunca se sabe, ya digo que de esos cuartos sólo se sale cadáver.

Puede que no, pero tampoco es imposible que tan majestuosa personalidad hubiese decidido encerrarse a beber, arrepentida (por ejemplo) de no andar corriendo por las calles de Atenas lanzando piedras contra aquellos que han logrado que la cuna de la democracia (y de su persona, no olvidemos que Doña Sofía es griega) haya mutado hoy en mecedora del fascismo, en vez de perder el tiempo en viajes solidarios por tierras extranjeras con la intención de prestar ayuda económica a un puñado de indígenas andinos.

Creo que tengo que dejar de escribir, o al menos dejar de verbalizar todo lo que se me pase por la cabeza. Luego me tachan de excesivo, rebuscado, barroco e incluso, releyendo lo que antecede, puede que también de demagogo.

Para que no queden dudas...os dejo una "sutil" ración de demagogia



(1) llajua: vocablo quechua para nombrar una salsa compuesta básicamente por locotos (un tipo de pimiento) y tomate y que se caracteriza por ser excesivamente picante y por acompañar de manera ineludible cualquier comida boliviana.
(2) clefa: tipo de alucinógeno barato a base de gasolina, depresor del sistema nervioso central y altamente adictivo, muy utilizado por los niños de la calle de Bolivia a efectos de mejor ausentarse de su dura realidad.
(3) chicha: vocablo que se utiliza en numerosos países suramericanos para nombrar diversas bebidas alcoholicas derivadas de la fermentación de cereales y que, en Bolivia, hace referencia a un fermentado no destilado de maíz, cuyo consumo es verdaderamente elevado en ciertas zonas del país.
(4) Cementerio de Elefantes: nombre dado, en Bolivia y otros países de sur y centroamérica, a una serie de cuartos aledaños a un boliche de bebidas alcohólicas donde, de manera voluntaria, se encierran personas que desean pasar en soledad sus últimos días bebiendo baldes de alcohol de ínfima calidad hasta morir. Si aún hay alguien que ha seguido leyendo hasta aquí y alberga ciertas inquietudes cinéfilas le recomiendo encarecidamente que visione la película boliviana del mismo nombre: dura, feroz, agria, bella...

miércoles, 17 de octubre de 2012

tímidos incendios

Aseguraban cuando pequeño, ciertos libros de texto (o la meliflua monotonía vocal de algunos profesores), que hubo un tiempo en que la península ibérica podía ser recorridaa por una ardilla sin que ésta tuviese que tocar suelo, esto es: de árbol en árbol.

Lamentable devenir el de tan salvaje floresta que hoy parece necesario extirpar para mejor seguir golpeando las puertas de la modernidad y el progreso.

Supongo que los aires de grandeza que tan gloriosa vegetación otorgaba a los nacionales hispanos, se veía amplificada ante el horizonte siempre visible de las tierras que llegaron a confirmar el poderío patrio, ya saben eso de que el sol no se ponía en el Imperio. Prefiero lo de las ardillas, más reducido y amable. Al menos el animalillo de marras no hace más que saltar y saltar en busca de piñones y castañas, si es que son dichos frutos de lo que se alimenta (lo cual ignoro y no tengo intención de averiguar en este momento).

Pero tan salvaje floresta era escueta para nuestros intrépidos conquistadores y decidieron emprender largos viajes, allende los mares, quizás para que las ardillas ibéricas siguiesen dando saltos en busca de alimentos. La Amazonía aparentaba buen comienzo para la maratón del animalillo.

Años después, culminados genocidios, expolios, saqueos y asesinatos, tomaron el relevo los norteamericanos y, poco a poco, a golpe de talonario, fueron haciendo gloriosa plantación en las tierras del sur de américa de dictadores, genocidas, guerrillas y contrabandos, de manera tal que podía afirmarse, hace no mucho, que la supuesta ardilla hispana podría haberse movido desde el golfo de méxico hasta tierra de fuego sin tomar tierra en suelo limpio de sangre: saltando de guerrilla en narcotráfico de expolio en dictadura de paramilicia en violencia urbana de favela en miseria de hambre en carencia...

