sábado, 10 de octubre de 2026

del amor en tiempos de guerra


«Ahí detrás, en la última parte del festín, está el Emperador. 
¿Por qué no sales y lo estrangulas? 
Reconozco tu valor tanto como justifico tu belleza. 
¿Cómo no te precipitas y con tus mismos dientes le devoras el cuello?»
Federico García Lorca


¿Estás acampado aquí?, me pregunta una deliciosa joven de piercing en nariz ( ) y tatuajes excesivos recorriendo su sinuoso y, por mi parte, infravalorado cuerpo. No, sólo soy un mirón, respondo. A lo que ella, embrión dialéctico, me regala su cara de póker amañado. No mirón de tu cuerpo, ya no tengo nada que contemplar en avernos ajenos a mi propia temporada en el infierno. Y ya que de juego de manos que invento va el riesgo le muestro mi cámara de fotos, como máscara de pulpo aferrada por mis dedos. Dedos feos, de grosor imbatible y feroz plantándole cara a todos los pianos, sin la agilidad del pulpo pero pura pulpa en determinados momentos y le pregunto si querría posar para mí. Muerdo en hueso. Los pulpos no tienen diente y ella es pura carne.

- ¿De qué vas, tío?
- Perdona, sólo era un intento de apresar un rostro seguro de sí mismo, que con el mío tengo ya demasiado castigado al espejo.
- ¿Qué dices?
- Nada, que si puedo pasar y pasear y hacer fotos.
- Puedes pasar, pero ojo con lo de las fotos, que a la peña no le mola.
- Ojo, creo, todavía tengo. Y cautela, puedes estar tranquila.
- No, no, si yo estoy tranquila, lo digo por ti.
- En peores barros he chapoteado, tranqui, que además, aunque no lo creas, vengo aquí más por mí que por vosotras, que ya ves que no cumpliré otros 30 años como los que tú tienes y también vivo de alquiler y no tengo herencia que dejar a mi vástago.
- ¿Ves?, esto es una putada para todas, ¿ves?
- Veo que para todos, ya lo veo...

Lo veo y me adentro en esta especie de aparato digestivo social que es la acampada en la Puerta del Sol. Vivienda, dicen. Digna, a poder ser. Por vivienda digna claman y yo que no la tengo sólo pienso en recorrer los intestinos de esta úlcera social hasta sentirme expulsado a su exterior de helicobacter turístico y luces de color en que recomponer mis prendas gastadas en jugos gástricos de los que amanecerán mejillones que me piden que los mire mientras prestos a volar durante el tiempo en que decido si ya tengo demasiada ropa sucia como para preparar otra colada.

Paseo y silencio y me enredo y aliento y aroma de lumbre joven enredándose y el tajo y el fuego y regreso a casa deshecho y leo a Vallejo y me hablo y te respiro y te leo y hablo mientras enredas metacarpiana pulposidad en el teclado antes de acoger la danza de nieve en que se deshilacha mi nuca. Qué más da cuando tengo la fortuna de haber apresado tus deditos entre la tela de araña tejida por mis escasos y canos cabellos. Qué más da cuando te leo como en un haikú infinito y me dices que te gusta que te hablé así, que te traiga la voz de Vallejo, que no puedes hablar así con quienes te rodean porque no te entenderían. Pero te atreves a hablar conmigo, aunque escrito y a escondidas, sabiendo que yo me leo por dentro para poder comprenderte y a ti me entrego y te dedico un vómito, ya que vengo vomitado por las razas del hartazgo. Yo, me vierto y te canto

AVE, CAESAR

Cómo acontece el trotar

Caballito tictac espuélase 1,2...

Ayer fue el abrigo, pero
de tu ausencia me enfrió y me resfrío

y acantilo en la garganta
un brioso relincho
trinitario, trimultuoso tributo
que diento sin desearte dentada, yegua

¿Viste cómo crecía la hierba?

