viernes, 26 de septiembre de 2014

literatura yonqui

Bolivia ya es casi un presente en blanco y negro... ya voy cerrando puertas, o al menos entornándolas. Un par de días atrás tuve la fortuna de disfrutar una memorable noche de abrazos, amistad, alcoholes, nicotina y palabras, invitado por la gente del proyecto mARTadero a dar una charla sobre Drogas y Literatura. Gracias a ellos, gracias a los asistentes, gracias a los amigos que, al fin, son los mismos y lo mejor que de Bolivia intentaré acomodar en la mochila de viaje.

Gracias a todos y, aunque largo y excesivo, dejo aquí el texto que sirvió de armazón a tan inolvidable noche, por si a alguien pudiera interesar:



LITERATURA YONQUI
(un recorrido personal por el uso de drogas en la literatura)

No sé por qué se escribe. En realidad, creo que nadie sabe muy bien por qué escribe. A pesar de ello todos los autores tenemos un buen catálogo de explicaciones epatantes preparadas por si llega el afortunado momento en que seamos entrevistados, o algo por el estilo. A mí, personalmente, me gusta asegurar que escribo para evitar convertirme en asesino en serie.

El caso es que, a pesar de no tener muy claro el motivo que nos induce a escribir, es evidente que para escribir hay que salir de la realidad. Primero: vivir, mucho y muy intenso, empaparse de realidad. Luego, escapar de ella para poder recrearla en la escritura. A veces no es fácil, muchos de ustedes lo saben, puede llegar a ser incluso doloroso. Para evitar ese dolor, muchos literatos, al igual que creadores de otras disciplinas, han recurrido, históricamente, a las drogas. Además, está comprobado científicamente que el uso de drogas psicoactivas excita la zona del cerebro en que se procesa el lenguaje, provocando una estimulación de la capacidad verbal. Otro motivo de peso para el que tantos y tan grandes literatos hayan recurrido al uso de drogas durante su proceso creativo.

Hacer un recorrido histórico de la utilización de drogas en la creación literaria sería tarea que podría emplear varios tomos bien surtidos de páginas y referencias. Por ello me propongo en esta breve exposición un par de objetivos: en primer lugar ser, efectivamente, breve; y por otra parte recurrir a mis propios gustos y obsesiones (en cuanto a drogas y a escritores), que al fin, uno no sabe escribir si no lo hace acerca de sí mismo. Llámenme ególatra si lo desean, pero ya dije en principio que de no escribir posiblemente me hubiese convertido en un asesino serial, así que la mejor terapia para evitarlo es dejar impresas en papel mis obsesiones. Tampoco deseo hacer una enumeración de obras literarias escritas bajos los efectos de los psicotrópicos, no, más bien deseo ceñirme al título de esta exposición, y hablar de Literatura Yonqui, o sea, aquella escrita por literatos fuertemente enganchados al uso de diversas drogas. ¡Ah!, lo olvidaba, también dejaré a un lado el alcohol. Sería más fácil hacer un brevísimo recuento de los escasos escritores abstemios que hayan tenido algo importante que decir en la Historia de la Literatura.

Para iniciar este egocéntrico viaje al maravilloso mundo de los estupefacientes en la literatura, nada mejor que comenzar con mis amados Baudelaire y Rimbaud.

Charles Baudelaire (cortesía de "la red")
Charles Baudelaire (1821-1867), poeta maldito por excelencia, consumidor desordenado de alcohol (por supuesto), láudano, opio y hachís, autor del mítico poemario Las Flores del Mal, que tanto ha hecho por la poesía posterior al siglo XIX. Hubo muchos otros antes que él, ya lo dije, pero para mí es el primer yonqui de la literatura digno de sincero y eterno elogio. He enumerado algunas de las drogas que consumía el decadente bardo francés, citando por separado el láudano y el opio, cuando el primero es un preparado del segundo. Un preparado en que el opio acompaña a ciertas dosis de azafrán, canela, clavo, alcohol… suena delicioso, ¿verdad? Nada que decir del opio, creo que es de sobra conocido y en el imaginario popular quedan demasiadas imágenes de fumaderos de opio orientales en que serviles chinos proveen recoletas y decoradas pipas a los abandonados clientes. El láudano, a diferencia del opio puro, no se fuma. Se consume por vía oral. Los efectos son idénticos, la variación está en la velocidad con que los mismos acometen al usuario. El opio provoca el abandono total y absoluto del físico humano a los enrevesados vericuetos de la mente, proporcionando una sensación de relajación difícilmente obtenible por otros medios. Pero no olvidemos que, en el siglo XIX, estas drogas eran medicamentos de uso común para tratar todo tipo de dolencias.

