viernes, 28 de agosto de 2026

recordari

Recordar que necesito escribir un poema. Un poema que no contenga hembra. Escribir un poema. Al menos algo que se le parezca. Escribir. 

Un poema escribir un poema sin sudor de hembra un poema. Bien sea acerca de pájaros, nubes, pisadas en la nieve o piedras, de hiedra fluorescente o filos que en sangre de su propia sangre se incineran. De sudor afilado, tal vez de hierba que susurra dolorida y asombrada ante el acto inesperado de sentirse crecer. 

Dicen las abuelas que ya no nos quedan que, cuando niños, los períodos de fiebre inexplicada son provocados por el crecimiento de nuestros huesos, el caudal de nuestro cuerpo anhelando aullar más alto, más hondo. La necesidad vital de separarnos de ese suelo que tan cercano cuando pequeños. Este que tan siniestro cuando contabilizados números en los calendarios. Pueda ser. Nunca llevaré la contraria a las abuelas. Pero ahora sólo pienso en escribir un poema. 

Escribir mal. Bien sea con las arterias ya de regreso a la madre tierra o con los brazos a modo de plumas que pierden el verbo volar cuando regresa la música para dar sentido a lo que nos queda de vida. Esa música trampa que mece la voz de Jim Morrison cuestionándonos acerca de lo que ocurre cuando, como vela soplada por la distancia, se apaga. Vuela, palabra. Vuela, poema. Y de nuevo se me escapa. Es lo que tiene la palabra. Ya casi la tienes, te funambula en la punta de la lengua. Casi ya la tienes pero. 

Hubo un tiempo en que quise aprender otro idioma. Aún hoy. Me sobra oído todavía. Pero me falta lengua y sólo deseo escribir un poema y atreverme a decir su nombre sin miedo a las enciclopedias. Poema enredado en un sueño a los oídos de nadie. O a los de alguien que escucha sólo para comprender qué cosa espesa y oscura es el café. 

A más pedir, ya que este es mi sueño, lograr que ese poema que escriba no contenga hembra y sólo de hambre se vierta caudal en las orillas de las miradas que no lo lean. Que exista el poema y pase inadvertido. 

Si es amor nunca será por la espalda. Si es puñal nunca será en vano. Si es poema nunca será nada. Pero poesía me resulta, ahora, soñada tanto que como océanos de tiempo o mares de distancia. Tan cercana, a pesar de todo, como oleajes de verbo en la cuna del sueño al que deseo caer sin reposo y en vértigo. 

Escribir un poema, deseo. Uno de apenas dos sílabas. Sé que existe. Uno de apenas dos sílabas que me crezca esmeralda como una pupila acompañada de gemela, un diente, un espejo, un manglar, un par de muslos o una jungla decidida a tatuarse en mi pecho. 

Un salón ajedrezado, un secreto al oído y una ventana que contempla la soledad inquieta de versos en que se mecen los siglos de silencio de un pueblo recién inventado. 

A palos, como a los perros, tendrán que separarnos, poema, aunque todavía no te haya logrado escribir. Aún no te he escrito y ya todos celebran la defunción de tu onomástica. Ojalá sepan leer la levedad que vierten los aromas cuando el cuerpo del que brotan está vivo a pesar de enterrado.

 Porque tú ya me has escrito.

¡Carguen!

¡Apunten!

Hieeelooooo




sábado, 22 de agosto de 2026

bijá desde lejos

«... esta mayoría inválida de hombre».
César Vallejo

Latido entre estos dedos con que defenestro el verbo desde hace ya cuánto. Sísifo sanguíneo de mi riego. Intrépido, a lo Kipling. ¡Oh, capitán! Cenefa que regalé a los flecos del deseo. Ungido por el magma del uni-verso. Te desbocas buscándole cauce a mis versos gitanos de romancero. Gravedad, telequinesis, dictadura de la edad. Breve negación del tiempo. Amalgama de caverna platónica y corpuscular. Hallaste la gruta en que ausentarte de la realidad. Dentro, esparciste todo tu pánico de músculos fáciles y locomociones a destiempo. Descorchaste el fuego y todo fueron figuras rupestres de cazadores buscando Amor. Salmón contra el minutero. Morirías anclado a bulbo de volcán mientras sonríes bivalvo. Frotaste la vulva de la realidad como Aladino al final de un acertijo. Corazón, te desangraste implorando una nueva transfusión. Quedaste definitivamente parado cuando ya esculpida la pulpa de Carrara frente al Misterio. Desamarra, que quiero verte caer como los peces muertos.