Toda verde que te quiero
mas en tus axilas
respiro musgo y lo crezco crecido,
cozido en el paladar a paladas
de pupilas populosas
de vulvosidades raquídeas

El fulgor de tu verbo
adentrando dedos en mi garganta
obscura cuando obstacula
catarro y labio que sabe encontrar
arriba y muy hondo
lo nocturno

¿Escuchaste aullar a la luna?

En la noche desrruido el silencio
y te desbrozo sílabas
ensalivadas de riesgo y diccionario
para embozarme tu nombre todo

cuando desaprendemos
jugándonos la vida en un abecedario

Cómo acontece el trotar

Caballito de riesgo y tictac 1,2...

Para cuándo el incendio, me pregunto mientras me entrego a los vaivenes de un delirio en que soñaré que no hay continentes sino contenido, que no hay mares que no se puedan cruzar sino caminos a transitar, que nunca mareas que no sepamos surcar, que no islas ni autopistas ni arrecifes, que las ciudades no existen y que tal vez sólo un pueblo por el que paseo mientras le das nombre con tus dedos como acentos. Las calles aún no arden porque el amor sigue siendo incierto. Yo, cada vez más lejos de la calle, no ofrezco más batalla que la del amor en que me incinero escribiéndote aquí por si al hablarte no entiendes mi letra.

jueves, 17 de septiembre de 2026

senderos de bodega

«Ens acompanya entre vinyes
insinuant nos el camí»

Una botella de vino cruza la ciudad de suburbio a extrarradio y viceversa. Una botella de vino nos soñó la garganta para anclarse a nuestros malos modales de poema tiemblalabio.

Septiembre acontece y todo viaje termina para los turistas de la nada. Pero viajar es siempre y yo cultivo caballos para deambular de nuevo su galopar libre de horarios. Lo sé, no soy yo quien procura la siembra, pero sí los recolecto aquí, bajo una harvest moon que alguien le plagió a Neil. Y es que caballos brotan cual musgo crepitante entre esquejes de cúrcuma que temían haber quedado definitivamente clausurados. ¿Acaso no presté atención a Leonard? What happens to the heart cuando entra la luz como bisturí que trota sonrisas dispuesto a ejercitar sus músculos forenses sobre un latido al borde de la bancarrota? 

Hace un lustro pensé que debería hacerme con un nuevo bonsái. El último languideció al albur del descuido cuando partí lejos, hasta otro continente. Otro hemisferio. Tal vez el derecho. Depende de cómo situemos el mapa. Magallanes nunca conoció Esparta. La cuestión es que no fue necesario un nuevo bonsái porque desde entonces recolecto caballos con idéntica calma. Y relaja. Y me invade la paz y me pregunto por qué cambian de color como buscando un oriente recién inventado. Las túnicas azafrán de los hare krishna cuando le plañían la guitarra a George Harrison. 

Qué es poesía, me pregunté. Tal vez un vino extirpado a la lírica. Tardé en comprender que ya había sido roturado por dedos labriegos en que navegaban fauces todas las bocas del universo. Y la vid. La vi verterse sólo por verte sonreír. ¿Has escuchado cantar a María Arnal? Nos emparejaba el sueño y veleros ebrios reivindicaban todos los acordes de mi corazón cuando acordonado en silencio intermitente en el centro del ring de tu aliento. Una fantasía dentro del sueño. Un sueño infectado de piel que exhala hondo descanso.

Como mordida la madrugada inguinalmente mordiéndome la vida. Vid de hemoglobina loca por sorprenderse cauces de proa cuando tronchada contra un acantilado de labios. ¿Y si recluimos la madrugada en una caja y esperamos que Alí Babá nos guíe hasta la cueva de que la rescató? Libretas apretadas de letras como cumplimentadas por Papasquiaro en delirante atravesar calles traviesas o nubes papel en mano. 

Y aunque no, aún danzas como bailarina esbozada por Toulouse-Lautrec cuando entregado a los delirios de la absenta. O como la ballerina a que Van Morrison acuciaba de fuego y garganta. Cauce en que se desangra el poema. Bowie rememorado y Elvis mal reinventado. Eso creo. Eso te digo cuando todo es fotograma de una nueva corriente cinematográfica que aún no ha invadido las pantallas. Mejor así. 

