Una botella de vino cruza la ciudad de suburbio a extrarradio y viceversa. Una botella de vino nos soñó la garganta para anclarse a nuestros malos modales de poema tiemblalabio.
Septiembre acontece y todo viaje termina para los turistas de la nada. Pero viajar es siempre y yo cultivo caballos para deambular de nuevo su galopar libre de horarios. Lo sé, no soy yo quien procura la siembra, pero sí los recolecto aquí, bajo una harvest moon que alguien le plagió a Neil. Y es que caballos brotan cual musgo crepitante entre esquejes de cúrcuma que temían haber quedado definitivamente clausurados. ¿Acaso no presté atención a Leonard? What happens to the heart cuando entra la luz como bisturí que trota sonrisas dispuesto a ejercitar sus músculos forenses sobre un latido al borde de la bancarrota?
Hace un lustro pensé que debería hacerme con un nuevo bonsái. El último languideció al albur del descuido cuando partí lejos, hasta otro continente. Otro hemisferio. Tal vez el derecho. Depende de cómo situemos el mapa. Magallanes nunca conoció Esparta. La cuestión es que no fue necesario un nuevo bonsái porque desde entonces recolecto caballos con idéntica calma. Y relaja. Y me invade la paz y me pregunto por qué cambian de color como buscando un oriente recién inventado. Las túnicas azafrán de los hare krishna cuando le plañían la guitarra a George Harrison.
Qué es poesía, me pregunté. Tal vez un vino extirpado a la lírica. Tardé en comprender que ya había sido roturado por dedos labriegos en que navegaban fauces todas las bocas del universo. Y la vid. La vi verterse sólo por verte sonreír. ¿Has escuchado cantar a María Arnal? Nos emparejaba el sueño y veleros ebrios reivindicaban todos los acordes de mi corazón cuando acordonado en silencio intermitente en el centro del ring de tu aliento. Una fantasía dentro del sueño. Un sueño infectado de piel que exhala hondo descanso.
Como mordida la madrugada inguinalmente mordiéndome la vida. Vid de hemoglobina loca por sorprenderse cauces de proa cuando tronchada contra un acantilado de labios. ¿Y si recluimos la madrugada en una caja y esperamos que Alí Babá nos guíe hasta la cueva de que la rescató? Libretas apretadas de letras como cumplimentadas por Papasquiaro en delirante atravesar calles traviesas o nubes papel en mano.
Y aunque no, aún danzas como bailarina esbozada por Toulouse-Lautrec cuando entregado a los delirios de la absenta. O como la ballerina a que Van Morrison acuciaba de fuego y garganta. Cauce en que se desangra el poema. Bowie rememorado y Elvis mal reinventado. Eso creo. Eso te digo cuando todo es fotograma de una nueva corriente cinematográfica que aún no ha invadido las pantallas. Mejor así.
Lluvia de a diez tus dedos. Si alguien desea colaborarme, vendo bolsas de maní por tan sólo un par de euros. Cantinela fúnebre de quienes, cuando regreso de un desastre de aeroplanos inciertos, se trabajan el subsuelo de esta gran urbe presta a devorarlos. ¿De dónde regreso? No importa. De a diez carnaval de hambre escupido por el cielo o tal vez de a diez tus dedos, como cosidos por titiritero con mirada de blues que equivocó el pigmento cuando me contempló asesinado por el cielo.
Haikús arequipeños o haikús eternos. Palabras que lanzadas como improperios al cielo que nos protege cuando edredón de nubes nuestro aliento. Perdona que utilice el plural. Es puro juego. Juego como jugo del verbo cuando carne. Jugo de la palabra. Jolgorio de la dicción y onomásticas que no atendemos porque no sabemos qué hacer con el tiempo. Pura vida en amarre que ya quisieran barquitos de papel cuando asustados por el viento.
Vida en amarre. A la mexicana. A lo Sheppard y lo Iturbide coronando de camaleones testas de razas antiguas. O un envés en huida bien pertrechada de sonido que reinventa el desierto de Sonora con acústicas que honran su nombre. Espaldas de fantasma y ritmos que los vecinos desprecian mientras Nick sostiene entre sus dedos un cigarro pura plegaria. Pero nosotros. Qué importa cuando nosotros, cuando tan nos sin los otros.
¿Sabías que las redes neuronales se tejen como Aracne urdía las suyas o como saliva se expande en diseño de fiebre y locura? No importa si no lo sabías. Creo que me lo he inventado. Como todo me invento. Como realidad y aliento. Como verbo locturado en adraguismo alorcado cuando roturada la palabra en mies de labio y vilipendiada la realidad por mareas mareadas en espuma a flor de cardio.
Grama de siembra y hechuras de barco por dos veces ebrio. Rimbaud nos contempla de nuevo. E la nave va hasta donde la dejemos navegar. Firme y enhiesta, pirateando parches de ojera, ojeando ojeriza entre olas que saludan hola dando los buenos días de fiesta engalanados. Oh, capitán desde un puesto de mando en que ondean banderas que nadie remolonea.
Se quiebra una tiza contra las pizarras de la infancia mientras todos los poros del reloj en carrerilla se someten a la dictadura de pupilas y papilas que, gustativas, exponen cual rana recién diseccionada el fuego que habitó su envés cuando incinerado en boca boqueando, asalmonada, los dominios de un lenguaje apenas balbuceo.
Como nada más tengo, te regalaré un haikú disfuncional y allá lo que haga con el sabor que restaña el verbo de que carezco. Verbo que no me llegó en otra lengua. Cuentas pendientes, que cantase aquel mientras deambulaba barrios perdidos una botella de vino.









