viernes, 29 de septiembre de 2017

Scott Walker, matarife

Atardece en chiquillos de sonrisa fácil y facilidad lingüística que invitan al turista a descubrir Fez siguiendo el hilo de Ariadna que enmaraña las calles de su zoco, uno de los más logevos y extensos de la geografía musulmana... eso, al menos, aseguran, mientras te dicen sin guía tú perder, ¿quieres ver pieles?, mejor vista yo enseño, y mezquita también, sí, no problema, yo enseño, y casi se enredan tus pies en los suyos para mejor perder el paso y, de paso, la brújula. Tomarás, ya sin remedio, la dirección de juguete y propina de su caminar niño.

Fez se desdibuja y se marea cuando comprendes formar parte del rebaño de turistas que se han dejado conducir por el pastoreo de moneda de la necesidad más acuciante. Pero... ¿quién genera este comercio?

Afuera, lejos, ajenos a las murallas de la medina, en una calle atestada de Grand Taxi, chóferes vociferan nombres cuyo significado y dicción no alcanzas a desentrañar. ¡Sefrou!, ¡Sefrou! Un nombre como un golpe sordo que martillea oídos y ánimos. Repetición cáustica, acorde breve, ritmo montaraz que despierta instintos temerosos de revelar su nombre... tal vez los de lo oscuro, que te llama.

Entro en el Gran Taxi. Tomo asiento en la parte trasera. Contemplo el suicidio de los relojes. Minutos necesarios para que se ocupen los asientos aledaños. partimos, no sé hacia dónde. Pero partimos, al fin. Y llegamos. Atrás, poco más de media hora. Atrás, carreteras cuya seguridad no obtuvo el certificado de buena conducta. Arribamos a las faldas del Atlas. Sefrou, ahí, agazapada tras un murmullo de siglos que nadie contabilizó.

Suena Khaled en la radio del vehículo. Scott Walker en mi mente, repitiendo mordiscos de voz como el taxista repetía ¡Sefrou! no hace tanto... sfrú... sfrú... sfrú...

... como un mantra tortuoso de esos a los que nos acostumbra Walker, antes de decapitar el ritmo con un desacorde brusco para sumergirnos en los avernos de aquello que llamamos música y que hoy, ahora, ya, acompaña mi naufragio en esta pequeña población en que mellah y medina ven separado su abrazo imposible por el fragor del río Agay que, antes de irrumpir en la ciudad como bramido de conquistador medieval, dibujó sus alrededores de un verde imposible. Sus interiores, marrón carne corrupta, tendré tiempo de comprobarlo. Pero antes, el atardecer que fue, y una bombilla que despierta susurros de luz en chilabas remendadas de mugre y vino, en la licorería sita en las afueras de la ciudad: borrachos y mostachos que se expresan en un idioma que no conozco y guardan silencio cuando entro al local con la única intención de comprar unas cervezas.

Camino callejas caminadas por sombras y nadie, Walker gritando en mis oídos I'm the only one left alive, las cervezas en una bolsa, estilo yanqui pero mutada en plástico la estraza.

Me sorprende, en una esquina, el fantasma de humo de una parrilla que aún regenta aromas de sacrificio. En la siguiente me sorprende un humo distinto, una caverna desde la que lo gutural me susurra hasch. Y yo me acerco. Y me envuelve un vaho de familiaridad mal entendida. Y quemo y olfateo y compro, rápido y sin ruido, como Walker cuando calla para inventarle nuevas melodías al silencio. Camino y busco un lugar en que pasar la noche. La meta en forma de azotea blanqueada como un erial de adobe.