Y el corazón en un puño por cabellos acordonado. Un puño que se desviste en dactilografías cuando dedos sólo desean aprender el lenguaje de la caricia. Raíces como arterias y venas como raíces de esparto me ayudan a recordar que, a pesar de todo, aún sé caminar. Aunque dudo cuando el desfibrilador y el tictac notario de las deudas del pasado me recuerda su learning to fly para volver a pasar por sus entresijos esa cuerda sobra la que gozamos funambulando taquicardias benévolas y pasos que asimilan el engranaje enciclopédico del misterio.

Lluvia de a diez tus dedos. Si alguien desea colaborarme, vendo bolsas de maní por tan sólo un par de euros. Cantinela fúnebre de quienes, cuando regreso de un desastre de aeroplanos inciertos, se trabajan el subsuelo de esta gran urbe presta a devorarlos. ¿De dónde regreso? No importa. De a diez carnaval de hambre escupido por el cielo o tal vez de a diez tus dedos, como cosidos por titiritero con mirada de blues que equivocó el pigmento cuando me contempló asesinado por el cielo. 

Haikús arequipeños o haikús eternos. Palabras que lanzadas como improperios al cielo que nos protege cuando edredón de nubes nuestro aliento. Perdona que utilice el plural. Es puro juego. Juego como jugo del verbo cuando carne. Jugo de la palabra. Jolgorio de la dicción y onomásticas que no atendemos porque no sabemos qué hacer con el tiempo. Pura vida en amarre que ya quisieran barquitos de papel cuando asustados por el viento.

Vida en amarre. A la mexicana. A lo Sheppard y lo Iturbide coronando de camaleones testas de razas antiguas. O un envés en huida bien pertrechada de sonido que reinventa el desierto de Sonora con acústicas que honran su nombre. Espaldas de fantasma y ritmos que los vecinos desprecian mientras Nick sostiene entre sus dedos un cigarro pura plegaria. Pero nosotros. Qué importa cuando nosotros, cuando tan nos sin los otros.

¿Sabías que las redes neuronales se tejen como Aracne urdía las suyas o como saliva se expande en diseño de fiebre y locura? No importa si no lo sabías. Creo que me lo he inventado. Como todo me invento. Como realidad y aliento. Como verbo locturado en adraguismo alorcado cuando roturada la palabra en mies de labio y vilipendiada la realidad por mareas mareadas en espuma a flor de cardio.

Grama de siembra y hechuras de barco por dos veces ebrio. Rimbaud nos contempla de nuevo. E la nave va hasta donde la dejemos navegar. Firme y enhiesta, pirateando parches de ojera, ojeando ojeriza entre olas que saludan hola dando los buenos días de fiesta engalanados. Oh, capitán desde un puesto de mando en que ondean banderas que nadie remolonea. 

Se quiebra una tiza contra las pizarras de la infancia mientras todos los poros del reloj en carrerilla se someten a la dictadura de pupilas y papilas que, gustativas, exponen cual rana recién diseccionada el fuego que habitó su envés cuando incinerado en boca boqueando, asalmonada, los dominios de un lenguaje apenas balbuceo.

Como nada más tengo, te regalaré un haikú disfuncional y allá lo que haga con el sabor que restaña el verbo de que carezco. Verbo que no me llegó en otra lengua. Cuentas pendientes, que cantase aquel mientras deambulaba barrios perdidos una botella de vino.

viernes, 28 de agosto de 2026

recordari

Recordar que necesito escribir un poema. Un poema que no contenga hembra. Escribir un poema. Al menos algo que se le parezca. Escribir. 

Un poema escribir un poema sin sudor de hembra un poema. Bien sea acerca de pájaros, nubes, pisadas en la nieve o piedras, de hiedra fluorescente o filos que en sangre de su propia sangre se incineran. De sudor afilado, tal vez de hierba que susurra dolorida y asombrada ante el acto inesperado de sentirse crecer. 