Mi sexo.

© Robert Mapplethorpe


sábado, 15 de agosto de 2026

Turner revisited

«Yo soy sólo mi perfil.
Cuando la nieve cae, de mi rostro
nada se ve.
(Variante)
Yo soy sólo mi perfil.
Cuando la nieva cae de mi rostro
nada se ve».
Leopoldo María Panero

He sobrevivido a los naufragios de la saliva, a la cólera indolente del corcel sin dueño, a la duda inexorable del día a día, al hambre alumno que torna profesor para enseñarte cómo alimentarlo para que no desfallezca, al cuchillo de los días de muslo y fiebre, a la voracidad de las noches sin luna y a los amaneceres con disfraz de presidiario. 

He sobrevivido a la danza ignorada del cosmos y en ella he buscado refugio, en más de una ocasión: en el pestañeo de una sílfide con forma de luciérnaga, en el borboteo casi regadío de las noches de lluvia, en las pertinaces exequias de los luceros hastiados de albas que no los reivindican.  

Pero me faltan fuerzas para agarrarme al madero de este naufragio que me dibujas, cada día, reptil de sonrisa, alacrán de caricia, pestañeo de amanecer que se repite sin ti y por eso se desenreda en hilo de sangre que ni Ariadna desearía.

He sobrevivido a los tumultos del horario ceñido, a los vendavales de estanques huérfanos de pato, a los sortilegios brutales de patas de conejo extirpadas para condonar todas las deudas, a los festivales de la paciencia, los velatorios de la fraternidad y los límites exorbitados de la consciencia, la furia aplacada, pero siempre plena. 

He sobrevivido a los días pasados, a su álbum de familia, al desayuno de neuronas en que se deshilacha la memoria, a la noria de los días color frambuesa y a los amaneceres que juegan astros contra las paredes del Albaicín para hacerle coro a los pasos que no saben dónde ni por qué terminan.

Pero me falta energía para golpear la lápida, para brotar de entre la tierra las garras de mi voz cada mañana congregando la sonrisa mientras contemplo tus dedos jugando sobre un papel que ignora el negro cuando todo naufragio viene henchido en color de viento.

© Munay


lunes, 27 de julio de 2026

vailima en el fondo del espejo

De la pérdida no quiero saber nada, a pesar de ser lo único que tengo. También tengo una esfera de cristal modo bruja adivinatoria de escombros venideros a la que me asomo en las noches de humo excesivo con lubricidad de incendio. En ocasiones también en las mañanas, para descubrir sobre su superficie trucada en dos dimensiones aquellas noches en que deforme y estas otras en que pedazos rotos. 

Me agrada mirarme desenraizado contra la longitud nacionalizada de los espejos. Sí, las raíces tienen esa cualidad para amarrarse a la tierra e incluso la mar, que así rizoidean, danzando, las algas en busca de alimento. Y hoy yo aquí frente al espejo me derramo en raíces con maneras de metacarpiano presto a dictarle arterias a mi verbo atropellado.

Y hoy yo aquí sin atreverme a mirar cómo la sangre me palpita voraz entre los muslos mientras Lorca tirita de frío. Déjame cubrirte. Permíteme regalarte mi calor. Es lo único que tengo. Eso, la pérdida y la cartografía de un aliento. Mi fascinación por los mapas, será. Mi seguir recorriendo latitudes que sé ya no existen y es motivo, me engaño, para no salir ya nunca de mis propios extrarradios. Upolu fue un invento de Tusitala.

Luego, ahí afuera, están y me esperan los tiempos modernos. Me río de Chaplin pero no con Chaplin. Nunca me gustó su bigotito de arlequín recién inventado ni su mísera poética del drama que encoge los corazones no habituados al espanto. De él prefiero y sólo rescato la magna vejez de su hija. Bendita sonrisa. Mirada desbrozada por las modernidades de un siglo ya pasado. 