Intuyo en el apocado carácter boliviano una inmisericorde genética de superviviente, de víctima. Pueda ser que la exposición continua a los salvajes crímenes del mercado y la ambición hayan impreso en los rostros indígenas líneas de temor, asfixia, miedo, respeto, y por eso bajen la mirada cada vez que un extranjero les dirige la palabra.

Tal vez sólo sean prejuicios de extranjero ignorante, 
pero es innegable, 
a priori, 
el carácter reservado del oriundo de estas tierras

Hay excepciones que confirman la regla, por supuesto, pero están más cerca del gen conquistador de los antiguos españoles que del vernáculo propio de quien nació de semilla sembrada en tierra andina. O sea que, como en España, Europa, Occidente, aquel que dispone de plata se permite mirar a la los ojos del interlocutor, e incluso, en ocasiones, por encima de su hombro. Mientras, el que, hastiado de laborar el terruño para mal alimentar a su prole, decide emprender la Gran Aventura de la vida en la ciudad, tiende a esconder la mirada entre los surcos sordos de este vinilo en giro eterno que es el día a día.

Y son libres de opinar 
que continúo arrastrando 
mi poco liviana carga 
de prejuicios de clase

No sabría decir si serán ellos (los callados, los tímidos) quienes emprendan el camino hacia el progreso y acaben tomando las riendas de la propia vida, o serán los amigos de la soberbia quienes emprendan el cambio. Quedaría muy mesiánico decantarme de uno u otro lado y hoy no tengo cuerpo de Mesías.

Pero parece que poco a poco se inician en estas tierras del sur americano incendios que, al contrario de los peninsulares, traen progresía y deseos de avance a los ciudadanos de este inconmensurable continente en el que hoy habito. Sí, no pretendo engañar a nadie, el proceso será lento o no será. Y ahí es donde radica la esperanza: en que el tan cacareado progreso que a medio mundo está abocando a la desesperación, el estrés, la ansiedad, la epilepsia, los crímenes pasionales, el asesinato en masa, la ignorancia, o incluso las carreras universitarias, decía: la esperanza radica en que el carácter pausado y pensativo de los habirantes de gran parte del continente americano haga que el progreso sea lento, meditado, sometido a algún tipo de freno que impida el salto al vacío. 

Y lo dejo ya, porque al final sí que sonará a apostolado todo esto, y nada más lejos de mi intención. Al fin y al cabo sólo pretendía dejar constancia del carácter introvertido y manso del boliviano de a pie. Comprendan que a un español como el que suscribe, tan acostumbrado a los feroces fuegos, le resulten cuanto menos curiosos estos tímidos incendios.

sábado, 13 de octubre de 2012

a hard rain's a gonna fall

Cochabamba se desdibuja al ritmo de tormentas de polvo arracimadas a la vereda del tránsito que, mortuorio pero desafiante, desgarra con sus ojos como faros ciegos la neblina despertada por las obras incompletas. Aceleran furgones desafiantes, piruetean autos carentes de frenado digital de ése que con los dígitos de la mano derecha gustan de alardear los taxistas, atraviesan fugaces un cerco de polvo motocicletas heridas de ruido y velocidad...

Salgo tarde del trabajo. La culpa la tiene una cerveza, quizás también el vino de después, tal vez la grata compañía y la carencia de perspectiva. Me asomo a la orilla del tráfico rodado para sorprenderme ante su tumultuoso cauce de formas indefinidas. Cochabamba se encuentra reventado, con sus tripas de aguacero y tubería expuestas a la mirada obscena de un atardecer sin prisa. Comenzaron las obras públicas para abastecer de gas a los vecinos de amplias zonas de la ciudad hace tiempo, casi cuando yo recién amortiguaba mis pasos en esta tierra bendecida por la pausa y la rebelión. Hoy, dos meses después, continúa el tráfago de excavadoras antediluvianas y trabajadores cubiertos de polvo y cansancio acuchillando hormigón y despedazando empedrados.