Dicen las abuelas que ya no nos quedan que, cuando niños, los períodos de fiebre inexplicada son provocados por el crecimiento de nuestros huesos, el caudal de nuestro cuerpo anhelando aullar más alto, más hondo. La necesidad vital de separarnos de ese suelo que tan cercano cuando pequeños. Este que tan siniestro cuando contabilizados números en los calendarios. Pueda ser. Nunca llevaré la contraria a las abuelas. Pero ahora sólo pienso en escribir un poema. 

Escribir mal. Bien sea con las arterias ya de regreso a la madre tierra o con los brazos a modo de plumas que pierden el verbo volar cuando regresa la música para dar sentido a lo que nos queda de vida. Esa música trampa que mece la voz de Jim Morrison cuestionándonos acerca de lo que ocurre cuando, como vela soplada por la distancia, se apaga. Vuela, palabra. Vuela, poema. Y de nuevo se me escapa. Es lo que tiene la palabra. Ya casi la tienes, te funambula en la punta de la lengua. Casi ya la tienes pero. 

Hubo un tiempo en que quise aprender otro idioma. Aún hoy. Me sobra oído todavía. Pero me falta lengua y sólo deseo escribir un poema y atreverme a decir su nombre sin miedo a las enciclopedias. Poema enredado en un sueño a los oídos de nadie. O a los de alguien que escucha sólo para comprender qué cosa espesa y oscura es el café. 

A más pedir, ya que este es mi sueño, lograr que ese poema que escriba no contenga hembra y sólo de hambre se vierta caudal en las orillas de las miradas que no lo lean. Que exista el poema y pase inadvertido. 

Si es amor nunca será por la espalda. Si es puñal nunca será en vano. Si es poema nunca será nada. Pero poesía me resulta, ahora, soñada tanto que como océanos de tiempo o mares de distancia. Tan cercana, a pesar de todo, como oleajes de verbo en la cuna del sueño al que deseo caer sin reposo y en vértigo. 

Escribir un poema, deseo. Uno de apenas dos sílabas. Sé que existe. Uno de apenas dos sílabas que me crezca esmeralda como una pupila acompañada de gemela, un diente, un espejo, un manglar, un par de muslos o una jungla decidida a tatuarse en mi pecho. 

Un salón ajedrezado, un secreto al oído y una ventana que contempla la soledad inquieta de versos en que se mecen los siglos de silencio de un pueblo recién inventado. 

A palos, como a los perros, tendrán que separarnos, poema, aunque todavía no te haya logrado escribir. Aún no te he escrito y ya todos celebran la defunción de tu onomástica. Ojalá sepan leer la levedad que vierten los aromas cuando el cuerpo del que brotan está vivo a pesar de enterrado.

 Porque tú ya me has escrito.

¡Carguen!

¡Apunten!

Hieeelooooo




sábado, 22 de agosto de 2026

bijá desde lejos

«... esta mayoría inválida de hombre».
César Vallejo

Latido entre estos dedos con que defenestro el verbo desde hace ya cuánto. Sísifo sanguíneo de mi riego. Intrépido, a lo Kipling. ¡Oh, capitán! Cenefa que regalé a los flecos del deseo. Ungido por el magma del uni-verso. Te desbocas buscándole cauce a mis versos gitanos de romancero. Gravedad, telequinesis, dictadura de la edad. Breve negación del tiempo. Amalgama de caverna platónica y corpuscular. Hallaste la gruta en que ausentarte de la realidad. Dentro, esparciste todo tu pánico de músculos fáciles y locomociones a destiempo. Descorchaste el fuego y todo fueron figuras rupestres de cazadores buscando Amor. Salmón contra el minutero. Morirías anclado a bulbo de volcán mientras sonríes bivalvo. Frotaste la vulva de la realidad como Aladino al final de un acertijo. Corazón, te desangraste implorando una nueva transfusión. Quedaste definitivamente parado cuando ya esculpida la pulpa de Carrara frente al Misterio. Desamarra, que quiero verte caer como los peces muertos.

