lunes, 29 de diciembre de 2014

el futuro ya está aquí

Hace tiempo que no regreso por este blog... pero es que poco vislumbro El Dorado, al menos desde que abandoné Bolivia. Y tampoco es que lo hallase por aquellas tierras de apparátchik rampante e indigenismo mal digerido. El caso es que mientras me planteo si lo dejo o no lo dejo, como Albet Plá a su novia terrorista en aquella canción, me viene hoy la gana de dedicarle unas palabras como imprecaciones o unos exabruptos como verbos, que al caso es lo mismo. Al final hay música (si es que los duendes cibernéticos me lo han permitido), que es lo importante.

Al tema:

Buscar trabajo vía internet, agotados ya los ilusorios recursos de amistades y conocidos bien o decente o medianamente situados, es trabajo arduo. Tanto que se me atrasa la hora de la comida, y me alimento tarde y mal, por falta de tiempo y carencia de recursos. Afortunadamente existen las latas, los envasados, pero requieren su tiempo para quien carece de pericia en la apertura de aceros inoxidables sin que estos oxiden de plasma la palma de la mano.

Por eso llego tarde al telediario. Así que, no hay más remedio, sintonizo TVE 24 horas. Aún así, sigo llegando tarde, tal que a las "noticias" de sociedad que advierten a los televidentes de los peligros que conllevan las copiosas ingestas navideñas. Escucho a una entrevistada, ducha en el tema: "Es malo darse el atracón, porque luego en un par de meses viene, por ejemplo, una boda, y a ver qué haces". El vértigo informativo del noticiario no da tregua, y nos desplaza hasta Sevilla, donde podemos comprobar el duro trabajo de los funcionarios encargados de que, en la última noche del año, todo funcione como es debido (como Dios manda, dirían otros) en las multitudinarias fiestas de la idiocia y el despilfarro. Escucho: "Borrachos acabarán todos, lo importante es que encuentren bien señalizado el camino hacia el exterior". Bien, bravo por las medidas de seguridad, es bueno evitar incidentes, incendios, desgracias, lamentos. Sin dar resuello a la respiración pasamos a los deportes... ¡albricias! La solidaridad del español de a pie queda fuera de toda duda, ya que se anuncia un partido de fútbol para luchar contra el ébola. Cómo combaten tal enfermedad jugando al fútbol no lo explica el reportero de turno. No alcanzo, por tanto, a comprender el solidario acto, sólo me llega la verbal metralla de agasajos al fichaje, por el equipo patrocinador del evento, de un deportista al que mucho añoraban sus huestes. No, el citado futbolista no jugará en dicho encuentro, pero es la noticia. Escucho: "La verdad que su regreso al equipo es el mejor regalo que podríamos haber tenido estas navidades". No sé si los enfermos de ébola lo apreciarán en igual medida. 

Consumidas ya las tres sardinillas con tomate o nitroglicerina (vaya usté a saber), aún me resta algo de tiempo para disfrutar de las últimas imágenes (las más impactantes, asevera la severa comentarista) del año, tomadas por drones, una especie de aparatos que vuelan sin piloto. O sea, como los avioncitos de plástico modélicamente decorado que los aeromodelistas de mi infancia hacían surcar los cielos por autocontrol, o en ese plan, disculpen mi desactualización. El caso es que dichos aparatos no sólo sirven para espolvorear racimos de muerte sobre poblaciones moribundas, no. Ttambién sirven para grabar ensoñadoras imágenes de video desde los cielos, ¡oh! 

Que ya no hacen falta científicos lo deja claro la noticia de las copiosas ingestas. Que están de sobra los encargados de democratizar la cultura es evidente ante la segura borrachera de las fiestas de fin de año. Que la solidaridad es nueva medalla que colgar en la solapa, ya lo han dicho entre líneas los que acudirán al partido de esta tarde. Que la pericia de fotógrafos y cineastas nada puede ante la grandeza tecnológica lo evidencian las apabullantes imágenes de los drones.

El telediario finaliza con una de esas imágenes captadas por drones que, no entiendo aún muy bien por qué, sobrevuela un cementerio. Debe ser que los muertos se ven mejor desde el cielo, o que ahora somos los vivos quienes ascendemos al cielo de los cristianos... o que sólo nos queda soñar con la muerte para grabar imágenes aéreas cual ángeles en retirada de la vida y sus tentaciones. 

Pienso, por último, que tal vez el periodismo ya no sea cosa necesaria, y que la palabra perdió su verbena de sentido, hace tiempo, en las festividades de lo vacuo. Así que mejor dejo de escribir y doy buena cuenta de la botella que tenía reservada para fin de año.

Salud y feliz año... ¡bienvenidos a 2015!
                                                
                                             feliz año by enrique bunbury on Grooveshark

viernes, 26 de septiembre de 2014

literatura yonqui

Bolivia ya es casi un presente en blanco y negro... ya voy cerrando puertas, o al menos entornándolas. Un par de días atrás tuve la fortuna de disfrutar una memorable noche de abrazos, amistad, alcoholes, nicotina y palabras, invitado por la gente del proyecto mARTadero a dar una charla sobre Drogas y Literatura. Gracias a ellos, gracias a los asistentes, gracias a los amigos que, al fin, son los mismos y lo mejor que de Bolivia intentaré acomodar en la mochila de viaje.

Gracias a todos y, aunque largo y excesivo, dejo aquí el texto que sirvió de armazón a tan inolvidable noche, por si a alguien pudiera interesar:



LITERATURA YONQUI
(un recorrido personal por el uso de drogas en la literatura)

No sé por qué se escribe. En realidad, creo que nadie sabe muy bien por qué escribe. A pesar de ello todos los autores tenemos un buen catálogo de explicaciones epatantes preparadas por si llega el afortunado momento en que seamos entrevistados, o algo por el estilo. A mí, personalmente, me gusta asegurar que escribo para evitar convertirme en asesino en serie.

El caso es que, a pesar de no tener muy claro el motivo que nos induce a escribir, es evidente que para escribir hay que salir de la realidad. Primero: vivir, mucho y muy intenso, empaparse de realidad. Luego, escapar de ella para poder recrearla en la escritura. A veces no es fácil, muchos de ustedes lo saben, puede llegar a ser incluso doloroso. Para evitar ese dolor, muchos literatos, al igual que creadores de otras disciplinas, han recurrido, históricamente, a las drogas. Además, está comprobado científicamente que el uso de drogas psicoactivas excita la zona del cerebro en que se procesa el lenguaje, provocando una estimulación de la capacidad verbal. Otro motivo de peso para el que tantos y tan grandes literatos hayan recurrido al uso de drogas durante su proceso creativo.

