domingo, 10 de diciembre de 2017

MUNAY

cuatro años, ya, del momento "fotografiado" en este extracto de "Breve historia del circo"



Amaneces al invierno feroz de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta del llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces de la sala de partos, asisto a tu nacimiento.

Surges de un naufragio de vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que decides coser celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futu- ros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras   tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el cau- dal de ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y futuro.



          Y ya no somos más una mujer y un hombre. Porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto,    hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida.



Nos has nacido, Munay, hijo, ya digo.
















jueves, 26 de octubre de 2017

los porcentajes del poeta



Al igual que los fieles de los distintos credos monoteístas, yo creo en un único dios, y su nombre es Henry Miller. Por supuesto, acorde con los tiempos y esas derivas cool que agasajan las religiones orientales, soy capaz de comprender que dicho dios se puede transmutar en otros muchos que adopten nombres como Neil Young, Francisco Umbral, David Bowie, Scott Walker, Marc Chagall, Gian Lorenzo Bernini o Francis Bacon, por poner sólo un puñado de ejemplos. Pero Miller dicta los designios de todos ellos y de sus escasos fieles, entre los que orgullosamente me cuento. 


La estupidización a que sometemos la historia y las letras y el pasado y la memoria nos harán recordar al escritor neoyorkino (si es que le seguimos recordando) más como pornógrafo que como filósofo, más como vividor que como literato… signo de los tiempos, ya digo, estigma de Caín… en fin… el caso es que si algo me hizo caer atrapado en las redes feligresas de Miller fue su capacidad para aunar en la misma prosa el más feroz realismo con el más sublime romanticismo. Eso, ya digo, no lo comprenderán quienes sigan acudiendo a su prosa en busca de procacidades y excesos. Para mí, me van a disculpar, el poeta norteamericano, el más grande después de Walt Whitman, siempre fue y será ejemplo inequívoco de la equívoca dualidad del ser humano… al menos del ser humano que siente: 50% romántico, 50% realista.


Lo de 50% y 50%, obvio, es por igualar, que ya sabemos que los porcentajes son demasiado de ciencias, y estas no son tan exactas como los puñaladas que da la vida y que, en demasiadas ocasiones, vienen cifradas también en porcentajes: los de los ínfimos ingresos por la venta de tus obras, por ejemplo…


Pero hoy no quiero enredarme, que sé que tiendo a ello. Lo que quería decir es que los porcentajes de romanticismo y realidad que los literatos portan en su flujo sanguíneo son más mentirosos que su propia literatura. Es así que varían y fluctúan con mayor facilidad que los numeritos del IBEX 35, y un día te despiertas con el romanticismo invadiéndote el 70%, para acabar la noche sorprendido ante el hecho del que el realismo ha ganado terreno y se acerca peligrosamente al 90%. Somos (los que lo somos) letraheridos, y de tanto contradecirnos a nosotros mismos acabamos contradiciendo nuestros componentes vitales: realismo y romanticismo. Si algo puede asegurar quien se dedica al vacuo oficio de la escritura debería ser su carácter contradictorio. 


Y así se proclama Robert, el protagonista a que Emilio Losada ha decidido asignar la dulce tarea de conducirnos sin descanso (y casi sin aliento) por esta virguería literaria que es su novela Aviones de fuego. Un protagonista que le toma prestados, al autor, sus contradicciones, para mejor lanzárnoslas a la cara o disparárnoslas contra el pecho a los extáticos lectores.


Robert inicia su epopeya metropolitana con un % de romanticismo y otro % de realismo. Pero, a las pocas páginas, casi antes incluso de que el autor nos lo advierta por boca de su antihéroe, los porcentajes se han deteriorado y han moldeado sus cifras, entre la realidad y el deseo, que dijese aquel otro poeta… como cualquier escritor, cualquier letraherido, ya digo… 


Pero no, permitidme hacer acto de fe y recordar a Miller… no como cualquiera, quiero decir: sólo como aquellos que portan en su latido los atributos de la gran Literatura, esa que se escribe con esperma o flujo, con bilis y estómago. Y es que así considero que debe escribirse, al menos si la pretensión es que el lector amplíe su bagaje vital, que ya no cultural -eso de la cultura es una entelequia, y bien lo sabe Emilio Losada, que se ríe de lo nos hemos acostumbrado a denominar cultura para mostrarnos que las verdaderas acciones que deberíamos englobar en dicho concepto nacen, crecen, fornican, se multiplican y mueren, como las cucarachas, en los bares, en las calles, en aposentos vacíos que hay que llenar con un fantasma para no sentirnos solos, para sentir que tiene sentido sentirse como ente aún vivo-.