Scott Walker, cortesía de "la red"
Fumo y bebo y contemplo galaxias por las que se desplazan estrellas con estrépitos siderales que abruman mis oídos, amplificados por esta pesadilla en que Scott Walker me ha naufragado esta noche. A lo lejos, o no tanto, el rebuzno de un asno cargando cosechas de piedra, como el berrear de un cordero conducido al sacrificio. Suena Scott Walker -¿ya lo dije?- y me advierte de que introduzco mis dedos, calcinados por la mínima combustión del hachís, en el abismo. Este abismo que semeja, ahora, la cremallera de mi pantalón -un nuevo trago, otra Casablanca- ya desgajada, circuncidada al estilo islámico para aflorar la flora fatua de una erección de saldo que se agiganta mientras mi memoria escucha los alaridos del bardo británico, su temple de barítono bastardo, su cantar de sepulturero. La sangre, en su existencia bipolar, se agolpa a la par en mis sienes y en las fronteras de mi glande, que te añoran... por eso inauguran granates tan violentos como los que en la dermis de mis oídos colorea esta escucha onanística de The Drift. No hay vocabulario lógico que logre describir lo que Scott Walker plasmó en ese álbum, ni lujuria qu epueda explicar el desbarajuste en que tornado el camastro que me expone al guiño lejano de las galaxias. Me abandono. Floto. Muero... sin ti, muero. Sin ti, que paseaste la medina advirtiéndome de que no pasar al otro lado, de no pisar la mellah, territorio judío, jeroglífico de brujerías. Alguien me advirtió también, hace años, que no escuchase aquel disco: nunca psar al otro lado. Floto. Muero...

Mañana, aún atolondrado por el exceso, me llegaré hasta Bahlil, el pueblo de las cavernas, y compartiré mesa de hambre y mantel de exequias con una familia que me interpela, en un idioma que no conozco, preguntas sin respuesta. Viven en una cueva. Humedad, sombra, mordisco al aire. Y la voz de Walker despertando gritos rupestres a esta caverna que Platón no hubiese deseado siquiera imaginar.

Afuera, un pollino rebuzna -otro-, y un matarife asesta el golpe de gracia al cordero de dios tú que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros... pero no hay piedad, y Walker golpea y golpea, haciendo de la carne percusión y de su música veneno. Lo imagino desordenando las paredes de esta vivienda que es cueva y es hogar y es caverna y es nada con brochazos de polifonía lacerante, sólo por jugar... o por aprender, qué sé yo... el hachís es potente, lo fue, anoche, mientras me vertía escuchando Jesse, en un orgasmo separado por un río, a un lado el placer al otro el asco, lo repugnante, el rechazo... en Sefrou, una ciudad habitada sólo por musulmanes y en que un río los separa de los judíos que allí ya no viven. Walker aúlla I'm the only one left alive... ya nadie más queda vivo, salvo yo, tal vez, y esta familia que me ofrece harira en el interior de una cueva que es hogar.

Dormiré aquí, entre andrajos y cazoletas de kif. Mañana regresaré a Sefrou. Después a Fez, para abrillantar mis desvaríos con el trapo sutil del turismo.

No busquéis Sefrou, por favor, y mucho menos Bahlil. No existen, salvo en mi mente desquiciada y el timbre agónico de Scott Walker que, lo siento, lo sé, nunca estuvo aquí. Por eso, os aseguro, Sefrou y Bahlil no existen. Él aún no los ha imaginado. Por eso y porque no desearía que ensuciaseis sus calles con vuestros andares de piara weekend. En cuanto dobles una esquina, Scott Walker puede propinarte un hachazo en la cerviz... o una bella musulmana puede maldecirte por cruzar el punete que conduce hasta la mellah. También, tal vez, os advierta que bahlil puede traducirse al español como bobo, tontorrón... quién sabe, lo mismo te miente.

(este texto se añade al resto de los que conforman mi sección en Red Marruecos: El tiempo de los asesinos... pero esta vez va por libre)

jueves, 10 de agosto de 2017

el tiempo de los asesinos

Días de enredos mentales e intentar arañar migajas al reloj. Días de ojeras en que poder acomodar el cansancio de toda una vida... también su plenitud. Escribo (cuando puedo, ya digo) y bebo (cuando me lo puedo pagar) y cuento a Munay cuentos en que Caperucita no es roja porque ha aceptado el último misérrimo convenio colectivo que la obliga a ser devorada por el lobo, a diario, en la oficina, la fábrica o el restaurante del estío que cerrará sus puertas cuando marchen los turistas y la dejará a ella en la calle a la espera de un nuevo verano, qué bonito es el verano, aunque ya no tenga bicicletas...