Hacer un recorrido histórico de la utilización de drogas en la creación literaria sería tarea que podría emplear varios tomos bien surtidos de páginas y referencias. Por ello me propongo en esta breve exposición un par de objetivos: en primer lugar ser, efectivamente, breve; y por otra parte recurrir a mis propios gustos y obsesiones (en cuanto a drogas y a escritores), que al fin, uno no sabe escribir si no lo hace acerca de sí mismo. Llámenme ególatra si lo desean, pero ya dije en principio que de no escribir posiblemente me hubiese convertido en un asesino serial, así que la mejor terapia para evitarlo es dejar impresas en papel mis obsesiones. Tampoco deseo hacer una enumeración de obras literarias escritas bajos los efectos de los psicotrópicos, no, más bien deseo ceñirme al título de esta exposición, y hablar de Literatura Yonqui, o sea, aquella escrita por literatos fuertemente enganchados al uso de diversas drogas. ¡Ah!, lo olvidaba, también dejaré a un lado el alcohol. Sería más fácil hacer un brevísimo recuento de los escasos escritores abstemios que hayan tenido algo importante que decir en la Historia de la Literatura.

Para iniciar este egocéntrico viaje al maravilloso mundo de los estupefacientes en la literatura, nada mejor que comenzar con mis amados Baudelaire y Rimbaud.

Charles Baudelaire (cortesía de "la red")
Charles Baudelaire (1821-1867), poeta maldito por excelencia, consumidor desordenado de alcohol (por supuesto), láudano, opio y hachís, autor del mítico poemario Las Flores del Mal, que tanto ha hecho por la poesía posterior al siglo XIX. Hubo muchos otros antes que él, ya lo dije, pero para mí es el primer yonqui de la literatura digno de sincero y eterno elogio. He enumerado algunas de las drogas que consumía el decadente bardo francés, citando por separado el láudano y el opio, cuando el primero es un preparado del segundo. Un preparado en que el opio acompaña a ciertas dosis de azafrán, canela, clavo, alcohol… suena delicioso, ¿verdad? Nada que decir del opio, creo que es de sobra conocido y en el imaginario popular quedan demasiadas imágenes de fumaderos de opio orientales en que serviles chinos proveen recoletas y decoradas pipas a los abandonados clientes. El láudano, a diferencia del opio puro, no se fuma. Se consume por vía oral. Los efectos son idénticos, la variación está en la velocidad con que los mismos acometen al usuario. El opio provoca el abandono total y absoluto del físico humano a los enrevesados vericuetos de la mente, proporcionando una sensación de relajación difícilmente obtenible por otros medios. Pero no olvidemos que, en el siglo XIX, estas drogas eran medicamentos de uso común para tratar todo tipo de dolencias.

Y volviendo a Baudelaire y sus drogas. Sí, las probaba, las consumía, analizaba sus efectos, los disfrutaba pero, presa de su carácter dolorido y controvertido, también las sufría. Sus experimentaciones con estas drogas verían la luz en la obra Los Paraísos Artificiales, en que, lejos de hacer una defensa a ultranza de su uso, pone en entredicho la poca moralidad del mismo, y el peligro de que sean ellas quienes comiencen a usar a la persona, y no al contrario. De hecho, deja escrito que “está prohibido al ser humano, bajo pena de decadencia y de muerte intelectual, alterar las condiciones primordiales de su existencia y romper el equilibrio de sus facultades”, o “toda persona que no acepta las condiciones de la vida vende su alma”. A uno, personalmente, le agrada más el Baudelaire drogadicto, producto del cual serían esas Flores del Mal que reverdecieron de grandiosa belleza la lírica del siglo XIX. Si es preciso ponerse hasta las cejas de hachís, opio, o derivados para escribir tal obra maestra, y dejar en ella frases como la deliciosa “¿Qué es el Arte? Prostitución”… ¡bienvenidos sean!

Rimbaud (cortesía de "la red")
Arthur Rimbaud (1854-1891), el enfant terrible por antonomasia, el joven anarquista de la palabra y la vida sin cuya existencia la de la poesía estaría claramente a la baja, o seguiríamos declamando cosas del tipo “Brilla el sol de septiembre radiante / reflejando la gloria inmortal / del gran pueblo que firme y constante / fue el primero en la lucha marcial”. Sí, lo sé, estos “versos” forman parte del Himno de Cochamba, pero es que hay algunos que lo consideran poesía… espero que nadie se ofenda por este exabrupto Al caso: si Baudelaire inauguró el malditismo literario, Rimbaud, sencillamente, inauguró la poesía moderna. 

Rimbaud, efebo maligno, delicuescente magnificador del exceso, a pesar de amar la poesía de Baudelaire, le llevaba la contraria enalteciendo la alteración de las condiciones naturales de la vida humana por todo medio a su disposición. Así fue que desordenó sus años adolescentes, aquellos en que se dedicó a la escritura, con todo tipo de sustancias intoxicantes, del láudano al hachís, pasando por la absenta, obsesionado con agudizar hasta el extremo todos los sentidos. “Caer en el abismo, cielo, infierno, ¿qué importa? / al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo”. ¿No es acaso este deseo común a todo el que escribe, e incluso a todo el que aspira a abandonar la vida asegurando haberla vivido? Y, por si acaso el deslumbrante torrente verbal y sensorial de sus Iluminaciones y su Temporada en el Infierno lo dejaban poco claro, el poeta insistió, en sus Cartas del Vidente, al exclamar: “Yo es otro”. Eso, amigos, y nada más, es o puede ser la Poesía. Allá quien no lo comprenda.

Rimbaud puso punto a final a la más influyente obra poética de la historia conocida a la edad de 20 años. Por aquel entonces ya había experimentado en su cuerpo los efectos de toda droga disponible en la época, todo ello con el ánimo, como digo, no ya de escribir sino de vivir al extremo. Objetivo logrado.

En ambos casos, encontramos que la utilización de sustancias psicoactivas potencia la sensibilidad de los autores, llevándoles a liberar la pluma de los estrictos corsés de la realidad impuesta y el academicismo. Como decíamos al principio: ambos logran salir de la realidad que les impone la sociedad para poder recrear esa otra realidad en que habitamos todos: la verdadera, la que no confesamos al prójimo, la que sufrimos y gozamos.
Siguiendo con mi personal periplo por los viajes psicoactivos de literatos famosos, pasaríamos de estos dos fenómenos, saltando casi un siglo de Historia, para llegar a la egregia locura de Antonin Artaud. Pero sería de mal gusto ignorar, en el ínterin, la adicción a la cocaína de Robert Louis Stevenson (1850-1894), que daría obras tan jugosas y dignas de estudio como El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, paradigma de la esquizofrenia del hombre moderno, o el infierno opiáceo de Jean Cocteau (1889-1963), cuyo intento de desintoxicación narró memorablemente en la obra de nombre homónimo a tal sustancia.

