lunes, 9 de julio de 2018

de trazos y locuras (3 y 4 de 10 libros)

Desde pequeño he temido al desarreglo mental, y he mirado el futuro intentando ajustar las dioptrías de lo cotidiano al devenir de lo exacto, más teniendo en cuenta que este puede devenir inexacto en cualquier momento. Quiero decir que me da pánico perder la cabeza, cualquier noche, y encontrarla, al día siguiente, desordenando la estética del salón familiar con la mirada perdida en las madrugadas del pasado. Temo volverme loco, o sea, y tengo razones para ello, aunque sólo sean hereditarias.

Tal vez por eso me hayan fascinado, de siempre, los desaforados intentos del demente por explicarse a sí mismo. Más en literatura. Y es que literatura es todo aquello que excede la anécdota y sabe expresarse como antagonista de la misma. 

Abrumado por la ordalía de trazos como estigmas de un tal Vincent Van Gogh, desde muy joven, cuando aún prefería el silencio abrumador de las pinacotecas, cuando este aún no había sido naufragado en algarabía de wow y click de cámara incorporada a ese aparato que, antaño, servía únicamente para hablar con los amigos lejanos, por ejemplo, encontré, en mi librería de viejo preferida, un volumen que contenía las cartas que el citado artista había enviado, a lo largo de su vida, a su hermano Theo. De repente: el fulgor. Un fulgor ebrio de abismos en que la pintura del loco del pelo rojo componía métricas de arritmia rimándolas con el fango festivo de sus lienzos. De repente: el fulgor: el descubrimiento de la luz y el color, de la forma y el trazo, de la profundidad y el volumen, del miedo y el mañana... del miedo al mañana, al fin.

He asegurado, en numerosas ocasiones, que mi necesidad de escribir nace de la necesidad de explicar mis desarreglos o desavenencias con el mundo que me rodea. Sólo ahora, recordando las Cartas a Theo de Vincent Van Gogh, puedo comprender que es excusa que me inventé tras devorar aquel volumen crudo y funesto pero también, sí, pleno de luz y rendijas por las que escapar, aunque tengas que atravesar un campo de trigo sobre el que se avecina tormenta de cuervos que secundan la danza de la lluvia. Estas cartas recorren la vida de uno de los más geniales genios que dio el siglo XIX, acompañándole hasta su inevitable suicidio, evidenciando cronológicamente los motivos nada locos del mismo. De los trazos dementes del Van Gogh pintor, a la locura de lírica apenas trazada en su caudal de portentosa prosa. El fulgor, o sea.

Otro desequilibrado famoso vino a desequilibrar mis lecturas, de nuevo, al poco. Un bailarín, en este caso. El anarquista del ballet clásico, el más sublime enemigo de la ley de la gravedad: Vaslav Nijinsky. Al contrario que Van Gogh, este comenzó a desbrozar el trigal de sus más dolorosos sentimientos cuando ya se perfilaba en su alborada la mordida diente seda de la locura. Fue entonces cuando comprendió que nadie le había comprendido, que su paso de puntillas y en fotograma desenfocado, por este mundo de cosas pesadas e inútiles, había sido utilizado por cercanos y ajenos sólo en beneficio propio. Y comenzó a escribir un diario que desordenaría mis noches de adolescencia y huida con el trazo sublime de una prosa que era tan poesía como el trazo de su cuerpo dibujado en eternidad contra los focos del escenario.

El Diario de Vaslav Nikinsky es un abrumador contenedor de poética carente de bridas, una voltereta de lírica volátil que desenmascara al mismo dios mostrándonos que no habita los cielos, sino un escenario de cisnes ingrávidos y aplausos aquejados de muerte súbita por infarto. «Yo soy dios, Nijinsky es dios, los doctores no entienden mi enfermedad, mi cuerpo no está enfermo, mi alma sí lo está, sufro, sufro, soy sólo un hombre, no soy dios»... ¿algo más que añadir? Sólo, por contrariarme a mí mismo, añadiré que las cabriolas eternas de Nijinsky reproducen la plasticidad con que brincan los cuervos inmediatos de Van Gogh... o viceversa.