El caso es que escribo y avanzo, lento, en una de las varias obras "literarias" en que ando enredado. Y recién finalizo un párrafo y me pregunto para qué. Porque leo a Henry Miller, en "El tiempo de los asesinos", publicado en 1946:

¿Cuál es la tendencia actual de la poesía y dónde está el eslabón entre poeta y auditorio? ¿Cuál es el mensaje? ¿Cuál es la voz que se escucha ahora, la del poeta o la del hombre de ciencia? ¿Nos preocupa la belleza, por amarga que sea, o la energía atómica? ¿Cuál es la principal emoción que inspiran actualmente nuestros grandes descubrimientos? El espanto. Poseemos el conocimiento sin la sabiduría, la comodidad sin la seguridad, la creencia sin la fe. La poesía de la vida se expresa en fórmulas matemáticas, físicas o químicas. El poeta es un paria, una anomalía. Está en camino de extinguirse. ¿A quién le importa cuán monstruoso puede hacerse a sí mismo? El monstruo está en libertad, recorriendo el mundo. Ha escapado del laboratorio y está al servicio de cualquiera que asuma el coraje de tomarlo a su servicio. El mundo se ha convertido en número. Esta es la era del cambio y el riesgo. La gran deriva ha comenzado.

Y, después de leer esto, me pregunto para qué he escrito, yo, esto otro:

Ya no hablamos más de Miller ni de Villa Seurat. Hemos paseado Père Lachaise y las catacumbas de Denfert-Rochereau. Estamos de regreso en la habitación misérrima de este hotel en que ahora, ya, tu piel decide proporcionar nutrientes al cosmos bacteriológico de la moqueta que oscurece la estancia. No quieres tomar mi mano. Así que soy yo quien toma la tuya, con la insana intención de que organice los ritmos e intensidades que más y mejor visten el crimen desorganizado de mis erecciones. Te dejas hacer mientras intento rehacer sobre tu cuerpo las líneas que ha perdido el 17 de Villa Seurat, ensanchar tu vientre con acometidas pretendidamente serenas, bruñir la esponjosidad huraña de tus labios, trazar, por fin, en el lienzo equívoco de tu rostro, itinerarios de regocijo en los que regocijar mi propio despropósito. Pero no hay manera ... El tiempo todo lo cura o, al menos, acaba ignorándolo, olvidándolo, y además tú no eres tú, y la que yace junto a mí sólo habla francés y me acaba de conocer un par de horas antes, en uno de los numerosos cuchitriles que expenden alcohol para redecorar de vómito y desasosiego un Pigalle tan poco luminoso como en las luminosas memorias Miller.

Ni idea, ya digo, pero creo que seguiré escribiendo. De hecho, llevo ya un buen puñado de páginas. Luego, veremos si interesa a alguien. Don y maldición, como dijese Vicente Muñoz Álvarez, que casualmente tituló uno de sus libros, mucho antes de que yo titulara igual una de mis secciones periodísticas, "El tiempo de los asesinos", como el volumen en que Henry Miller dejó, también, escrito, con demoledora lucidez:

Poco importa que perdamos al poeta si salvamos la poesía.

Pues eso... buenas noches.