Artaud (cortesía de"la red")
Antonin Artaud (1896-1948), decía, el enajenado por excelencia de la literatura, el terrorista del clasicismo y la estrechez de miras, el padre de todo lo que puede considerarse Teatro Moderno, gracias a los dictados teóricos de su inevitable Teatro de la Crueldad, ese que “apuesta por el impacto violento en el espectador”. Ignoro si influyeron más, en el polifacético autor marsellés, el largo historial de electroshocks sufridos a lo largo de su recorrido por psiquiátricos varios con el objetivo de “curarle”, o la larga lista de sustancias intoxicantes que consumió con la avidez de un naúfrago sediento, parece ser que con la misma intención: curar sus desequilibrios mentales. Lo que es evidente es que su navegación tóxica le hizo siempre estar más cerca de los sueños que de la realidad, anticipando así los surrealismos y demás ismos. “Hay que darle a las palabras sólo la importancia que puedan tener en los sueños”, aseguraba, no sin razón.

De entre todas estas sustancias a que aludimos refulge, cual perla mirifica, el peyote, que el literato aprendió a consumir en México, en compañía de los indios tarahumaras. Por primera vez, la historia de la literatura, abre sus puertas a los enteógenos: drogas que provocan estados alterados de conciencia y que, si hacemos caso a su origen etimológico, logran que Dios habite dentro del consumidor. Estados de realidad alterada, más que intensificada. Artaud escribe Un viaje al país de los Tarahumaras que se constituye, prácticamente, en un tratado antropológico que abre la vía de escape de la sociedad mercantilizada occidental a distintas formas de pensamiento y vida más enraizadas a la tierra y lo natural, lo indígena, y todos esos términos que tanto daño han acabado haciendo, lamentablemente, a la literatura con sus hijos subnormales: los best-sellers y los libros de autoayuda. También en otros campos, Pachamama y demás, ustedes saben de lo que hablo.

La adicción a las drogas, para Artaud, fue un verdadero suplicio. Por el contrario, para la Literatura, su sufrimiento fue una bendición, y a su impuesta huida de la realidad debemos algunas de las páginas más memorables de la misma.
 
Años después, recién iniciados los ’50 del pasado siglo, aparecerían en escena, arrasando convenciones lingüísticas y sociales, los jinetes del apocalipsis literario. Hablo, es evidente, de los beatniks. Y, entre ellos, siguiendo con mi personal preferencia, las voces inmaculadamente sucias de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs. 

Aquí la franja de lo psicoactivo se amplía hasta límites insostenibles: mescalina, bencedrina, morfina, ácido lisérgico, cocaína, marihuana, heroína… 

Pero vayamos por partes.

Burrooughs (cortesía de "la red")
William S. Burroughs (1914-1997), homosexual y yonqui ávido y confeso, convierte su periplo vital y literario en mitología moderna. Cualquiera de las normas no escritas por las que se regía la puritana sociedad estadounidense de la época fue destrozada a dentelladas por el autor. El joven heroinómano se transforma, con el tiempo, en reverendo de la modernidad del exceso y la vanguardia literaria. Por el camino, sin importarle nunca la opinión ajena, deja un desastroso rastro de atropellos vitales y lingüísticos que pasarían a la historia de esa cultura que hemos dado en llamar underground

El escritor norteamericano se estrena en el mundo editorial con Yonqui, un descarnado descenso a los infiernos de la heroína narrado en primera persona y desde el conocimiento más absoluto. Más tarde llegaría el uso de otros opiáceos y la visionaria utilización del lenguaje que estos imprimen a sus textos. Textos de difícil asimilación, carentes de argumento, pero plagados de imágenes de violencia y desarraigo difícilmente olvidables una vez recorridas por el lector. Burroughs lo tenía claro: “El lenguaje es un virus”. Y como tal lo propaga en sus obras, cuya lectura es lo más cercano a un viaje de ácido que pueda experimentar cualquier lector atento.        
    
En cualquier caso, la obra de Burroughs se constituye como una clara denuncia de las drogas duras. Más bien, lo que denuncia, es la utilización que de las mismas hacen las autoridades para aniquilar a toda una generación, y así lo deja por escrito: “El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente”. El Almuerzo Desnudo se inicia (o finaliza, ya no recuerdo) con un memorable glosario de drogas y sus efectos, como acompañamiento al bizarro desvarío textual, sexual y sensorial de unas páginas que pasaron a la Historia como la más desquiciada genialidad escrita hasta la fecha. Una genialidad que expone metafóricamente los métodos de control utilizados por las fuerzas del orden establecido para desbaratar los sueños de progreso y cambio de la juventud: las drogas duras de las que apenas rozando la venerable ancianidad pudo llegar a desengancharse el autor. Durante su redacción, las dosis de morfina que se inyecta el escritor son decididamente desmedidas y, por si fuera poco, las adereza con ingentes cantidades de mayún, un contundente pastel de hachís especialidad de las tierras marroquíes que por aquel entonces habitaba. De ahí surge un libro que a día de hoy, lo aseguro, ningún editor en su sano juicio osaría publicar.

Ginsberg (cortesía de "la red")
Allen Ginsberg (1926-1997), homosexual y psiconauta ávido y confeso, hace de la vida de sus coetáneos material literario con que desollar la métrica monocorde de la poesía de la época. Al igual que su compañero de correrías, Burroughs, el poeta denuncia la utilización de las drogas como veneno que corrompería las mentes y cuerpos de toda una generación: la más brillante, aseguraba, que había parido el pensamiento U.S.A. Un pensamiento, el de aquellos jóvenes, en eterna confrontación con el militarismo gubernamental. “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando uns dosis furiosa…”. Aullido, épico poema fundacional de la lírica inducida por el consumo de estupefacientes.

Fue Ginsberg quien arrastró hasta Marruecos a sus compañeros beats, para iniciarles en las ceremonias de hachís y mayún. Él mismo se arrastró más allá, al menos sensorialmente, hasta La India y el Tibet, quedando sensiblemente afectado por el contacto con dichas culturas. En sus viajes físicos y psíquicos hizo acopio de misticismo y de sustancias que lo potenciasen. Su uso de las drogas, más que recreativo o creativo era personal e íntimo. Buscaba en las drogas el yo perdido en el marasmo de una sociedad acorralada por el mercantilismo y la individualidad violenta, y encontraba en ellas potencia para seguir defendiendo una vida contraria a la política que obligaba a muchos de sus conciudadanos, por aquellas épocas, a dar la vida por causas ajenas.

Dignas de estudio son Las cartas de la Ayahuasca, un compendio de correspondencias cruzadas con Burroughs alrededor del uso y efectos de dicho cóctel de plantas enteógenas. Ayahuasca, la droga mítica, cuyo nombre proviene del quechua que aquí aún hablan algunos y que viene a significar algo así como “soga de muerto”, al creer sus ancestrales inventores que era la soga que permitía al espíritu abandonar el cuerpo sin que este perdiese, definitivamente, la vida. Casi nada.