¡Y tan vivo! 


Porque si algo habita y se retuerce entre las páginas de Aviones de fuego -estos genocidios de papel que juegan a los dados con la muerte- es la pura vida y el deseo inalienable para aquellos que no se pliegan a los dictados de la moda (sea esta textil, informativa, política, o de consignas correctas, qué más da) de seguir adelante apurando en cada copa o cada quinto la vida que amenaza desbaratarnos el entendimiento: ganas de beber, de pasear, de hablar, de follar, de enamorarse, de sufrir o de ser el lazarillo de un fantasma perdido en su pasado de gestas sexuales y guerrilleras, en sus guerrillas de sexo, en sus gestas de guerrear hipodérmicas y labios. Evadir los fantasmas del romanticismo invitando al fantasma de la realidad a entrar en tu vida (o viceversa). Favorecerle todas las comodidades posibles en tu propia casa… aunque sea la de una antigua amiga. Y pasear las calles de una ciudad en ruinas que, pasado el tiempo (poco), simboliza la ambición cateta que conduce a sus ciudadanos hacia el vórtice en que naufraga hoy, ahora, ya, la sociedad hispana en pleno: la mediocridad. 


Emilio Losada aborrece de naciones y consignas. Emilio Losada puede ser cualquier cosa, pero jamás será mediocre. Y, como él, su prosa: un portento de tensión y pulso que, pertrechado de las armas más infalibles del narrador que merece tal nombre, nos introduce en su mundo con una capacidad de seducción imposible de evitar, y nos lleva de la mano -o de la entrepierna- por los vericuetos de la noche y su envés a lomos de un lenguaje que fluye como lo deberían hacer los relojes si nos olvidásemos de su tictac: revitalizando el latido de la Literatura (sí, con mayúsculas, no hablamos aquí de superventas ni superhits ni superladrillos destinados a enladrillar los veranos de todo aquel lector de verano que invade las costas mediterráneas llegado el estío con el libro como armadura que impida a los circundantes reparar en las lorzas blanquecinas que porta su cuerpo), practicando una deliciosa respiración artificial rica en salvias y salivas a esa prosa que hoy languidece perdida en las redes sociales, las ansias de epatar de quienes acuden a cursos de escritura creativa como lo hacen las parejas en desuso a los de bailes de salón, y las directrices mercantiles que obligan a desarrollar una trama rica en asesinatos, intrigas, maldiciones góticas o giros imprevistos como si de un guion de teleserie se tratase (sí, ahora que tanto nos gustan a todos las teleseries, ahora que las películas ya no existen). Emilio Losada sabe desarrollar una historia, no queda duda ninguna a quien haya tenido el honor de leer sus obras. Pero Emilio Losada, me consta, ha leído y sufrido y gozado a Henry Miller y, por tanto, como él, presta idéntica atención a cómo cuenta esa historia que a la propia historia en sí. Ya lo dejo dicho Miller, más o menos así: la vida de cualquier persona, por gris que pueda parecer, resultará épica si se lleva al papel con la dignidad suficiente. Cualquier evento puede ser una obra literaria, siempre que un literato de verdad sea el encargado de narrarlo. Y Losada toma entre las manos y las piernas una coyunda de historias que tiemblo sólo de pensar en qué habrían quedado si cualquier juntaletras las hubiese encarado, para darles forma de orgasmo. 


Aviones de fuego habla de amores, heridas, muertos vivientes, vivos muy muertos, letras que duelen, adicciones que adolecen de adiós y beso, rock’n’roll mudo, bares que aúllan, migrantes sin patria, patrias sin ciudadanos y calles que los mapas ni siquiera intuyen. Aviones de fuego habla de una ciudad que puede ser todas: una Barcelona que estamos perdiendo (y no me refiero al esperpento político de los últimos tiempos) como estamos perdiendo todas las metrópolis que algún día significaron algo para sus habitantes. Aviones de fuego seduce con páginas que se han dejado seducir por los ecos de Fonollosa y Calders, de Juan Goytisolo y Gil de Biedma… también los de Lou Reed, claro! Aviones de fuego habla del amor que nunca muere porque jamás existió más allá de esa constelación de conexiones neuronales que, a los que escribimos –también a los que leemos-, nos resultan incomprensibles por ser demasiado científicas. 