viernes, 14 de julio de 2017

debate sobre el estado de la nación

La información hoy es libre, gratuita y certera, en "la red"... puedes acceder a todo... a todo lo que te engañen quienes siguen engordando sus lorzas de dólar, €, yen o vayá usté a saber qué mierda de papel moneda o papel plata, que todo vale, sí, no se crean, los ricos también utilizan Albal, aunque no sea, en su caso, para envolver el chopped a punto de caducidad de la merienda de su hijo, tal vez su única y mejor comida, más si tienen la suerte de, por estar desempleados, compartirla con él porque no pueden dejarlo al cargo de una inmigrante sin papeles ni alta en la seguridad social que se gana unos dinerillos cuidando retoños ajenos mientras los propios esperan la expropiación impropia del fin de mes de a diario que intenta solventar el cabeza de familia, tan marroquí él, tan islámico, tan de trabajar de sol a sol, también sin papeles, para recluir a su esposa en las cuatro paredes de la dictadura integrista... en fin, basura con la que sólo pretendía ilustrar esta foto con que ilustro la página, tomada antes del homenaje que se celebró en honor a un tal Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA, tiempo ha, militante del mismo partido cuyos gobernantes vemos en la instantánea bailar, con felicidad y desenfado, marca España, ante tamaña celebración de dolor... momentos antes, ya digo, del citado homenaje en que el público abucheó a Raimon por cantar en catalán, y a José Sacristán, por comunista, y sobre el que prefiero no extenderme... sólo decir que la foto, inexplicablemente, ha desaparecido de la noticia que ilustraba el momento, en ese periódico que tanto hace hoy por mantenernos informados y no perder la huella del pasado... salvo si el pasado, como el presente, hiede, apesta, Channel nº 5 con aromas de cloaca...

Aznar, Botella, y otros cuantos honorables "ciudadanos" celebrando el previo al homenaje por la muerte de Miguel Ángel Blanco, 10-09-1997, cortesía de "la red"

... afortunadamente, queda la voz de los poetas... esos bichos raros que se declaran en huelga de agasajos y que viven día a día con la única esperanza de contemplar el venidero... 

... afortunadamente, en este maldito terruño, queda la voz de Javier Vayá... y dice así:

"No habrá en ninguna sede del PP pancartas con fotos gigantes del hombre de 54 años muerto por trabajar a una sensación térmica de 180 grados. Como no la hubo por la anciana muerta por incendiarse la vela con la que alumbraba famelicamente el impago y la miseria. Ni por quienes se lanzaron por la ventana ante el desahucio, ni el mes pasado que hizo veinte años de la ruin masacre en Hipercor.
No, no habrá homenaje alguno, más allá de dos hierros formando una cruz y unas exiguas flores en el lugar al que sus compañeros tienen que volver inmediatamente al tajo. No hay tiempo para llorar, la vida, el curro siguen. Porque los medios, esas ratas aullando la voz de su amo, ya han dicho que es una víctima de la ola de calor. Como dicen que las mujeres ASESINADAS por hombres son "halladas muertas" o "víctimas de la violencia de género". Porque el terrorismo de estado es una quimera, porque la violencia la ejercen los antisistema, nunca el sistema capitalista. Porque decir que los recortes matan te puede costar una querella, aunque lo sepa todo el mundo, aunque lo sepan perfectamente los votantes del PP cómplices. Porque hay que beber mucha agua, poner denuncias, no enseñar las tetas, aplaudir al rey, no viajar a Venezuela, leer a Mónica Carrillo y Belén Esteban.
Perdón. Escribo esto desde la más absoluta rabia, desde el más profundo asco. Los veo dándose golpes en el pecho, hablando de dignidad y víctimas mientras se mean en las cunetas. Recuerdo a Pilar Manjón y los insultos y amenazas de muerte desde propios miembros de asociaciones de víctimas del terrorismo (si no me equivoco públicas y jamás alcanzadas por la mordaza). Los veo robando y negando y tú más y se me revuelven las tripas. Perdón. Tal vez como siempre esto solo sea rabia y demagogia.
Yo que he estado arrastrando un carro de propaganda por pueblos de cuestas empinadas a 40 grados 12 horas por menos de 700 euros solo les pediría una cosa. Ahora que la recuperación económica es maravillosa, cuando vean a esa chica con un peto de una ONG en la calle, a ese repartidor de propaganda, a ese operario o vendedora al sol, sean amables. Ofrezcanles una sonrisa, una palabra de ánimo o incluso un vaso de agua. También les pediría que a los artífices de todos estos crímenes, a los de la dignidad corrupta, ni agua. Pero, claro, eso quizá sea mucho pedir."