Mi sexo.

© Robert Mapplethorpe


sábado, 15 de agosto de 2026

Turner revisited

«Yo soy sólo mi perfil.
Cuando la nieve cae, de mi rostro
nada se ve.
(Variante)
Yo soy sólo mi perfil.
Cuando la nieva cae de mi rostro
nada se ve».
Leopoldo María Panero

He sobrevivido a los naufragios de la saliva, a la cólera indolente del corcel sin dueño, a la duda inexorable del día a día, al hambre alumno que torna profesor para enseñarte cómo alimentarlo para que no desfallezca, al cuchillo de los días de muslo y fiebre, a la voracidad de las noches sin luna y a los amaneceres con disfraz de presidiario. 

He sobrevivido a la danza ignorada del cosmos y en ella he buscado refugio, en más de una ocasión: en el pestañeo de una sílfide con forma de luciérnaga, en el borboteo casi regadío de las noches de lluvia, en las pertinaces exequias de los luceros hastiados de albas que no los reivindican.  

Pero me faltan fuerzas para agarrarme al madero de este naufragio que me dibujas, cada día, reptil de sonrisa, alacrán de caricia, pestañeo de amanecer que se repite sin ti y por eso se desenreda en hilo de sangre que ni Ariadna desearía.

He sobrevivido a los tumultos del horario ceñido, a los vendavales de estanques huérfanos de pato, a los sortilegios brutales de patas de conejo extirpadas para condonar todas las deudas, a los festivales de la paciencia, los velatorios de la fraternidad y los límites exorbitados de la consciencia, la furia aplacada, pero siempre plena. 

He sobrevivido a los días pasados, a su álbum de familia, al desayuno de neuronas en que se deshilacha la memoria, a la noria de los días color frambuesa y a los amaneceres que juegan astros contra las paredes del Albaicín para hacerle coro a los pasos que no saben dónde ni por qué terminan.

Pero me falta energía para golpear la lápida, para brotar de entre la tierra las garras de mi voz cada mañana congregando la sonrisa mientras contemplo tus dedos jugando sobre un papel que ignora el negro cuando todo naufragio viene henchido en color de viento.

© Munay


lunes, 27 de julio de 2026

vailima en el fondo del espejo

De la pérdida no quiero saber nada, a pesar de ser lo único que tengo. También tengo una esfera de cristal modo bruja adivinatoria de escombros venideros a la que me asomo en las noches de humo excesivo con lubricidad de incendio. En ocasiones también en las mañanas, para descubrir sobre su superficie trucada en dos dimensiones aquellas noches en que deforme y estas otras en que pedazos rotos. 

Me agrada mirarme desenraizado contra la longitud nacionalizada de los espejos. Sí, las raíces tienen esa cualidad para amarrarse a la tierra e incluso la mar, que así rizoidean, danzando, las algas en busca de alimento. Y hoy yo aquí frente al espejo me derramo en raíces con maneras de metacarpiano presto a dictarle arterias a mi verbo atropellado.

Y hoy yo aquí sin atreverme a mirar cómo la sangre me palpita voraz entre los muslos mientras Lorca tirita de frío. Déjame cubrirte. Permíteme regalarte mi calor. Es lo único que tengo. Eso, la pérdida y la cartografía de un aliento. Mi fascinación por los mapas, será. Mi seguir recorriendo latitudes que sé ya no existen y es motivo, me engaño, para no salir ya nunca de mis propios extrarradios. Upolu fue un invento de Tusitala.

Luego, ahí afuera, están y me esperan los tiempos modernos. Me río de Chaplin pero no con Chaplin. Nunca me gustó su bigotito de arlequín recién inventado ni su mísera poética del drama que encoge los corazones no habituados al espanto. De él prefiero y sólo rescato la magna vejez de su hija. Bendita sonrisa. Mirada desbrozada por las modernidades de un siglo ya pasado. 