Así, paseando la vida de humanos que fueron dioses y dioses que cayeron por demasiado humanos, pasé mi adolescencia. No les sorprenda, ahora, que tema a la locura tanto como temía, en aquellos tiempos, quedarme sólo en loco, como Vincent y Vaslav, pero sin poesía... quedarme sólo en el trazo.

Tal vez, por si acaso, siga trazando párrafos idiotas, que así me aseguro un «ya se le veía venir» si mi vida da en desdicha de reloj sin cuerda o en cordura que perdió las manecillas.

viernes, 29 de junio de 2018

de surrealismos y veintisietes (1 y 2 de 10 libros)

Nunca he comulgado con ningún tipo de etiqueta, ni siquiera en literatura, donde siempre he aborrecido de esa historiografía palurda que, incapaz de bajar al barro de la obra prefiere embadurnarse el fango del autor, mezclado en el mismo charco con otros de idéntica edad o sentir o pasión o maneras... eso que llaman generaciones, mayormente aplicado a la poesía. Yo, de las generaciones literarias, sólo recuerdo que eran nichos en que los planes de estudios encerraban los huesos violáceos y violentos de quienes labraron con tinta y sangre páginas eternas de soplo y vida, incluso de vida cercenada por un soplo al corazón, mayormente el del lector.

Así la generación del 27 que, resumida en los libros de texto, machihembraba a Guillén con Cernuda y a Aleixandre con Alberti, por ejemplo, demostrando una carencia total de sensibilidad estética... y de la otra.

Pero a mí, en aquellos libros de texto, siempre me faltó Dalí, sí, Salvador, el pintor, el loco, el genio, al que siempre consideré, puestos a articular obras literarias en torno a generaciones, el más 27 de la generación del 27, al menos en su prosa: luminosa de pensamiento oscuro, asesinada de surrealismo milagroso, exacerbada de un lirismo violento y musical como sinfonía de falos en flor, incluso en sus traducciones al español, que son las que pude disfrutar de joven. Dalí pasará a la historia como inventor de lienzos oníricos y pesadillas de brochazo exacto. Tal vez, también, como desaforado lunático enamorado de la masturbación y de una diva que masturbaba efebos mientras él componía objetos, telas, merchandising, cosas con que onanizar su aseada economía (y la de la diva, de paso). Pero me temo que pocos han leído a Dalí, y eso nos perdimos quienes aún estudiábamos generaciones en las clases de literatura  de la EGB: su excelsa creación literaria.

La vida secreta de Salvador Dalí me deslumbró desde aquellas iniciales páginas en que el loco más cuerdo del arte español relamía la costra de su propia saliva, calcificada durante una siesta loca de mediterráneos y calurosa de burguesías paletas. Ese volumen es todo un fluir de minutísimas mareas poéticas disimuladas tras los pesados cortinajes de la prosa autoreferencial. Una delicia, de principio a fin.

Y luego, por supuesto, el más 27 del 27, en verso, el niño enamorado del dolor, del duende que no es gnomo ni taconeo flamenco sino oscuro arraigo de pies calientes y manos gélidas de caricia ausente, a una tierra que germina ramajes de arteria mientras aúlla escarnios de perdedores y malditos. Primero los calés, malditos de Guardia Civil y navaja vespertina, en su Romancero gitano, y luego, en magnética eclosión, esos gitanos yankis del algodón y el navío triste: los negros, con su nívea dicción de aleluyas y esclavitudes susurrada en la memoria del tiempo. 

Federico García Lorca, el niño enamorado, digo, del dolor, de la muerte. Tan enamorado que la buscaba como zahorí, perdido ya el palo de la alegría en las alcantarillas de la metrópoli. Así la encontró, abrazándose a ella de inmediato para permanecer siempre niño. Aunque su adiós fue asunto de malparidos, y si Federico hubiese vivido hasta conocer la cercanía del nuevo siglo, habría permanecido, por siempre, el niño que siempre fue y aún se esconde tras sus títeres de cachiporra y su sonrisa amarga de felicidades ajenas. Y así, como niño, se entrega a un juego de metáforas locas de surrealismo e imágenes que danzan zapatos de mordisco y miedo en ese tan paseado Poeta en Nueva York tras cuya cópula, más que lectura (ese libro lo he violentado por todos sus orificios, e igualmente he dejado que me violente por todos los que mi cuerpo ofrece), no pude volver a ser el casi niño que le acariciaba las páginas sin saber, aún, que acariciaba la Poesía.

