sábado, 14 de diciembre de 2013

nos has nacido

cierto... lo sé... abandoné temporalmente estos Vislumbres en espera del regreso a Bolivia... pero aquí también, en esta tierra en que inicié mis torpes andaduras, he podido vislumbrar un El Dorado más refulgente que todos aquellos que imaginaran los antiguos conquistadores, y por eso regreso: para dejar constancia... y para que el joven Salazar sepa que ya tiene más latidos que le unen a los antiguos invasores... siempre

gracias a todos (sí, tú, no mires a otro lado, sabes quién eres) por ser y estar

Amaneces al invierno frío de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta de tu llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces agrias de la sala de partos, asisto a tu nacimiento. 

Surges de un naufragio de sangre y vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que tú decides hacer celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futuros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el caudal de miedo y ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y latido. 

Y ya no somos más una mujer y un hombre porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto, hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida. 


miércoles, 6 de noviembre de 2013

¡arde Cochabamba! / ¡arde Madrid!

...como ya acostumbro (aunque intuyo ser ignorado), aviso que lo mejor de esta entrada es la música que, nuevamente, se encuentra al final (a ver si así alguien me lee)...

Cochabamba esconde en sus bolsillos de escarnio y propaganda monedas de basura y billetes de podredumbre, con que poder adquirir una salteña de saldo y una entrepierna de uso y abuso. Pasear ciertas calles de la ciudad, al albur de las farolas en huelga y los horarios ingratos descubre un tropel de desperdicios que difícilmente puedan desaparecer antes del día siguiente, cuando las caseras  inicien la danza somnolienta del adecentamiento. Cuando el gallo aún no sabe que lo es y las prostitutas sumergen en la turbulencia gélida de una ducha apresurada los lodos de sus cien batallas. Será entonces que el mercado comenzará a tomar forma del barro en que quedó desecho la noche anterior, cuando los despojos y el estiércol apócrifo amenazaban con sumergirlo todo en una marea de abrazos de mugre y adioses mal suspirados.

Arde Cochabamba, podría pensar el inexistente lector de estas líneas retorcidas en regueros de cochambre. O quizás no. Porque, de primeras, es difícil imaginar la basura que ya forma parte del pavimento y el caminar ciudadano ardiendo en pira funeraria de suciedades y melancolías. La basura, cuando es parte del paisaje, caso de arder, sólo logrará desmantelar la ciudad y eso no, no lo deseamos los que en ella habitamos.

Pero tampoco deseamos conservar la basura en nuestras casas. Mejor su descanso dominical de barrenderos en huelga y gatos famélicos.


Es, ahora que el regreso, temporal pero inminente, a Madrid me muerde los talones, que gusto de gastar los de mis zapatos contracturados por los meandros de suciedad y abandono de la ciudad de Cochabamba. Marearme en el hedor de estiércol y verdura sin sentido de La Cancha, al anochecer, y navegar su brillo de navajas calcinadas y vísceras a medio fermentar, como aquel navío ebrio de Rimbaud en la epopeya del sexo y la celebración de los oponentes. Olfateo cual lobuno engendro los efluvios de la chicha desperdiciada en marea de vómitos que amenazan con naufragar las calles más sureñas de este Planeta Sur que hoy me habita, aquí, en Cochabamba, perdido en el laberinto de cerrojos oxidados y miradas ídem del Mercado de La Cancha, más bien del tropel de mercados que dan vida a este monstruo multiforme que los cochabambinos que no lo pisan se enorgullecen de cacarear como el más grande de toda Latinoamérica... yo no lo sé, sólo lo paseo en la penumbra del riesgo y la anochecida que nos ha de tragar a todos.

Y todo podría arder, en confetti o desperdicio, esta noche sin más luna que la del ojo de cristal del mendigo borracho que pretende amancebarme a su conversación de chicha putrefacta y harapo deslumbrante.

Pero no arde, no, y un Madrid en que la basura sí comienza a calcinarse al amparo de la revolución mínima de unos barrenderos, operarios de la limpieza ajena, que ven peligrar sus puestos de trabajo de sobras e inmundicia. Porque el Ayuntamiento de la capital de esa España que sepultó en los Andes que hoy me rodean los huevos putrefactos de la cruz y el látigo, ha decidido que están de más un buen puñado de esas personas que se encargan de limpiar el culo a la ciudad mientras sus habitantes duermen. Y ellos, cansados, con su aroma a sardina descompuesta como única bandera pirata y revolucionaria de una revolución fracasada de antemano, han decidido incendiar en basura las calles de la ciudad: incendiar su basura.

Al fin, creo, no se me hará tan patente como temía el cambio de continente. Pero, para no olvidar las pequeñas diferencias e inapreciables concomitancias, acompañará mi viaje el velero glorioso de la prosa quebrada y prístina de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que me ha reconciliado con la literatura en estos días de paseos desmemoriados y memoria equívoca en que me pierdo por lo más perdido de la ciudad que, durante año y medio, he habitado sin darme cuenta de hasta qué punto me habitaba ella a mí.

Regreso, en breve, a "casa", a enmendar el dictado pornográfico de los periódicos con mis onanismos de guerrillero absurdo y perdido. Pero, sobre todo, regreso para zambullirme en la basura sentimental del abrazo amigo y el beso fraterno mientras la basura real, la que despreciamos y otros nos recogen, arde en las calles de un Madrid que se me hará, seguro, desconocido e incierto. Como Cochabamba, como Bolivia, Latinoamérica y ese El Dorado que algunos vinieron a buscar antes que yo y del que, lo lamento, pocos vislumbres he podido registrar. De momento, porque... volveremos.

Madrid, sí, eso ya lo sé: nunca volverá a ser lo mismo. Afortunadamente, como dijese el Poeta: queda la música...
                                            

jueves, 24 de octubre de 2013

mate uruguayo (y 2)

Recorríamos las avenidas color vacío del extrarradio, en busca del personaje de aspecto siniestro pero charla acogedora que nos dispensaría una bolsita de plástico reutilizado repleta de cogollos de verdor más apagado que el de las lechugas que nuestra madre disponía sobre el alambre escueto de la cena de fin de mes. Intercambiábamos palabras y la sonrisa del camello de cartón piedra se redecoraba de agravios cuando le planteábamos la posibilidad de un menor precio....