Kerouac (cortesía de "la red")
Jack Kerouac (1922-1969), bisexual encubierto, drogadicto recreativo y alcohólico ávido y confeso, hace del camino su vida y de su literatura trayecto sin destino. El beat por excelencia, el Padrino de la alteridad vital y literaria, el devorador de ritmos que deben ser vomitados sin filtro alguno sobre las páginas y los locales de jazz clandestinos. 

Kerouac escribió la Biblia del movimiento beatnik, En el camino, supuestamente en un rollo de papel continuo y sin revisiones ni pausas, llevado por la incombustible actividad psíquica que proveen las anfetaminas. Pueda ser. Las suelas de los propios zapatos como único mapa probable, y las drogas como compañeras fieles e insustituibles: bencedrina y marihuana, mayormente. Y otra droga, sí, el jazz, cuyo ritmo sincopado regía el deambular de unos párrafos plenos de euforia y ganas de vivir. “La única gente que me interesa es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando como arañas ante las estrellas”.

Literatura del trance. Trance de la droga, el alcohol, la euforia desatada y la gana de vivir, como los buenos rockeros, rápido y deprisa para dejar un bonito cadáver. Pero las drogas psicodélicas, en aquel tiempo, iban de manera inevitable unidas a la espiritualidad oriental. Atracción de lo exótico, supongo. También visitó Marruecos, el amigo Kerouac. De hecho fue quien, allí, recogería, del suelo de una habitación de pensión regentada por cucarachas, las páginas desperdigadas por el temblor morfínico de Burroughs, para incitarle a publicarlas bajo el nombre de El Almuerzo desnudo. Luego, él, iría más lejos, en busca de inspiración zen que le arrebatase, quizás, de los designios de una vida de alcohol que se le llevaría en brazos de la cirrosis. De aquel interés por lo zen nacieron Los Vagabundos del Dharma, obra que debería estudiar, por si acaso, el renombrado Paulo Coelho.

Aquellos años, aquella literatura, dieron un giro brutal al timón de este velero que muchos deseamos habitar: la Literatura. Imposible negar la influencia, en esta nueva travesía, de las drogas. Pero continuaron años en que los estupefacientes arrasarían las calles de las principales ciudades occidentales, especialmente estadounidenses, cebándose en la negra piel de los descendientes de los esclavos, los únicos estadounidenses verdaderos, esclavizándolos con nuevos métodos, más retorcidos, que les hacían soñar con desertar de una vida que les devoraba las entrañas. La alegría desbocada de Kerouac y compañía nada tenía que ver con el inframundo de los supermercados de la droga establecidos en los suburbios. 

Thompson (cortesía de "la red")
Sólo pudimos rescatar, de aquella literatura milagrosamente ebria, después, las alucinadas crónicas periodísticas de Hunter S. Thompson (1937-2005) que, en plena orgía consumista de sustancias tóxicas, decide reordenar para siempre las normas no escritas del periodismo. No dejen de leer Miedo y Asco en Las Vegas, quizás la más alocada y a la vez lúcida historia de cómo la literatura puede devorar a las drogas. El autor, periodista, genera la crónica gonzo al hacerse protagonista principal de lo narrado: un desquiciado tour por L.A. generado por el impulso protagónico de consumir ingentes y desmedidas cantidades de drogas de todo tipo. Importante recordar que la droga de la que más se provee el autor durante tan alocado viaje es la mescalina, componente principal de ese San Pedro tan conocido por estos lares. Si cada uno de los cochabambinos que me ha asegurado subir al parque Tunari a viajar con San Pedro hubiese escrito al menos una página como las del inventor del periodismo gonzo, otro gallo cantaría a la literatura boliviana.

Carroll (cortesía de "la red")
La otra cara de la moneda la muestra Jim Carroll (1949-2009), en su sobrecogedor Diario de un rebelde, que desgrana con meticulosidad casi científica su adicción a la heroína. Relato sucio, duro y desgarrador, pero de una limpieza ética y literaria pocas veces sorprendida, y que abriría paso a muchos de los que hoy se autodenominan, en literatura, realistas sucios. Y a remarcar el hecho de que fue Leonardo Di Caprio quien le dio vida en el cine, en The Basketball Diaries. El mismo actor que emuló de manera memorable a Arthur Rimbaud en Total Eclipse. O sea, que no todo es Titanic

Y no deseo olvidar que Jean-Paul Sartre (1905-1980), digan lo que digan, contó para su particular batalla contra el tiempo, su fecundidad literaria y filosófica, con la inestimable ayuda de las anfetaminas. 

Para finalizar, y haciendo honor al desmedido ego de un servidor, he de hablar de mi primera novela, Los Cuadernos del Hafa, que muchos han querido ver como una apología del hachís. Ni confirmo ni desmiento. Sólo aseguro que sin la existencia de tan deliciosa sustancia tal vez no hubiese escrito lo que en realidad creo es dicha novela: una apología del amor. Amor a Marruecos, a la Música, a la Mujer y, por encima de todo: amor a la Literatura.

Como dejé dicho al inicio: para escribir hace falta salirse de la realidad. Una vez fuera, es más fácil volver a darle forma. Los métodos para huir esa realidad, para poder contemplarla desde el exterior, son múltiples. De cada uno depende elegir uno u otro. Pero es evidente que si no hubiesen existido las drogas, como método estrella de dicho proceso, la Historia de la Literatura hubiese sido más aburrida, y muchos de nosotros nunca hubiésemos llegado a plantearnos la escritura como aliento vital.

Por cierto, por si no se habían dado cuenta, los autores nombrados, todos, escribían, como un servidor, sobre ellos mismos. Y es que la vida propia, cuando se afila y apura, es la más dura de las drogas.

sábado, 28 de junio de 2014

hay otras músicas...

Trasiego a diario como un elixir de difícil digestión la metralla de ritmos supuestamente caribeños y macho con que me embadurnan, creo que sin desearlo siquiera, los conductores de los trufis cochabambinos, y ahora te pego y te pego y tu palabra es mi duelo y no puedo vivir sin tus caricias que me excitan y me llevan al cielo mi amor hazme tuya te necesito a mi lado y en este plan, ad nauseam, la misma cantinela perpetrada por polichinelas de la moneda, el ritmo hueco y el vocoder... moda obliga, imperio coloniza, y latrocinio de arpegios campa a sus anchas en gran parte (demasiado grande) de América del Sur.

Unos dicen que vienen del centro del continente, estos "ritmos" de sabrosura sin sabor y calentura impostada, cumbia, remoloneo, humedad seca de las palabras que nada dicen más que tiéndete a mi lado mi linda que te enseñará lo que es gozar... 