Lástima que a Javier a mí, comprendo ahora, nos sobraron las palabras... ¿o tal vez sea que falten buenos entendedores? A Javier y a mí, creo, nos sobró rabia y demagogia... o El asco indecible, que dijese Miguel Sánchez-Ostiz, ese otro poeta

viernes, 30 de junio de 2017

poemas de la cicatriz (4)


a Sergio Ribero, que mastica el sabor del amor negro


asomado
al escándalo
de espumas y matiz
de tus pupilas

desmembrado
nuestro celofán de futuro
por la anatomía errónea
de una ola
que moldea la bajamar
de tu vientre

...y en mi lengua,
intacta,
tu salobre
despedida 





martes, 18 de abril de 2017

descendiendo a la piel

Cantaba por ahí, en otro tiempo en otro lugar (José Ignacio Lapido, poeta, dixit), un Enrique Bunbury que anhelaba restañar viejas heridas, algo así como 

entre una cosa y otra
la vida parece tan hermosa,
pero en cambio y al final
superficial como la piel

pura antinomia, o sea... porque nada más profundo que la piel cuando es esta la que recibe los latigazos y elucubra los escalofríos. De ahí que la vida sea superficial como la piel. De ahí que lo más hondo a lo pueda ascenderse sea el surco que deja la azada de memorias y agravios sobre la siembra breve y perecedera de la piel humana. De ahí que el Poeta Javier Vayá titulase su último poemario (¿aún no lo tienen?... sigue a la venta) Descendiendo a lo hondo.

No voy esta noche a regalarles ni un maldito poema de tan magna obra (prologa un tal Álex Portero, alquimista, por cierto... ¿tampoco les suena?, ¡qué perdidos les veo!). Decía que no quiero regalarles ni un sólo verso del poemario en cuestión. Ni quiero, ni me apetece, ni debo. Pasen por una puta librería... sí, esos lugares en que venden páginas encuadernadas con tinta libre de lugares de cuyo nombre no quiero acordarme (véase Don Quijote, en wikipedia) y de más de esos lugares comunes que nos hacen más acordes con el común de los mortales (véase bestseller, en su más amplia extensión, igualmente en wikipedia... falso y vacuo, pero limpio y rápido). Además, les aseguro, el precio es menor que el de un gin-tonic con orgasmos de enhebro... ¿o eran bayas, Vayá, hermano, tú que edificas las palabras? No sé, dudo de todo, hace tiempo decidí instalarme en la duda como refugio único y último, ustedes me sabrán disculpar.

A lo que iba... que muchos aún me preguntan por qué amo a Javier Vayá. La respuesta acertada es sencilla: pura vacuidad de saberme amigo de una de las mejores voces poéticas de estos tiempos que malvivimos. Pero, hoy, ahora, esta noche, diré que es porque Vayá, amén su poemario (a la venta, insisto), regala, demasiado a menudo, estremeciemientos de azufre envueltos en celofán de verso... como el que sigue


POESÍA URGENTE

"...porque no oculta
la desesperada distancia
que lo separa de la gente."
Sam Sheppard

Decidme pues
como puedo hacer de la poesía
algo urgente.
Yo que habito la desesperada distancia.
Ahora que los hombres son llamados a filas y fobias.
Ahora que las mujeres elogian la ablación de las sirenas.
Solo veo comprensión en los pies
que se balancean colgando de los puentes.
Solo veo hermanos en los ojos enajenados de los caballos.
Solo son mis hijos los hijos de perra.
Solo mis madres las zorras y rameras.
Yo que habito la desesperada distancia.
Decidme pues
como puedo hacer de la poesía
algo urgente.
Algo que lama un instante la espina dorsal
de los arrodillados.
Algo que endulce el vino robado en los urinarios
de los supermercados.
Algo que extirpe de raíz los penes en misión humanitaria
de los soldados.
Poesía urgente y airada rayo de tierra puntería certera
en la frente justo entre los ojos de los santos
de los corderos degollados y sus monturas de plata y oro
si ellos son los buenos nosotros los malos y locos.
Poesía urgente para que jamás se sientan a salvo
los poderosos machos
cada letra hormiga en su mugrienta boca
mordiendo la excrecencia de su legado.
Poesía urgente que porte el escalofrío último
hasta el más infecto cubil en el reverso del tiempo.
Que devore la palabra y escupa hasta sus cimientos
y se alce con ella todavía palpitando
como un corazón eviscerado
todavía caliente.
Decidme pues como puedo hacerlo;
poesía urgente que desaparezca de inmediato
que no deje rastro huella pistas
como el más hermoso y perfecto de los crímenes perfectos.
Sin refugio sin papeles negro en la orilla del gran blanco.
La posteridad es el onanismo del espectro.
Y yo tan solo habito la desesperada distancia.

