jueves, 24 de octubre de 2013

mate uruguayo (y 2)

Recorríamos las avenidas color vacío del extrarradio, en busca del personaje de aspecto siniestro pero charla acogedora que nos dispensaría una bolsita de plástico reutilizado repleta de cogollos de verdor más apagado que el de las lechugas que nuestra madre disponía sobre el alambre escueto de la cena de fin de mes. Intercambiábamos palabras y la sonrisa del camello de cartón piedra se redecoraba de agravios cuando le planteábamos la posibilidad de un menor precio....

- Mira, niño, esto no es mierda, esto llega de lejos, lo compra gente de renombre, ¿me estás vacilando? Porque yo, a buenas, dabuten, pero a malas... no queráis saberlo

Desmembrábamos la tensión tendiendo la policromía monótona del billete y, bajo la greña de costra y rock'n'roll de aquel tipo mal vestido de cuero gastado, recobraba un guión raído la sonrisa de la ganancia. 

Después, al parque, bajo la noche apócrifa de la floresta desaseada de jardinerías que aún no había puesto en marcha el Ayuntamiento de Madrid. La saliva recorriendo senderos de funámbulo en la boca de la litrona y en la boquilla del porro.. de labio en labio, de beso falso y verso descascarillado. Y, más tarde, a ahuyentar a las chicas del grupo con nuestra descarada desinhibición de ebriedad mal encarada.

Eran tiempos de permisividad, sí, pero aquella no pasaba por el hecho de condescender la adquisición segura de marihuana bien cultivada y sueños a medio hacer. Debíamos bajar al submundo que, dentro de nuestra periferia de barrio pobre y granujas de calle sin salida, suponía el trapicheo de sustancias prohibidas. Otros llegaban aún más abajo, donde el sótano te acogía con aniquilante abrazo de muerte segura pero diferida, allá donde las sustancias dispensadas eran de menor tamaño pero más fuerte mordida en la psique del consumidor. No bajaban, pienso ahora, caían, eran conscientes, pero se dejaban caer, y la heroína de sus vidas, a partir de aquel momento comenzaba su arrebatado galope de caballería desbocada, hacia la nada, el vacío, el epitafio y la esquela mentirosa.

No pasamos nosotros, afortunadamente, de la marihuana y el hachís. Y en eso andamos, algunos, todavía. No comprendíamos, en aquel entonces, la ardua labor de parientes y autoridades por alejarnos del mal que nuestra enajenada juventud no nos permitía comprender. Ahora, ya adultos, con muescas de excesos tatuando nuestra sonrisa de caries y nuestra mirada descabalgada, me pregunto por qué siguen intentando mantenernos a salvo de un mal que ni de lejos rozamos. 

Occidente es padre inmisericorde cual Yahvé de la Biblia. Y, como aquél, dispensa opios con que mantenernos despiertos en el sueño de la abundancia televisada mientras nos arrebata toda droga que nos permita soñar que la abundancia, aunque sea de  dicha, más que de productos, pueda llegar a rozarnos los párpados cansados de computadora y sueño a medio hacer. Bueno, miento, no nos la arrebata, únicamente sube el precio para que ellos puedan seguir manteniendo vivas las ganancias que inundan los mass media que nos aborregan en rebaño de asepsia y miedo. O sea, que prohiben la droga para mejor lucrarse. Luego dicen que la culpa es de los narcotraficantes: ¡esas bestias! 

pues... ¡vaya usté a saber!

Yo, hoy, sólo sé que en un escuto pedazo de tierra del Planeta Sur, han llegado a comprender, gobernantes que se dignan de no poseer más que el terruño que les vio nacer, que los narcotraficantes son otros. Por eso en Uruguay se ha legalizado total y absolutamente el cultivo y consumo de la marihuana, y ésta se podrá vender al mismo precio que hace unos días se pagaba por ella en ese turbio e intrincado mercado que llaman negro (¿racismo?). No hablo de Bolivia y su coca, eso es harina otro costal. Hablo de Urugay y su presidente y la coherencia brutal de sus dirigentes. ¿No saben nada de ese mandatario democráticamente elegido que calza alpargatas y pastorea ganado? Busquen en "la red", sorpréndanse y comprueben que el sueño de un mundo mejor no se escribe con los renglones que dicta la corporación y el oropel, y que algunos, sí, ya han comenzado a manchar con tinta fresca y pulso firme la Historia que nos merecemos.