Yo no sé, tampoco me apetece averiguar, sólo intuyo que flaco favor hacen a la cultura boliviana las réplicas de ausencia de las canciones de moda. Y es que acá, en tierras donde debiese ubicarse El Dorado, el único brillo es el que desgajan trompetas de funesta y ebria festividad que celebran muertos y borracheras y etílicos comentarios de barra de bar encubierta. En plazas, boliches y cementerios se desgranan dolores de cueca ebria, balde de chicha alimentando lágrimas que se niegan a rodar y se transforman en despecho orgulloso acordonado al pecho con latidos de acordeón y zurcido de guitarra, chacareras de simiente tenebrosa en que anida el cuchillo que ha de aniquilar al amado. Hay otras músicas, sí, y también están en esta tierra, por más que se empeñe la carencia de curiosidad, ni siquiera por lo propio (aunque, al fin, sea también ajeno), en demostrar.


Hacen gala los bolivianos, a la mínima oportunidad, de nacionalismo inquebrantable, de respeto a las tradiciones, y celebran danzas y fanfarrias muy alejadas de lo que pretenden en su defensa de lo ancestral y anticolonialista. Como ejemplo, los caporales, creados en fecha tan poco ancestral como 1969. Otro ejemplo, la morenada, diseñada para denigrar al esclavo negro que los colonizadores traían de África para sustraer plata a las entrañas del Cerro Rico. Mientras tanto olvidan o aniquilan la tradición de rock boliviano que el país inició en fechas no muy lejanas, por moderno, por poco indígena, por aglutinante de sonoridades norteamericanas, mientras se embadurnan de los sonidos que los menos arraigados de entre sus hermanos centroamericanos esparcen cual bomba de racimo sobre los oídos de millones de hispanoparlantes radicados en los USA.

La música, al fin, se demuestra cada día más una rama del show business, la rama menos florida, la más delicada al peso del verdadero genio. Y el citado show business por muy yanqui que sea, parece ser nuevo El Dorado para los habitantes de estas tierras. Eso, el dólar, la ganancia urgente, el pisar al de al lado por un puñado de monedas, el medrar a costa de la ignorancia ajena, ya me entienden.

Afortunadamente, en plazas y calles de pueblos sin luz eléctrica y sin ansias de medrar, en boliches, chicherías y senderos de campo agreste sembrados de verdadera devoción por la tierra, la voz desgarrada de un perdedor de la lucha del amor puede escucharse al pintar de dolor el cielo de la medianoche andina.

Hoy, la Cochabamba más guerrera, pintadas sus fauces de rímel y cardados sus peinados de futuro, celebra la marcha del orgullo gay, sea eso lo que sea, y suena Raphael ignorando su pasado fascista e hispano, así como sus dádivas al régimen franquista. Al fin y al cabo, hay otras músicas, y si el futuro ha de ser de alguien, hoy, en Bolivia, y en el mundo, es de aquellos que enfrentan su sensación de ser humano a los corsés antropológicos del poder establecido. Afortunadamente, hay otras músicas, aunque sean las mismas.
 
                                  

domingo, 8 de junio de 2014

fronteras


Vacas de ubre volcánica mascullando la inercia de avenidas en que se pierde el polvo de los días con forma de melena que no se ocupó de recoger el viento. Y mis pasos de nada recomponiendo vergeles de hormigón recién nacido.

Paseo los alrededores de la casa por no perder el rumbo en el interior de frío y niebla de sus paredes anónimas. Surco el fragor de vientos embriagados y pasto moribundo de la montaña, y allá, a lo lejos, como un diamante falso o una taberna sin clientes, la ciudad.

La ciudad: tan igual a aquellas otras, tan distinta a aquella mía, tan otra, tan extraña, tan ciudad con sus vergeles de neón y sus desaguaderos de orín y carcajada.

Subo a la montaña por ver si me encuentro o, al menos, hallo en sus senderos de almizcle y matorral, la frontera que aún me resta por cruzar.

Nada. Apenas el murmullo del aldeano que recompone su mirada perdida ante el perdido claqué moroso de mis zapatos.

Allá, en España, dicen que hay un nuevo rey. Yo, aquí, en las breves alturas, derramando ladera abajo mi corona de río marchito. Y ahí, a lo lejos: la ciudad.

De fondo (maldita música) la voz de espejo reventado de Diego Vasallo

                    

sábado, 24 de mayo de 2014

jornada de reflexión

Pensaba nombrar esta entrada "artesanías del tercer mundo", pero la vertiginosa realidad y su carácter informativo han decidido que eliminé tal título en favor de este otro que encabeza lo que sigue...

En ocasiones me aburro a mí mismo, y me canso de repetir tan vieja tonada de los gloriosos Golpes Bajos que proclamaba, hace ya mucho tiempo, casi una vida, aquello de malos tiempos para la lírica.
Pues sí, para la lírica y para la prosa si ésta no se adocena al calor del € y el ansia de medrar que rigen, hoy, los designios de aquellos que se deciden autonombrar creadores. Porque vivimos tiempos en que el arte, la creación, el sufrido lamento callado del que ante una mesa se postra (o debería) para mejor explicar el mundo a sus iguales, con una diatriba de vocales desordenadas o un improperio de consonantes ebrias, se torna moneda y hueco con que cumplimentar los certificados de defunción del compromiso y el ojo avizor. No entraré de nuevo en la eterna disquisición que nos incita a pensar si es o no necesario, para el artista, ser testigo ocular y dactilar de su tiempo. Yo ya tomé posiciones.

Hoy, esta misma mañana, he tenido la fortuna de recalar, nuevamente, en ese café en que tuve el honor de enredar al humo de mi cigarro mal liado y al espesor del café presentado con desgana la charla mirífica y valiente de un guerrero de la palabra y el compromiso. Conocí a Miguel Sánchez-Ostiz, aquí, en Cochabamba. Ya sólo por eso ha merecido la pena este viaje. Aquí, al arrullo del tráfico tartamudo y las cholitas que venden caramelos usados, pude descubrir a la persona tras el autor y comprender que son el mismo. Lecciones de vida como pocas se honra ésta en ofrecernos.

Me pierdo en la red para contemplar los esfuerzos natatorios de salmones de la literatura que no desean boquear su último suspiro en el caudal oligofrénico del mercado editorial. Asisto al naufragio de sueños de palabras y al suicidio involuntario de frases memorables. Cierran librerías. Autores ejercen de editores publicitando sus obras. Recitales o lecturas en desbandada de oyentes y lectores. Titánicos esfuerzos por encaramarse a la Torre de Marfil de la popularidad. Huecos. Vacíos. Nadas. Y sumerjo una cucharada de azúcar morena (como tu piel, aunque aún no lo sepas) en la batalla del café recién hecho, mientras en la silla vacía que enfrenta mi mirada puedo recordar a Miguel, con su diatriba de memoria y su amargor de carcajada, amando cada una de las palabras que su barba enreda en ordalías de glosa eterna y valiente.

Miguel Sánchez-Ostiz, artesano de palabras que toman forma de flecha quechua o maza de madera navarra...