- Mira, niño, esto no es mierda, esto llega de lejos, lo compra gente de renombre, ¿me estás vacilando? Porque yo, a buenas, dabuten, pero a malas... no queráis saberlo

Desmembrábamos la tensión tendiendo la policromía monótona del billete y, bajo la greña de costra y rock'n'roll de aquel tipo mal vestido de cuero gastado, recobraba un guión raído la sonrisa de la ganancia. 

Después, al parque, bajo la noche apócrifa de la floresta desaseada de jardinerías que aún no había puesto en marcha el Ayuntamiento de Madrid. La saliva recorriendo senderos de funámbulo en la boca de la litrona y en la boquilla del porro.. de labio en labio, de beso falso y verso descascarillado. Y, más tarde, a ahuyentar a las chicas del grupo con nuestra descarada desinhibición de ebriedad mal encarada.

Eran tiempos de permisividad, sí, pero aquella no pasaba por el hecho de condescender la adquisición segura de marihuana bien cultivada y sueños a medio hacer. Debíamos bajar al submundo que, dentro de nuestra periferia de barrio pobre y granujas de calle sin salida, suponía el trapicheo de sustancias prohibidas. Otros llegaban aún más abajo, donde el sótano te acogía con aniquilante abrazo de muerte segura pero diferida, allá donde las sustancias dispensadas eran de menor tamaño pero más fuerte mordida en la psique del consumidor. No bajaban, pienso ahora, caían, eran conscientes, pero se dejaban caer, y la heroína de sus vidas, a partir de aquel momento comenzaba su arrebatado galope de caballería desbocada, hacia la nada, el vacío, el epitafio y la esquela mentirosa.

No pasamos nosotros, afortunadamente, de la marihuana y el hachís. Y en eso andamos, algunos, todavía. No comprendíamos, en aquel entonces, la ardua labor de parientes y autoridades por alejarnos del mal que nuestra enajenada juventud no nos permitía comprender. Ahora, ya adultos, con muescas de excesos tatuando nuestra sonrisa de caries y nuestra mirada descabalgada, me pregunto por qué siguen intentando mantenernos a salvo de un mal que ni de lejos rozamos. 

Occidente es padre inmisericorde cual Yahvé de la Biblia. Y, como aquél, dispensa opios con que mantenernos despiertos en el sueño de la abundancia televisada mientras nos arrebata toda droga que nos permita soñar que la abundancia, aunque sea de  dicha, más que de productos, pueda llegar a rozarnos los párpados cansados de computadora y sueño a medio hacer. Bueno, miento, no nos la arrebata, únicamente sube el precio para que ellos puedan seguir manteniendo vivas las ganancias que inundan los mass media que nos aborregan en rebaño de asepsia y miedo. O sea, que prohiben la droga para mejor lucrarse. Luego dicen que la culpa es de los narcotraficantes: ¡esas bestias! 

pues... ¡vaya usté a saber!

Yo, hoy, sólo sé que en un escuto pedazo de tierra del Planeta Sur, han llegado a comprender, gobernantes que se dignan de no poseer más que el terruño que les vio nacer, que los narcotraficantes son otros. Por eso en Uruguay se ha legalizado total y absolutamente el cultivo y consumo de la marihuana, y ésta se podrá vender al mismo precio que hace unos días se pagaba por ella en ese turbio e intrincado mercado que llaman negro (¿racismo?). No hablo de Bolivia y su coca, eso es harina otro costal. Hablo de Urugay y su presidente y la coherencia brutal de sus dirigentes. ¿No saben nada de ese mandatario democráticamente elegido que calza alpargatas y pastorea ganado? Busquen en "la red", sorpréndanse y comprueben que el sueño de un mundo mejor no se escribe con los renglones que dicta la corporación y el oropel, y que algunos, sí, ya han comenzado a manchar con tinta fresca y pulso firme la Historia que nos merecemos.

En Bolivia, sí, hay coca, pero la marihuana es difícil de encontrar, penado gravemente su consumo y, para colmo, de mala calidad, como aquella que nos vendía el camello de desértico bolsillo que se lucraba con las ansias de experiencias de una pandilla de jóvenes más temerosos que intrépidos, cuando mi adolescencia en Madrid-Vallecas.

Escribí hace un tiempo que el lunfardo argentino, como el silabeo sibilino y sabroso del uruguayo de a pie, a pesar de ser difícil de entender, es delicioso al oído. Así me suena hoy la melodía coherente de un país que reconoce que, para prosperar, es mejor no hacerle el juego a los que juegan apostando fuerte pero poniendo, siempre, sobre el tapete las esperanzas del pueblo sufriente y doliente que les da de comer.

Maestro Calamaro, de nuevo, adelante...

                                                     

jueves, 17 de octubre de 2013

poemas de la quietud (siguiendo el rastro de lluvia de la voz de Chinoy)

Que hay otras realidades...a nadie se le escapa. Que hay otras músicas alejadas de los cánones pero aquejadas de los mismos dolores...quizás no sea tan evidente. Pero en el Planeta Sur, al otro lado del Atlántico, hay voces que para sí quisiera Bob Dylan si volviese a nacer, y letras que ya desease el bardo estadounidense reinventar. Claro, que estas letras son, quizás, más de todos los que aprendimos a pronunciar la ñ, por mucho que nos empeñemos en clamar por el Nobel para el autor de A Hard Rain's A-Gonna Fall. Pero lo importante, al fin, es que, a uno y otro lado del Imperio, se viste de primeras nupcias una lluvia que todo habrá de arrasarlo...

las nubes ronronean
un torpe rumor de humedad
y la tierra crepita líbido
con tonada de tormenta inminente

los puestos callejeros
toman nota de los cielos
y comienzan su agria danza
de pan de ayer fruta fea
y mercadería en desbandada

amas de casa recuerdan
haber olvidado 
en la quietud ebria de la cocina
la nota que les recordaría cuántos tomates precisa
el guiso que al día siguiente alimente a la familia

un cancionero culpable
de brazos esclavos de bolsas
demanda abolición de taxis
desdibujando sombras a la orilla
de caminos calles y calzadas

boliches peluquerías colmados
inician naugragio en perfiles
que no quieren dar la cara
a la meteorología fiera
de nubes que han de sembrar rastro

yo añoro el caldo de nube
que me aderece la calma
con que paseo las calles
de la ciudad y la nada