Y volviendo a Baudelaire y sus drogas. Sí, las probaba, las consumía, analizaba sus efectos, los disfrutaba pero, presa de su carácter dolorido y controvertido, también las sufría. Sus experimentaciones con estas drogas verían la luz en la obra Los Paraísos Artificiales, en que, lejos de hacer una defensa a ultranza de su uso, pone en entredicho la poca moralidad del mismo, y el peligro de que sean ellas quienes comiencen a usar a la persona, y no al contrario. De hecho, deja escrito que “está prohibido al ser humano, bajo pena de decadencia y de muerte intelectual, alterar las condiciones primordiales de su existencia y romper el equilibrio de sus facultades”, o “toda persona que no acepta las condiciones de la vida vende su alma”. A uno, personalmente, le agrada más el Baudelaire drogadicto, producto del cual serían esas Flores del Mal que reverdecieron de grandiosa belleza la lírica del siglo XIX. Si es preciso ponerse hasta las cejas de hachís, opio, o derivados para escribir tal obra maestra, y dejar en ella frases como la deliciosa “¿Qué es el Arte? Prostitución”… ¡bienvenidos sean!

Rimbaud (cortesía de "la red")
Arthur Rimbaud (1854-1891), el enfant terrible por antonomasia, el joven anarquista de la palabra y la vida sin cuya existencia la de la poesía estaría claramente a la baja, o seguiríamos declamando cosas del tipo “Brilla el sol de septiembre radiante / reflejando la gloria inmortal / del gran pueblo que firme y constante / fue el primero en la lucha marcial”. Sí, lo sé, estos “versos” forman parte del Himno de Cochamba, pero es que hay algunos que lo consideran poesía… espero que nadie se ofenda por este exabrupto Al caso: si Baudelaire inauguró el malditismo literario, Rimbaud, sencillamente, inauguró la poesía moderna. 

Rimbaud, efebo maligno, delicuescente magnificador del exceso, a pesar de amar la poesía de Baudelaire, le llevaba la contraria enalteciendo la alteración de las condiciones naturales de la vida humana por todo medio a su disposición. Así fue que desordenó sus años adolescentes, aquellos en que se dedicó a la escritura, con todo tipo de sustancias intoxicantes, del láudano al hachís, pasando por la absenta, obsesionado con agudizar hasta el extremo todos los sentidos. “Caer en el abismo, cielo, infierno, ¿qué importa? / al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo”. ¿No es acaso este deseo común a todo el que escribe, e incluso a todo el que aspira a abandonar la vida asegurando haberla vivido? Y, por si acaso el deslumbrante torrente verbal y sensorial de sus Iluminaciones y su Temporada en el Infierno lo dejaban poco claro, el poeta insistió, en sus Cartas del Vidente, al exclamar: “Yo es otro”. Eso, amigos, y nada más, es o puede ser la Poesía. Allá quien no lo comprenda.

Rimbaud puso punto a final a la más influyente obra poética de la historia conocida a la edad de 20 años. Por aquel entonces ya había experimentado en su cuerpo los efectos de toda droga disponible en la época, todo ello con el ánimo, como digo, no ya de escribir sino de vivir al extremo. Objetivo logrado.

En ambos casos, encontramos que la utilización de sustancias psicoactivas potencia la sensibilidad de los autores, llevándoles a liberar la pluma de los estrictos corsés de la realidad impuesta y el academicismo. Como decíamos al principio: ambos logran salir de la realidad que les impone la sociedad para poder recrear esa otra realidad en que habitamos todos: la verdadera, la que no confesamos al prójimo, la que sufrimos y gozamos.
Siguiendo con mi personal periplo por los viajes psicoactivos de literatos famosos, pasaríamos de estos dos fenómenos, saltando casi un siglo de Historia, para llegar a la egregia locura de Antonin Artaud. Pero sería de mal gusto ignorar, en el ínterin, la adicción a la cocaína de Robert Louis Stevenson (1850-1894), que daría obras tan jugosas y dignas de estudio como El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, paradigma de la esquizofrenia del hombre moderno, o el infierno opiáceo de Jean Cocteau (1889-1963), cuyo intento de desintoxicación narró memorablemente en la obra de nombre homónimo a tal sustancia.