Y es que la Literatura está más cerca de la ancestral pasión por la divinidad y lo sobrenatural que por los guarismos y las raíces cuadradas que quieren cuadrar nuestro existir. Por eso, decía al inicio, creo en dios, y se llama Henry Miller. Por eso y por su maleable relación de porcentajes entre el romanticismo y el realismo y por la gloriosa exacerbación de la lengua… ese órgano del amor que también lo es de la comunicación. También, por eso, quede claro, amo y admiro a Emilio Losada que, junto a muy pocos -Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Pepe Pereza, son otros-, a día de hoy, me confirma que Nietzsche estaba equivocado... no, Federico, amigo, dios no ha muerto… simplemente escribe como dios, oiga. 

(para saber más de esta genialidad de novela que es Aviones de fuego: lean... para saber más de este magnífico personaje que, a pesar de parecer de ficción, es real, ese tal Emilio Losada, les remito a esta magnífica entrevista que ya de por sí es Literatura... salud!)

viernes, 29 de septiembre de 2017

Scott Walker, matarife

Atardece en chiquillos de sonrisa fácil y facilidad lingüística que invitan al turista a descubrir Fez siguiendo el hilo de Ariadna que enmaraña las calles de su zoco, uno de los más logevos y extensos de la geografía musulmana... eso, al menos, aseguran, mientras te dicen sin guía tú perder, ¿quieres ver pieles?, mejor vista yo enseño, y mezquita también, sí, no problema, yo enseño, y casi se enredan tus pies en los suyos para mejor perder el paso y, de paso, la brújula. Tomarás, ya sin remedio, la dirección de juguete y propina de su caminar niño.

Fez se desdibuja y se marea cuando comprendes formar parte del rebaño de turistas que se han dejado conducir por el pastoreo de moneda de la necesidad más acuciante. Pero... ¿quién genera este comercio?

Afuera, lejos, ajenos a las murallas de la medina, en una calle atestada de Grand Taxi, chóferes vociferan nombres cuyo significado y dicción no alcanzas a desentrañar. ¡Sefrou!, ¡Sefrou! Un nombre como un golpe sordo que martillea oídos y ánimos. Repetición cáustica, acorde breve, ritmo montaraz que despierta instintos temerosos de revelar su nombre... tal vez los de lo oscuro, que te llama.

Entro en el Gran Taxi. Tomo asiento en la parte trasera. Contemplo el suicidio de los relojes. Minutos necesarios para que se ocupen los asientos aledaños. partimos, no sé hacia dónde. Pero partimos, al fin. Y llegamos. Atrás, poco más de media hora. Atrás, carreteras cuya seguridad no obtuvo el certificado de buena conducta. Arribamos a las faldas del Atlas. Sefrou, ahí, agazapada tras un murmullo de siglos que nadie contabilizó.

Suena Khaled en la radio del vehículo. Scott Walker en mi mente, repitiendo mordiscos de voz como el taxista repetía ¡Sefrou! no hace tanto... sfrú... sfrú... sfrú...

... como un mantra tortuoso de esos a los que nos acostumbra Walker, antes de decapitar el ritmo con un desacorde brusco para sumergirnos en los avernos de aquello que llamamos música y que hoy, ahora, ya, acompaña mi naufragio en esta pequeña población en que mellah y medina ven separado su abrazo imposible por el fragor del río Agay que, antes de irrumpir en la ciudad como bramido de conquistador medieval, dibujó sus alrededores de un verde imposible. Sus interiores, marrón carne corrupta, tendré tiempo de comprobarlo. Pero antes, el atardecer que fue, y una bombilla que despierta susurros de luz en chilabas remendadas de mugre y vino, en la licorería sita en las afueras de la ciudad: borrachos y mostachos que se expresan en un idioma que no conozco y guardan silencio cuando entro al local con la única intención de comprar unas cervezas.

Camino callejas caminadas por sombras y nadie, Walker gritando en mis oídos I'm the only one left alive, las cervezas en una bolsa, estilo yanqui pero mutada en plástico la estraza.