...y en mi mente la estridencia aterciopelada de la voz de un joven chileno: Chinoy de nombre (o apodo, a quién le importa), poeta de apellido...

escuchen
                                                      

sábado, 5 de octubre de 2013

el Mercado 25 de Mayo


Por si hubiese algún editor avispado y suicida, advierto: lo que continúa es un extracto de la obra inédita Este es el fin de mi carrera literaria:

(en caso de sopor, recomiendo la ceguera primaveral del urinario público)



El Mercado 25 de Mayo se presenta como la ocasión propicia para despegar mi dolorida musculatura del pegamento sucio que supura la cuerina tercermundista del asiento en que decidí recoger mis contracturas. Ignoro si habrá sido, éste, el mercado al que ella ha acudido en busca de la ensalada de proteínas y grasas con que habremos de alimentarnos, pero nada pierdo intentando encontrarla entre la devastación alimenticia de sus puestos de carne mutilada y pescados de ayer.
Antes de sepultar mi cuerpo en el sarcófago de aromas y texturas del mercado, paseo la mirada (que no el cuerpo) por entre los carteles de los comercios aledaños. Hay huevos detergente helados abarrotes cervesa jugos proclama uno de éstos, así, con la intrépida improvisación de la vida haciéndose a sí misma. He habituado ya mi capacidad de sorpresa a la obscenidad material de los colmados de la ciudad, ese estrépito de productos equívocos tan similar al que reúne a los miembros de una familia desestructurada a la hora de la cena navideña o el cumpleaños del bisabuelo, por ejemplo. Bolivia no tiene tiempo de preocuparse por la dictatorial estética comercial que obliga a colocar los artículos de primera necesidad en recoleta recolección de colores y promesas de una vida mejor, más saludable, y que, junto al jabón lujurioso de axilas fragantes, reposen sus postreros resquicios de vida el rompecabezas imposible de la comida para gatos y la edificación ebria del vino barato. Al fin y al cabo, no difiere tanto de la mercadería pulcramente colocada de los grandes centros comerciales occidentales: puedes perder una jornada completa buscando el artículo preciso, como pierdes el rumbo deslumbrado por el oropel de cartón piedra de los citados comercios primermundistas. El mercado es, siempre, ese lugar en que equivocar la brújula de lo imprescindible para mayor satisfacción del vendedor de turno, y yo estoy a punto de entrar en el 25 de Mayo para mayor satisfacción de la mirada verdeazul de las lechugas y el tacto inexistente de los pedazos de carne que las moscas intentan acariciar con su molesta danza de alas sucias y ojos imposibles. 
Soy consciente de que a ella, hoy, no voy a encontrarla aquí. Pero me hipnotiza el pequeño colmado de la esquina sur, ese que, entre grandes sacos terreros descosidos por la lucha silenciosa del arroz, esconde desquiciadas bolsas que ocultan, tras su noche de plástico, pedacitos de galletas para gatos, a menor precio que en el hipermercado y, por supuesto, que en la clínica veterinaria. No pienso en ella, por tanto, ahora. Me desentiendo del beso de fotografía añeja que estampó en el papel baritado de mi barba a medio hacer, hace minutos, horas, no sé, antes de susurrarme me acerco al mercado y marcho pronto a casa. Posiblemente ya esté festejando, ella, el maullido festivo de la gata, el mismo con que nos recibe cada día, al regresar del trabajo. Yo, ahora, pienso en la gata, y en lo satisfecha que mostrará su mudo parloteo de caricias y ronroneos cuando yo regrese al hogar portando entre mis manos un breve suicidio de plástico hinchado de galletitas, pedazos de galletitas. Creemos que engañamos a los animales dejándoles comer de nuestra mano, pensamos que nos reconocen como benefactores cuando, especialmente en el caso de los gatos, sólo comprenden que estamos sometidos a su dictatorial imperio de los sentidos, un imperio de los sentidos asexuado pero más cierto que aquél que mostraba la célebre película japonesa (creo que era japonesa, quizás fuese china, cuando la pasaron por televisión yo era demasiado joven para poder descifrar con soltura el jeroglífico gestual de la población oriental). El animal, los animales, los gatos, la gata, sólo comprenden la presencia de un ser anónimo que les dispone un almuerzo sin siquiera haberlo solicitado. Y no lo agradecen, sólo simulan hacerlo para poder después exigirlo en el momento menos oportuno. Los humanos contentos, felices de pensar que el animal nos reserva un pedazo del cariño que no siente.
La casera me dispara una sonrisa a la par que se unta los labios de agasajos mercantiles, pretendiendo que adquiera productos innecesarios y caducidades enlatadas. Como en cualquier mercado, creo que ya lo he dicho. Compro comida para la gata, pedacitos de galletas, y antes de salir al desastre sónico de la calle en hora punta de paseantes, autos y ventas improvisadas al albur del irregular adoquinado, decido pasear por entre los puestos de pescado, por mejor infectarme de ese aroma a mar envasado que siempre desprende el pescado, aunque provenga del río y no de los redundantes oleajes del mar que Bolivia no tiene. El oleaje siempre es redundante. El oleaje es pura redundancia, y el pescado ebrio de asfixia que agoniza al borde de los puestos del Mercado 25 de Mayo es pura antinomia. Pero huele a mar, ya digo, aunque pienso que este aroma sólo sea producto de la fraudulenta intervención del sentido de la vista. De no poder mirar a los ojos vacíos al pescado que languidece al borde del féretro vivaz del mercado, tal vez, creo, no rememoraría mi olfato el aroma del salitre. Las miradas engañan, ya lo decían las madres. Y a mí, la mía, no me advirtió de que algún día soñaría bañar el pentagrama ciego de mis pasos en la redundancia de una marea inexistente, al pasear los mercados bolivianos. 



martes, 24 de septiembre de 2013

breve biografía no autorizada de La Belleza

Pues sí, así entro hoy, con el cuchillo amoldado a las encías y la epidermis erecta de sensación y palabra. Y lo hago sin pedir permiso a aquellos a quienes gloso y que son los párrafos tartamudos que conforman las páginas más gloriosas de la creatividad hispana, sí, de España: ese retazo de cuero que hiede a descomposición de laboratorio, ese agujero negro de egoísmo sin espejo y moneda mal prensada, ese serpentín que oscurece de temperatura cerveza agria y vermú barato, esa componenda de retazos de mastuerzos que se esfuerzan por medrar a costa de los de al lado....España. 