En Bolivia, sí, hay coca, pero la marihuana es difícil de encontrar, penado gravemente su consumo y, para colmo, de mala calidad, como aquella que nos vendía el camello de desértico bolsillo que se lucraba con las ansias de experiencias de una pandilla de jóvenes más temerosos que intrépidos, cuando mi adolescencia en Madrid-Vallecas.

Escribí hace un tiempo que el lunfardo argentino, como el silabeo sibilino y sabroso del uruguayo de a pie, a pesar de ser difícil de entender, es delicioso al oído. Así me suena hoy la melodía coherente de un país que reconoce que, para prosperar, es mejor no hacerle el juego a los que juegan apostando fuerte pero poniendo, siempre, sobre el tapete las esperanzas del pueblo sufriente y doliente que les da de comer.

Maestro Calamaro, de nuevo, adelante...

                                                     

jueves, 17 de octubre de 2013

poemas de la quietud (siguiendo el rastro de lluvia de la voz de Chinoy)

Que hay otras realidades...a nadie se le escapa. Que hay otras músicas alejadas de los cánones pero aquejadas de los mismos dolores...quizás no sea tan evidente. Pero en el Planeta Sur, al otro lado del Atlántico, hay voces que para sí quisiera Bob Dylan si volviese a nacer, y letras que ya desease el bardo estadounidense reinventar. Claro, que estas letras son, quizás, más de todos los que aprendimos a pronunciar la ñ, por mucho que nos empeñemos en clamar por el Nobel para el autor de A Hard Rain's A-Gonna Fall. Pero lo importante, al fin, es que, a uno y otro lado del Imperio, se viste de primeras nupcias una lluvia que todo habrá de arrasarlo...

las nubes ronronean
un torpe rumor de humedad
y la tierra crepita líbido
con tonada de tormenta inminente

los puestos callejeros
toman nota de los cielos
y comienzan su agria danza
de pan de ayer fruta fea
y mercadería en desbandada

amas de casa recuerdan
haber olvidado 
en la quietud ebria de la cocina
la nota que les recordaría cuántos tomates precisa
el guiso que al día siguiente alimente a la familia

un cancionero culpable
de brazos esclavos de bolsas
demanda abolición de taxis
desdibujando sombras a la orilla
de caminos calles y calzadas

boliches peluquerías colmados
inician naugragio en perfiles
que no quieren dar la cara
a la meteorología fiera
de nubes que han de sembrar rastro

yo añoro el caldo de nube
que me aderece la calma
con que paseo las calles
de la ciudad y la nada

...y en mi mente la estridencia aterciopelada de la voz de un joven chileno: Chinoy de nombre (o apodo, a quién le importa), poeta de apellido...

escuchen
                                                      

sábado, 5 de octubre de 2013

el Mercado 25 de Mayo


Por si hubiese algún editor avispado y suicida, advierto: lo que continúa es un extracto de la obra inédita Este es el fin de mi carrera literaria:

(en caso de sopor, recomiendo la ceguera primaveral del urinario público)