A Miguel insisto, le conocí en Cochabamba. Miguel (eso no lo había dicho antes), conoció Cochabamba. Tuvo la valentía de sumergirse a pulmón en su pecera de sierpes para mejor desvelar la sucia gema de la belleza que anida el corazón de cualquier vientre. Cochabamba, tercer mundo, su rodear las calles como quien rodea una idea o un descubrimiento científico... hay que ir lejos para encontrarse más cerca y denunciar y afrontar la desidia de los mercaderes y los titiriteros de la cultura, ayer fnac, hoy la central, mañana de nuevo elcorteinglés sección de novedades regale un libro por Reyes y ya nadie se acerca a la verdadera literatura, sobre todo si esta denuncia a los mercaderes y los titiriteros de lo cotidiano, ayer dictaduras, hoy democracias, mañana de nuevo gobiernos sección corporaciones hagamos de nuestra tierra una gran nación y ya nadie recuerda lo que ser nación representa. Miguel me recomendó que permaneciese en Bolivia, si es que al menos deseaba tener algún lector no contaminado por la desidia de lo políticamente correcto e impuesto. No lo sé, amigo, sinceramente, no sé si aquí encontraré lectores, pero me duelen los muchos que te faltan en la tierra ingrata que te vió nacer y te pretende desprestigiar al albur de los tiempos modernos. Tiempos de olvido. Debemos olvidar, no vaya a ser que los que hoy escriben la Historia recuerden el lodazal del que provienen. A eso te has dedicado, con fervor de filósofo y camaradería de ciudadano, amigo: a revelar la verdad y poner las cartas sobre la mesa con la artesanía de tu verbo valiente, sólo para hallar el disparo envenenado de quien no sabe más que disparar.

Con las cartas marcadas, ha decidido titular, la realidad (que no el autor), la última obra de un titán de las letras y el no hay vuelta de hoja. Porque con las cartas marcadas iniciaron este juego oligofrénico los adalides del todo vale. Un juego en que (tarde o temprano lo sabremos) perdemos todos.

Y decía al inicio que cambié el título, premeditadamente, a esta entrada. Sí, porque aquí, en Bolivia, en el tercer mundo, la artesanía se utiliza para la vida cotidiana y no se comercia en tendertes de comercio justo. Porque lo justo es utilizar las manos y la mente para sobrevivir la batalla indómita del día a día. Lo injusto es seguir disfrazando de exótico folklor los productos surgidos, con amor de siglos y sangre de milenios, de las manos de los artesanos. Así la prosa certera de Miguel que, lamentablemente, queda como exotismo en una España que hoy se apresta a la resaca del fútbol y la pleamar del voto mentiroso.

Y ahora... a votar: da igual lo que hagáis, los buenos nunca se presentan a las elecciones, la única elección que les queda es agachar la cerviz para:

a) sostener el yugo
b) recibir el tiro de gracia

Aquí, aún, es jornada de reflexión. Un servidor ha decidido reflexionar devorando las páginas de la verdadera Historia, esa que es juego que algunos inician con las cartas marcadas.

Salud, maestro!

jueves, 1 de mayo de 2014

breve historia del circo (y 4)

Comentan, quienes aún se interesan por el maravilloso mundo del Circo más allá de la pirotecnia y luminoídem del Cirque du Soleil y derivados, que en la difusa frontera que separaba siglos XVIII y XIX, un artista heredero de las egregias enseñanzas de la Commedia dell'Arte, de nombre Joseph Grimaldi, inauguró la figura inmortal del payaso moderno, o clown.

El bueno de Grimaldi desdeñaba su sonrisa tranformándola en mueca y desordenaba su pasear ingrávido desternillando de ropajes excesivos su cuerpo de mimo infeliz pero chistoso. Ya sabemos lo mucho que gusta el hombre de reír las desgracias ajenas. Pero hasta que vino el cómico inglés, no sabíamos que habitaran los estrictos reglamentos sociales personas dispuestas a poner en evidencia sus debilidades con el único acicate de hacer reír al público.

Al ver a un anciano tropezar todos reímos, pero pocos seremos el anciano que tropieza para hacer reír a sus nietos. Así, Grimaldi se convirtió en el abuelo que todos desearíamos tener: ése que no nos relata batallas de hambre y guerra perdida, sino que pierde el equilibrio ante nosotros para desequilibrarnos la expresión fruncida. Él transformó el modelo de romántico atribulado del Pierrot de la Commedia dell'Arte: su triste rostro de polvo de arroz reflejaba las desgracias que a todo ser acontecen y a todo semejante hacen reír. Pero mantenía, de alguna manera, intacta, la necesidad de ver que el sufriente fuese otro... es lo que tienen los payasos tristes.

Llegaría, años después, el Augusto: ese otro payaso más radical y rebelde, ese anarquista de los escenarios y de la vida que modela entre sus manos el barro insomne del esperpento y la carcajada tropezando escaleras, derramando lágrimas como vertientes de humor, despellejando modales, presencias y apariencias con su presencia de astracanada y su vestimenta imposible. Augusto no tropezaba por torpeza, como Grimaldi: tropezaba por gusto, por el placer de truncar sus pasos para mejor edificar el camino hacia la nada en que se embarca todo ser humano tras ver por vez primera la luz del día. El payaso bobo, el payaso feliz, el imbécil que ni siquiera se honra de serlo: porque nadie se honra de ser lo que no puede evitar ser. Él condujo al extremo al Arlequín de la Commedia dell'Arte, manteniendo su paupérima condición de lumpen orgulloso pero sin ambicionar los oropeles ajenos. El Clown de Grimaldi conservaba un punto de tristeza contenida o malicia evidente... hay quien lo llama envidia. El Augusto de peluca desordenada evidenciaba su poesía antisocial en el bermellón que el alcohol, o el exceso, provocaban en la punta de su nariz a punto de estallar... hay quien lo llama irresponsabilidad.

Dos tipos de humor. Dos maneras de regar la insensata semilla de la risa.


En Bolivia, como en Latinoamérica toda, entorpecen el tráfico y recomponen la aritmética de palomas y paseantes de las plazas públicas numerosos artistas del vagabundeo, no pocos orfebres del carromato que, hoy, se construye con el pulgar en alto del autoestopista sin meta fija. Paseamos la apatía frágil del mediodía y nos sorprende un alud de carcajadas en cualquier calleja en que los payasos callejeros deciden edificar su lona de risa y aplauso. Perdemos los pasos ebrios del anochecer y nos ametralla el eco de una risa popular y gratuita construida al amparo de los mimos locos de artista del regocijo.