Artaud (cortesía de"la red")
Antonin Artaud (1896-1948), decía, el enajenado por excelencia de la literatura, el terrorista del clasicismo y la estrechez de miras, el padre de todo lo que puede considerarse Teatro Moderno, gracias a los dictados teóricos de su inevitable Teatro de la Crueldad, ese que “apuesta por el impacto violento en el espectador”. Ignoro si influyeron más, en el polifacético autor marsellés, el largo historial de electroshocks sufridos a lo largo de su recorrido por psiquiátricos varios con el objetivo de “curarle”, o la larga lista de sustancias intoxicantes que consumió con la avidez de un naúfrago sediento, parece ser que con la misma intención: curar sus desequilibrios mentales. Lo que es evidente es que su navegación tóxica le hizo siempre estar más cerca de los sueños que de la realidad, anticipando así los surrealismos y demás ismos. “Hay que darle a las palabras sólo la importancia que puedan tener en los sueños”, aseguraba, no sin razón.

De entre todas estas sustancias a que aludimos refulge, cual perla mirifica, el peyote, que el literato aprendió a consumir en México, en compañía de los indios tarahumaras. Por primera vez, la historia de la literatura, abre sus puertas a los enteógenos: drogas que provocan estados alterados de conciencia y que, si hacemos caso a su origen etimológico, logran que Dios habite dentro del consumidor. Estados de realidad alterada, más que intensificada. Artaud escribe Un viaje al país de los Tarahumaras que se constituye, prácticamente, en un tratado antropológico que abre la vía de escape de la sociedad mercantilizada occidental a distintas formas de pensamiento y vida más enraizadas a la tierra y lo natural, lo indígena, y todos esos términos que tanto daño han acabado haciendo, lamentablemente, a la literatura con sus hijos subnormales: los best-sellers y los libros de autoayuda. También en otros campos, Pachamama y demás, ustedes saben de lo que hablo.

La adicción a las drogas, para Artaud, fue un verdadero suplicio. Por el contrario, para la Literatura, su sufrimiento fue una bendición, y a su impuesta huida de la realidad debemos algunas de las páginas más memorables de la misma.
 
Años después, recién iniciados los ’50 del pasado siglo, aparecerían en escena, arrasando convenciones lingüísticas y sociales, los jinetes del apocalipsis literario. Hablo, es evidente, de los beatniks. Y, entre ellos, siguiendo con mi personal preferencia, las voces inmaculadamente sucias de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs. 

Aquí la franja de lo psicoactivo se amplía hasta límites insostenibles: mescalina, bencedrina, morfina, ácido lisérgico, cocaína, marihuana, heroína… 

Pero vayamos por partes.

Burrooughs (cortesía de "la red")
William S. Burroughs (1914-1997), homosexual y yonqui ávido y confeso, convierte su periplo vital y literario en mitología moderna. Cualquiera de las normas no escritas por las que se regía la puritana sociedad estadounidense de la época fue destrozada a dentelladas por el autor. El joven heroinómano se transforma, con el tiempo, en reverendo de la modernidad del exceso y la vanguardia literaria. Por el camino, sin importarle nunca la opinión ajena, deja un desastroso rastro de atropellos vitales y lingüísticos que pasarían a la historia de esa cultura que hemos dado en llamar underground

El escritor norteamericano se estrena en el mundo editorial con Yonqui, un descarnado descenso a los infiernos de la heroína narrado en primera persona y desde el conocimiento más absoluto. Más tarde llegaría el uso de otros opiáceos y la visionaria utilización del lenguaje que estos imprimen a sus textos. Textos de difícil asimilación, carentes de argumento, pero plagados de imágenes de violencia y desarraigo difícilmente olvidables una vez recorridas por el lector. Burroughs lo tenía claro: “El lenguaje es un virus”. Y como tal lo propaga en sus obras, cuya lectura es lo más cercano a un viaje de ácido que pueda experimentar cualquier lector atento.        
    
