jueves, 1 de mayo de 2014

breve historia del circo (y 4)

Comentan, quienes aún se interesan por el maravilloso mundo del Circo más allá de la pirotecnia y luminoídem del Cirque du Soleil y derivados, que en la difusa frontera que separaba siglos XVIII y XIX, un artista heredero de las egregias enseñanzas de la Commedia dell'Arte, de nombre Joseph Grimaldi, inauguró la figura inmortal del payaso moderno, o clown.

El bueno de Grimaldi desdeñaba su sonrisa tranformándola en mueca y desordenaba su pasear ingrávido desternillando de ropajes excesivos su cuerpo de mimo infeliz pero chistoso. Ya sabemos lo mucho que gusta el hombre de reír las desgracias ajenas. Pero hasta que vino el cómico inglés, no sabíamos que habitaran los estrictos reglamentos sociales personas dispuestas a poner en evidencia sus debilidades con el único acicate de hacer reír al público.

Al ver a un anciano tropezar todos reímos, pero pocos seremos el anciano que tropieza para hacer reír a sus nietos. Así, Grimaldi se convirtió en el abuelo que todos desearíamos tener: ése que no nos relata batallas de hambre y guerra perdida, sino que pierde el equilibrio ante nosotros para desequilibrarnos la expresión fruncida. Él transformó el modelo de romántico atribulado del Pierrot de la Commedia dell'Arte: su triste rostro de polvo de arroz reflejaba las desgracias que a todo ser acontecen y a todo semejante hacen reír. Pero mantenía, de alguna manera, intacta, la necesidad de ver que el sufriente fuese otro... es lo que tienen los payasos tristes.

Llegaría, años después, el Augusto: ese otro payaso más radical y rebelde, ese anarquista de los escenarios y de la vida que modela entre sus manos el barro insomne del esperpento y la carcajada tropezando escaleras, derramando lágrimas como vertientes de humor, despellejando modales, presencias y apariencias con su presencia de astracanada y su vestimenta imposible. Augusto no tropezaba por torpeza, como Grimaldi: tropezaba por gusto, por el placer de truncar sus pasos para mejor edificar el camino hacia la nada en que se embarca todo ser humano tras ver por vez primera la luz del día. El payaso bobo, el payaso feliz, el imbécil que ni siquiera se honra de serlo: porque nadie se honra de ser lo que no puede evitar ser. Él condujo al extremo al Arlequín de la Commedia dell'Arte, manteniendo su paupérima condición de lumpen orgulloso pero sin ambicionar los oropeles ajenos. El Clown de Grimaldi conservaba un punto de tristeza contenida o malicia evidente... hay quien lo llama envidia. El Augusto de peluca desordenada evidenciaba su poesía antisocial en el bermellón que el alcohol, o el exceso, provocaban en la punta de su nariz a punto de estallar... hay quien lo llama irresponsabilidad.

Dos tipos de humor. Dos maneras de regar la insensata semilla de la risa.


En Bolivia, como en Latinoamérica toda, entorpecen el tráfico y recomponen la aritmética de palomas y paseantes de las plazas públicas numerosos artistas del vagabundeo, no pocos orfebres del carromato que, hoy, se construye con el pulgar en alto del autoestopista sin meta fija. Paseamos la apatía frágil del mediodía y nos sorprende un alud de carcajadas en cualquier calleja en que los payasos callejeros deciden edificar su lona de risa y aplauso. Perdemos los pasos ebrios del anochecer y nos ametralla el eco de una risa popular y gratuita construida al amparo de los mimos locos de artista del regocijo.

He tenido la fortuna, desde hace un par de años, de conocer a no pocos de estos artistas de la palabra no dicha y el jolgorio a flor de labio. También el honor de compartir, con un puñado de niños a quienes pretenden robar la infancia, la magia intacta de la alegría y el alboroto. Cuando llegué a Cochabamba me miraban con recelo, estos niños. Apenas despegaban los labios para ofrendarme un sumiso y educado buenos días. Abandono su compañía, hoy, con sus besos y bromas redecorando mi nariz de un rojo que bien pudiera ser el del payaso Augusto, en plena sobredosis de vida... o de llanto pidiendo asilo a la frontera dióptrica de mis pupilas. Ellos quedan al amparo de un futuro incierto y un malabar de ilusión que, de seguro, les vestirá de fiesta. Porque los niños no discriminan entre el Clown grimaldiano y el Augusto de nariz roja. Porque los niños saben dibujar festejo hasta en los restos de comida escasa que amenazan morder sus pasos de trapo, juguete y verbo. Porque los niños son artistas que no entienden que el arte, hoy, también tiene precio. Como las sonrisas. Como las ilusiones. Como las esperanzas.

El Circo no es Circo sin payasos, ya todos lo comprendemos. Y el Circo Moderno fue tal cuando Pierrot y Arlequín compartieron escenario desvestidos de los corsés dramáticos de la comedia italiana. El primer día que Clown y Augusto compartieron escenario, las plateas estallaron de fiesta y el mundo se redujo al tamaño de un escenario. El payaso triste mantiene su esperanza por aparentar no ser lo que todos sabemos que es: un payaso. Mientras, el payaso alegre decide seguir siéndolo a pesar (o a causa) de las risas que provoca.

Por fortuna, estos niños seguirán gozando la compañía del payaso serio, el payaso triste, ése que pretende prepararles para la vida adulta obligándoles a olvidar que son niños, incitándoles a pensar que ya nadie reirá sus tropiezos. Y ése, afortunadamente para los niños, es el que más gracia provoca. Su seriedad, ya digo, produce carcajada. Los niños lo saben y, aún sin palabras, le miran y, animándole, dicen: ríe, ¡payaso!

2 comentarios:

  1. No abandone las letras, joven Cerezal, que cuando se ausenta los ojos le echan de menos...

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  2. Yo ya estoy pensando en despedirme de la gente de aquí y la verdad es que no sé por dónde empezar; no imagino lo que tiene que ser despedirse de los más peques que además tantas satisfacciones os han dado.

    Un beso fuerte!

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te escucho...