 Javier Vayá

miércoles, 29 de marzo de 2017

poemas del asco infinito

a quien pueda interesar

tus noches eran días
de gloria, poder y siempre

soñabas alcanzar lo alto,
nada podría detenerte

a la cumbre, hacia arriba,
arriba España y,
de paso, 
tu perfil
y tu cuenta corriente,
aun a costa de pisar
cabezas, cuerpos
proletarios,
bobos,
serviles cráneos 
agujereados
por el tiro de gracia 
de tus mastines
amaestrados
arriba, arriba, alto,
más alto

y el día que conquistaste los cielos
resultó ser doloroso

tal vez comprendiste
que la vida está en la tierra
y el pan proletario,
bobo,
servil,
de aquel cuyo único cielo
es la mesa en que mañana
deba haber sopa
una pieza de fruta
tal vez pan
ojalá un filete

por eso vosotros, 
sí, los herederos,
deberíais pensar antes
de pisar la siguiente cabeza
proletaria,
boba,
servil,
con la única intención 
de alcanzar los cielos,
llegar alto,
y subir hasta la cima...
no vaya a ser que estéis
más cerca
de lo que nunca soñasteis 

nosotros,
los proletarios,
bobos,
serviles
ciudadanos,
no diremos nada,
tendremos la boca amordazada

pero la alegría
-como vuestras procesiones-
va por dentro,
y el salto... el vuestro
lo seguiremos aplaudiendo
con esa sonrisa
proletaria,
boba,
servil,
que tanto os divierte

mordaza diseñada para prácticas sadomasoquistas (cortesía de "la red")

miércoles, 25 de enero de 2017

ombligos literarios

Escribo de mí mismo porque no conozco mejor a ningún otro. No sé, puede ser una razón. Tal vez otra sea que escribo de mí mismo por el gusto de remojar mis pies cada día, cual gorrino satisfecho, en mi propio lodazal. Claro, que de satisfacción poca en mis letras... pero de aquellos lodos estos barros -o como sea que se diga-. De hecho, puedo ponerme social y estupendo. O sea, asegurar que que escribo de mí porque soy tan poco importante como el pensionista acuciado por el precio de la lechuga, el desempleado a cuya mesa se sientan los buitres del hoy ahora ya, el inmigrante de países y personas que se aferra a la vida aunque esta se disfrace de odio y concertina, el niño cuya frazada huele a factura eléctrica imposible... o aquel otro que no termina de comprender por qué ese cura tan simpático, profesor de religión, le acaricia cuando Dios ya no ilumina y la penumbra engulle la capilla... 

No sé, ya digo, por qué destrozo el vocabulario recorriendo la cartografía desastrosa de mi cuerpo, y pienso ahora -inevitable- que tal vez lo haga para mostrarlo atractivo a tus labios, qué sé yo. Al final, va a resultar que todo es cuestión de ombligo. Por eso de mirar el propio, lo digo. Y por eso otro de mirarte a ti perdiéndote en sus arrabales.

Dejo escrito Henry Miller algo así como que la vida de cualquier hombre es lo suficientemente apasionante como para poder ser escrita y devorada por millones de lectores. Y es así que sigo fiel a su palabra, único Evangelio al que me asomo con el ánimo de pervertirlo y desprestigiarlo. Por eso admiro a quienes son capaces de crear tremebundas ficciones pero, a medida que el reloj me recuerda el sentido inapelable de su recorrido, recuerdo que me importan -dichas ficciones- poco menos que nada. 

