domingo, 16 de junio de 2013

poemas de la quietud (llamando a las puertas del cielo)

Porque es en el supuesto paraíso de los cristianos donde ejerce de vigía un avejentado San Pedro. Porque es el susodicho quien dió nombre al cactus que te permite traspasar tan etérea frontera sin mayor credencial que la de estar supuestamente vivo mientras te acomete el minuto final. Y es así que en Ecuador, Perú, Bolivia, crece, devorando pesadillas e iluminando ensoñaciones, dicho cactus de nombre usurpado al santoral católico.

Ocurre que en este otro paraíso más asequible que es la vida, podemos acceder a los mágicos dones que promete la cactácea de que venimos hablando, y perdernos en su digestión de espinas inocentes y pesadillas bondadosas al arrullo de la mescalina que anima su poco vegetativa vida, al menos no tan vegetativa como la de aquellos que emprenden la búsqueda de lo inmortal a través del acúmulo de cantidades en que apenas anidan calidades y que sólo se evidencien en la cantidad de monedas que sus manos escupen en las manos del anciano que mendiga misericordia a la puerta de la iglesia, los domingos, que es cuando el relumbrón apócrifo de la buena fe hace mayor acopio de apariencia.

Advertía el maestro Escohotado, en su Historia General de las Drogas, de los inevitables malos viajes que pueden acompañar al psiconauta interesado en las mareas interestelares en que naufragan los hongos y variantes. Nada puedo asegurar al respecto, sólo recomendar el regreso a El Río, esa deliciosa obra literaria de Wade Davis que glosaba la epopeya vital del etnobotánico Richard Evans Schultes, que disfrutó más de la mitad de su vida recuperando de manera coherente toda la maraña de ritos, ceremonias e iniciáticos cultos que los habitantes aún vírgenes (de cuerpo y mente) de la Amazonia sudamericana ponían en práctica para mejor respetar la santidad aún no cristianizada de los vegetales que engalanaban sus vidas para mejor provecho de una espiritualidad sin mayor pretensión que la de alcanzar la propia sabiduría, ésa que no sentían necesidad de inculcar al prójimo.

Llegaron después los trips y las modas, o la moda del trip, o los trips de moda, la cristianización de nombres y costumbres, y el cacto decidió (u otros por él) llamarse San Pedro, como el portador de las llaves del Paraíso. Afortunadamente, en este caso, la cristiandad supo adjudicar el apelativo correcto a esta planta que te invita a viajar a lo más profundo de tu propio subconsciente

...ése en que Bob Dylan aporrea con constancia de cuerdas suaves y voz quebrada las puertas del cielo...

Parapetado en el fragor
silencioso de la montaña
vientos y recuerdos
desordenándome el cabello
y la memoria en fuga
incendiando versos y laderas

alunizaje brutal de palabras
y estrellas fugaces
disfrazando de carnaval una noche
que destierra a las cavernas
el antropófago y vacío discurso
con que Occidente nos envenena

suave noche de San Pedro
reverdeciendo semillas
y alucinando vertederos
de frases y besos que un día
nos hicieron sentir
algo así como inmortales

y la copa vacía de tu vientre
a la espera del licor
que, inexacto, escancie mi sexo
para mejor atraparte
para ya nunca perderte
en la niebla voraz de la rutina

es entonces que la vida se inmola
y el cielo puede estallar
en oscuridad esta noche
porque en el envés de mi tacto
crece el delirio absurdo de tu caricia
como una flor de eternidad y nervio

martes, 4 de junio de 2013

cuando éramos reyes

Finalizado el mes de Mayo, puñado de días en que supuestamente arrecian tormentas de flor y frescura en mi tierra natal mientras amanecen jornadas de áspero agostamiento en esta mi tierra hoy adoptiva, recupero la realidad más cruda e inmediata al albur del visionado de Waqayñan, el documental en que el cineasta boliviano Ariel Soto decide atacar, por la espalda y sin previo aviso, las contradicciones de una ceremonia practicada en ciertas localidades del país de los andes desde tiempos anteriores al reinado de sangre y oro de los incas: el tinku.

Dispónganse varios litros de chicha de alta gradación alcohólica, una ancestral creencia en la necesidad de derramar sangre para que la Pacha Mama provea de abundantes cosechas a los habitantes de la zona, un desprecio absoluto por el dolor, y abundantes dosis de superstición...he aquí el tinku: un rito ancestral en que los miembros varones (incluidos niños), y las mujeres (caso de ser solteras) de distintas comunidades que conviven en pacífica armonía durante gran parte del año, deciden ocupar las plazas públicas para enfrentarse a puño y rabia unos contra otros hasta que un estallido escarlata de plasma ensordezca el clamor milenario de la tierra. O sea, que pelean entre ellos, con ferocidad de condenado a muerte, hasta quedar desoladoramente malheridos, con la única pretensión de ofrendar a la Pacha Mama el sacrificio de sangre humana que reverdecerá cosechas y extirpará conatos de hambruna. Consideran, los fieles del tinku, que la citada madre tierra es colérico dios ansioso por firmar el vetusto contrato de su magisterio con el fragante hematocrito que escancian, en la lucha, aquellos que desean ser dignos de su benevolencia.