Los trabajos para dotar a la ciudad de gas (sí: ese producto que con tanta profusión, casi obscenidad, habita las digestiones insalubres de la Pacha Mama boliviana y cuyos efluvios mercantiles tanto ansían aspirar aquellos a quien nada importa la vida de quienes, para su propia suerte o desgracia, aquí nacieron) se eternizan al ritmo de los martillos pilones y los bostezos provocados por el excesivo consumo de cerveza en que han apurado las horas de asueto dominical los operarios a sueldo de la empresa a sueldo de la alcaldía que subsiste con el sueldo que amablemente le proporciona el aparato estatal. Y por las calles se extiende una niebla de polvo que suspende, por un momento, mis pensamientos y provoca que pierda el hilo de la realidad.

Escuecen los ojos, lloriquea el paladar al mascar el chicle amarillento de la polución. Ante el primer arrebato de expectoración descontrolada recuerdo que tengo que ir a casa, y tomo conciencia de la incapacidad para distinguir los números de las trufis que mordisquean el terrado. Tan soberbia es ya la nube de polvo que me circunda. Ya sólo espero que un taxista amable apriete el cláxon al pasar cerca mío. Si no lo hace así seré incapaz de distinguirlo y continuaré por los siglos de los siglos amén aquí varado, a la orilla de un caos de tráfico polvo residuos ruido...

Pero llegará el taxi, yo arribaré al cuarto que me hace las veces de hogar, pasará el día, oscurecerán las horas, volverán a casa los operarios, enmudecerán las apisonadoras, se estancará el libre fluir de partículas, arreciará la lluvia, enmudecerán las calles ante su vértigo húmedo, el lodo todo lo cubrirá y, mañana, al reiniciar las obras, baldes rebosantes de agua replicarán a los que hoy, mientras yo espero un taxi que no se decide a llegar, rebalsan arena polvo cemento, suciedades todas, de ésas que nos incomodan la vida ciudadana. No importa. Llegará la lluvia (ya lo predijo Dylan y ya lo repliqué yo en numerosas ocasiones) para llevarse todo. Y olvidaremos las molestias. Y yo seguiré soñando con trocar mi palabra violenta llovizna que todo lo arrase.

La lluvia todo lo limpia, ya digo. Incluso, a veces, hasta la memoria...como ahora, que ya no acierto a recordar que pretendía escribir.

Afortunadamente, queda la música...                  Hard Rain by Bob Dylan on Grooveshark

domingo, 7 de octubre de 2012

breve historia del circo (2)

Hace pocos días que las noticias nos acercaban, de nuevo, tras la olímpica resaca, los usos y costumbres de los londinenses. Al menos los más extravagantes, los menos habituales, los que llevan siglos consiguiendo que la capital británica sea ensalada de tendencias y redil de modernidades.

A pocos se les escapa el hecho de que una de los más emblemáticos epicentros del turismo internacional se halla en la citada ciudad, y lleva el nombre de Picadilly Circus. Nos referimos a una plaza que se convierte en imán para visitantes de medio mundo, y su denominación no alude a que su alucinado perímetro haya sido en ningún momento histórico receptor de farándulas, malabares y acrobacias, no, hasta hace unos días en que se llevó a cabo en tan renombrado lugar uno de esos espectáculos circenses tan modernos cuajados de explosiones, cibernéticas, "dolbisurrouns", y vestuario haute couture. Por fin Picadilly perdió la rotundidad de su nombre (alusivo a los picadills o collares que allí ponía en venta un famoso sastre, mediado el siglo XVII) en favor de la sinuosa verbalización de su apellido (alusivo a la forma circular de la plaza).