Así que entiendo la literatura como literatura del yo, cada vez con mayor intensidad. Pero jamás lo explicaré como hace quien ha hecho de su vida palabra y de su palabra vida. Hablo de Jorge Muzam... no lo han leído? Pues háganse un favor: lean y, de paso, comprendan por qué no sé escribir más que de mí mismo... que el Maestro lo explica mejor... y desaparece mejor que nadie:

Literatura del yo por Jorge Muzam

Habitualmente no me motiva escribir ficciones. Creo en su poder, creo en las técnicas literarias, en ciertas teorías que la sustentan. Pero para mi no pasan de ser mekanos narrativos, ajedrecismos retóricos o circos selectos de palabras camuflando ideas más cercanas a la intuición que al sistema. No siempre fue así. Mi entusiasmo literario juvenil se encauzó por ese lado con resultados no del todo desdeñables, a juzgar por los generosos comentarios de mis lectores de entonces. Recuerdo mi primer cuento. Sucedía en Santiago, a bordo de un bus Nuevo Amanecer. Lo pilotaba un vejete chiflado  y sudoroso bastante enojado con la vida. El relato era contemplativo, introspectivo, plagado de analepsis e inevitablemente triste. La soledad urbana suele ser más gélida para el alma que la soledad rural. Sentía afecto por ese cuento. No sé dónde quedó. Hoy no podría reconstruirlo porque necesitaría mi espíritu de esa edad, y la verdad es que soy muy distinto.
Escribir literatura autoreferencial me salió naturalmente, quizá porque me aburría el juego de disfraces de la ficción, el cambiar nombres, superponer situaciones, crear clímax (la vida nunca tiene un clímax sino reiteradas patadas en la bolas que te mantienen a medio morir saltando)
Nabokov decía que tales inclinaciones eran propias de la primera etapa de un escritor. Deslumbrar a los demás con la propia miseria. Luego el creador se estibaba hacia la sensatez y creaba un universo autónomo donde su yo convivía como uno más de los personajes de ese universo. No lo dijo exactamente así, pero así lo quise entender yo.
Lorena Ledesma, mi mujer, escritora y crítica literaria tan feroz como insobornable, considera a los autoreferenciales como el postre más selecto del voyeurismo intelectual. Porque no solo hablas de ti, de tu desastre mental, si no de quienes te rodean, de quienes te detestan, o te aman. Y seguramente tus apreciaciones serán tan horrorosamente subjetivas como sabrosas de leer.
En lo que narro no suele haber progresión dramática, enseñanzas moralizantes o ideas políticas categóricas. Más que avanzar suelo hundirme, más que levantar ánimos suelo deprimir a mis lectores. Y si algunos se sienten identificados es porque la época es una zorra de mil colas donde nadie sabe a qué diablos aferrarse. Mi realidad autoreferencial es apenas una parcialidad anímica. Un pedacito de la agria torta de mi miseria. Soy mucho peor y mucho mejor de lo que cuento. Rencoroso, pendenciero y abominable con el hijoputismo. Generoso, inofensivo y tierno con los que nunca dañarían a sus semejantes. Potencialmente muy peligroso, indisuadible, he sido mi Frankenstein, médico y monstruo, reconstruido con despojos, he cosido torpemente mis emociones con hilo barato, mis ideas con alambre galvanizado, pero no quiero hablar de eso ahora.
No sé exactamente adonde voy con este chisporroteo de palabras. Escribo por defecto, compulsivamente, airadamente. Soy consciente de que tal arbitrariedad narrativa me puede conducir a un limbo despoblado de lectores, algo parecido a lo que le ocurrió a Juan Emar y Mauricio Wacquez, extraordinarios escritores chilenos que caminaron siempre al borde del abismo de la experimentación. Sin embargo, a Foster Wallace, digresionista, payaso y cirujano del alma herida, parece no haberlo afectado. 
