jueves, 13 de febrero de 2014

aluvión globalizado

Abandoné ya la inundación de créditos impagados y sonrisas hipotecadas del viejo continente, su tormenta de consumo urgente y su aguacero de oropel inexacto, para sumergirme en la inundación de trastorno climático y lluvia iracunda que asola la región cochabambina, aquí, en Bolivia.

Me llegan dudas de amigos, y preocupaciones de no tanto (no tan amigos, quiero decir), deseando saber cómo me encuentro y si no me ha llevado la riada. Pueden estar tranquilos los amigos, e impacientes los no tanto: me encuentro bien, no soy yo el desafortunado habitante de unos metros cuadrados de adobe mal empastado, ni aquel a quien hasta ayer daban cobijo cuatro plásticos mal amarrados a la brevedad postal de una foto manchada de barro. Quiero decir que, afortunadamente, la lluvia no me afecta más que en lo anímico, cuando pienso en todos los chavales que han visto desaparecer, cual bocado urgente, en la garganta húmeda e insaciable de la tormenta, enseres (pocos) y familia (demasiada), o en los ancianos que ya no caminarán senderos que han quedado definitivamente difuminados al albur del vendaval. Las lluvias, en la región de Cochabamba, han decidido sepultar en su funesta lavandería de lodo y oscuridad cuerpos como prendas sin uso y esperanzas como trapos desgastados. La muerte ha decorado con su graffiti de nada y su gotelé de miedo los alrededores que me circundan. Pero yo permanezco vivo y salgo de casa, cada día, con un paraguas bajo el brazo. Y no, en esta ocasión no lo olvido en los bares.

Me cuentan amigos (los no tanto, de esto no hablan) que en España finalizaron las lluvias, pero no las tormentas, ni las inundaciones. Pero, en esta ocasión (globalización obliga), las autoridades, en un desmesurado alarde comunitario, han decidido replicar la desgracia de la muerte acuática boliviana en las costas hispanas. Parece ser que tuvieron envidia, los gobernantes, de esta macrofiesta de la desgracia que siempre asola a ese mundo que decidieron dejar en tercer puesto en el campeonato de la vida: la inundación, el aluvión... el desastre natural, o sea. Y es por ello que han decidido emplear los réditos obtenidos de los impuestos que pagamos los que menos tenemos en acercar a la piel de toro la gloria inversa y mojada de la inundación. Han decidido, ya digo, inundar de muerte y pelotas de goma los cuerpos sepultados en marea de un puñado de inmigrantes ilegales (negros, cómo no). Y el Hombre del Tiempo... ¿qué opina?, me pregunto... creo que anda perturbado porque las olas en el Cantábrico superan los dos metros de altura. Comenta que la Guardia Civil ha empleado a fondo todos sus efectivos para mejor rescatar a la vida terrestre la vida fluvial de pescadores y bañistas. La misma Guardia Civil que (cumpliendo órdenes, of course) ha decidido erigir homicida frontera frente a nuestras costas más sureñas, no vaya a ser que se vuelvan negras como cuando el Prestige. Es lo que tiene un mar infectado de subsaharianos cuyo color de piel no logra erradicar ni el más potente de los detergentes patrios.

No es cuestión de parecer partidista, a estas alturas: lo que explico lo trae la prensa, también.

Nos dijeron que la globalización era fenómeno que acercaría a los pueblos. Callaron que lo que haría sería hermanarlos en la desgracia, a mayor gloria de aquellos que no desean más que globalizar la vergüenza, la ignominia, el abuso y el regodeo en la desgracia ajena. Y yo, en esta noche de goteras y vino agrio, me lamento al comprobar que tenían razón. Porque hoy, en Bolivia, la lluvia siembra cadáveres, mientras en España, el mar germina cuerpos sin vida. Claro que, pienso, los muertos bolivianos son festín provocado por fenómenos meteorológicos posiblemente causados por los gases que, a la atmósfera, vierten fábricas de plástico en que toman cuerpo un puñado de pelotas de goma que irán a estrellarse contra el ébano humedecido de la desesperación, ése que intenta alcanzar las costas europeas para olvidar los desastres naturales que asolan la tierra que los vió nacer. Globalización, ya digo.

Y no es cuestión de parecer partidista, a estas alturas: lo que explico (lo de Bolivia) sucede cada año, y dice la prensa que las autoridades hacen pública manifestación de lágrima reptiliana y dolor de contrabando a la luz de la desgracia que ni intentan evitar.

Aquí cerca, al otro lado de la cordillera, los hay que miran el horizonte suplicando que no venga preñado de humedad asesina. Al otro lado del océano, en las costas que hace poco redecoraban mis pies cansados, los hay que buscan en el trazado metálico de un horizonte asesino los cuerpos sin vida de sus seres queridos.

A mí, afortunadamente, me queda la gloria de observar gotas de lluvia suicidándose contra el cristal de la ventana del salón de mi casa. Y cada vez que llueve, decido soñar que la vida es sueño y lo que cuentan los periódicos es tan sólo pesadilla. 

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