Reloj de aroma retrasado hasta mañana. Zahorí del sándalo. Velcro del humo de hachís. Opio de la memoria. Sabueso del ayer. Quiso aprender las matemáticas del tajo. Dignidad ebria del payaso que hace reír. División de mi sonrisa en dos mitades griegas de esta vida puro teatro. Sepulcro de las noches hechas de canciones tristes. Acobarda a la corteza prefrontal cuando comprende que todo huele mal. Se internó en una jungla dispuesta a extirparle el perfume a la vida. Aprendió a esconderse tras una mascarilla. Hogar de los cambios de temperatura. Abismo que tantean mis dioptrías. Ictus de Süskind cuando separando pétalos para embriagarse. Siguió rastros de orines hembra. Alzó lycras íntimas queriéndose apéndice. Alcanzó el cénit al iluminar la cueva con el perfil lirio y vendaval del universo. Se soñó rota por Muhammad Ali. Durmió el knockout de una primavera digerida sin horas y a destiempo. Aún se sorprende al pasear un parque, capaz de desvestirle todos los disfraces a la floresta.
Mi nariz.
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| detalle del «David» de Miguel Ángel |

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te escucho...