Curiosamente, también en Bolivia, se utiliza el nombre de tinku, asimismo, para revestir de arcaico oropel a una danza folclórica que los años y la desidia han querido enhebrar con sonoridades menos antiguas, y que pretende ser expresión festiva de la misma adoración a la Madre Tierra que sustenta la contienda salvaje a que hacíamos referencia al inicio. Tal vez no tan curiosamente, quizás sean sólo dos caras de una misma moneda.

Recuerdo cuando en la adolescencia me vi casi forzado a visionar en televisión, vía desastrosa cinta VHS y tras la elogiosa insistencia de amigos y conocidos, ese grandioso documento histórico de nombre When we were kings que recogía en celuloide la épica batalla boxística entre Muhammad Ali y George Foreman que encumbraría al primero como renacido líder espiritual de la expoliada raza negra e histriónico vocero de la paz y el vivir sano. Aquel despiadado combate formaba parte de un entramado pseudo filósofico en que el campeón Ali había quedado enredado tiempo atrás, y parecía querer recuperar parte de la Historia que los libros de texto nos habían falseado, aquella en que los negros gobernaban sus tierras sin mayor ánimo violento que el de propagar simientes y solicitar maduros frutos a la Madre Tierra africana. Nunca fui persona muy adicta a deporte alguno, ni en su práctica ni en su contemplación, pero aquel combate de boxeo, sencillamente, varió las ideas preconcebidas que contra tan cruel ejercicio yo ejercitaba. Efectivamente, como el propio Ali proclamaba henchido de orgullo, pude comprobar que el campeón flotaba como una mariposa y picaba como una abeja ejerciendo sobre el cuadrilátero una coreografía etérea ajena al depauperado movimiento de músculos sin conciencia con que yo había identificado siempre, mentalmente, a aquellos que practicaban el boxeo. Pude contemplar un baile casi místico, una ceremonia de dolor y elegancia enardecida por el clamor festivo de miles de africanos ansiosos por encontrar la llave secreta que les abriría de nuevo las puertas de ese paraíso en que vivieron hasta que el hombre blanco acudió a extirparle sus más preciados órganos vitales, y cómo la sangre de Foreman reverdecía los vítores y las esperanzas por un futuro mejor y más promiscuo en alimentos y libertades.

Ahora, aquí, aún, en Bolivia, el tinku en sus dos vertientes: la festiva y la sangrienta. Como distintas caras de una misma moneda, creo que ya lo he dicho. Y en su documental, el perspicaz Soto, nos enfrenta a otra batalla: la que ejercen aquellos que, en estas tierras, han adoptado como recién creada por ellos la religión que les impusieron a sangre y fuego, a sus ancestros, los colonizadores hispánicos, frente a aquellos que, a pesar de tan soberbia y cruel dictadura, aún desean hacer brillar en la noche de sus vidas la abigarrada constelación de tradiciones que los soldados de la fe de Cristo pretendieron usurparles. Los nuevos católicos (más feroces si cabe que los iniciales) pretenden abolir por siempre el bárbaro despliegue de golpes, puñetazos, patadas, mordiscos que hace que, cada año, decenas de pobladores andinos derramen sangres propias y ajenas entre las aristas más fértiles de la tierra que les da de comer, enfrentándose sin odio pero sin piedad en las peleas tinku.

No vine yo aquí para juzgar a vivos ni a muertos, a moribundos ni supervivientes, y por tanto dudo, como lo hacen aquellos de entre los ciudadanos bolivianos que prefieren bailar el tinku antes que pelearlo. Pero hallo en los movimientos e íntimas convicciones de ambos eventos similitudes con las que profiriese aquel boxeador que puso en pie a naciones enteras al ritmo de la violencia y la sangre sin olvidar ni por un instante el baile mirífico de sus piernas y la enredadera danzarina de unos puños que habrían de traer a las naciones negras el maná milagroso que derogaría por siempre el yugo feroz del hombre blanco.

Mientras la correción política de Occidente juzga de inhumana barbarie esta lucha ancestral, un servidor regresa, para mejor aposentarse en la duda, a la mirada libre y paciente de Ariel Soto, que contempla sin juicio preconcebido el perfil más hosco de tan encarnizada tradición.

Pienso que tal vez los contendientes no quieran olvidar las épocas amputadas de los libros de Historia, ésas que unos y otros deberíamos conservar en la memoria: cuando éramos reyes.