miércoles, 18 de abril de 2018

las delicias del insomnio

Quien no conoce el insomnio no conoce el pánico. Sí, lo sé, el común de los mortales aquejados de insomnio sólo piensan en la terrorífica jornada laboral del día siguiente, en las ojeras como bolsa de la compra reventona de productos caducados, en el escocor de la luz de la oficina cual neón antediluviano y cruel, en tener que regresar a la cama, cuando finalice la jornada y, tal vez, encontrarse de nuevo con la pesadilla de no poder conciliar pesadillas... ni mucho menos placenteros sueños en que una odalisca desvista tules y revista salivas en dedicación exclusiva a la propia polución nocturna. Pero el insomnio es también esa frontera sobre la que vuelan los proyectiles de un futuro cosido en derrotas, ese mendrugo de pan duro en que escarban las hormigas del azar menos azaroso, esa autopsia de tropiezos con víscera de zapato malgastado, ese duelo sin gloria en que batirse contra la mentira en que el reflejo nos reconstruye de amianto y cinismo... el insomnio como cruz de esa moneda que la vigilia lanza al aire para ganarnos la partida, siempre.

Y el insomnio, a pesar de todo, atesora maravillas, como las atesora el dolor en las cicatrices del masoquista, o el látigo que sujeta férreamente el sádico entre sus garfios... garfios: una de las múltiples y tenebrosas imágenes con que Vicente Muñoz Álvarez desgarra la psique del lector de esa joya que ha debido parir en el más oscuro Averno de su propio insomnio. Del fondo, se llama esta crisopeya que maneja nuestros más abismales terrores para proporcionarles áurea textura de ambrosía sensorial, este nuevo artefacto literario que, cual demiurgo enajenado, ha modelado Vicente con los barros del espanto, ayudado en esta ocasión por otro alquimista (del trazo, este): Andrés Casciani. El resultado es un sensacional viaje a los abismos del ser humano.

Prosa poética, poesía cruel, relato de horror, aullido atávico... un viaje, al fin, a lo más profundo del ser humano, ese abismo en que pierde lo único que (por más que se jacte de poseer, además, inteligencia) tiene: la carne. Porque la mente ya está perdida, y el predicador lo evidencia arrastrándolo más y más al fondo, en una espiral violenta de llanto y desesperación que parece no tener fin y logra que el insomnio mute en juego infantil. Así es Del fondo, así nos lleva Vicente, agarrando con mano firme nuestros intestinos, al fondo de nuestros terrores más ancestrales, así descompone nuestro cuerpo por el camino, así lo recompone en aullidos el trazo delirante de Andrés, el grafismo despiadado y convulso con que ilustra esta, nuestra más deliciosa pesadilla.


Del fondo puede ser la obra definitiva en que Vicente ha volcado, con inigualable maestría, gran parte de sus filias cinematográficas, literarias, culturales, las más oscuras de ellas, a la par que sus fobias más filosóficas. Porque la nueva carne no nacerá de una evolución, sino de esta involución que ya vive la sociedad occidental y en que, felices como cerdos en charco, chapoteamos... pero el charco es de sangre, y por mucho que nos acostumbremos a ello no deja de resultar aterrador. Difícil superar este libro/joya/artefacto, ya. Porque, además, esta es, sin duda, la obra definitiva en que Vicente ha plasmado los abismos/delicias del insomnio, cuando ya todo es carne mancillada porque la mente no te pertenece.

Un libro objeto de una delicadeza bizarra y dolorida, una deliciosa cartografía del abismo en que perderse por horas (todas las que aún restan hasta que nos asuste la luz del día)... un viaje del que es imposible salir ileso.

Decía al inicio que quien no conoce el insomnio no conoce el pánico. Aquí tiene una oportunidad única de acercarse a él, de la mano de Vicente y Andrés, porque el insomnio, lo sé, viene Del fondo.


miércoles, 14 de marzo de 2018

una botella de vino en la muerta ciudad viva

Retrasado en mis felicitaciones... como en mi vida... como en todo... pero sincero, de eso peco, al decir de muchos. Y si de pecado se trata ya es tarde para rechazarlo. Más aún, de existir juicio postrer creo que hará peso, en la balanza, junto a todos los que me impone la dictadura de la carne y algún otro que ahora no logro -ni quiero- recordar.