He tenido la fortuna, desde hace un par de años, de conocer a no pocos de estos artistas de la palabra no dicha y el jolgorio a flor de labio. También el honor de compartir, con un puñado de niños a quienes pretenden robar la infancia, la magia intacta de la alegría y el alboroto. Cuando llegué a Cochabamba me miraban con recelo, estos niños. Apenas despegaban los labios para ofrendarme un sumiso y educado buenos días. Abandono su compañía, hoy, con sus besos y bromas redecorando mi nariz de un rojo que bien pudiera ser el del payaso Augusto, en plena sobredosis de vida... o de llanto pidiendo asilo a la frontera dióptrica de mis pupilas. Ellos quedan al amparo de un futuro incierto y un malabar de ilusión que, de seguro, les vestirá de fiesta. Porque los niños no discriminan entre el Clown grimaldiano y el Augusto de nariz roja. Porque los niños saben dibujar festejo hasta en los restos de comida escasa que amenazan morder sus pasos de trapo, juguete y verbo. Porque los niños son artistas que no entienden que el arte, hoy, también tiene precio. Como las sonrisas. Como las ilusiones. Como las esperanzas.

El Circo no es Circo sin payasos, ya todos lo comprendemos. Y el Circo Moderno fue tal cuando Pierrot y Arlequín compartieron escenario desvestidos de los corsés dramáticos de la comedia italiana. El primer día que Clown y Augusto compartieron escenario, las plateas estallaron de fiesta y el mundo se redujo al tamaño de un escenario. El payaso triste mantiene su esperanza por aparentar no ser lo que todos sabemos que es: un payaso. Mientras, el payaso alegre decide seguir siéndolo a pesar (o a causa) de las risas que provoca.

Por fortuna, estos niños seguirán gozando la compañía del payaso serio, el payaso triste, ése que pretende prepararles para la vida adulta obligándoles a olvidar que son niños, incitándoles a pensar que ya nadie reirá sus tropiezos. Y ése, afortunadamente para los niños, es el que más gracia provoca. Su seriedad, ya digo, produce carcajada. Los niños lo saben y, aún sin palabras, le miran y, animándole, dicen: ríe, ¡payaso!

sábado, 12 de abril de 2014

poemas de la quietud (con el timbre de Scott Walker)


Cochabamba es un perímetro de lejanías en que abrevan los rebaños oscuros de la noche y la ebriedad. Por sus calles de festividad suicida, en sus esquinas de polvo danzarín, junto a sus avenidas de tedio indisimulado, desfila un enjambre de batallas perdidas que no encaja en uniforme alguno.

Desfilan, ya digo, las huestes vencidas de una nueva jornada de excesos alcohólicos a la mayor gloria de la tradición y el orgullo patrio. Y yo encierro en casa mi cansancio de huesos ancianos y tiempo detenido. Desenredo sobre el colchón este tropel de huesos desorientados que orienta mis pasos, antes de prepararme un ron... con poco hielo y mucho ron. Es entonces que me llega tu voz como si me estuviese relatando nuestro amor de intermitencia y siempre. Y entonces que me pregunto qué hacer con estas lágrimas que desordenan la barba que no me afeito desde hace casi una semana. 

Cochabamba, ahí afuera, alarga su festival de balbuceos ágiles y danzas torpes, al ritmo de tambores forjados para dirigir una guerra en que sólo vence el que logre llegar a casa sin perder por el camino la dignidad, el rumbo, la virginidad o el monedero. Fallecieron ya los ritmos asimétricos y enhiestos del Carnaval. Retornó la breve calma de esas olas del mar que Bolivia no tiene pero regresan para amartillar el cerebro de los farranderos, el chaki, la resaca, y en breve, de inmediato, casi sin interrupción, resuenan los impenitentes ritmos que desean glosar efímeras glorias que la carne en estado de descomposición nos promete.


Yo me encierro en casa, con tu voz que, aún sólo acunando la duración exacta de un orgasmo desorientado, el temblor de hiedra de un Onán que no asume su vandálica condición noctámbula, porta en su timbre lejano y azul un rumor de hierba recién cortada, la gloria eterna del alma, ésa que buscaban los místicos, y aún perseguimos los locos en la noche de la distancia y las veredas imundas del sueño que humedece nuestras sábanas.

Llegas a un país lejano de geografías y reconocimientos para perder el propio... pero descubres que, lejos, allá, en esa otra casa, en la que te vio nacer, aún hay voces que te hacen eco cuando susurras insensateces al calor de una copa de vino solitario y silencioso. Y es entonces que te sientes lejano de veras, apartado del mundo que, hoy, al calor de una lágrima de cálida saudade y lluvia fría, sabes tuyo.

Así que vine a Bolivia para perder mi pasaporte, para no poder agarrar de nuevo entre los dedos garfio de la desesperación esa foto desvaída de colores imprecisos en que otros, aún, creen contemplar mi rostro, e incluso añorarlo... insensatos!

se me ha caído la copa
y con ella
el rostro

ha lamido el gato desperdicios de hielo,
herrumbres de ron,
escarchas de sonrisa
que pretendía 
(torpemente)
alegrarte el día

sólo queda un sucio
y desordenado mapamundi
de sensaciones equívocas,
letargias ebrias
y lágrimas feroces,
en la moqueta de la habitación
en que escribo 
para no perder los días,
aferrado al licor
que intenta apurar tus besos
en cada copa
y morder tu piel 
en cada hielo

un prescindible
muñeco 
huérfano de titiritero
suplicando "don't you go away!"
con el permiso
(por favor)
de Jacques Brel
                           

domingo, 23 de marzo de 2014

Achtung Baby

22-M. Día desgastado en vaivenes y cotidianías de las que desgastan la gana y la calma. Bolivia atesora la dudosa virtud de transformar las jornadas en un devenir de pausas eternas y avances inexistentes. Un escaso e insuficiente lapso temporal para asomarme a la prensa en busca de noticias sobre las Marchas de la Dignidad, en Madrid, aquel torpe poblado con orgullosa ansia de metrópoli que me vió nacer.

Pero la prensa oculta, la prensa no existe ni es digna de tal nombre, hoy...

Los medios de incomunicación y propaganda ocultan deliberadamente la rabia de un pueblo al que muchos pretenden sepultar, bajo el pisotón fascista de la ignominia: ya sabemos, la historia la escriben los vencedores, y lo que no aparece en los libros de Historia, sencillamente: no existe. Y hoy, la Historia, sólo es una asignatura más, perdida en los planes de estudios de esos sistemas educativos puestos en pie para sistemáticamente educarnos en la onerosa nada de la "filosofía" de empresa. Pero las llamadas redes sociales, en ocasiones, hacen cierto honor a su nombre, y vienen en mi ayuda: leo resúmenes, contrasto opiniones, contemplo fotos: veo a un policía herido, con el retal de sangre ciudadana aún latiéndole el bocado en la torva expresión de indecencia que le ha modelado el amo que le da de comer... veo la mirada perdida de un fotógrafo ensangrentado, con su sorpresa de diafragma roto por la ausencia de luz de este régimen que se atrinchera en la ausencia de miradas... veo breves barricadas incendiando una sacrílega noche de San Juan de vertedero... veo, danzando los cielos, piedras como flores que nunca encuentran la sien en que deberían coronar su furia de hambre y vida... veo las arterias de la capital colapsadas por un infarto de pancartas sin miedo y brazos sin temblor... veo sonrisas niñas acariciando la cicatriz de tiempo y orgullo de abuelos que vieron otras guerras, unas de verdad... veo hollywoodienses uniformes de guerra dispuestos a emprender la misma contra las huestes indefensas de la palabra valiente...