En cualquier caso, la obra de Burroughs se constituye como una clara denuncia de las drogas duras. Más bien, lo que denuncia, es la utilización que de las mismas hacen las autoridades para aniquilar a toda una generación, y así lo deja por escrito: “El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente”. El Almuerzo Desnudo se inicia (o finaliza, ya no recuerdo) con un memorable glosario de drogas y sus efectos, como acompañamiento al bizarro desvarío textual, sexual y sensorial de unas páginas que pasaron a la Historia como la más desquiciada genialidad escrita hasta la fecha. Una genialidad que expone metafóricamente los métodos de control utilizados por las fuerzas del orden establecido para desbaratar los sueños de progreso y cambio de la juventud: las drogas duras de las que apenas rozando la venerable ancianidad pudo llegar a desengancharse el autor. Durante su redacción, las dosis de morfina que se inyecta el escritor son decididamente desmedidas y, por si fuera poco, las adereza con ingentes cantidades de mayún, un contundente pastel de hachís especialidad de las tierras marroquíes que por aquel entonces habitaba. De ahí surge un libro que a día de hoy, lo aseguro, ningún editor en su sano juicio osaría publicar.

Ginsberg (cortesía de "la red")
Allen Ginsberg (1926-1997), homosexual y psiconauta ávido y confeso, hace de la vida de sus coetáneos material literario con que desollar la métrica monocorde de la poesía de la época. Al igual que su compañero de correrías, Burroughs, el poeta denuncia la utilización de las drogas como veneno que corrompería las mentes y cuerpos de toda una generación: la más brillante, aseguraba, que había parido el pensamiento U.S.A. Un pensamiento, el de aquellos jóvenes, en eterna confrontación con el militarismo gubernamental. “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando uns dosis furiosa…”. Aullido, épico poema fundacional de la lírica inducida por el consumo de estupefacientes.

Fue Ginsberg quien arrastró hasta Marruecos a sus compañeros beats, para iniciarles en las ceremonias de hachís y mayún. Él mismo se arrastró más allá, al menos sensorialmente, hasta La India y el Tibet, quedando sensiblemente afectado por el contacto con dichas culturas. En sus viajes físicos y psíquicos hizo acopio de misticismo y de sustancias que lo potenciasen. Su uso de las drogas, más que recreativo o creativo era personal e íntimo. Buscaba en las drogas el yo perdido en el marasmo de una sociedad acorralada por el mercantilismo y la individualidad violenta, y encontraba en ellas potencia para seguir defendiendo una vida contraria a la política que obligaba a muchos de sus conciudadanos, por aquellas épocas, a dar la vida por causas ajenas.

Dignas de estudio son Las cartas de la Ayahuasca, un compendio de correspondencias cruzadas con Burroughs alrededor del uso y efectos de dicho cóctel de plantas enteógenas. Ayahuasca, la droga mítica, cuyo nombre proviene del quechua que aquí aún hablan algunos y que viene a significar algo así como “soga de muerto”, al creer sus ancestrales inventores que era la soga que permitía al espíritu abandonar el cuerpo sin que este perdiese, definitivamente, la vida. Casi nada.

Kerouac (cortesía de "la red")
Jack Kerouac (1922-1969), bisexual encubierto, drogadicto recreativo y alcohólico ávido y confeso, hace del camino su vida y de su literatura trayecto sin destino. El beat por excelencia, el Padrino de la alteridad vital y literaria, el devorador de ritmos que deben ser vomitados sin filtro alguno sobre las páginas y los locales de jazz clandestinos. 

Kerouac escribió la Biblia del movimiento beatnik, En el camino, supuestamente en un rollo de papel continuo y sin revisiones ni pausas, llevado por la incombustible actividad psíquica que proveen las anfetaminas. Pueda ser. Las suelas de los propios zapatos como único mapa probable, y las drogas como compañeras fieles e insustituibles: bencedrina y marihuana, mayormente. Y otra droga, sí, el jazz, cuyo ritmo sincopado regía el deambular de unos párrafos plenos de euforia y ganas de vivir. “La única gente que me interesa es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando como arañas ante las estrellas”.