Respecto a qué tipo de realidad narramos, me quedo con las palabras del argentino Juan José Saer: "Nuestra percepción es fragmentaria. Simplemente realizamos una síntesis. Algunos la llaman racional, yo prefiero llamarla imaginaria , porque solo una parte es percepción, y la otra es recuerdo e imaginación. El realismo literario pretende que la realidad es perfectamente perceptible en su totalidad a través de los sentidos y de la razón; que el tiempo tiene una dirección determinada. Yo pienso que cuanto más realista es una literatura, menos se parece a la realidad. La más irrealista de todas es la novela realista y lineal".
Las formas para hablar de si mismo pueden ser múltiples. Diarios, memorias, autobiografías, frases sueltas, ficción pura, o especulativa. Mo Yan, Nothomb, Hrabal, a veces Auster, Murakami, Philip Roth y Karl Ove Knausgård suelen escribir autoreferencialmente. Mis admirados amigos Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Miguel Sánchez-Ostiz, Ricardo Mena y Pablo Cerezal, mi compañero de fórmula, Claudio Rodríguez Morales, o ese sacerdote del cosmos que es Pablo Cingolani en las alturas de La Paz. También Carver, Bukowski, Bertoni y Rodrigo Lira a través de sus poemas. Con todos me siento hermanado. Es posible que hayan muchos otros tan buenos como ellos, y autoreferenciales, pero no es posible conocerlo todo. De alguna forma siempre se habla desde la ignorancia.
Hay casos como el de José Donoso en que para hablar de si mismo necesitó disfrazarse, construir un edificio narrativo de cimientos muy firmes para recién ahí prestarle su ropa y su ser a un personaje secundario, como sucedió en El lugar sin límites. Pero Donoso también llevó un diario secreto, guardado celosamente incluso de sus familiares, un diario con intenciones psicoanalíticas que no pensaba mostrar en vida. Pero como siempre estaba urgido por dinero, no tardó en venderlo a la universidad de Iowa. Parte de esos diarios fueron revisados por su hija Pilar para escribir Correr el tupido velo. Lo que se aprecia en esos diarios es al escritor desnudo, temeroso, egoísta, envidioso, homosexual, paranoico, errático, muy inseguro, aspectos que ocultó en su vida pública.
Hay otros que necesitaron una parafernalia mayor para desglosarse, como el enmascarado Fernando Pessoa, monstruo mitológico de 72 cabezas...
A García Márquez le preocupaba la sobreexposición. Convertir su vida privada en objeto de escrutinio público. En algún momento manifestó: "Es como si te pillaran con los pantalones abajo".
William Faulkner fue explícito al respecto, como queda consignado en el prólogo de sus Cartas Escogidas: «Estoy chapado a la antigua y soy además un tanto lunático —había escrito a Malcolm Cowley—. No me gusta que mi vida y mis asuntos privados puedan ser utilizados por todos aquellos que puedan pagar el precio que está marcado en el libro, o porque tienen un amigo que lo compró y se lo va a prestar». Y: «Mi ambición, como persona reservada que soy, es que me borren y echen de la historia, sin dejar rastro, sin más restos que los libros publicados; ojalá hace treinta años hubiese tenido suficiente perspicacia para prever lo que iba a ocurrir como algunos isabelinos, y no los hubiese firmado. Es mi propósito que, vencidos todos los esfuerzos, la esencia y la historia de mi vida, que en la frase equivalen a mis exequias y mi epitafio, sean ambas: Compuso libros y murió».
Julio Ramón Ribeyro, en cambio, escribió sus diarios con una intencionalidad claramente literaria. Hombre generoso, quiso que sus ideas estuvieran disponibles para los futuros aprendices de escritor, o para quien quisiese transitar por esas palabras cimentadas por una vida de duro trabajo. Si aun no podemos conocer por entero su obra es simplemente por el egoísmo especulativo de su viuda. 
Nubes negras avanzan hacia el sur. Esporádicos truenos retumban en las paredes rocosas del Malalcura. Llueve sin parar. Imagino la perplejidad de las plantas ante esta primavera desvanecida. Entre mis papeles viejos encuentro una frase de Pascal Quignard que me seduce como para finalizar este texto: "Escribir es desaparecer".