El Mercado 25 de Mayo se presenta como la ocasión propicia para despegar mi dolorida musculatura del pegamento sucio que supura la cuerina tercermundista del asiento en que decidí recoger mis contracturas. Ignoro si habrá sido, éste, el mercado al que ella ha acudido en busca de la ensalada de proteínas y grasas con que habremos de alimentarnos, pero nada pierdo intentando encontrarla entre la devastación alimenticia de sus puestos de carne mutilada y pescados de ayer.
Antes de sepultar mi cuerpo en el sarcófago de aromas y texturas del mercado, paseo la mirada (que no el cuerpo) por entre los carteles de los comercios aledaños. Hay huevos detergente helados abarrotes cervesa jugos proclama uno de éstos, así, con la intrépida improvisación de la vida haciéndose a sí misma. He habituado ya mi capacidad de sorpresa a la obscenidad material de los colmados de la ciudad, ese estrépito de productos equívocos tan similar al que reúne a los miembros de una familia desestructurada a la hora de la cena navideña o el cumpleaños del bisabuelo, por ejemplo. Bolivia no tiene tiempo de preocuparse por la dictatorial estética comercial que obliga a colocar los artículos de primera necesidad en recoleta recolección de colores y promesas de una vida mejor, más saludable, y que, junto al jabón lujurioso de axilas fragantes, reposen sus postreros resquicios de vida el rompecabezas imposible de la comida para gatos y la edificación ebria del vino barato. Al fin y al cabo, no difiere tanto de la mercadería pulcramente colocada de los grandes centros comerciales occidentales: puedes perder una jornada completa buscando el artículo preciso, como pierdes el rumbo deslumbrado por el oropel de cartón piedra de los citados comercios primermundistas. El mercado es, siempre, ese lugar en que equivocar la brújula de lo imprescindible para mayor satisfacción del vendedor de turno, y yo estoy a punto de entrar en el 25 de Mayo para mayor satisfacción de la mirada verdeazul de las lechugas y el tacto inexistente de los pedazos de carne que las moscas intentan acariciar con su molesta danza de alas sucias y ojos imposibles. 
Soy consciente de que a ella, hoy, no voy a encontrarla aquí. Pero me hipnotiza el pequeño colmado de la esquina sur, ese que, entre grandes sacos terreros descosidos por la lucha silenciosa del arroz, esconde desquiciadas bolsas que ocultan, tras su noche de plástico, pedacitos de galletas para gatos, a menor precio que en el hipermercado y, por supuesto, que en la clínica veterinaria. No pienso en ella, por tanto, ahora. Me desentiendo del beso de fotografía añeja que estampó en el papel baritado de mi barba a medio hacer, hace minutos, horas, no sé, antes de susurrarme me acerco al mercado y marcho pronto a casa. Posiblemente ya esté festejando, ella, el maullido festivo de la gata, el mismo con que nos recibe cada día, al regresar del trabajo. Yo, ahora, pienso en la gata, y en lo satisfecha que mostrará su mudo parloteo de caricias y ronroneos cuando yo regrese al hogar portando entre mis manos un breve suicidio de plástico hinchado de galletitas, pedazos de galletitas. Creemos que engañamos a los animales dejándoles comer de nuestra mano, pensamos que nos reconocen como benefactores cuando, especialmente en el caso de los gatos, sólo comprenden que estamos sometidos a su dictatorial imperio de los sentidos, un imperio de los sentidos asexuado pero más cierto que aquél que mostraba la célebre película japonesa (creo que era japonesa, quizás fuese china, cuando la pasaron por televisión yo era demasiado joven para poder descifrar con soltura el jeroglífico gestual de la población oriental). El animal, los animales, los gatos, la gata, sólo comprenden la presencia de un ser anónimo que les dispone un almuerzo sin siquiera haberlo solicitado. Y no lo agradecen, sólo simulan hacerlo para poder después exigirlo en el momento menos oportuno. Los humanos contentos, felices de pensar que el animal nos reserva un pedazo del cariño que no siente.
La casera me dispara una sonrisa a la par que se unta los labios de agasajos mercantiles, pretendiendo que adquiera productos innecesarios y caducidades enlatadas. Como en cualquier mercado, creo que ya lo he dicho. Compro comida para la gata, pedacitos de galletas, y antes de salir al desastre sónico de la calle en hora punta de paseantes, autos y ventas improvisadas al albur del irregular adoquinado, decido pasear por entre los puestos de pescado, por mejor infectarme de ese aroma a mar envasado que siempre desprende el pescado, aunque provenga del río y no de los redundantes oleajes del mar que Bolivia no tiene. El oleaje siempre es redundante. El oleaje es pura redundancia, y el pescado ebrio de asfixia que agoniza al borde de los puestos del Mercado 25 de Mayo es pura antinomia. Pero huele a mar, ya digo, aunque pienso que este aroma sólo sea producto de la fraudulenta intervención del sentido de la vista. De no poder mirar a los ojos vacíos al pescado que languidece al borde del féretro vivaz del mercado, tal vez, creo, no rememoraría mi olfato el aroma del salitre. Las miradas engañan, ya lo decían las madres. Y a mí, la mía, no me advirtió de que algún día soñaría bañar el pentagrama ciego de mis pasos en la redundancia de una marea inexistente, al pasear los mercados bolivianos.