Salgo al exterior después de haber apedreado el espejo masturbando un recuerdo de imágenes en que se soñó forjada su sonrisa de vidrio falso. Y el exterior se inicia en el inframundo del Metro. Y supuestamente es moderno todo lo que en su intestino de herrumbre contemplo. Supuestamente, digo, porque aunque siga apareciendo en las listas elitistas que nos dictan para indicarnos quienes son los grandes de la poesía, nadie comprendió a Rimbaud cuando se tatuó en el epigastrio, antes de vomitarlo, aquello de que hay que ser absolutamente moderno. 

Hay que llevar el poema hasta su último extremo. Pero nadie comprendió que el poema, recién nacido de la carne, vuelve a sus adentros para mejor seguir creciendo hasta escuchar el canto tribal de una antropofagia que repudia el autoconsumo en que hoy se consume el falso hombre moderno. Waris' brasileros devorando el duelo a dentelladas y Lévi-Strauss recordándonos que todos somos caníbales. Hoy dictamos con vulgaridad una modernidad carente de poesía. Nadie comprendió a Rimbaud. Ni siquiera quienes lo leyeron. Ni siquiera yo mientras asomado al espejo.

Y así deambulamos esto que dimos en llamar vida moderna. Exhibiendo nuestras falsas cicatrices tiznadas de purpurina. Ni siquiera mercromina. Así caminamos carentes de estilo y exiliados de latido, retorcidos en nuestra propia burbuja de vacuidad compartida. Si ni siquiera sabemos caminar. Si para al menos intentarlo necesitamos ejemplos arcaicos porque no sabemos mirar alrededor. O porque cuando lo hacemos sólo hallamos vulgaridad. Ya no tenemos capacidad de imaginar cómo caminaba Aglaya. Era griega y era inventada, nos dirán. Nos decimos.

Somos un albañal de experiencias frágiles forcejeando contra el olvido. Donde habite el olvido, cantaba el poeta, donde yo sólo sea. Dime tú si conoces dicho lugar. Dime siquiera si en alguna ocasión has hecho el más mínimo esfuerzo por encontrarlo. Ahora está en todas partes. Por eso te cuesta habitarlo. Ciegos como gusanos nos desgañitamos para hacernos ver, que nos vean, que nos escuchen pero ni nos lleguen a oler siquiera. Los perros saben del olfato, incluso bajo la lluvia. Perros mojados y tanto perro obedeciendo la voz de su amo. 

Hay que ser absolutamente moderno. Por eso, de la pérdida no quiero saber nada. Por eso es lo único que tengo y aún me asomo sin pudor a los espejos para regresar a Vailima.

«Untitled», Vivian Maier en 1955



miércoles, 22 de julio de 2026

daruma incompleto

«Abro los ojos en lo oscuro: solo
yazgo, desterrado en la noche».
José Manuel Caballero Bonald

Pareja de baile a que los años pierden el ritmo. Miseria y pureza las habéis barrido, como Scorsese en travelling alocado. Se rev/belan fieros, en el cuarto oscuro de vuestro envés, los fotogramas de la Belleza. Aún digerís la decadencia. Confundís las distancias. Sorprendéis pinturas de guerra cercando vuestra posición cuando el nuevo día muerde espejos. Heredasteis una lágrima que distorsiona el concepto cristiano de esperanza. Pero mantenéis la fe porque habéis contemplado el perfil más benévolo de un dios. Sois el guardián del lomo en descanso de mi hijo. Recorristeis horizontes violentando fronteras. Siempre cambiando el cristal por ver si los fantasmas con forma de letra lucen mejor. Ya no combáis pestañas. Pareja de cartas trucadas, perdéis la partida, cada día, en una nueva página. La recorréis una y otra vez para ejercitar una memoria en proceso de demolición. Sois el acordeón de lo vivido. Aprendices de pintor cinquecento. No alzáis el pincel porque sólo vosotras sabéis que Venus sigue naciendo.

Mis pupilas.