Salgo al exterior después de haber apedreado el espejo masturbando un recuerdo de imágenes en que se soñó forjada su sonrisa de vidrio falso. Y el exterior se inicia en el inframundo del Metro. Y supuestamente es moderno todo lo que en su intestino de herrumbre contemplo. Supuestamente, digo, porque aunque siga apareciendo en las listas elitistas que nos dictan para indicarnos quienes son los grandes de la poesía, nadie comprendió a Rimbaud cuando se tatuó en el epigastrio, antes de vomitarlo, aquello de que hay que ser absolutamente moderno. 

Hay que llevar el poema hasta su último extremo. Pero nadie comprendió que el poema, recién nacido de la carne, vuelve a sus adentros para mejor seguir creciendo hasta escuchar el canto tribal de una antropofagia que repudia el autoconsumo en que hoy se consume el falso hombre moderno. Waris' brasileros devorando el duelo a dentelladas y Lévi-Strauss recordándonos que todos somos caníbales. Hoy dictamos con vulgaridad una modernidad carente de poesía. Nadie comprendió a Rimbaud. Ni siquiera quienes lo leyeron. Ni siquiera yo mientras asomado al espejo.

Y así deambulamos esto que dimos en llamar vida moderna. Exhibiendo nuestras falsas cicatrices tiznadas de purpurina. Ni siquiera mercromina. Así caminamos carentes de estilo y exiliados de latido, retorcidos en nuestra propia burbuja de vacuidad compartida. Si ni siquiera sabemos caminar. Si para al menos intentarlo necesitamos ejemplos arcaicos porque no sabemos mirar alrededor. O porque cuando lo hacemos sólo hallamos vulgaridad. Ya no tenemos capacidad de imaginar cómo caminaba Aglaya. Era griega y era inventada, nos dirán. Nos decimos.

Somos un albañal de experiencias frágiles forcejeando contra el olvido. Donde habite el olvido, cantaba el poeta, donde yo sólo sea. Dime tú si conoces dicho lugar. Dime siquiera si en alguna ocasión has hecho el más mínimo esfuerzo por encontrarlo. Ahora está en todas partes. Por eso te cuesta habitarlo. Ciegos como gusanos nos desgañitamos para hacernos ver, que nos vean, que nos escuchen pero ni nos lleguen a oler siquiera. Los perros saben del olfato, incluso bajo la lluvia. Perros mojados y tanto perro obedeciendo la voz de su amo. 

Hay que ser absolutamente moderno. Por eso, de la pérdida no quiero saber nada. Por eso es lo único que tengo y aún me asomo sin pudor a los espejos para regresar a Vailima.

«Untitled», Vivian Maier en 1955



miércoles, 22 de julio de 2026

daruma incompleto

«Abro los ojos en lo oscuro: solo
yazgo, desterrado en la noche».
José Manuel Caballero Bonald

Pareja de baile a que los años pierden el ritmo. Miseria y pureza las habéis barrido, como Scorsese en travelling alocado. Se rev/belan fieros, en el cuarto oscuro de vuestro envés, los fotogramas de la Belleza. Aún digerís la decadencia. Confundís las distancias. Sorprendéis pinturas de guerra cercando vuestra posición cuando el nuevo día muerde espejos. Heredasteis una lágrima que distorsiona el concepto cristiano de esperanza. Pero mantenéis la fe porque habéis contemplado el perfil más benévolo de un dios. Sois el guardián del lomo en descanso de mi hijo. Recorristeis horizontes violentando fronteras. Siempre cambiando el cristal por ver si los fantasmas con forma de letra lucen mejor. Ya no combáis pestañas. Pareja de cartas trucadas, perdéis la partida, cada día, en una nueva página. La recorréis una y otra vez para ejercitar una memoria en proceso de demolición. Sois el acordeón de lo vivido. Aprendices de pintor cinquecento. No alzáis el pincel porque sólo vosotras sabéis que Venus sigue naciendo.

Mis pupilas.