Han llegado: los sucios, los pobres, los perroflautas, la cochambre, la mugre de una sociedad que carece de detergente con que defraudar el pistoletazo de sangre enhiesta de aquellos que siguen dispuestos a llamar a las cosas por su nombre. Mañana, los rotativos del miedo y el salario asegurado ignorarán o demonizarán a todos ellos y, con ellos, al resto: esa otra parte del pueblo, esa mayoría que habla en las urnas cuando les quitan el bozal, esa masa de mastines hambrientos de moneda y plasma y ropa de marca y marca en la grupa tal cual la porta el ganado de finca y terruño de los potentados. Mañana, sencillamente, no habrá pasado nada. Pero, ahora, veo de nuevo esa foto del policía herido y recuerdo, hace unos instantes, caminando Cochabamba, ese cartel tan habitual en estas tierras: si alguien es sorprendido robando, será ajusticiado.

Porque aquí, en Bolivia, sorprende al recién llegado, paseando por determinados barrios, el descubrir carteles en fachadas y farolas que advierten a aquel que pretenda enriquecerse con el latrocinio de enseres ajenos que, en caso de ser descubierto, pasará a manos de un jurado popular que carece de abogado defensor. Así, sin más. No se le cuestionará sobre los motivos de su intento de robo, ni se le preguntará su filiación política o creencia religiosa. Al fin y al cabo, la justicia es una mujer de turgencias agrestes con la mirada vendada: ciega e imparcial, aseguran. Y encuentras, en calles y plazoletas, muñecos y zapatos que cuelgan, cual pájaros electrocutados, de los cables de alta tensión. Es un aviso, una premonición que acompañará a aquel que hasta allá se acerque con el ánimo animándole a cometer un crimen, de cualquier tipo.
 
Sí, en Bolivia se ejerce la justicia comunitaria. Y afuera, en los políticamente correctos territorios del € y el desperdicio, se echan las manos a la cabeza ante tales muestras de salvajismo. Si preguntas, aquí, te contestan: la policía es corrupta, los políticos, también, igual las instituciones, nadie va a hacer justicia, la haremos nosotros. Ni defiendo ni cuestiono: constato hechos, regreso a las escasas fotos tomadas en la jornada española de marchas por la dignidad, y pienso que, lenta pero inexorablemente, en España también, se comienza a instalar la justicia comunitaria... miro de nuevo la fotografía del policía herido: aún sonríe, enarbolando, dañado pero orgulloso, una flor de sangre ciudadana inundando de arritmia escarlata el latido férreo de su porra reglamentaria... al fin y al cabo, en Bolivia, para bien o para mal, algo aprendieron de España...
 
Veo un video, uno de esos que no esponsorizarán los mercados que esponsorizan la prensa multitudinaria, en que un bombero afirma: nuestro trabajo es acceder a una vivienda para ayudar al que está dentro no para echarlo a la calle.
 
Si me queda tiempo, intentaré indagar de dónde le llega, al boliviano, la costumbre de ejercer la justicia comunitaria. Pero ahora llueve, y la lluvia me desentiende de los problemas sociales. La lluvia humedece los campos y la memoria, y pienso en esa tormenta perfecta que, algún día, aquí o allá, venga a despedazar las calles, desordenando su cartografía de nombres bastardos y autos de lujo, imponiendo al adoquín una fertilidad de flor y cosecha de la que podamos beber sin tener que pagar a nadie por el agua que nos pertenece. Y recordaré ese Madrid en que cada vez que llovía descubría que los sueños están hechos de gotas de agua que imponen silencios de metáfora y besos de porvenir... porvenir: lo que está por venir... aquellos que se pretenden titiriteros de la opinión y el devenir social, verán si les conviene que ese porvenir venga preñado de justicia comunitaria.

Ya lo dijeron los U2, en memorable larga duración: Achtung, baby!

sábado, 8 de marzo de 2014

poemas de la quietud (a ritmo de Carnaval)

lo mejor de esta entrada es la canción que, como siempre, se encuentra al final (podéis ahorraros el texto)... o, como dicen por aquellas tierras: el que avisa no es traidor...

En las calles de Cochabamba, las danzas ancestrales quedan desmadejadas en ritmos acaudalados de perversión sónica, mientras sus habitantes se entregan a la fanfarria hueca del alcohol y la mirada impúdica. Danzas de cascabeles macho que entonan himnos desarreglados a mayor gloria del colorido fugaz de la piel hembra, escuetamente ataviada de cordajes de sencillo desamarre. Grandes y niños correteando las plazas y embadurnándose de agua sucia, químicos y supuesta tradición, mientras el asfalto germina licores mal digeridos y tropiezos ebrios. Carnaval, o sea: triunfo multitudinario de la carne excesiva sobre la sobriedad solitaria del alma: ecos de alborozo de Baco o de mugir de Apis, en contradictoria coyunda con feligresías del Hijo del Hombre y atávicos ritos terrenales. Poco amigo como soy de buscar el fulgor de la carne entre multitudes y desperdicios (además, puestos a elegir festividades de disfraz y exceso, prefiero el superávir de ausencia textil de Brasil... cuestión de color, qué le vamos a hacer), me arrumbo al mínimo tartamudeo con que tu piel me viste el deseo, porque las profanas festividades, esta noche, traen a mi memoria aquella canción del gran Vinicius de Moraes que aseguraba la tristeza no tiene fin, la felicidad sí. Así el carnaval, así la victoria de la carne, que dura lo que la comparsa del orgasmo o la mascarada del deseo. Eso, creo, quería expresar el poeta brasilero. Pero yo, esta noche, he decidido alargar mi carnaval de ausencia desvistiéndote la máscara de cotidianía para danzar por siempre entre tus brazos de fiesta y calma. Mira por dónde he descubierto que, tal vez, la canción esté equivocada y la felicidad, en la simétrica existencia de nuestros besos, pueda ser eterna...


lívida quietud de la noche
interrumpida tan sólo
por el dócil interruptor
de mi deseo

y llegas de nuevo a mí,
como un chapuzón de vientre
que se me vierte en los labios
para florecerme la garganta
de humedades valientes
y palabras como orgasmos

y arribo de nuevo a ti
como un sorbo de erección demente
que torna vino en tu dicción
para germinar tu latido
de diástoles inconscientes
y gemidos de convulsión

trémula turbación de la noche
interrumpida tan sólo
por el eclipse lascivo
de tu ausencia