no importa cuánto corras, siempre estará bajo tus pies».
Tú que me sostienes, que me hiciste, y aún, tambalear. Que ensayaste aprenderme a caminar. Dedo gordo o pequeño. Derecho o izquierdo. Duda irresoluble o desacierto. Sobre mis hombros cualquier peso si aún me sostienes. Sin ti no me sé levantar. La cama fulge negro y le juegas ajedreces al despertar. Uno y luego otro, hermanos que gemelos cuando arrullando en el vacío un salto anfibio e infinito como el universo. Me conducen hasta el cuarto de baño y me desean arrodillado. Después hasta la cocina soñando a fuego lento la memoria. Lo único que poseo. Pespuntes del deambular sin gloria. Azulada su raigambre de tanto correr extraño. Filigranando el abismo y desordenando la arena de una playa que muerde mi desnudo comenzando por ellos. Aprenderme el camino es lo que pretenden ya que son dos incluso cuando juntos. Becarios en pasillos aeroportuarios. Vigilantes en salas de museo que exhiben mitología de animales reacios al turismo y sus muestrarios. Desaprendieron el paso para desordenarme el rumbo.
Mis pies.
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| Los pies de Dalí apoyados en el vacío del cielo ampurdanés (detalle) |

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te escucho...