Fotograma de Un perro andaluz, de Luis Buñuel


domingo, 12 de julio de 2026

jivha primigenia

«Maciza lentitud, lentitud martillada»
René Char

Ajedrez de diccionarios. Burla de la ausencia. Trampolín de salivas tetrapléjicas. Paralímpico reptil de su sabor. Cénit de su nadir. Refugio del calor cúrcuma. Estilete que no hiere. Guarida del verbo antes y después de hacerse carne. Ícaro consciente de que el sol no parió la vida. Exploradora de lo críptico. Tartamudeaste por ver si así se espumaba el deseo y regresaste a casa esperando el alimento. Culmen del desenfreno. Salada cuando la mar. Dulce del beso madrugador. Amargo del recuerdo. Umami cuando en ella me deleito. Grasa en el exceso. Picante en Corea y ácida cuando intentas nombrar su caminar indolente. Demasiado torpe para seguir a la presa, tuviste miedo y fuiste cazada. Flecha que siempre apunta al séptimo cielo. Aprendiste todos los silencios. Enloqueciste locuaz en verbena de noria ensalivada. Cenobita del verbo. Adhesivo de su aliento. Te adelantas al pensamiento. Lo equivocas. Lamiste mostaza y todo cambió. Conoces el sabor del milagro y nadie puede robártelo.

Mi lengua.


La lengua del rock'n'roll... The Rolling Stones

miércoles, 1 de julio de 2026

nadis desorientados

«Gracias aroma azul, fogata encelo».
Oliverio Girondo

Reloj de aroma retrasado hasta mañana. Zahorí del sándalo. Velcro del humo de hachís. Opio de la memoria. Sabueso del ayer. Quiso aprender las matemáticas del tajo. Dignidad ebria del payaso que hace reír. División de mi sonrisa en dos mitades griegas de esta vida puro teatro. Sepulcro de las noches hechas de canciones tristes. Acobarda a la corteza prefrontal cuando comprende que todo huele mal. Se internó en una jungla dispuesta a extirparle el perfume a la vida. Aprendió a esconderse tras una mascarilla. Hogar de los cambios de temperatura. Abismo que tantean mis dioptrías. Ictus de Süskind cuando separando pétalos para embriagarse. Siguió rastros de orines hembra. Alzó lycras íntimas queriéndose apéndice. Alcanzó el cénit al iluminar la cueva con el perfil lirio y vendaval del universo. Se soñó rota por Muhammad Ali. Durmió el knockout de una primavera digerida sin horas y a destiempo. Aún se sorprende al pasear un parque, capaz de desvestirle todos los disfraces a la floresta.

Mi nariz.

detalle del «David» de Miguel Ángel

sábado, 20 de junio de 2026

dibba-sota sin oriente

«Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno...».
Arthur Rimbaud

Sarcófago en que sollozan las carcajadas. Columbario de otras lenguas. Hogar de lo inhabitable. Espejo deformante del alarido. Callejón de gatos que maúllan atlánticos. Caracolas cantábricas. Caracoles sin hueso. Hormigueo de los sueños. Coctelera de sílabas que sisean, músicas que serpentean. Obviedad decadente de la edad. Redil de párrafos sin escribir. Auriga crepitante del aullido en que la piel enmudece. Hogar del poema. Berbiquí que taladra presto a inocular terciopelo azul en mi cerebro. Sala acolchada del ruido. Babel de sinsentidos. Pabellón psiquiátrico del latido. Guarida de lenguas que, sin decir nada, expresan el todo. Suburbio de ronquidos que desorientan las baldosas. Maelström que devora el taconeo de unos párpados forjados en incendio. Refugio antiaéreo cuando libélulas cambian de sexo para acudir al carnaval con disfraz de helicóptero. Sonajero de fantasías. Estrofa final del abecedario. Sordera de lo prescindible. Caverna en que el verbo juega a ser Platón. Cerebro platónico del sexo.

Mis oídos.

Instante en que David Lynch decidió ampliar el campo de batalla

sábado, 13 de junio de 2026

planfleto

a Gazzano

se cometen fechorías, por la noche y a plena luz del día, qué luz, me pregunto cuando todo es yermo de fulgor y el único brillo que me sonríe es el de una navaja muda de dentadura, quizás para abrirse una lata de mejillones en conserva recién extirpada del Mercadona más cercano, bien hecho, me digo, le digo al mendigo al que no quiero llamar sin hogar ni ninguna de esas otras majaderías con que quienes pueden vivir cada día despreocupados de facturas y aledaños pretenden engolar sus discursos a pie de barra, o al calor reflectante de un televisor mientras surfean la marea del turismo low cost sin dejar de alimentarla y pensando únicamente en lo más positivo para su bolsillo de las consecuencias, a pesar de que estas sean, siempre, inevitables