Pero, afortunadamente, también, aparte muertos en vida sin protagonismo más allá del de la hora de la cena recalentada, y ridículos magnates de la nada y el expolio que en Nada desean convertir al ser humano, España acuna, al ritmo de nanas que suenan a blues de ajenjo y rabia, a las mejores mentes de mi generación. Y éstas no se perderán junto a las que glosara Ginsberg en su demoledor Aullido contra la inercia grisácea de los tiempos modernos.

España: cobijo de sabandijas, erial de bondad, autopsia de cercanía, todo en aras de la sacrosanta e imbécil quimera de la individualidad y el provecho propio.

España: guarida de equlibristas de la palabra, panal al que se acercan los revuelos ebrios de la mirada certera, recreo de funambulistas de la Belleza....sí, eso también es España, y su contradicción la anima a seguir en pie aunque los pies de otros pidan turno para comenzar a pisotearla.

Quiero decir, entre otras muchas cosas que no alcanzaré a pronunciar, que la Asamblea Fantasma del Quinceeme y la Uniformada Policía de lo Correcto: uniformada de Zara, pero, eso sí, con corbata, que no parezca que esta ropa la hacen unos niños chinos entre paliza y golpiza, repito, quiero decir que tales grupúsculos de náusea y sudor y cerveza recalentada al aire de soflamas antiimperialistas marcadas a fuego en la parte trasera del cuello de la camiseta vintage...me pierdo, así que resumo: la verdadera Asamblea a que todos aquellos que aún atesoran un ápice de decencia pueden aspirar se haya injertada sin remedio en lo que me gusta llamar La Cofradía de la Santa Palabra. Y especifico: es sólo un ejemplo, porque sí: existen otras redes de personas enredadas a la dulce tarea de no hacer nada por cambiar el mundo más allá de lo que saben pueden hacer. La Palabra, La Obra, El Trazo, La Mirada, qué más da. Sólo importa que cada traspiés propinado por la estulticia del Tiempo del Hombre Muerto no nos lleve a unirnos a él. Ya digo: no hay que cambiar el mundo. Basta con ser consecuente con las palabras que traza ese remolino de hueca verborrea que amenenaza gangrenarnos la garganta.

Días sin huella, más allá de la baba con que el caracol no puede solventar nuestras ansias de una vida larga, longeva, casi eterna conectados al imbécil estallido de luz falsa de la computadora y la teleserie de éxito capital y capital creciente. Pero, aún así, los hay que imprimen el paso glorioso de su asimetría sensorial en los senderos que aún deja libres la devastación del hormigón y el beneficio a toda costa (¿dije costa?, ¿es que acaso rima con hormigón? Tal vez).

Y no son muchos. No, ni siquiera llegan a 26, más les valdría, ya tendrán tiempo. Cualquiera diría que andan Perdidos, pensando, como el que se rebana el sentimiento ante una fotografía en blanco y negro y le susurra al amigo que le acompaña: "¿puedes sentir la luz?".

Lo que quiero decir es que no sé lo que quiero decir. Quizás tan sólo que la verdadera Revolución está en el corazón de aquellos que deciden abrir las puertas al de los demás.

Y sí: aunque os parezca pueril, esto es algo así como vislumbrar El Dorado que no existe...o tal vez sí. Hasta aquí tuve que llegar para saber que El Dorado no es un chalé adosado, de cocina alicatada en monedas, ubicado en el centro marchito de un vergel de oro y plata. Tal vez, El Dorado, sólo sea la fugacidad dolorosa de una caricia y la salvaje simetría de un beso con maneras de abrazo. Quizás sea no más que un caudal breve de camaradería y sensación a flor de latido. Yo he descubierto, en Bolivia, quién me quiere y me extraña...eso ya es mucho...mucho más de lo que muchos soñarían lograr en mil vidas. Así que, a pesar de todo: ¡feliz de vivir en Bolivia y enraizarme a la Pacha Mama!

Escribo estas palabras desde el Hafa. Quienes me seguís me entendéis. Sabéis dónde está el Hafa. Aquí nos encontramos, envueltos en el humo que desprende el elixir de los dioses y amarrados al abrazo sincero de la amistad y lo íntegro.

Salud, hermanos y ... siempre adelante!


mi eterno agradecimiento a quien tuvo la acertada certeza de tomar esta instantánea (seas quien seas)

viernes, 20 de septiembre de 2013

poemas de la quietud (paseando con Brel y Bowie las playas de Bolivia)

(OJO: esta entrada tiene música, como siempre, al final...y es buena memorable inolvidable...así que no es preciso leer...escuchar, en este caso, será más productivo)

Aseguran los bolivianos que, cuando la pleamar de la borrachera amenaza con descubrirles náufragos de ojos como globos y oculares globos de alcohol, pueden lamentarse sin control y sentirse, llorosos de ebriedad, ebrios de pena, cual supervivientes únicos de un naufragio de sangre a la orilla de una isla desierta: la que no acuna las olas al costado de las costas que no existen en Bolivia.

Hubo una vez un belga que logró que los mejillones de las cocinas de sus compatriotas abriesen la boca por siempre y que éstos decidieran cerrarla definitivamente para ni parecer que pretendían hacerle sombra, al hablar. Jacques Brel lloró con chubascos de garganta y timbre las miserias de un anciano pescador que paseaba el puerto de Amsterdam al ritmo de su propia resaca de mareas y licores. David Bowie, años más tarde, encogió la voz de Brel y ladró a la luna de los melancólicos que se pretendían andróginos y los machos que se quisieron borrachos, pidiendo más pescado, más pez, más oscuro, más llanto .... y yo una vez más me abandono a su fraseo enfermizo y delicado llorando y gritando y, añorando el mar que no puedo divisar desde las costas inversas del altiplano, solicito al menos un océano de cartón piedra en que hundirme ... para no seguir llorando. Es entonces que comprendo lo que siempre he llamado "la absurda petición de mar por parte de los bolivianos".