Así que, a pesar de todo, agradezco a las padres agustinos el haber seguido los planes de estudios, independientemente de que sus diagramas equivocasen felaciones homosexuales y masturbaciones impías. A mí, al menos, me sirvió para descubrir que el sexo, como la vida, duele. Y que las generaciones y demás etiquetas las inventan los mediocres. 

También me sirvió para dármelas de culto con la exclusiva intención de arrimarme a alguna fémina, especialmente citando a Lorca, por eso de la sensibilidad que se les presupone a los homosexuales. Ya ven, al fin, a pesar de tanta poesía, uno siempre ha sido bastante prosaico.


viernes, 22 de junio de 2018

poemas de la cicatriz (5)


asomarme al espejo
desde el que me mira
una sombra sin propietario

un títere cosido
con los hilos de los días
mordidos entre tus brazos

y descubrirme asaltando
la concupiscencia fría
del mueble bar en que se lamenta

una ninfa de hielo
que confecciona cócteles
de madrugada, tinta y fracaso

qué desechos, ahora, escogemos
de entre todos los minutos
en que tallamos heridas
jugando a engañar los sueños



sábado, 16 de junio de 2018

¿no future?


prólogo a la 1ª edición del poemario de Sexo, drogas, poesía y rock&roll, de Javier Vayá

 
¿NO FUTURE?

Caminábamos las avenidas incorrectas de una adolescencia que ansiaba aniquilar el mañana. Una especie de no future punk, pero sin imperdibles más allá de los punzones de ebriedad que cosían nuestros párpados a la madrugada de la ciudad. Quiero decir que éramos jóvenes y rebeldes, con una juventud fraudulenta y una rebeldía de cartón piedra, creyendo que todo porvenir se construía con nuestro pequeño puzle de excesos, escuchando a Bowie y Morrison, usurpando besos fémina que sabían a los labios de otro (tal vez los de Bowie, los de Morrison), o compartiendo besos en los labios de una botella con amigos que dejarían de serlo y extraños que nunca más visitarían nuestras vidas. Mientras tanto, una premonición de sutura anticipaba ese futuro que rechazábamos. Leíamos a Lautréamont y Rimbaud, a Panero y Fonollosa.

Pensábamos que el rock and roll, con sus acordes de metáfora granuja, era poesía. Creíamos que en la sinestesia de sentidos alterados por las drogas habitaba la poesía. Sentíamos latir la poesía, al fin, en la aliteración de gemidos del coito. Sexo, drogas y rock and roll, triunvirato manido al que ofrendamos nuestros mejores años. Luego, pasado el tiempo, consumida nuestra debida ración de horas muertas, llegamos a dudar pensando que la poesía debía ser cosa distinta. Nos entregamos a profundidades y academicismos que, más que entender, comprendíamos necesarios para la formación de nuestro futuro. Los cuerpos ya no estaban para excesos, y masturbábamos nuestra mente con metáforas muertas y metonimias de lodo. Porque el futuro era ya. Y no era bonito. Aceptamos que ya nunca podríamos ser una estrella del rock and roll, y continuamos leyendo poesía.

Puedo imaginar que Javier Vayá, el adolescente, se dejó no poca vida en las calles, rebanadas de piel en labios prestados, timbres de voz en aullidos de música urgente. Luego, se entregó a la poesía, haciendo de ella norma y sendero, ensuciando las páginas de la noche con fulgores de verso que esbozaban ese futuro que un día negó y en que ya estaba viviendo. Hoy, ha tenido la valentía de recuperar, en estas páginas, aquellas mitologías fugaces de la adolescencia, tal vez para sacudirse de las manos labriegas de sus poemas la tierra anciana de lo académico y los altos valores. 