El caso es que no felicito, a tiempo, a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, por su cumpleaños, y comprendiendo el error lo intento enmendar con otro: apuro una botella de Mencía y, junto a ella, las páginas de Muerta ciudad viva, esa maravilla literaria que escribió el «homenajeado» y que, con exquisito acierto ha editado en nuestro terruño la editorial Limbo Errante (gracias, siempre, a los responsables, por hermanarme de nuevo con el autor, en la contra del libro).

Y el intelecto, como un Pollock de uva tinta y párrafos ensangrentados, se me desordena y me recuerda una vieja entrevista en que me preguntaban:

Tu segundo libro se titula Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrito compartido con el escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Para quien no lo conozca, descríbeme a ese escritor.

A lo que yo respondía:

¿Describir a Claudio? A Claudio es imposible describirle. A Claudio hay que leerlo. Claudio cultiva una de las prosas más sublimes y desconcertantes que tengo el honor de conocer. Claudio degüella el verbo y juega con sus vísceras como lo hacía Francis Bacon con los volúmenes. Es una máquina de aniquilar clasificaciones literarias, un grande de los que muy de tanto en tanto aparecen para descubrirnos lo sublime de la palabra sentida. Aparte, él, Claudio, la persona, es de los que demuestran que antes se es animal que escritor, que para escribir hace falta haber vivido, y que no por ser un Maestro has de ser igualmente un imbécil. Deberíamos dejar de lado nuestro estúpido nacionalismo cultural y saltar fronteras. Allende las nuestras -me refiero a lo que se considera Occidente- se encuentra el arte más vivo que podemos disfrutar a día de hoy. Claudio es uno de los muchos olvidados de la Literatura... porque es boliviano, porque escribe por necesidad, porque no busca prebendas ni agasajos. A Claudio, insisto, hay que leerlo.

Y ya no sé si salir a comprar más vino... salir a robar dinero para comprar más vino, o entregarme de nuevo al éxtasis verbal y sensorial del libro... ya lo dejé dicho, por ahí: cirugía literaria de alta precisión... de esa que expone, gloriosos e infectos, los órganos vitales de aquello que llamamos literatura... aquello que llamamos vida. Porque la literatura será vida o no será, más aún en estos tiempos de vivos muertos que cacarean en los rediles del mercado a mayor gloria del beneficio inmediato y el vacío creativo, dispuestos a vaciar mentes y bolsillos con algoritmos de nada y abracadabras de mediocridad... lo mediocre vende, sí, así ha sido siempre. Lo excelso, por contra, parece condenado a ser redescubierto por generaciones posteriores, más atentas a la arqueología calma del arte mayúsculo que a la economía urgente del panfleto. Algunos, hoy, ahora, hacen oídos sordos a todo el ruido mediático de novelas más vendidas en Amazon y monopolios de la esclavitud aledaños, también al griterio de articulistas más famosos por impostar improperios que por su buen hacer al teclado. Algunos, hoy, ahora, hastiados de lanzar novedades a la piscina que no tienen, buscan entre los libros de saldo el saldo cultural de toda una civilización, para redescubrirlo, para gozarlo, para comprender por qué tanto de lo que hoy se escribe y se lee es mediocre, y tanto de lo que no se lee pero se escribe formará parte del saldo positivo de las generaciones futuras. Todos ellos tienen la fortuna de poder acercarse, hoy, ahora, a la obra de uno de los grandes, anticiparse a ese futuro imbécil en que deberá ser redescubierta, sí o sí, la literatura flor y puñal de Claudio Ferrufino.