Al final, creo, Brel sólo venía a decir esto: el mar no es más que el desagüe de las esperanzas fracturadas

soñé una explosión de espumas
un fragor rojo tormenta
coral sangre azul bravura
que me encendiese la líbido
antes que la pérfida edad
la declarase caduca
(a pesar del alma)

hoy desfilo esquivos senderos
de polvoriento almizcle y grava
donde el deseo es sólo sueño
y la vida trazas de tumba
en que se enredan las costras
de expolio y fe de esta tierra
en cuyas ausentes costas
redundan las olas de un mar
que reclama su tributo
de dolor
sangre
y espuma
 
y al otro lado
(siempre al otro lado)

me espera la ilusión
de seguir adelante
a pesar de las furias
los ruidos
los años
los besos
y beberme cada noche
el mar que no he digerido

mi naufragio de impotencia

mi corona de salitre

mi pleamar de chiste

mi soledad de alga fresca

                  

domingo, 8 de septiembre de 2013

desacreditados

Abandonaba, hace ya más de un año, un Madrid infartado de quinceemes y moribundo de esperanzas. Un Madrid que asemejaba la cartografía errónea de un navegante ebrio. Una ciudad calcinada por el termómetro gris de un agosto al que amenazaban tormentas de piedra que quedaron tan sólo en chaparrones de conveniencia.

Llegué a Cochabamba, en Bolivia, con el rumbo a la deriva y los sueños en barbecho, esperanzado por vislumbrar El Dorado sin monedas de una vida que pudiese ganarse el honor de portar tal nombre. Afortunadamente, antes de abandonar la ciudad de los rascacielos de mugre y lástima de Madrid, el tenaz y certero poeta Vicente Muñoz Álvarez me otorgaba el honor de formar parte de lo que prometía ser un volumen literario memorable. Una obra en que diversos autores otorgarían su particular homenaje (o su público agravio) a un escritor que supo (aunque no lo pretendiese) remover los cimientos de la vieja literatura para colaborar a su definitiva y necesaria demolición. De las páginas que sangrase Louis-Ferdinand Céline, surgirían los latidos de un nuevo ritmo literario que ya, a muchos, no nos abandonaría. Claro, el citado genio había pasado, hace tiempo, a ocupar las ominosas páginas del general descrédito debido a sus veleidades nazis. Nadie es perfecto. Nadie puede asegurar qué cosa es la perfección.

Partí hacia Bolivia, por tanto, esperanzado en poder contemplar, algún día, mis balbuceos como páginas rodeados por las memorables proclamas de un nutrido grupo de genios de la literatura. Aún no ha llegado el momento pero, afortunadamente, ya está cerca.

banner cortesía del gran Pepe Pereza

Encontré, en esta tierra sometida por la temperatura y el pretérito, un enrevesado vergel de contradicciones en que perderme, a gusto, durante un caudal de tiempo lúbrico y promiscuo. En Bolivia me esperaban un puñado de niños famélicos de esperanza y hambrientos de futuro. Niños que a edades en que otros, en mi tierra de origen, aún sólo saben escribir con signos en las pantallas de sus smartphones última generación, ensucian la tinta fresca de los días limpiando zapatos, enjabonando autos o, simplemente, ofreciendo a los conductores, durante la muerte breve del semáforo en rojo, diminutos números acrobáticos orientados a lograr el favor de unas monedas. Niños que acarician la frontera de una juventud que se niega a hacer acto de presencia. Niños que aspiran desconsuelo de roídos frascos de pegamento. Niños cuyo rostro exhibe las cicatrices de la ignominia y, también, ¡ay!, el descrédito. Y a ellos no pueden acusarles, como a Céline, de filia nazi.

Al otro lado del mundo, en aquella tierra que abandoné a la deriva del egoísmo y la burla, las revoluciones latinoamericanas se glorifican o se denigran, a partes iguales. Desde allá se lanzan salvas a la muerte del Comandante Chávez, o se celebra su deceso con descorches de cerebro y champán. Allá se hace mofa y escarnio de los rasgos indígenas del Presidente Evo Morales, o se celebra su incansable lucha contra el imperialismo occidental. Ni unos ni otros, me temo, han pisado nunca más tierra que aquella en que se les asegura que sus zapatos no queden manchados por el barro de la Historia. Latinoamérica es, de nuevo, utilizada como entelequia con que rellenar charlas huecas que a ningún futuro conducen. Anarquistas de salón de belleza. Liberales de cartón piedra. Latinoamérica como ensayo mal escrito al que cualquiera puede corregir las líneas. Latinoamérica sumida en el descrédito de quien sólo pretende seguir absorto en la visión de su propio ombligo.

Es aquí, en Cochabamba (Bolivia), donde tengo la fortuna de estrechar la mano a Miguel Sánchez-Ostiz, literato irrefutable y persona, a pesar de todo, de más mirar que escribir, de más callar, sonreír o torcer el gesto que de hablar para no decir nada. Miguel, que hoy sufre las torpes embestidas de aquellos a quienes sus palabras atemorizan, el descrédito de los gerifaltes de la imprenta que, por igual, edita literatura que no lo es y papel moneda que envejece los sueños. Miguel es sólo uno de los maestros de la palabra que acompañaron el viaje de Céline y me acompañan a mí en este viaje desacreditado de antemano que Vicente Muñoz Álvarez ha querido emprender con el puñado de páginas en que pretendemos rescatar de la ignominia la prosa desmedida y fulgurante del denostado autor francés. Porque sé, me consta, que no ha sido fácil para el poeta leonés, encontrar un editor dispuesto a rescatar la palabra y figura de Céline. Andan todos más ocupados buscando su propio El Dorado de billetes y ventas millonarias. Y si para ello es necesario manipular el gusto del lector o impedirle el acceso a lo que desearía leer...¡sea!