Bien lamento hacer por vez primera en estas páginas referencia a la capital londinense que no tengo el gusto de conocer y que, de hacerlo, llevaría sin duda mis pasos a perderse por los callejones en que años atrás desenvainase su instrumental quirúrgico un poeta del underground de sobrenombre Jack, y...sí, quería decir que la plaza de la que vengo hablando no despierta en mi subconsciente interés alguno, aparte la musicalidad reminiscente de su nombre

cambio de tercio, que dirían aquellos

porque de todos es sabido que fueron los feroces impulsores del Imperio Romano los que por vez primera aplicaron el nombre de Circo para todo tipo de espectáculos orientados a entretener al público y mantenerle ajeno a los desmanes de la gobernanza (seguro que les suena de algo). Por desgracia para muchos, los más apreciados de entre el sinfín de divertimentos con que el Imperio entretenía a su pueblo eran aquellos en que titánicos gladiadores se enfrentaban, tridente y cuchillo en mano, hasta que la sangre del más débil esponjaba la arena del recinto, o aquellos otros en que los alucinados seguidores de un nuevo iluminado que proclamaba ser hijo de Dios ensangrentaban con sus prédicas los cielos al ser devorados por leones y otras fieras debidamente mantenidas a pan y agua durante los días anteriores a su pública puesta de largo.

Quizás fuese el consuetudinario proceder romano el que incitase a un visionario del espectáculo de masas, de nombre Philip Astley, a inaugurar, bien mediado el siglo XVIII, justamente en Londres, el primer circo de estructura fija y daría de esta manera inicio al vendaval de ventoleras acrobáticas en que se convertiría el circo moderno. 

Pero no se ubicó, el circo de Astley, en Picadilly Circus, y nunca espectáculo alguno (salvo el colorido tropel de los que durante años han cruzado pasos y encuentros en esa afluencia de calles y saludos) ha iluminado su perímetro. Hasta hace unos días, ya digo.

El evento de que venimos hablando congregó al Londres todo en la plaza de marras. Al igual que en la Roma antigua las luchas de gladiadores. Pero allí se derramaba sangre y en la capital britanica no más que plumas de colores se esparcieron por los cielos al compás de las acrobacias aéreas de una volátil troupe de artistas circenses.

Hoy los circos quedan, mayormente, relegados a una vida de camino y fogata, a un hacer nido en plazas a las que, al decir de el número y ánimo de los espectadores congregados, parecen haber llegado a derramar sangre como los antiguos gladiadores, en vez de plumas de color e ilusión como el elenco volatinero que iluminó Picadilly Circus hace unos días.



Tengo la fortuna de ensuciarme, cada semana, con el esfuerzo de una habilidosa troupe de artistas niños. Intentan celebrar su fiereza de malabar y fulgor en las plazas públicas, en las calles normalmente reservadas al inocuo paseo de viandantes ensimismados. Pero los espectadores son pocos, y casi podríamos afirmar que más se fijan en los inevitables e irrelevantes errores de los chicos que en sus numerosos aciertos. Pareciera que buscan hallar la sangre de estos gladiadores/niños revelando injustos colores en el pavimento. Afortunadamente suele iluminar la noche el revelador fogonazo de la sonrisa niña: un chiquillo que mira el espectáculo, un niño que sonríe entre la admiración y la reverencia a esos otros niños a los que imagina titanes. Equivoca su mirada el infante intentando seguir el veloz y enrevesado itinerario de las clavas, cuchillos y antorchas que vuelan de mano en mano en el sorprendido espacio que media entre los menudos cuerpos de esos chavales que se le antojan colosos capaces de acelerar el vértigo vital de la infancia a lomos de monociclo. Es la sorpresa del niño la que indulta a estos pequeños artistas que maltratan el adoquinado de plazas y calles con el juguete imperfecto de sus acrobacias.

En la antigua Roma, el Emperador o César, únicamente de tanto en tanto, y quizás en respuesta a caprichosas ocurrencias más propias de un niño que de quien debe dirigir un Imperio, tenía la deferencia de salvar la vida a quien ya extendía un jeroglífico de huesos astillados sobre la arena. Dicen que el César señalaba el cieloraso del Coliseo con el dedo pulgar y el reo quedaba liberado de una muerte segura.

El pulgar del César era la sonrisa infantil del Imperio Romano, y ahora me doy cuenta de la poca importancia que sigue teniendo para mí la ciudad de Londres, por mucho que pretendan, sus autoridades, convertir en circo esa plaza que nunca lo fue.