Literatura del trance. Trance de la droga, el alcohol, la euforia desatada y la gana de vivir, como los buenos rockeros, rápido y deprisa para dejar un bonito cadáver. Pero las drogas psicodélicas, en aquel tiempo, iban de manera inevitable unidas a la espiritualidad oriental. Atracción de lo exótico, supongo. También visitó Marruecos, el amigo Kerouac. De hecho fue quien, allí, recogería, del suelo de una habitación de pensión regentada por cucarachas, las páginas desperdigadas por el temblor morfínico de Burroughs, para incitarle a publicarlas bajo el nombre de El Almuerzo desnudo. Luego, él, iría más lejos, en busca de inspiración zen que le arrebatase, quizás, de los designios de una vida de alcohol que se le llevaría en brazos de la cirrosis. De aquel interés por lo zen nacieron Los Vagabundos del Dharma, obra que debería estudiar, por si acaso, el renombrado Paulo Coelho.

Aquellos años, aquella literatura, dieron un giro brutal al timón de este velero que muchos deseamos habitar: la Literatura. Imposible negar la influencia, en esta nueva travesía, de las drogas. Pero continuaron años en que los estupefacientes arrasarían las calles de las principales ciudades occidentales, especialmente estadounidenses, cebándose en la negra piel de los descendientes de los esclavos, los únicos estadounidenses verdaderos, esclavizándolos con nuevos métodos, más retorcidos, que les hacían soñar con desertar de una vida que les devoraba las entrañas. La alegría desbocada de Kerouac y compañía nada tenía que ver con el inframundo de los supermercados de la droga establecidos en los suburbios. 

Thompson (cortesía de "la red")
Sólo pudimos rescatar, de aquella literatura milagrosamente ebria, después, las alucinadas crónicas periodísticas de Hunter S. Thompson (1937-2005) que, en plena orgía consumista de sustancias tóxicas, decide reordenar para siempre las normas no escritas del periodismo. No dejen de leer Miedo y Asco en Las Vegas, quizás la más alocada y a la vez lúcida historia de cómo la literatura puede devorar a las drogas. El autor, periodista, genera la crónica gonzo al hacerse protagonista principal de lo narrado: un desquiciado tour por L.A. generado por el impulso protagónico de consumir ingentes y desmedidas cantidades de drogas de todo tipo. Importante recordar que la droga de la que más se provee el autor durante tan alocado viaje es la mescalina, componente principal de ese San Pedro tan conocido por estos lares. Si cada uno de los cochabambinos que me ha asegurado subir al parque Tunari a viajar con San Pedro hubiese escrito al menos una página como las del inventor del periodismo gonzo, otro gallo cantaría a la literatura boliviana.

Carroll (cortesía de "la red")
La otra cara de la moneda la muestra Jim Carroll (1949-2009), en su sobrecogedor Diario de un rebelde, que desgrana con meticulosidad casi científica su adicción a la heroína. Relato sucio, duro y desgarrador, pero de una limpieza ética y literaria pocas veces sorprendida, y que abriría paso a muchos de los que hoy se autodenominan, en literatura, realistas sucios. Y a remarcar el hecho de que fue Leonardo Di Caprio quien le dio vida en el cine, en The Basketball Diaries. El mismo actor que emuló de manera memorable a Arthur Rimbaud en Total Eclipse. O sea, que no todo es Titanic

Y no deseo olvidar que Jean-Paul Sartre (1905-1980), digan lo que digan, contó para su particular batalla contra el tiempo, su fecundidad literaria y filosófica, con la inestimable ayuda de las anfetaminas. 

Para finalizar, y haciendo honor al desmedido ego de un servidor, he de hablar de mi primera novela, Los Cuadernos del Hafa, que muchos han querido ver como una apología del hachís. Ni confirmo ni desmiento. Sólo aseguro que sin la existencia de tan deliciosa sustancia tal vez no hubiese escrito lo que en realidad creo es dicha novela: una apología del amor. Amor a Marruecos, a la Música, a la Mujer y, por encima de todo: amor a la Literatura.

Como dejé dicho al inicio: para escribir hace falta salirse de la realidad. Una vez fuera, es más fácil volver a darle forma. Los métodos para huir esa realidad, para poder contemplarla desde el exterior, son múltiples. De cada uno depende elegir uno u otro. Pero es evidente que si no hubiesen existido las drogas, como método estrella de dicho proceso, la Historia de la Literatura hubiese sido más aburrida, y muchos de nosotros nunca hubiésemos llegado a plantearnos la escritura como aliento vital.

Por cierto, por si no se habían dado cuenta, los autores nombrados, todos, escribían, como un servidor, sobre ellos mismos. Y es que la vida propia, cuando se afila y apura, es la más dura de las drogas.

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te escucho...