El vino, perdónenme, tiene sus efectos, no todos benéficos, casi ninguno si se toma en exceso, dicen, pero es que vengo de leer a Claudio y su prosa es exceso, como la vida que merece la pena, ya digo... pero mejor me detengo aquí, y retomo algo que también dejé ya escrito, en algún sitio:

Ferrufino escupe, vomita, orina, eyacula sobre la página para mayor goce del lector inquieto. Y, de paso, descompone la gramática y nos enseña que se puede adjetivar con nombres y nombrar con adjetivos, recompone la memoria para recordarnos que es fragmentaria, disloca la naturaleza para enseñarnos que las personas se cosifican, las cosas se animalizan y los animales se humanizan, devasta el firmamento literario para bajarlo a la tierra y mostrarnos el origen divino del hombre, sea este ratero, puto, alcohólico, mendicante o misionero, da igual, todos caben, hay campo: todos están invitados a este gran festival de la palabra y la sensación que es la prosa de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, y todos por igual se reflejan en sus páginas como en espejos valleinclanescos. He leído después que Ferrufino ha cultivado géneros dispares como la poesía, la novela, la crónica… ¡falso!: Ferrufino no cultiva géneros. Ferrufino, como los grandes, es un género en sí mismo.

Sólo me queda, Claudio, hermano, brindar por ti con la copa ya vacía, y prepararme algo de carne cruda para la cena... ¡salud!

lunes, 8 de enero de 2018

en otra galaxia...

En un lejano 2013 celebraba el 66 cumpleaños de David Bowie con mi primera publicación en la prensa escrita boliviana, concretamente en el suplemento cultural Escape. Aún recuerdo la emoción de ver mi nombre junto al de mi amado alienígena decorando los quioscos... imbécil vanidad, queda claro, pero emoción que nadie me quita como humano que soy y aún sigo siendo. En aquella publicación plasmé un esbozo lo más aséptico posible del hombre de las estrellas o, al menos, del que a mí me descubrió que no hay estrella más cercana que la que refulge a tu lado: en la cama, en la calle, en el cargador de carne indolente del suburbano, qué sé yo.

Años después, cuando Bowie decidió abandonarnos, una publicación me propuso ampliar el texto y darle un carácter más emocional, menos "periodístico". Dicha publicación quería el texto de gratis (hablo de una publicación española, obvio) y a mí no me apetecía ni regalar ni entrar de nuevo en la vida de alguien tan amado. Me resultaba demasiado doloroso (y demasiado poco oneroso). Hoy comprendo que el texto debía quedar así, porque Bowie, tal vez, como habitante de otra galaxia, sólo esté de regreso en la misma, esparciendo su espíritu francés ante quienes como aquí, en el planeta Tierra, añorábamos su regreso. Y es que Bowie siempre regresa porque nunca se ha ido.

Breve y absurda intro para quien tenga ganas de acometer el texto de marras y de cuya publicación no dejaré de agradecer a ciertas personas, entre ellas Mabel Franco (te debo un abrazo) y Gemma Candela (te debo un abrazo y varias cervezas, sí, lo sé, que ahora es posible)... lo dicho: gracias... y: feliz cumpleaños mi amado alien!






miércoles, 20 de diciembre de 2017

Munch y las pesadillas

Anoche tuve una terrible pesadilla. Mi sien se licuaba en rizos de almohada que sólo almohadillaba mi febril subconsciente, y soñé que me habías arrebatado el sexo. Mi sexo, ese arma de flama sintética y músculo sin caverna, te pertenecía ya, sólo, a ti, y yo no podría nunca jugar a organizar el Lego de su mecánica incorrecta. Me palpaba la entrepierna, una y otra vez, en sueños, y mis dedos horrorizados conocían cráteres de vacío... porque mi sexo ya no estaba en el lugar que le corresponde. Ni en ningún otro. Tú te lo habías robado, para espanto de mi lubricidad y sorpresa de mi pantalón pijama.

Ha sido una noche horrible... imagínenlo por un instante.