Los versos de Vayá son un vertiginoso periplo de imágenes prodigiosas y sorprendentes hallazgos, la resaca de un coito excedido de lírica y refriega, un riff de resplandores que arrastra por el fango las melodías de lo correcto, un chute de adrenalina y rabia, un guitarrazo de belleza y espanto, un ritmo sincopado de heridas que se atreven a gritar su nombre. Los versos de Vayá nos recuerdan que la verdadera poesía no nace de la contemplación, no, sino de la acción, aunque haya pasado el tiempo y sea otro quien, de tanto en tanto, le obligue a actuar. Aunque sea consciente de ser (como todos pero sin el todos) títere en las manos de un payaso psicópata. O, más bien por eso: por ser consciente, por no negarlo ni pretender erigirse en referente ni voz camuflada en ecos de desierto, por únicamente desgarrar la piel con el cincel exacto de la emoción y la maestría poéticas. Sí, como un cincel: certero en cada golpe, lentamente haciendo poesía de la estatua de sal en que quieren convertirnos a quienes aún nos empeñamos en mirar hacia atrás… hacia los lados.

Los versos de Vayá son adictivos como la más perniciosa de las drogas. Su lectura es tan intensa como el más dilatado orgasmo. Su métrica resuena con la ferocidad agreste del blues de los pantanos, y este poemario es la banda sonora de una juventud que se niega a morir, el epitafio que nunca escribirá un Peter Pan que exhibe su carcajada en los geriátricos de nuestra souciedad de consumo, abofeteando a todos aquellos que abultan su cuenta corriente a costa de pasear decálogos literarios en subvenciones travestidas de magisterio y medios de desinformación aledaños, aquellos que otorgan premios a quienes a ellos premian, aquellos que conocen el peligro de una sociedad que siga soñándose joven y capaz de sentir/pensar/vivir soñando que el futuro pueda ser un arma cargada de poesía (perdonen el exabrupto). 

Los versos de Vayá son un monumento de orfebrería sensorial erigido a mayor gloria de un futuro que sí merece la pena. Les invito a zambullirse en ellos como el que bucea por vez primera y descubre un coral de grandes dimensiones: sin ninguna esperanza de regresar a la superficie siendo el mismo. Y no le tengan en cuenta el haber tachado la palabra «Poesía» del título. Estoy seguro que lo hace por epatar… por ir de punk y seguir gritando no future.

Pablo Cerezal, enero de 2018

miércoles, 18 de abril de 2018

las delicias del insomnio

Quien no conoce el insomnio no conoce el pánico. Sí, lo sé, el común de los mortales aquejados de insomnio sólo piensan en la terrorífica jornada laboral del día siguiente, en las ojeras como bolsa de la compra reventona de productos caducados, en el escocor de la luz de la oficina cual neón antediluviano y cruel, en tener que regresar a la cama, cuando finalice la jornada y, tal vez, encontrarse de nuevo con la pesadilla de no poder conciliar pesadillas... ni mucho menos placenteros sueños en que una odalisca desvista tules y revista salivas en dedicación exclusiva a la propia polución nocturna. Pero el insomnio es también esa frontera sobre la que vuelan los proyectiles de un futuro cosido en derrotas, ese mendrugo de pan duro en que escarban las hormigas del azar menos azaroso, esa autopsia de tropiezos con víscera de zapato malgastado, ese duelo sin gloria en que batirse contra la mentira en que el reflejo nos reconstruye de amianto y cinismo... el insomnio como cruz de esa moneda que la vigilia lanza al aire para ganarnos la partida, siempre.

Y el insomnio, a pesar de todo, atesora maravillas, como las atesora el dolor en las cicatrices del masoquista, o el látigo que sujeta férreamente el sádico entre sus garfios... garfios: una de las múltiples y tenebrosas imágenes con que Vicente Muñoz Álvarez desgarra la psique del lector de esa joya que ha debido parir en el más oscuro Averno de su propio insomnio. Del fondo, se llama esta crisopeya que maneja nuestros más abismales terrores para proporcionarles áurea textura de ambrosía sensorial, este nuevo artefacto literario que, cual demiurgo enajenado, ha modelado Vicente con los barros del espanto, ayudado en esta ocasión por otro alquimista (del trazo, este): Andrés Casciani. El resultado es un sensacional viaje a los abismos del ser humano.

