miércoles, 24 de julio de 2013

acodado a la orilla del bar (*)

(*) título robado con alevosía al POETA


Resulta que Bolivia no tiene mar. Lo sé, disculpen, no descubro nada nuevo, aunque quizás sí a los novicios de la depauperada educación hispana, quién sabe. El caso es que Bolivia es el único país de Sudamérica que sufre la ausencia de la espumosa redundancia de un mar que humedezca sus inexistentes costas. Tal vez influya este hecho en la cerrazón casi bíblica de numerosos de sus habitantes, en la austeridad de su carácter, en lo críptico de su saludo, pueda ser.

Pero existen, enclaustrados entre las abruptas fronteras bolivianas, paraísos en que puedes llegar a sentir el cálido mordisco del salitre, la infantil revolución de la brisa marina, la pereza costera que impone la intemperancia de la resaca. Y es en esos lugares en los que mejor puedes disfrutar esa otra resaca, la que provoca el alcohol en el salón de invierno del cerebro, ése que la rigidez inoperante del cráneo oculta a propios y extraños. Son pequeños pueblos, escuetos callejeros, breves vecindades en que siempre podrás disfrutar de una charla que supondrías caribeña (en acento y calma) si pudieses llegar a vislumbrar tan sólo la orilla de ese mar que no llega a lamer las tierras bolivianas.

Roboré es un diminuto poblado de calles sin más asfalto que el de la arena rojiza con que las numerosas lluvias de la zona juegan a enredar en marisma de charco y pasear pausado el día a día de sus habitantes.

Las motocicletas hacen su ronda de arritmias mecánicas enhebrando caminos ficticios. 
Los vecinos saludan a la panadera, que estrena el amanecer con fragancias de pan recién hecho y café de puchero. 
Los militares de la base que allí se ubica equivocan su marcial saludo con una sonrisa que desbarata su pretendida ceremoniosidad. 
Las abuelas adecentan con escoba y canturreo las breves geografías de adoquín que inauguran la cartografía amigable de sus viviendas. 
Los perros interrumpen su beligerancia de parásitos y tedio a la escueta sombra de unas palmeras cuya mansedumbre acierta a ensordecer el ambiente.

Y tú te acercas al único bar del pueblo que sirve cerveza fría, y entablas conversación con el dueño.

Es ahí, a la orilla de un bar que podría ser océano, donde la charla se desentiende del fragor insensato de un mundo que nos quieren envenenar de moneda y transacción. Ahí, en el pequeño bar de Roboré que Wilber ha decidido instalar en el salón de su casa, donde comienzas a comprender que el mundo es pequeño, la vida breve, y la humanidad, decididamente, aunque tantos pretendan lo contrario, buena y amable. 

Wilber no hace alarde de conocimientos ni fortunas, tan sólo escucha y pregunta y sonríe y sirve otro vaso de vino dulce como la dentellada tropical de la floresta circundante al ritmo con que los mosquitos desordenan el fragor de las bombillas...y acaricia el anochecer un rumor de sombra y un frescor de salitre lejano...o así es como lo quiero imaginar, mientras comento a Wilber que su bar podría ser el que hace no mucho decidió inaugurar el gran escultor de palabras e historias, Israel López, y que acodado en la mesilla de noche que hace las veces de barra puedo sentirme a la orilla de una taberna que es resaca de mar temprano y oleaje de esperanza tardía...esa que albergo desde que arribé a estas costas secas de Bolivia: aún hay esperanza de que la humanidad vuelva a serlo.

Mañana, al día siguiente, pasearé las orillas de los regatos y corrientes que enredan Roboré, incendiaré mi piel en el cauce fresco de un río que, al fin, vale por muchos mares, y pasearé mi resaca por los senderos de papagayos y maracuyás del trópico en que anida la calma, la sonrisa y el abrazo.

lunes, 1 de julio de 2013

jugando a la sombra

  camino de los tigres

las ratas.
las de la cárcel.
a las que prendíamos
fuego
en el centro del patio.
se arrastraban por el suelo
con su cuerpo envuelto
en llamas,
camino de los tigres.
...
se arrastraban en esa dirección
porque allí tenían su casa
porque querían morir
rodeadas de los suyos
...
David González

Hay un llanto azul cobalto que perfuma los barrotes. 

Hay una mano de juguete intentando rectificar el dibujo de un sol entristecido. 

Hay un absurdo estropicio de humanidad perdida. 