Afortunadamente, la intrincada carrera de obstáculos emprendida por Vicente junto a Julio César Álvarez, otro genio de la palabra y el desconcierto, arriba ya a las librerías, en breve, por mucho que tantos hayan pretendido desacreditar su periplo. Los responsables de la Editorial Lupercalia han hecho acopio de eso mismo: responsabilidad, para ofrecer al lector el alimento que los mercados desean sustraerle.

En nombre del sacrosanto individuo, naufragamos en realidades ficticias, nos entregamos a egoísmos como amantes, olvidamos lo que un día fuimos y celebramos el nuevo hombre: carente de ideales, preferencias, opiniones, reflexiones, criterios propios, a mayor gloria de la vacuidad del Imperio que une con el cemento del egoísmo los últimos ladrillos de este nuevo muro con que separar a los disidentes: el descrédito.

Desacreditado Céline. Desacreditada solidaridad. Desacreditada Latinoamérica. Desacreditado Muñoz Álvarez. Desacreditado Sánchez-Ostiz. Desacreditado todo aquello que ponga en peligro nuestro viaje hacia La Nada. A todos ellos, individuos y conceptos, desde aquí, doy las gracias por comprender que aún hay quienes nos negamos a ser devorados por la pantalla de plasma de 42 pulgadas y preferimos, a pesar de todo, continuar nuestro particular viaje al fin de la noche...

...aquí comienza comienza el periplo:

http://eldescreditoviajes.blogspot.com.es/

domingo, 25 de agosto de 2013

poemas de la quietud (fusilando el "me gusta")

dedicado a todos los que malgastan su tiempo leyendo las frases que balbuceo

Acechas el cinematógrafo huraño y apócrifo de la computadora, sólo para descubrir vertederos de humildad y lucha social. Caes en las aniquiladoras redes de la red de redes, sólo para descubrir que aún pasean los muertos su halo de cadenas como verdades que sucumben a la edad de la inocencia. Rastreas noticias de píxel y diseño gráfico, sólo para mejor recomponer tu rabia y hastío. 

Quiero decir que, hoy, ya, ahora, aquí, allá, en la más remota de las islas y la más nevada de las cumbres, un gran porcentaje de humanos tiene libre acceso a la conexión cibernética que les desconecta de la realidad y recrea para ellos una certeza paralela. Los humanos, sí, son más combativos. Eso se deduce de las libertarias proclamas y las solidaridades de cartón piedra que pueblan las redes sociales, estos días. Todos tenemos una cuenta en facebook. Todos somos libres de mostrar, a los extraños a quienes hemos querido etiquetar como amigos, las miserias de nuestro desnudo de costillas prominentes, carne flácida y moral equívoca. Todos podemos clamar contra las injusticias en la cadavérica asamblea de las teclas y la foto retocada vía instagram. Todos tenemos libertad para poner a prueba nuestro ingenio reivindicando consignas sociales con los 140 caracteres que admite un twitt.

Los poderosos continúan haciendo caja con nuestros comentarios en facebook. Las telas de araña de la estadística evidencian nuestras miserias y apetencias más íntimas. Continentes enteros se hunden a pesar de nuestros festivos plebiscitos cebernéticos. Los niños del abandono continúan hinchando sus vientres al ritmo de la música de nuestros smartphones. Ladrones de guante blanco nos extirpan, sin que apenas seamos conscientes, hasta el derecho a respirar. La frágil baraja de la sanidad es desparramada sobre el tapete de la tarjeta de crédito. Nuestros coches pasan de 1 a 100 en el tiempo en que se desangra en sudor y miedo cualquier obrero sin horizonte. La educación es un arma de doble filo incitada a rebanar el sueño de los que nunca sabrán leer. 

Y clamamos contra la injusticia, sí, desde la cómoda butaca en que aposentamos nuestro cansancio, frente a la computadora. Han logrado que estemos cansados, y que utilicemos frases y palabras que muchos leen pero nadie descifra. Han logrado que no hallemos la fuerza para salir a la calle, que empleemos las habilidades que nos enseñaron a considerar poco propicias para lograr la buena vida en escupir palabras huecas y anular acciones como gaviotas que picotearían los ojos de ese engendro al que, inconscientemente, adoramos perseguimos ansiamos deseamos para no sentir el vacío de una vida hueca que sólo rellenamos con serrín o felpa ajada...como aquel oso de trapo de la infancia...al menos, aquél, sonreía

el gato se observa,
desconcertado,
en el espejo vacío
del cristal de la terraza

como me miraba yo,
no hace mucho,
en el tintineo falso
de la economía
y el salir a flote

después pasea,
se retuerce,
persiguiendo
su propio cuerpo

como yo,
ya digo,
hace tiempo

como tantos
hoy


y ... Occidente cargado de miedo,
        podría tratarse de magia chamán
cantaba un insolentemente joven y engreído Enrique Bunbury, hace siglos, cuando aún la revolución era una palabra que reptaba de boca en boca, de latido en latido, de corazón en corazón...antes de morir sepultada en la tipografía apócrifa de la pantalla de una computadora.

En Oriente (entiéndase: todo pedazo de tierra que no pertenece a quienes gobiernan Europa y los EE.UU.), lamentablemente, hallamos a cada momento más de lo mismo...vislumbres de un El Dorado que nadie pudo encontrar y aún se resiste a ser descubierto. 

Seguiremos buscando.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Genet en Cochabamba

Después de más de un año viviendo en Cochabamba, viviendo Cochabamba, descubro que los pasos se me enredan en las mismas baldosas, que las sonrisas se quedan colgadas de los mismas cuerdas en que las cholitas que emplean su tiempo lavando las miserias de los otros cuelgan sus ropas de saldo y moneda fácil, que la orgía de enredados desencantos y pasivas vivencias que es mi vida toma el sendero fácil de los desagues y los vertederos. Cochabamba, Bolivia, Sudamérica toda, al fin, no es más que una porción infinitesimal de mi desencanto.
Pero, afortunadamente, nada que ver mi desencanto con el de Leopoldo María Panero en el grandioso documento del mismo nombre. Porque mi desencanto muerde raíces en la misma tierra en que nací: la arena movediza y grumosa de mis fantasmas incompletos y perversos.

