domingo, 23 de marzo de 2014

Achtung Baby

22-M. Día desgastado en vaivenes y cotidianías de las que desgastan la gana y la calma. Bolivia atesora la dudosa virtud de transformar las jornadas en un devenir de pausas eternas y avances inexistentes. Un escaso e insuficiente lapso temporal para asomarme a la prensa en busca de noticias sobre las Marchas de la Dignidad, en Madrid, aquel torpe poblado con orgullosa ansia de metrópoli que me vió nacer.

Pero la prensa oculta, la prensa no existe ni es digna de tal nombre, hoy...

Los medios de incomunicación y propaganda ocultan deliberadamente la rabia de un pueblo al que muchos pretenden sepultar, bajo el pisotón fascista de la ignominia: ya sabemos, la historia la escriben los vencedores, y lo que no aparece en los libros de Historia, sencillamente: no existe. Y hoy, la Historia, sólo es una asignatura más, perdida en los planes de estudios de esos sistemas educativos puestos en pie para sistemáticamente educarnos en la onerosa nada de la "filosofía" de empresa. Pero las llamadas redes sociales, en ocasiones, hacen cierto honor a su nombre, y vienen en mi ayuda: leo resúmenes, contrasto opiniones, contemplo fotos: veo a un policía herido, con el retal de sangre ciudadana aún latiéndole el bocado en la torva expresión de indecencia que le ha modelado el amo que le da de comer... veo la mirada perdida de un fotógrafo ensangrentado, con su sorpresa de diafragma roto por la ausencia de luz de este régimen que se atrinchera en la ausencia de miradas... veo breves barricadas incendiando una sacrílega noche de San Juan de vertedero... veo, danzando los cielos, piedras como flores que nunca encuentran la sien en que deberían coronar su furia de hambre y vida... veo las arterias de la capital colapsadas por un infarto de pancartas sin miedo y brazos sin temblor... veo sonrisas niñas acariciando la cicatriz de tiempo y orgullo de abuelos que vieron otras guerras, unas de verdad... veo hollywoodienses uniformes de guerra dispuestos a emprender la misma contra las huestes indefensas de la palabra valiente...

Han llegado: los sucios, los pobres, los perroflautas, la cochambre, la mugre de una sociedad que carece de detergente con que defraudar el pistoletazo de sangre enhiesta de aquellos que siguen dispuestos a llamar a las cosas por su nombre. Mañana, los rotativos del miedo y el salario asegurado ignorarán o demonizarán a todos ellos y, con ellos, al resto: esa otra parte del pueblo, esa mayoría que habla en las urnas cuando les quitan el bozal, esa masa de mastines hambrientos de moneda y plasma y ropa de marca y marca en la grupa tal cual la porta el ganado de finca y terruño de los potentados. Mañana, sencillamente, no habrá pasado nada. Pero, ahora, veo de nuevo esa foto del policía herido y recuerdo, hace unos instantes, caminando Cochabamba, ese cartel tan habitual en estas tierras: si alguien es sorprendido robando, será ajusticiado.

Porque aquí, en Bolivia, sorprende al recién llegado, paseando por determinados barrios, el descubrir carteles en fachadas y farolas que advierten a aquel que pretenda enriquecerse con el latrocinio de enseres ajenos que, en caso de ser descubierto, pasará a manos de un jurado popular que carece de abogado defensor. Así, sin más. No se le cuestionará sobre los motivos de su intento de robo, ni se le preguntará su filiación política o creencia religiosa. Al fin y al cabo, la justicia es una mujer de turgencias agrestes con la mirada vendada: ciega e imparcial, aseguran. Y encuentras, en calles y plazoletas, muñecos y zapatos que cuelgan, cual pájaros electrocutados, de los cables de alta tensión. Es un aviso, una premonición que acompañará a aquel que hasta allá se acerque con el ánimo animándole a cometer un crimen, de cualquier tipo.
 