Fotograma de Un perro andaluz, de Luis Buñuel


domingo, 12 de julio de 2026

jivha primigenia

«Maciza lentitud, lentitud martillada»
René Char

Ajedrez de diccionarios. Burla de la ausencia. Trampolín de salivas tetrapléjicas. Paralímpico reptil de su sabor. Cénit de su nadir. Refugio del calor cúrcuma. Estilete que no hiere. Guarida del verbo antes y después de hacerse carne. Ícaro consciente de que el sol no parió la vida. Exploradora de lo críptico. Tartamudeaste por ver si así se espumaba el deseo y regresaste a casa esperando el alimento. Culmen del desenfreno. Salada cuando la mar. Dulce del beso madrugador. Amargo del recuerdo. Umami cuando en ella me deleito. Grasa en el exceso. Picante en Corea y ácida cuando intentas nombrar su caminar indolente. Demasiado torpe para seguir a la presa, tuviste miedo y fuiste cazada. Flecha que siempre apunta al séptimo cielo. Aprendiste todos los silencios. Enloqueciste locuaz en verbena de noria ensalivada. Cenobita del verbo. Adhesivo de su aliento. Te adelantas al pensamiento. Lo equivocas. Lamiste mostaza y todo cambió. Conoces el sabor del milagro y nadie puede robártelo.

Mi lengua.


La lengua del rock'n'roll... The Rolling Stones

miércoles, 1 de julio de 2026

nadis desorientados

«Gracias aroma azul, fogata encelo».
Oliverio Girondo

Reloj de aroma retrasado hasta mañana. Zahorí del sándalo. Velcro del humo de hachís. Opio de la memoria. Sabueso del ayer. Quiso aprender las matemáticas del tajo. Dignidad ebria del payaso que hace reír. División de mi sonrisa en dos mitades griegas de esta vida puro teatro. Sepulcro de las noches hechas de canciones tristes. Acobarda a la corteza prefrontal cuando comprende que todo huele mal. Se internó en una jungla dispuesta a extirparle el perfume a la vida. Aprendió a esconderse tras una mascarilla. Hogar de los cambios de temperatura. Abismo que tantean mis dioptrías. Ictus de Süskind cuando separando pétalos para embriagarse. Siguió rastros de orines hembra. Alzó lycras íntimas queriéndose apéndice. Alcanzó el cénit al iluminar la cueva con el perfil lirio y vendaval del universo. Se soñó rota por Muhammad Ali. Durmió el knockout de una primavera digerida sin horas y a destiempo. Aún se sorprende al pasear un parque, capaz de desvestirle todos los disfraces a la floresta.

Mi nariz.

detalle del «David» de Miguel Ángel

sábado, 20 de junio de 2026

dibba-sota sin oriente

«Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo
rompió tu corazón manso y tierno...».
Arthur Rimbaud

Sarcófago en que sollozan las carcajadas. Columbario de otras lenguas. Hogar de lo inhabitable. Espejo deformante del alarido. Callejón de gatos que maúllan atlánticos. Caracolas cantábricas. Caracoles sin hueso. Hormigueo de los sueños. Coctelera de sílabas que sisean, músicas que serpentean. Obviedad decadente de la edad. Redil de párrafos sin escribir. Auriga crepitante del aullido en que la piel enmudece. Hogar del poema. Berbiquí que taladra presto a inocular terciopelo azul en mi cerebro. Sala acolchada del ruido. Babel de sinsentidos. Pabellón psiquiátrico del latido. Guarida de lenguas que, sin decir nada, expresan el todo. Suburbio de ronquidos que desorientan las baldosas. Maelström que devora el taconeo de unos párpados forjados en incendio. Refugio antiaéreo cuando libélulas cambian de sexo para acudir al carnaval con disfraz de helicóptero. Sonajero de fantasías. Estrofa final del abecedario. Sordera de lo prescindible. Caverna en que el verbo juega a ser Platón. Cerebro platónico del sexo.

Mis oídos.

Instante en que David Lynch decidió ampliar el campo de batalla