Luego, tarde, la mañana ha llegado desvencijando persianas y aullando automóviles. He salido de la cama a duras penas. Y contra duras penas duro pene que no existe, camino del cuarto de baño, carente de la erección matutina, esa alquimia de líquidos retenidos y subconscientes erectos no, no existía. Me he asomado al espejo por descubrir querellas de afeitado y noches jugando escondite en mis ojeras, por descubrir que sigo siendo el mismo que anoche, soñando, se acostó a tu lado. 

La realidad, atronadora, me ha descubierto que lo de anoche no fue pesadilla. Me has arrebatado el sexo, amor, y ya no sé qué hacer hoy ni si merece la pena correr tras los taxis que nunca podré pagar para no llegar tarde al trabajo. ¿Para qué trabajar? ¿Qué trabajo?

Hoy he descubierto que lo que siempre soñé no es más que urdidumbre de espanto que troca pesadilla cuando lo real me viene. Y es que hoy, amor, he descubierto que es tuyo, mi sexo. Y lo imagino latiendo mi ausencia de latido, cual juguete infeliz jugando a nada en la hendidura feliz de tu vientre, programando nataciones tristes en la bajamar de corre que te pillo de tu exceso.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo, y lo imagino perdido en el estómago de tu bolso, entregado a orgías de papel moneda, moneda de cara larga, cara de carné de identidad y besos en el esmalte grueso de tu pintalabios, al que inventa felaciones de ayer y sonrisas de antaño.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo y se retuerce por acariciar tus noches de tomillo y miel usada, perdido en el fragor de tus axilas para desodorizarte placeres que no tienes ni deseas pero que yo, ya carente de mí, te anhelo.

Hoy he descubierto que mi sexo es tuyo, amor, y lo comprendo tumbado en un diván, inventando frente a ti psicologías que expliquen la caricia de pétalo de tus dedos sabios en su dureza de mármol inverso y rosado.

La tarde descubre a Munch gritándome desde el espejo y ahora, en la nueva noche, perderé las manos entre mis piernas, en ese abismo que has dejado desde que te me has llevado el sexo, y te pensaré gozando, tan sola, tan con lo mío tan sin mí tan sin nosotros.

domingo, 10 de diciembre de 2017

MUNAY

cuatro años, ya, del momento "fotografiado" en este extracto de "Breve historia del circo"



Amaneces al invierno feroz de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta del llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces de la sala de partos, asisto a tu nacimiento.

Surges de un naufragio de vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que decides coser celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futu- ros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras   tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el cau- dal de ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y futuro.



          Y ya no somos más una mujer y un hombre. Porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto,    hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida.



Nos has nacido, Munay, hijo, ya digo.
















jueves, 26 de octubre de 2017

los porcentajes del poeta



Al igual que los fieles de los distintos credos monoteístas, yo creo en un único dios, y su nombre es Henry Miller. Por supuesto, acorde con los tiempos y esas derivas cool que agasajan las religiones orientales, soy capaz de comprender que dicho dios se puede transmutar en otros muchos que adopten nombres como Neil Young, Francisco Umbral, David Bowie, Scott Walker, Marc Chagall, Gian Lorenzo Bernini o Francis Bacon, por poner sólo un puñado de ejemplos. Pero Miller dicta los designios de todos ellos y de sus escasos fieles, entre los que orgullosamente me cuento. 


La estupidización a que sometemos la historia y las letras y el pasado y la memoria nos harán recordar al escritor neoyorkino (si es que le seguimos recordando) más como pornógrafo que como filósofo, más como vividor que como literato… signo de los tiempos, ya digo, estigma de Caín… en fin… el caso es que si algo me hizo caer atrapado en las redes feligresas de Miller fue su capacidad para aunar en la misma prosa el más feroz realismo con el más sublime romanticismo. Eso, ya digo, no lo comprenderán quienes sigan acudiendo a su prosa en busca de procacidades y excesos. Para mí, me van a disculpar, el poeta norteamericano, el más grande después de Walt Whitman, siempre fue y será ejemplo inequívoco de la equívoca dualidad del ser humano… al menos del ser humano que siente: 50% romántico, 50% realista.