Sí, en Bolivia se ejerce la justicia comunitaria. Y afuera, en los políticamente correctos territorios del € y el desperdicio, se echan las manos a la cabeza ante tales muestras de salvajismo. Si preguntas, aquí, te contestan: la policía es corrupta, los políticos, también, igual las instituciones, nadie va a hacer justicia, la haremos nosotros. Ni defiendo ni cuestiono: constato hechos, regreso a las escasas fotos tomadas en la jornada española de marchas por la dignidad, y pienso que, lenta pero inexorablemente, en España también, se comienza a instalar la justicia comunitaria... miro de nuevo la fotografía del policía herido: aún sonríe, enarbolando, dañado pero orgulloso, una flor de sangre ciudadana inundando de arritmia escarlata el latido férreo de su porra reglamentaria... al fin y al cabo, en Bolivia, para bien o para mal, algo aprendieron de España...
 
Veo un video, uno de esos que no esponsorizarán los mercados que esponsorizan la prensa multitudinaria, en que un bombero afirma: nuestro trabajo es acceder a una vivienda para ayudar al que está dentro no para echarlo a la calle.
 
Si me queda tiempo, intentaré indagar de dónde le llega, al boliviano, la costumbre de ejercer la justicia comunitaria. Pero ahora llueve, y la lluvia me desentiende de los problemas sociales. La lluvia humedece los campos y la memoria, y pienso en esa tormenta perfecta que, algún día, aquí o allá, venga a despedazar las calles, desordenando su cartografía de nombres bastardos y autos de lujo, imponiendo al adoquín una fertilidad de flor y cosecha de la que podamos beber sin tener que pagar a nadie por el agua que nos pertenece. Y recordaré ese Madrid en que cada vez que llovía descubría que los sueños están hechos de gotas de agua que imponen silencios de metáfora y besos de porvenir... porvenir: lo que está por venir... aquellos que se pretenden titiriteros de la opinión y el devenir social, verán si les conviene que ese porvenir venga preñado de justicia comunitaria.

Ya lo dijeron los U2, en memorable larga duración: Achtung, baby!

sábado, 8 de marzo de 2014

poemas de la quietud (a ritmo de Carnaval)

lo mejor de esta entrada es la canción que, como siempre, se encuentra al final (podéis ahorraros el texto)... o, como dicen por aquellas tierras: el que avisa no es traidor...

En las calles de Cochabamba, las danzas ancestrales quedan desmadejadas en ritmos acaudalados de perversión sónica, mientras sus habitantes se entregan a la fanfarria hueca del alcohol y la mirada impúdica. Danzas de cascabeles macho que entonan himnos desarreglados a mayor gloria del colorido fugaz de la piel hembra, escuetamente ataviada de cordajes de sencillo desamarre. Grandes y niños correteando las plazas y embadurnándose de agua sucia, químicos y supuesta tradición, mientras el asfalto germina licores mal digeridos y tropiezos ebrios. Carnaval, o sea: triunfo multitudinario de la carne excesiva sobre la sobriedad solitaria del alma: ecos de alborozo de Baco o de mugir de Apis, en contradictoria coyunda con feligresías del Hijo del Hombre y atávicos ritos terrenales. Poco amigo como soy de buscar el fulgor de la carne entre multitudes y desperdicios (además, puestos a elegir festividades de disfraz y exceso, prefiero el superávir de ausencia textil de Brasil... cuestión de color, qué le vamos a hacer), me arrumbo al mínimo tartamudeo con que tu piel me viste el deseo, porque las profanas festividades, esta noche, traen a mi memoria aquella canción del gran Vinicius de Moraes que aseguraba la tristeza no tiene fin, la felicidad sí. Así el carnaval, así la victoria de la carne, que dura lo que la comparsa del orgasmo o la mascarada del deseo. Eso, creo, quería expresar el poeta brasilero. Pero yo, esta noche, he decidido alargar mi carnaval de ausencia desvistiéndote la máscara de cotidianía para danzar por siempre entre tus brazos de fiesta y calma. Mira por dónde he descubierto que, tal vez, la canción esté equivocada y la felicidad, en la simétrica existencia de nuestros besos, pueda ser eterna...


lívida quietud de la noche
interrumpida tan sólo
por el dócil interruptor
de mi deseo

y llegas de nuevo a mí,
como un chapuzón de vientre
que se me vierte en los labios
para florecerme la garganta
de humedades valientes
y palabras como orgasmos

y arribo de nuevo a ti
como un sorbo de erección demente
que torna vino en tu dicción
para germinar tu latido
de diástoles inconscientes
y gemidos de convulsión

trémula turbación de la noche
interrumpida tan sólo
por el eclipse lascivo
de tu ausencia