Prosa poética, poesía cruel, relato de horror, aullido atávico... un viaje, al fin, a lo más profundo del ser humano, ese abismo en que pierde lo único que (por más que se jacte de poseer, además, inteligencia) tiene: la carne. Porque la mente ya está perdida, y el predicador lo evidencia arrastrándolo más y más al fondo, en una espiral violenta de llanto y desesperación que parece no tener fin y logra que el insomnio mute en juego infantil. Así es Del fondo, así nos lleva Vicente, agarrando con mano firme nuestros intestinos, al fondo de nuestros terrores más ancestrales, así descompone nuestro cuerpo por el camino, así lo recompone en aullidos el trazo delirante de Andrés, el grafismo despiadado y convulso con que ilustra esta, nuestra más deliciosa pesadilla.


Del fondo puede ser la obra definitiva en que Vicente ha volcado, con inigualable maestría, gran parte de sus filias cinematográficas, literarias, culturales, las más oscuras de ellas, a la par que sus fobias más filosóficas. Porque la nueva carne no nacerá de una evolución, sino de esta involución que ya vive la sociedad occidental y en que, felices como cerdos en charco, chapoteamos... pero el charco es de sangre, y por mucho que nos acostumbremos a ello no deja de resultar aterrador. Difícil superar este libro/joya/artefacto, ya. Porque, además, esta es, sin duda, la obra definitiva en que Vicente ha plasmado los abismos/delicias del insomnio, cuando ya todo es carne mancillada porque la mente no te pertenece.

Un libro objeto de una delicadeza bizarra y dolorida, una deliciosa cartografía del abismo en que perderse por horas (todas las que aún restan hasta que nos asuste la luz del día)... un viaje del que es imposible salir ileso.

Decía al inicio que quien no conoce el insomnio no conoce el pánico. Aquí tiene una oportunidad única de acercarse a él, de la mano de Vicente y Andrés, porque el insomnio, lo sé, viene Del fondo.


miércoles, 14 de marzo de 2018

una botella de vino en la muerta ciudad viva

Retrasado en mis felicitaciones... como en mi vida... como en todo... pero sincero, de eso peco, al decir de muchos. Y si de pecado se trata ya es tarde para rechazarlo. Más aún, de existir juicio postrer creo que hará peso, en la balanza, junto a todos los que me impone la dictadura de la carne y algún otro que ahora no logro -ni quiero- recordar.

El caso es que no felicito, a tiempo, a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, por su cumpleaños, y comprendiendo el error lo intento enmendar con otro: apuro una botella de Mencía y, junto a ella, las páginas de Muerta ciudad viva, esa maravilla literaria que escribió el «homenajeado» y que, con exquisito acierto ha editado en nuestro terruño la editorial Limbo Errante (gracias, siempre, a los responsables, por hermanarme de nuevo con el autor, en la contra del libro).

Y el intelecto, como un Pollock de uva tinta y párrafos ensangrentados, se me desordena y me recuerda una vieja entrevista en que me preguntaban:

Tu segundo libro se titula Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrito compartido con el escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Para quien no lo conozca, descríbeme a ese escritor.

A lo que yo respondía:

¿Describir a Claudio? A Claudio es imposible describirle. A Claudio hay que leerlo. Claudio cultiva una de las prosas más sublimes y desconcertantes que tengo el honor de conocer. Claudio degüella el verbo y juega con sus vísceras como lo hacía Francis Bacon con los volúmenes. Es una máquina de aniquilar clasificaciones literarias, un grande de los que muy de tanto en tanto aparecen para descubrirnos lo sublime de la palabra sentida. Aparte, él, Claudio, la persona, es de los que demuestran que antes se es animal que escritor, que para escribir hace falta haber vivido, y que no por ser un Maestro has de ser igualmente un imbécil. Deberíamos dejar de lado nuestro estúpido nacionalismo cultural y saltar fronteras. Allende las nuestras -me refiero a lo que se considera Occidente- se encuentra el arte más vivo que podemos disfrutar a día de hoy. Claudio es uno de los muchos olvidados de la Literatura... porque es boliviano, porque escribe por necesidad, porque no busca prebendas ni agasajos. A Claudio, insisto, hay que leerlo.

