miércoles, 18 de mayo de 2016

me va la vida en ello

Despertar sin haber descansado, preparar una generosa cantidad de café, sentarse frete al teclado, perder un rato leyendo titulares, recordar aquella palabra inicial, sorber el café, encender un cigarro, contemplar el humo, escribir la palabra, luego otra, elegir algo de música que ahuyente el silencio, dar fin a una frase, tumbarse a pensar, quedar levemente amodorrado, recuperar la vigilia con una idea entre los labios de la mente, sentarse de nuevo frente al teclado, escribir siendo consciente de que ya has cambiado las palabras que tan exactamente modelaban esa idea de la que querías dejar noticia, contrariarse, ofuscarse, encender otro cigarro... 

Contemplar cómo el reloj anuncia horarios propicios para el sueño, desnudarse, lentamente, frente al espejo del cuarto de baño, dirigirse a la cama, profanar su vientre de algodones y color desvaído, estirar y el cuerpo y escucharlo quejarse de tantas horas encorvado frente al teclado, cerrar los ojos, pensar en aquella frase que no acertaste a componer, esa idea que no lograste expresar, sentir el pánico de tu difícil situación económica, también personal, pensar en el modo de seguir adelante, escuchar los bostezos de la casa en silencio, dar vuelta hacia un lado, pensar que deberías levantarte y abrir las puertas a los fantasmas que te persiguen, terminar ese texto que nadie te pagará pero en el que te va la vida como le irá, quieres soñar, a alguien, algún día, cuando tu libro esté impreso y encuentre en sus páginas esa revelación que a ti hoy se te escapa.

La vida de escritor no es bella, ni buena. El mundo oprime. El mundo nos exprime. A todos. También a los escritores. Nunca llegaremos a nada. Tampoco deseamos llegar a ningún lugar más allá de la siguiente página. He ahí el drama. Porque lo es, doy fe. Si lo hiciesen "reality" televisivo (todo se andará, mercado manda) os resultaría fascinante...

Toda esta retahíla para hablar de un libro. Un gran libro. Una obra literaria delineada con la dolorosa exactitud de quien escribe porque la va la vida en ello. Un volumen de relatos que funcionan perfectamente por separado, pero conforman, unidos, una novela inolvidable que desnuda la más cruda realidad cuando se viste de fantasía. Y viceversa.

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. 
El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicvente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida. 

Vicente escribió este magnífico libro hace ya años, cuando algunos aún jugábamos a emborronar páginas soñando con edificar volúmenes que sí, llegarían, pero de nada nos servirían más allá de la satisfacción por haber cerrado otra puerta (¿la de nuestro futuro?). Hoy, el tiempo, tan horrendo a menudo, ha decidido marcar la hora de los justos, y El merodeador se reedita con una par de relatos extra que no hacen más que enriquecer la ya proteínica prosa de sus páginas primigenias, cuadrar ese círculo que ya era cuadrilátero en que peleaban los fantasmas del que se perdió en los vericuetos de la vida. Y es que El merodeador no es más que eso: un ajuste de cuentas con los espectros del día a día. Nada más. Y nada menos.

No hace falta ser escritor para, acompañando a este moderno doctor Jekyll que es el protagonista -álter ego del autor-, sentir el espinazo recorrido por los escalofríos que provoca el miedo de saberse vivo. No hace falta compartir las obsesiones de su inseparable Mr. Hyde -el merodeador del título-, que recorre las páginas como ánima en pena, para descubrir que la vida es mucho más de lo que ocurre mientras estamos dormidos. Porque, además, él nunca duerme, viste disfraz de insomnio y careta de amanecer insolente. No poder dormir, sentir el tic tac del reloj como el lamento del sepulturero, saber extraña a la que duerme a tu lado, no querer dormir solo... saber, sentir, sufrir. Luchar para que deje de doler todo aquello que nos hiere. Eso, y mucho más, es El merodeador. La epopeya del hombre actual que nos pretendemos. Si alguien desea investigar los crímenes del día a día, los homicidios que cometemos cada vez que caminamos sólo por mantenernos en pie, que se zambulla en estas páginas. El merodeador será su acompañante sabio y fiel, torpe y traidor. De paso, comprenderá los solitarios suplicios del escritor contemporáneo.

Vicente nos recuerda en estas páginas que, a pesar de todo, estamos solos. Pero, paradójicamente, mientras él escriba, sus lectores podremos sentirnos acompañados. Sus párrafos acunan multitudes y yo, hoy, me enorgullezco de ser parte del gentío. 

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