En Cochabamba, como en Bolivia toda, el acceso a la literatura no es fácil, ni barato. Al contrario. Difícilmente podrás encontrar aquí obras literarias de esas que, en la vieja Europa, ya te costaba encontrar en las librerías de saldo o segunda mano. Pasear los pasajes aledaños al Correo, embriagado ante la vista de tanto volúmen desordenado y de bajo coste es necesario, sí, pero los hallazgos son escasos y han de limitarse al puñado de páginas esculpidas por autores bolivianos y, de tanto en tanto, algún que otro escritor latinoamericano de los más profusamente editados a lo largo y ancho del planeta (léase Vargas Llosa, Benedetti, Galeano y, ¡uf!, Paulo Coelho). Nada de literatura underground americana, ni asomo de lírica simbolista francesa, nunca el eco de la poesía de la conciencia hispana...

Pero traen noticia, las paginas de internet de la publicación de volúmes que, de inmediato, deseas poseer...es el caso que me acomete al contemplar el bondadoso bombardeo con que facebook y demás herramientas del absurdo despedazan el suelo que no piso...hablo, en este caso, de la obra de Mohamed Chukri recientemente vertida al vertido y denigrado español: Jean Genet en Tánger. De inmediato me acomete el sueño dúctil de los alminares y terrazas tangerinos, el caracoleo de inmundicias y esencia de azahar del Zoco Chico, la enredadera de ensoñaciones de los bendires y las darboukas que enredan en sonoro silencio los deambulares por las callejas de Tánger. Me invade, también, cómo no, la violencia de esputo depauperado de la lírica prosa de Genet, sus aullidos de espanto y belleza, su simiente bestial y fragante, germinando al amparo del estiércol y el beso. Por resumir: que alguien me envíe un ejemplar de esta obra, joder, ¡que aquí no llega!

Pero es en el fango del infortunio donde florecen las flores del mal que nos hacen seguir tragando a sorbos imposibles la grandeza de la vida. Es así que un poeta, un autor, una persona que sabe decir una detrás de otra las verdades que nos pretenden eludir, aterriza en Cochabamba y me trae su brisa de sinceridad fresca y honestidad brutal. Miguel Sánchez-Ostiz, escritor y persona como pocas nos quedan a los que deseamos hallar frágiles alas de eternidad en el naufragio sucio de mercados y mentiras de la vida moderna. Miguel, compañero ya, y amigo (anhelo) que me despierta del ensueño de estar viviendo una tierra sin haber devorado aún sus portentosas y frágiles raíces. Miguel llega a mí demostrando que soy yo quien llego a él porque debía hacerlo, porque me era preciso. Y me enreda en comidas pantagruélicas y charlas rabelesianas junto al más desbocado e irreverente escritor boliviano vivo. Comer, beber, deglutir, escuchar, charlar, mirar a Miguel junto a Ramón Rocha Monroy, te hace saber que nada importa el que ninguno de vosotros se haya dignado enviarme un ejemplar del Jean Genet en Tánger que tanto ansiaba hasta el momento de sentarme a la mesa de los grandes. Una mesa en que la cerveza despierta resplandores de sutileza y la carne aglutina verbos y risas como puñales que esperan la espalda en que clavarse sin previo aviso.

Ahora, hoy, demasiados días después, anhelo el reencuentro con estos escritores que son personas antes que literatos y supervivientes antes que grandes autores. No, ya lo dije, aquí no llega la voz de Genet, pero me basta con encontrar resplandores de la belleza que sus palabras imprimieron a la vida carcelarria y mísera de quienes pretendían enterrar el futuro y sólo pudieron escupir tres puñados de mísero barrro sobre el sepulcro expedito de la gloria con que las letras quisieron darnos vida a quienes soñábamos vivir en prosa. Gracias, Miguel. Gracias, Ramón. Gracias siempre por franquearme las puertas de vuestro hogar de gloria como tinta desparramada al viento.

Ya digo (o dije), Cochabamba cambia, Bolivia cambia, cambia Sudamérica, se transforma el mundo y asoma sus ojos amarillentos la esperanza frágil del hambriento...porque todo cambia y, hoy, yo soy otro, como el poeta.

 Y...amo Bolivia


Ahora, por volver a Genet, decido regalar un fragmento de mi torpe novela, Los Cuadernos del Hafa, ese amasijo de tinta como dolor en que pretendí anidar el espíritu sucio y anverso de un Genet converso. Que ustedes lo disfruten...o lo ignoren...a mí, ya, poco me importa...

Ojos que parecen retar al fotógrafo, más por la pose y la ropa pretendidamente patibularia con que el modelo desafía la normalidad establecida, que por lo que sus propios ojos pretenden insinuar, ya que éstos semejan dos botones vueltos hacia dentro, dos diminutas luciérnagas en trance de perder la luminosidad. Genet mete las manos en los bolsillos de sus pantalones, decididamente anchos (los bolsillos), con la anchura suficiente para permitir agarrarse el falo como si fuese éste la antorcha de una libertad que el fotógrafo pretende robarle. Su cabeza rapada, su incipiente y evidente calvicie, los párrafos desordenados en que se arruga su frente, no son más que un decorado que pueda recordar los años de presidio y vida maltrecha en los muelles de Barcelona y, de forma sutil, evitar que el observador pueda hallar algún sentimiento reconocible en esa mirada extraviada en su propio desafío.
A Isabelle Gérofi no podía dejar de fascinarle el cariñoso desprecio que exudaba Jean Genet cada vez que visitaba la librería. Lo habitual era que permaneciese subyugada durante los minutos previos al saludo, ésos en que Genet se paseaba por entre los estantes y, deliberadamente, extraía de los mismos aquellos títulos que más le atraían, los recogía bajo sus brazos carcelarios y se acercaba a una mesa, a hojearlos y arrancar las páginas que más le interesaban, doblarlas cuidadosa y furtivamente, y encajarlas con delicadeza en el bolsillo de su pantalón antes de sonreír a Isabelle y preguntarle si podía desayunar con ella.
Isabelle desayunaba con Genet, y éste devoraba los dulces que aquélla le servía de modo totalmente gratuito.
Jamás cedió el escritor a la incómoda pretensión de su anfitriona de dejarse fotografiar para convertirse en un nuevo elemento decorativo de la librería, así que Isabelle tuvo que recortar, con pericia cercana a la devoción, aquel retrato del autor con que se inauguraba una entrevista al mismo en la portada de una longeva publicación literaria francesa de las muchas que se acumulaban en las mesas del establecimiento.
Al fin y al cabo, aquella instantánea era la más fiel a la imagen que Isabelle se había forjado de Genet, durante la estancia de éste en Tánger, a la búsqueda de nuevos prostíbulos y virginales leyes que quebrantar.