Y ya no sé si salir a comprar más vino... salir a robar dinero para comprar más vino, o entregarme de nuevo al éxtasis verbal y sensorial del libro... ya lo dejé dicho, por ahí: cirugía literaria de alta precisión... de esa que expone, gloriosos e infectos, los órganos vitales de aquello que llamamos literatura... aquello que llamamos vida. Porque la literatura será vida o no será, más aún en estos tiempos de vivos muertos que cacarean en los rediles del mercado a mayor gloria del beneficio inmediato y el vacío creativo, dispuestos a vaciar mentes y bolsillos con algoritmos de nada y abracadabras de mediocridad... lo mediocre vende, sí, así ha sido siempre. Lo excelso, por contra, parece condenado a ser redescubierto por generaciones posteriores, más atentas a la arqueología calma del arte mayúsculo que a la economía urgente del panfleto. Algunos, hoy, ahora, hacen oídos sordos a todo el ruido mediático de novelas más vendidas en Amazon y monopolios de la esclavitud aledaños, también al griterio de articulistas más famosos por impostar improperios que por su buen hacer al teclado. Algunos, hoy, ahora, hastiados de lanzar novedades a la piscina que no tienen, buscan entre los libros de saldo el saldo cultural de toda una civilización, para redescubrirlo, para gozarlo, para comprender por qué tanto de lo que hoy se escribe y se lee es mediocre, y tanto de lo que no se lee pero se escribe formará parte del saldo positivo de las generaciones futuras. Todos ellos tienen la fortuna de poder acercarse, hoy, ahora, a la obra de uno de los grandes, anticiparse a ese futuro imbécil en que deberá ser redescubierta, sí o sí, la literatura flor y puñal de Claudio Ferrufino.

El vino, perdónenme, tiene sus efectos, no todos benéficos, casi ninguno si se toma en exceso, dicen, pero es que vengo de leer a Claudio y su prosa es exceso, como la vida que merece la pena, ya digo... pero mejor me detengo aquí, y retomo algo que también dejé ya escrito, en algún sitio:

Ferrufino escupe, vomita, orina, eyacula sobre la página para mayor goce del lector inquieto. Y, de paso, descompone la gramática y nos enseña que se puede adjetivar con nombres y nombrar con adjetivos, recompone la memoria para recordarnos que es fragmentaria, disloca la naturaleza para enseñarnos que las personas se cosifican, las cosas se animalizan y los animales se humanizan, devasta el firmamento literario para bajarlo a la tierra y mostrarnos el origen divino del hombre, sea este ratero, puto, alcohólico, mendicante o misionero, da igual, todos caben, hay campo: todos están invitados a este gran festival de la palabra y la sensación que es la prosa de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y todos por igual se reflejan en sus páginas como en espejos valleinclanescos. He leído después que Ferrufino ha cultivado géneros dispares como la poesía, la novela, la crónica… ¡falso!: Ferrufino no cultiva géneros. Ferrufino, como los grandes, es un género en sí mismo.

Sólo me queda, Claudio, hermano, brindar por ti con la copa ya vacía, y prepararme algo de carne cruda para la cena... ¡salud!

lunes, 8 de enero de 2018

en otra galaxia...

En un lejano 2013 celebraba el 66 cumpleaños de David Bowie con mi primera publicación en la prensa escrita boliviana, concretamente en el suplemento cultural Escape. Aún recuerdo la emoción de ver mi nombre junto al de mi amado alienígena decorando los quioscos... imbécil vanidad, queda claro, pero emoción que nadie me quita como humano que soy y aún sigo siendo. En aquella publicación plasmé un esbozo lo más aséptico posible del hombre de las estrellas o, al menos, del que a mí me descubrió que no hay estrella más cercana que la que refulge a tu lado: en la cama, en la calle, en el cargador de carne indolente del suburbano, qué sé yo.

Años después, cuando Bowie decidió abandonarnos, una publicación me propuso ampliar el texto y darle un carácter más emocional, menos "periodístico". Dicha publicación quería el texto de gratis (hablo de una publicación española, obvio) y a mí no me apetecía ni regalar ni entrar de nuevo en la vida de alguien tan amado. Me resultaba demasiado doloroso (y demasiado poco oneroso). Hoy comprendo que el texto debía quedar así, porque Bowie, tal vez, como habitante de otra galaxia, sólo esté de regreso en la misma, esparciendo su espíritu francés ante quienes como aquí, en el planeta Tierra, añorábamos su regreso. Y es que Bowie siempre regresa porque nunca se ha ido.