Lo de 50% y 50%, obvio, es por igualar, que ya sabemos que los porcentajes son demasiado de ciencias, y estas no son tan exactas como los puñaladas que da la vida y que, en demasiadas ocasiones, vienen cifradas también en porcentajes: los de los ínfimos ingresos por la venta de tus obras, por ejemplo…


Pero hoy no quiero enredarme, que sé que tiendo a ello. Lo que quería decir es que los porcentajes de romanticismo y realidad que los literatos portan en su flujo sanguíneo son más mentirosos que su propia literatura. Es así que varían y fluctúan con mayor facilidad que los numeritos del IBEX 35, y un día te despiertas con el romanticismo invadiéndote el 70%, para acabar la noche sorprendido ante el hecho del que el realismo ha ganado terreno y se acerca peligrosamente al 90%. Somos (los que lo somos) letraheridos, y de tanto contradecirnos a nosotros mismos acabamos contradiciendo nuestros componentes vitales: realismo y romanticismo. Si algo puede asegurar quien se dedica al vacuo oficio de la escritura debería ser su carácter contradictorio. 


Y así se proclama Robert, el protagonista a que Emilio Losada ha decidido asignar la dulce tarea de conducirnos sin descanso (y casi sin aliento) por esta virguería literaria que es su novela Aviones de fuego. Un protagonista que le toma prestados, al autor, sus contradicciones, para mejor lanzárnoslas a la cara o disparárnoslas contra el pecho a los extáticos lectores.


Robert inicia su epopeya metropolitana con un % de romanticismo y otro % de realismo. Pero, a las pocas páginas, casi antes incluso de que el autor nos lo advierta por boca de su antihéroe, los porcentajes se han deteriorado y han moldeado sus cifras, entre la realidad y el deseo, que dijese aquel otro poeta… como cualquier escritor, cualquier letraherido, ya digo… 


Pero no, permitidme hacer acto de fe y recordar a Miller… no como cualquiera, quiero decir: sólo como aquellos que portan en su latido los atributos de la gran Literatura, esa que se escribe con esperma o flujo, con bilis y estómago. Y es que así considero que debe escribirse, al menos si la pretensión es que el lector amplíe su bagaje vital, que ya no cultural -eso de la cultura es una entelequia, y bien lo sabe Emilio Losada, que se ríe de lo nos hemos acostumbrado a denominar cultura para mostrarnos que las verdaderas acciones que deberíamos englobar en dicho concepto nacen, crecen, fornican, se multiplican y mueren, como las cucarachas, en los bares, en las calles, en aposentos vacíos que hay que llenar con un fantasma para no sentirnos solos, para sentir que tiene sentido sentirse como ente aún vivo-.


¡Y tan vivo! 


Porque si algo habita y se retuerce entre las páginas de Aviones de fuego -estos genocidios de papel que juegan a los dados con la muerte- es la pura vida y el deseo inalienable para aquellos que no se pliegan a los dictados de la moda (sea esta textil, informativa, política, o de consignas correctas, qué más da) de seguir adelante apurando en cada copa o cada quinto la vida que amenaza desbaratarnos el entendimiento: ganas de beber, de pasear, de hablar, de follar, de enamorarse, de sufrir o de ser el lazarillo de un fantasma perdido en su pasado de gestas sexuales y guerrilleras, en sus guerrillas de sexo, en sus gestas de guerrear hipodérmicas y labios. Evadir los fantasmas del romanticismo invitando al fantasma de la realidad a entrar en tu vida (o viceversa). Favorecerle todas las comodidades posibles en tu propia casa… aunque sea la de una antigua amiga. Y pasear las calles de una ciudad en ruinas que, pasado el tiempo (poco), simboliza la ambición cateta que conduce a sus ciudadanos hacia el vórtice en que naufraga hoy, ahora, ya, la sociedad hispana en pleno: la mediocridad. 