Hay, cada día, en muchas (demasiadas) cárceles de este mundo por el que paseamos nuestra indiferencia, un infantil ejército de sombras que no queremos penetrar. 
Hoy, aquí, en Bolivia, cientos de niños pierden el rumbo de su edad entre pasillos que no son de colegio y patios a los que no llega el recreo, a la sombra atigrada de las rejas con que ellos juegan a dibujar cebras africanas e imposibles.
Son los hijos de la cárcel, los impedidos vástagos del desconsuelo. Bolivia no ocupa sólo la primera posición en los denostados rankings de pobreza con que los buitres puntúan la evolución de los países de América del Sur, sino que también se coloca a la cabeza de los que confinan a sus presos en cárceles que más bien parecen ciudades. Ciudades del extrarradio. Y hablo del extrarradio de la sociedad, no del metropolitano. Ciudades dentro de las ciudades. Metrópolis sin servicios básicos pero con densidades de población cercanas a las que debería registrar el Infierno de los cristianos, caso de existir. Y es en estos centros penitenciarios bolivianos donde los presos que han cometido el desliz, o el crimen (quién sabe, lo que en los acaudalados es bendición en los desheredados puede ser error mortal) de la paternidad, en los únicos que, a nivel mundial (ONU dixit), se permite que los inocentes descendientes de los reclusos vivan en su compañía. Decían algunos, al parecer, que nada de nocivo tiene el que los hijos puedan seguir gozando del amor filial. Pero estalla la bomba cuando se descubre que ese supuesto cariño de quien ha engendrado otra vida, se troca en sucesivo abuso sexual de una niña de doce años, repetidamente, durante eternidades de tiempo y cicatriz, por los diversos miembros de un clan familiar que habita los interiores noctívagos y venenosos de la cárcel de San Pedro, en La Paz. Las autoridades, haciendo gala de su autoridad, se disponen a desalojar a numerosos infantes de los sucios claustros maternos de las penitenciarías bolivianas. Comienzan a aflorar las ofendidas declaraciones de reclusos que aseguran proporcionar a sus hijos todo lo que las mismas autoridades que ahora parecen velar por los derechos de la infancia nunca podrán proveerles: cariño, educación, alimento...aunque tengan que desempeñar no pocas ni limpias labores para ganarse el sustento en el interior de estas ciudades inversas de la nocha altiplánica.

Al otro lado del mundo, en penitenciarías cinco estrellas, lamentan los escasos presidiarios del hampa mercantil el hecho de no poder recibir a sus visitas con traje, corbata y perfume caro que anule el hedor del delincuente común con el que nunca se cruzan. También despotrican al comprender que los dividendos acumulados en oscuras cuentas bancarias, tras años de latrocinios y expolios a los más ignorantes o los menos trabajadores de la sociedad avanzada (eso aseguran, tiren de hemeroteca), les son sustraídos por las fuerzas del Estado, impidiendo así a sus engominados vástagos que puedan seguir dilapidando los intereses de la barbarie en cenas haute cuisine aderezadas con licores high tech los fines de semana de la ignorancia, en las grandes capitales de la mentira y el escarnio.

Disculpen lo evidente y demagógico de mi discurso, creo que la edad y el paso del tiempo (¿acaso no son lo mismo?), en ocasiones, limitan mi horizonte a dos caminos obvios por pueriles: el de la demagogia o el del servilismo,
y puestos a elegir...
...y ya elegido el camino:
¿quién es el culpable de que una pequeña sea sucesivamente violentada por aquellos que deberían colmarla de agasajos e inocentes carantoñas? La barbarie, cierto, o The Horror, como afirmaba el Coronel Kurtz en Apocalypse Now. Pero tal vez la barbarie tenga origen en los despachos y mansiones cuyo único cometido es hundir en el fango a todo aquel que no produzca o genere generosos dividendos. Los desheredados, ya digo, a quienes no perdono todo (no se vayan a pensar), pero a quienes comprendo en su irracional raciocinio de vida desperdiciada y futuro inexistente.

Las autoridades, una vez más, hacen acopio de corrección y falso patriarcado (de ese que pretende paliar con autoimpuesta supremacía la carencia de razón), y acuden a socorrer a los desprotegidos. Sacarán a los niños de las cárceles, sólo quedarán los maleantes, los despojos de esta inhumana humanidad en que nos sumergimos tan lenta pero inexorablemente. Debe ser que para un país que se pretende emergente no es buena publicidad el dedo acusador de los adalides de los derechos humanos (ONU y sucedáneos), y que puede dar al traste con sus aspiraciones de placentera economía y concordia social.

Iniciaba, el gran David González, su poemario Los mundos marginados (poemas de la cárcel), al que pertenecen los sobrecogedores versos que inauguran esta entrada (lo sé, he cometido crimen, he seccionado el poema, pero acudan a las librerías, internet o lo que sea, compren y lean), con unas palabras de mi amado Henry Miller que, como de costumbre, incendian la noche de la idiocia con palabras de brutal lucidez...estas:

los que andan en la luz
no ven a los que están en la sombra