Breve y absurda intro para quien tenga ganas de acometer el texto de marras y de cuya publicación no dejaré de agradecer a ciertas personas, entre ellas Mabel Franco (te debo un abrazo) y Gemma Candela (te debo un abrazo y varias cervezas, sí, lo sé, que ahora es posible)... lo dicho: gracias... y: feliz cumpleaños mi amado alien!






miércoles, 20 de diciembre de 2017

Munch y las pesadillas

Anoche tuve una terrible pesadilla. Mi sien se licuaba en rizos de almohada que sólo almohadillaba mi febril subconsciente, y soñé que me habías arrebatado el sexo. Mi sexo, ese arma de flama sintética y músculo sin caverna, te pertenecía ya, sólo, a ti, y yo no podría nunca jugar a organizar el Lego de su mecánica incorrecta. Me palpaba la entrepierna, una y otra vez, en sueños, y mis dedos horrorizados conocían cráteres de vacío... porque mi sexo ya no estaba en el lugar que le corresponde. Ni en ningún otro. Tú te lo habías robado, para espanto de mi lubricidad y sorpresa de mi pantalón pijama.

Ha sido una noche horrible... imagínenlo por un instante.

Luego, tarde, la mañana ha llegado desvencijando persianas y aullando automóviles. He salido de la cama a duras penas. Y contra duras penas duro pene que no existe, camino del cuarto de baño, carente de la erección matutina, esa alquimia de líquidos retenidos y subconscientes erectos no, no existía. Me he asomado al espejo por descubrir querellas de afeitado y noches jugando escondite en mis ojeras, por descubrir que sigo siendo el mismo que anoche, soñando, se acostó a tu lado. 

La realidad, atronadora, me ha descubierto que lo de anoche no fue pesadilla. Me has arrebatado el sexo, amor, y ya no sé qué hacer hoy ni si merece la pena correr tras los taxis que nunca podré pagar para no llegar tarde al trabajo. ¿Para qué trabajar? ¿Qué trabajo?

Hoy he descubierto que lo que siempre soñé no es más que urdidumbre de espanto que troca pesadilla cuando lo real me viene. Y es que hoy, amor, he descubierto que es tuyo, mi sexo. Y lo imagino latiendo mi ausencia de latido, cual juguete infeliz jugando a nada en la hendidura feliz de tu vientre, programando nataciones tristes en la bajamar de corre que te pillo de tu exceso.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo, y lo imagino perdido en el estómago de tu bolso, entregado a orgías de papel moneda, moneda de cara larga, cara de carné de identidad y besos en el esmalte grueso de tu pintalabios, al que inventa felaciones de ayer y sonrisas de antaño.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo y se retuerce por acariciar tus noches de tomillo y miel usada, perdido en el fragor de tus axilas para desodorizarte placeres que no tienes ni deseas pero que yo, ya carente de mí, te anhelo.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo, amor, y lo comprendo tumbado en un diván, inventando frente a ti psicologías que expliquen la caricia de pétalo de tus dedos sabios en su dureza de mármol inverso y rosado.

La tarde descubre a Munch gritándome desde el espejo y ahora, en la nueva noche, perderé las manos entre mis piernas, en ese abismo que has dejado desde que te me has llevado el sexo, y te pensaré gozando, tan sola, tan con lo mío tan sin mí tan sin nosotros.

domingo, 10 de diciembre de 2017

MUNAY

cuatro años, ya, del momento "fotografiado" en este extracto de "Breve historia del circo"



Amaneces al invierno feroz de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta del llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces de la sala de partos, asisto a tu nacimiento.

Surges de un naufragio de vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que decides coser celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futu- ros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras   tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el cau- dal de ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y futuro.



          Y ya no somos más una mujer y un hombre. Porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto,    hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida.



Nos has nacido, Munay, hijo, ya digo.