sé que se cometen fechorías y, desde mi pequeñez sé que tipos vestidos con trajes dos tallas por debajo de su propia bajeza se pasean por galeras restallando el látigo contra la espalda negra del esclavo, y tipas mal confeccionadas se disfrazan de alta confección para acudir a la oficina habiéndose previamente masajeado las rodillas, porque sí, en esto también soy políticamente incorrecto, política y corrección son antónimos y trabajo esclavitud y ya quisiéramos trabajar trabajándonos el alma día a día, desperdiciando desayunos copiosos entre los dientes y descorchando botellas y sonrisas sea cual sea el alcohol o zumo que aquellas puedan contener, pero sin continencia beber de ellas, beber y comer: comed y bebed todos de él, porque este es mi cuerpo huérfano de labios y dientes

luz del atardecer, se cometen latrocinios y felonías, se dispensan burritos y un burrito cargado de la plata que olvidó Juan Ramón deambula aeropuertos sorteando miradas como sortean sierras sin escarpadura los que soñándose idéntico futuro quedaron allá lejos, en el pueblo, en esa villa de la que nunca se escapa por más que se quiera uno imaginar adentrándose en un nuevo mundo de billetes como oleajes trasegados hasta llegar allá donde nadie te quiere y la vida muere entre conservas que con uñas de años venideros rebaña un mendigo mientras otra vedette se sueña danzando al son de los chasquidos millonarios y el pelotón de fusilamiento sólo apunta al tipo que no se vistió de negro pero cuya piel no conoció otro color 

qué agrio, qué dolor, qué sinsentido todo esto y más cada vez que pienso lo que ya sé, que después de escribir utilizaré mis dedos para soñarte la garganta cuando le arrancaba notas musicales a mi desafinar preparando el primer bocado con que los días despertaban, qué mal está todo, podría imaginar mis garras arrancando la glotis al potentado, pero ya ves, a pesar de la pena que me da tanta pobreza, tanta injusticia, ahora sólo pienso en la última calada y en cómo, a pesar de las estrecheces que imponen soledad y ausencia, me acogerá con caricia de sudor de ayer esta cama a la que le sobran decencia y geometría de sábanas, a la que le faltan vicio y latido y premonición de tormentas en el primer café de la mañana, removido hasta el infinito por una cucharilla que sabe no la contemplas

se comenten fechorías y alguien roba fotos y también frases esparcidas entre tanto amor cuando se comunica, porque eso también es Poesía y ahora sólo pienso que debo dejar de pasear por el barrio y reprimir mi yo más panfletario



viernes, 29 de mayo de 2026

vishuddha lenguaraz

«Alguien estaba antes que yo en mi abrevadero,
Y yo, como un segundo en llegar, esperando»
D.H. Lawrence

Agujero de gusano en que juega la palabra. Vórtice del deseo. Nuez de Adán que perdió el paraíso. Vehículo en que viaja el infierno. Caverna de mi lenguaje. Secuestro de lo no dicho. Rotura musical de todos los desayunos. Tobogán de salivas y otros jugos. Frutería del lamento. Ay recién nacido. Alumbraste vocalizaciones a la dicción y dijiste Amor. También Hijo, siempre piel y enmudeces como paloma con maneras de Espíritu Santo. Afónica cuando te vibra muda la orquesta del miedo. Radiofonía grave. Gravedad de la respiración cuando quebrada. Pozo ciego del lenguaje que se necesita estar. Caudal a caño roto del expresarme. Despeñadero del poema que teme dar el salto. Timbre de la llamada que nadie escuchará. Nocturnidad del verbo esparcido hacia dentro y a espuertas. Alevosía de tu aliento. Recipiente del regadío que aún sueño, en una cama o un cuarto de baño. Te brotó una orquídea salvaje, burlándose en grito blando de la infinitud del universo y la creatividad de un dios perplejo. Aúlla, cada noche.

Mi garganta. 

Cuello de Lee Miller,
fotografiado por Man Ray antes
de que pronunciase el daño en la bañera de un búnker