Es una película checa, o algo así, me dijo José. Al menos, a checo me sonó a mí el nombre del director. Creo que José tenía tanto conocimiento como yo de la labor cinematográfica de Krzysztof Kieslowski, pero quedaba bien proponer una película suya, más cuando eras joven, no te gustaba el fútbol, y te hacías el interesante declamando versos de Leopoldo María Panero o tarareando canciones de Tom Waits. Luego descubrirías que Panero y Waits estaban de moda, como Bukowski y Lou Reed, y que para epatar hubiese sido más conveniente mentar a Cendrars y Arvo Pärt, por ejemplo… pero eso es otra historia.
El caso es que acudimos
a ver Azul sin ningún tipo de
información al respecto. Ni siquiera leímos el documentado folleto que, sobre
la película, se dispensaba en las taquillas de los cines Alphaville. Entramos a
la sala en el momento en que las luces se apagaban, y la imagen de un automóvil
en movimiento, hábilmente tomada desde una de sus ruedas posteriores, nos avisó
de que acabábamos de zambullirnos en un viaje sin retorno que no nos dejaría
indiferente.
El viaje que Kieslowski
regaló a los espectadores con esta delicada delicia cinematográfica, y las
otras dos, Tres colores: Blanco y Tres colores: Rojo que completan la trilogía, es sin duda de los más fascinantes que puedan
emprenderse frente a la pantalla. Las tres películas, con sus títulos, son
metáfora de los colores de la bandera francesa y los conceptos que cada uno
ellos desea representar: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Una puesta al día de
los valores que forjaron el nacimiento de Europa, en ocasiones amarga, en otras
reveladora, siempre conmovedora.
Azul, por tanto, es un filme dedicado a la
libertad, ese término desvirtuado de tan manoseado por comerciantes, políticos
y demás ralea. Y Kieslowski dirige el quirúrgico foco de su prodigiosa cámara
hacia el corazón infartado de dolor de una mujer que ha sufrido la muerte, en
imprevisto accidente de tráfico, de su hija y su marido. Es en la tragedia
vital de esta mujer, Julie, y su posterior lucha por la supervivencia, donde
podremos comprender que la libertad nadie nos la regalará si nosotros no
luchamos por ella, y que para alcanzarla debemos desencadenarnos de nuestro
propio pasado y todo lo que en este habita. Aunque, como se advierte en un
momento del metraje, siempre hay que
quedarse con algo. Y ese algo bien puede ser una lámpara de cuentas azules.
Kieslowski, partiendo de
un planteamiento tan demoledor y abrupto, logra el milagro de emocionarnos e
inundar con una marejada de esperanza el patio de butacas. Así lo sentí yo,
aquel día, anonadado ante tanta belleza.
Belleza (y subsiguiente
e inevitable enamoramiento inmediato) en el rostro de Juliette Binoche,
protagonista absoluta que devora los minutos con la mirada más expresiva que
uno recuerda haber contemplado en pantalla. ¿Cómo pueden contener tanta delicadeza
unas pupilas que reflejan abismos de cicatriz y vacíos de espanto?
![]() |
Juliette Binoche, cortesía de "la red" |
Belleza en cada uno de los delicados planos que nos regala el cineasta, en una puesta en escena prodigiosa y milimétrica que deberían estudiar todos aquellos que aspiren a realizar un cine que no sea producto de consumo urgente.
Belleza en la fotografía
magistral de Slawomir Idziak, que logra transformar cada plano en un fresco de
inacabables matices en que desearíamos quedarnos a vivir por siempre. El
tratamiento de preponderancia que se aplica al color azul no resulta en ningún
momento cargante sino, al contrario: sutil, exacto.
Belleza en la banda
sonora de Zbigniew Preisner, ese titán de lo sinfónico que somete nuestros
sentidos tanto en los sonidos como en los silencios. El Concierto para Europa que dejó inacabado el marido de Julie figura
ya entre las más sublimes partituras de los tiempos modernos.
Belleza y lirismo
exacerbado en cada uno de los símbolos que se suceden ante la mirada arrebatada
del espectador. Azul es, sin duda, una
de las películas que mayor número de metáforas contiene en sus imágenes. Pura
poesía. Pero de la que merece ese nombre, de esa que te transporta, conmoviendo
tus sentidos, a estados emocionales irrepetibles.
Azul, ya digo, es pura Belleza. Y es,
además, una película inagotable (que no inabarcable). Por supuesto es, también,
metáfora perfecta de esa libertad que, supuestamente, utilizaron las naciones
europeas como andamio para erigir este turbio continente que hoy es hogar para
los reptiles y frontera para los olvidados, los desposeídos. Si los gobernantes
de este continente hubiesen visto Azul,
tal vez disfrutaríamos un presente más benévolo, sus habitantes. Y, pensándolo
bien, ahora, aunque proclamando que amo esta película no pueda epatar ya ante
nadie, comprendo que Azul está más
cerca de Cendrars y Arvo Pärt que de Panero y Tom Waits.
Regreso a aquel día, en
los Alphaville. Recién salidos del cine, José y yo caminamos sin rumbo fijo.
Hicieron falta unos murmullos de coloquio flotando sobre la espuma de las cervezas
de un bar cercano para que comenzásemos a intentar explicarnos, el uno al otro,
las sensaciones que nos había provocado aquella película que no era checa, no.
Kieslowski era polaco. Priesner, su fiel escudero, también. Esta vez sí
devoramos el folleto que, acerca de la película, regalaba la sala madrileña. Y
después, cómo no, devoramos toda la filmografía de aquel maestro del cine: El decálogo, por supuesto, y La Doble Vida de Verónica. Años después, según se iban estrenando, Blanco y Rojo, que
enmarcaban en perfección una trilogía inolvidable, una verdadera obra maestra
del séptimo arte.
Por mi parte –obvio-
devoré también toda la filmografía de Juliette Binoche. Por mucho que haya
podido llegar a aprender de las enseñanzas, respecto a la Libertad, que me son
reveladas con cada nuevo visionado de la cinta, he asumido que siempre hay que quedarse con algo. Por
eso, imagino, sigo enamorado de la Binoche…
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