Emilio Losada aborrece de naciones y consignas. Emilio Losada puede ser cualquier cosa, pero jamás será mediocre. Y, como él, su prosa: un portento de tensión y pulso que, pertrechado de las armas más infalibles del narrador que merece tal nombre, nos introduce en su mundo con una capacidad de seducción imposible de evitar, y nos lleva de la mano -o de la entrepierna- por los vericuetos de la noche y su envés a lomos de un lenguaje que fluye como lo deberían hacer los relojes si nos olvidásemos de su tictac: revitalizando el latido de la Literatura (sí, con mayúsculas, no hablamos aquí de superventas ni superhits ni superladrillos destinados a enladrillar los veranos de todo aquel lector de verano que invade las costas mediterráneas llegado el estío con el libro como armadura que impida a los circundantes reparar en las lorzas blanquecinas que porta su cuerpo), practicando una deliciosa respiración artificial rica en salvias y salivas a esa prosa que hoy languidece perdida en las redes sociales, las ansias de epatar de quienes acuden a cursos de escritura creativa como lo hacen las parejas en desuso a los de bailes de salón, y las directrices mercantiles que obligan a desarrollar una trama rica en asesinatos, intrigas, maldiciones góticas o giros imprevistos como si de un guion de teleserie se tratase (sí, ahora que tanto nos gustan a todos las teleseries, ahora que las películas ya no existen). Emilio Losada sabe desarrollar una historia, no queda duda ninguna a quien haya tenido el honor de leer sus obras. Pero Emilio Losada, me consta, ha leído y sufrido y gozado a Henry Miller y, por tanto, como él, presta idéntica atención a cómo cuenta esa historia que a la propia historia en sí. Ya lo dejo dicho Miller, más o menos así: la vida de cualquier persona, por gris que pueda parecer, resultará épica si se lleva al papel con la dignidad suficiente. Cualquier evento puede ser una obra literaria, siempre que un literato de verdad sea el encargado de narrarlo. Y Losada toma entre las manos y las piernas una coyunda de historias que tiemblo sólo de pensar en qué habrían quedado si cualquier juntaletras las hubiese encarado, para darles forma de orgasmo. 


Aviones de fuego habla de amores, heridas, muertos vivientes, vivos muy muertos, letras que duelen, adicciones que adolecen de adiós y beso, rock’n’roll mudo, bares que aúllan, migrantes sin patria, patrias sin ciudadanos y calles que los mapas ni siquiera intuyen. Aviones de fuego habla de una ciudad que puede ser todas: una Barcelona que estamos perdiendo (y no me refiero al esperpento político de los últimos tiempos) como estamos perdiendo todas las metrópolis que algún día significaron algo para sus habitantes. Aviones de fuego seduce con páginas que se han dejado seducir por los ecos de Fonollosa y Calders, de Juan Goytisolo y Gil de Biedma… también los de Lou Reed, claro! Aviones de fuego habla del amor que nunca muere porque jamás existió más allá de esa constelación de conexiones neuronales que, a los que escribimos –también a los que leemos-, nos resultan incomprensibles por ser demasiado científicas. 


Y es que la Literatura está más cerca de la ancestral pasión por la divinidad y lo sobrenatural que por los guarismos y las raíces cuadradas que quieren cuadrar nuestro existir. Por eso, decía al inicio, creo en dios, y se llama Henry Miller. Por eso y por su maleable relación de porcentajes entre el romanticismo y el realismo y por la gloriosa exacerbación de la lengua… ese órgano del amor que también lo es de la comunicación. También, por eso, quede claro, amo y admiro a Emilio Losada que, junto a muy pocos -Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Pepe Pereza, son otros-, a día de hoy, me confirma que Nietzsche estaba equivocado... no, Federico, amigo, dios no ha muerto… simplemente escribe como dios, oiga. 

(para saber más de esta genialidad de novela que es Aviones de fuego: lean... para saber más de este magnífico personaje que, a pesar de parecer de ficción, es real, ese tal Emilio Losada, les remito a esta magnífica entrevista que ya de por sí es Literatura... salud!)