sábado, 3 de agosto de 2013

queremos enseñARTE



Escribí el texto que sigue a raíz de la publicación de una canción que he podido ver nacer, crecer, desarrollarse y llegar a no pocos oídos. Sí, ni puedo ni deseo negarlo, formo parte del proceso, formo parte de la esperanza que anida en esta canción. Lo lamento, no estoy yo para falsas y estúpidas modestias y (ya lo dije) no me debo al público que no tengo. Así que: gracias a Makka por su latido de ritmo y abrazo, gracias a Favio por su voz de fulgor desnudo y crudo ensueño, gracias a Solange Molina por su pincel de verbo y belleza y su sonrisa de pureza y dignidad, gracias al resto de chicos de la Fundación enseñARTE (Performing Life) de la que me alegro de formar parte, gracias a los compañeros que hacen posible que el sueño aún esté al alcance de la mano...gracias a los poetas que sostienen entre sus dedos de tinta y grafía, cada día, ese estallido de futuro que nos reventará la inconsciencia

La poesía es un arma cargada de futuro

Gabriel Celaya



Ya nos sorprendió el joven MC Makka con su anterior larga duración, un artefacto musical y lírico que desmembraba barreras demostrando que la música no debe encerrarse en estrictos patrones estilísticos o verbales. Claro, hablo de MÚSICA con mayúsculas, no de simple entretenimiento vacuo.

Nos lo advirtió con el primer “aperitivo” de ese fastuoso banquete que promete ser su próximo larga duración. Y ahora este segundo “aperitivo” que ya podemos considerar, sin temor a equivocarnos, como “entrante” en toda regla. Decía Makka, en el primer tema al que aludimos, que Eres Tú La Luz, y con este nuevo pedazo de sonora realidad ilumina sin olvidar que también hay, siempre, otro que, decididamente, puede ser La Luz.

Queremos enseñARTE, cantan en la voz de Makka miles de niños que viven y trabajan en las calles de este mundo que pretendemos aséptico, ordenado, correcto, coherente. Y nos lo demuestran, verdaderamente esta canción es una deliciosa enseñanza para aquel que ande presto a prestarle oídos y sentimientos.

Inicia esta primorosa oda el desfile melancólico de unas notas de piano en las que la irrupción de la voz de caverna amable de Makka despliega las consecuencias de un cañonazo de luz. Al poco, tras una mesiánica pero sincera declaración de intenciones, la voz de Favio, uno de tantos jóvenes de infancia secuestrada y madurez prometedora, comienza a recoger los pedazos de incandescencia para dar forma a un fantasioso vehículo que nos transportará hacia el reino perdido de la esperanza. Luego rapea el poeta para recordarnos que esa esperanza anida en cada uno de nosotros y que, caso de desearlo, también podríamos ser, cada uno de nosotros, La Luz.

El músico alicantino, haciendo gala de la profunda humanidad que supuran cada una de sus letras, autoafirmando su intención de iluminar las tinieblas en que, gustosamente, se sumerge una gran porción de esta tarta amarga que es hoy la sociedad, nos regala una grabación sorprendente por su feroz y urgente lirismo y, de paso, da cabida en esa esfera mágica que parece su música a la verdadera voz de la calle. Él mismo asume que desea enseñarnos el nacimiento de una flor. Y la vemos nacer, y la escuchamos crecer.

Queremos enseñARTE es el título de la nueva canción de Makka, una composición que atraviesa fronteras de incomprensión y desprecio para regalarnos la voz de uno de los numerosos jóvenes que, pese a no haber atravesado aún el difuso contorno de la madurez, ha vivido ya las numerosas tropelías a que se ven expuestos los niños y adolescentes que, a lo largo y ancho del mundo, se ven obligados a vivir y trabajar en las calles. Makka escuchó la voz de Favio, gracias a la Fundación enseñARTE (Performing Life), una organización sin ánimo de lucro que lucha para que los jóvenes de que hablamos puedan construir un mejor futuro, con el ARTE como única e ¿inofensiva? artillería. A partir de entonces, asegura, soñó con que este chico pudiese tener las mismas oportunidades que él había gozado. Así que contactó con la citada Fundación y comenzó a preparar la grabación que hoy tenemos la fortuna de escuchar.

Permanece en boga, desde ya demasiado largo tiempo, en los cultos círculos del tiempo libre y la mesa bien dispuesta, la dialéctica entre la obligación o no del artista de ser portavoz de las injusticias que carcomen la sociedad. Lastimosamente esta querella intemporal suele arreciar cuando el artista de marras es ya consagrado y tiene una cierta edad que se supone debe darle perspectiva. Makka, aún pendiente de su consagración musical, aún lejos de alcanzar la edad aposentada de muchos creadores, toma partido desde el inicio de su carrera, y lo hace por los desfavorecidos, los de verdad, no los que no pueden salir a cenar fuera el fin de semana, sino los que desconocen el significado del verbo cenar.

Michael Jackson aulló We are the world junto a una serie de rutilantes estrellas de la canción popular, pero nosotros, los que vivimos a pie de calle, nunca nos pudimos sentir identificados con su solidario mundo de oropel y condescendencia. Nosotros somos la calle y soñamos con que el arte irrumpa en los callejeros de nuestras ciudades para tornarlas más amables, y la mejor manera de hacerlo nos la enseñan Makka y Favio, de quienes, caso de ser, por ejemplo, el malogrado Jackson y su colega Stevie Wonder podríamos leer, en los rotativos y las cibernéticas páginas de la comunicación, que han compuesto el verdadero himno de la esperanza que ven ahogada entre ignominias y avaricias demasiados miembros de nuestra sociedad.

Gracias por querer enseñarnos. 
Ya sólo falta escuchar, aprender, y comenzar a ser La Luz.

http://fundacionensenarte.bandcamp.com/track/queremos-ense-arte