Me sorprende, en una esquina, el fantasma de humo de una parrilla que aún regenta aromas de sacrificio. En la siguiente me sorprende un humo distinto, una caverna desde la que lo gutural me susurra hasch. Y yo me acerco. Y me envuelve un vaho de familiaridad mal entendida. Y quemo y olfateo y compro, rápido y sin ruido, como Walker cuando calla para inventarle nuevas melodías al silencio. Camino y busco un lugar en que pasar la noche. La meta en forma de azotea blanqueada como un erial de adobe.

Scott Walker, cortesía de "la red"
Fumo y bebo y contemplo galaxias por las que se desplazan estrellas con estrépitos siderales que abruman mis oídos, amplificados por esta pesadilla en que Scott Walker me ha naufragado esta noche. A lo lejos, o no tanto, el rebuzno de un asno cargando cosechas de piedra, como el berrear de un cordero conducido al sacrificio. Suena Scott Walker -¿ya lo dije?- y me advierte de que introduzco mis dedos, calcinados por la mínima combustión del hachís, en el abismo. Este abismo que semeja, ahora, la cremallera de mi pantalón -un nuevo trago, otra Casablanca- ya desgajada, circuncidada al estilo islámico para aflorar la flora fatua de una erección de saldo que se agiganta mientras mi memoria escucha los alaridos del bardo británico, su temple de barítono bastardo, su cantar de sepulturero. La sangre, en su existencia bipolar, se agolpa a la par en mis sienes y en las fronteras de mi glande, que te añoran... por eso inauguran granates tan violentos como los que en la dermis de mis oídos colorea esta escucha onanística de The Drift. No hay vocabulario lógico que logre describir lo que Scott Walker plasmó en ese álbum, ni lujuria qu epueda explicar el desbarajuste en que tornado el camastro que me expone al guiño lejano de las galaxias. Me abandono. Floto. Muero... sin ti, muero. Sin ti, que paseaste la medina advirtiéndome de que no pasar al otro lado, de no pisar la mellah, territorio judío, jeroglífico de brujerías. Alguien me advirtió también, hace años, que no escuchase aquel disco: nunca psar al otro lado. Floto. Muero...

Mañana, aún atolondrado por el exceso, me llegaré hasta Bahlil, el pueblo de las cavernas, y compartiré mesa de hambre y mantel de exequias con una familia que me interpela, en un idioma que no conozco, preguntas sin respuesta. Viven en una cueva. Humedad, sombra, mordisco al aire. Y la voz de Walker despertando gritos rupestres a esta caverna que Platón no hubiese deseado siquiera imaginar.

Afuera, un pollino rebuzna -otro-, y un matarife asesta el golpe de gracia al cordero de dios tú que quitas el pecado del mundo ten piedad de nosotros... pero no hay piedad, y Walker golpea y golpea, haciendo de la carne percusión y de su música veneno. Lo imagino desordenando las paredes de esta vivienda que es cueva y es hogar y es caverna y es nada con brochazos de polifonía lacerante, sólo por jugar... o por aprender, qué sé yo... el hachís es potente, lo fue, anoche, mientras me vertía escuchando Jesse, en un orgasmo separado por un río, a un lado el placer al otro el asco, lo repugnante, el rechazo... en Sefrou, una ciudad habitada sólo por musulmanes y en que un río los separa de los judíos que allí ya no viven. Walker aúlla I'm the only one left alive... ya nadie más queda vivo, salvo yo, tal vez, y esta familia que me ofrece harira en el interior de una cueva que es hogar.

Dormiré aquí, entre andrajos y cazoletas de kif. Mañana regresaré a Sefrou. Después a Fez, para abrillantar mis desvaríos con el trapo sutil del turismo.

No busquéis Sefrou, por favor, y mucho menos Bahlil. No existen, salvo en mi mente desquiciada y el timbre agónico de Scott Walker que, lo siento, lo sé, nunca estuvo aquí. Por eso, os aseguro, Sefrou y Bahlil no existen. Él aún no los ha imaginado. Por eso y porque no desearía que ensuciaseis sus calles con vuestros andares de piara weekend. En cuanto dobles una esquina, Scott Walker puede propinarte un hachazo en la cerviz... o una bella musulmana puede maldecirte por cruzar el punete que conduce hasta la mellah. También, tal vez, os advierta que bahlil puede traducirse al español como bobo, tontorrón... quién sabe, lo mismo te miente.

(este texto se añade al resto de los que conforman mi sección en Red Marruecos: El tiempo de los asesinos... pero esta vez va por libre)