Mis pupilas.
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| Fotograma de Un perro andaluz, de Luis Buñuel |
Mis pupilas.
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| Fotograma de Un perro andaluz, de Luis Buñuel |
Ajedrez de diccionarios. Burla de la ausencia. Trampolín de salivas tetrapléjicas. Paralímpico reptil de su sabor. Cénit de su nadir. Refugio del calor cúrcuma. Estilete que no hiere. Guarida del verbo antes y después de hacerse carne. Ícaro consciente de que el sol no parió la vida. Exploradora de lo críptico. Tartamudeaste por ver si así se espumaba el deseo y regresaste a casa esperando el alimento. Culmen del desenfreno. Salada cuando la mar. Dulce del beso madrugador. Amargo del recuerdo. Umami cuando en ella me deleito. Grasa en el exceso. Picante en Corea y ácida cuando intentas nombrar su caminar indolente. Demasiado torpe para seguir a la presa, tuviste miedo y fuiste cazada. Flecha que siempre apunta al séptimo cielo. Aprendiste todos los silencios. Enloqueciste locuaz en verbena de noria ensalivada. Cenobita del verbo. Adhesivo de su aliento. Te adelantas al pensamiento. Lo equivocas. Lamiste mostaza y todo cambió. Conoces el sabor del milagro y nadie puede robártelo.
Mi lengua.
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| La lengua del rock'n'roll... The Rolling Stones |
Reloj de aroma retrasado hasta mañana. Zahorí del sándalo. Velcro del humo de hachís. Opio de la memoria. Sabueso del ayer. Quiso aprender las matemáticas del tajo. Dignidad ebria del payaso que hace reír. División de mi sonrisa en dos mitades griegas de esta vida puro teatro. Sepulcro de las noches hechas de canciones tristes. Acobarda a la corteza prefrontal cuando comprende que todo huele mal. Se internó en una jungla dispuesta a extirparle el perfume a la vida. Aprendió a esconderse tras una mascarilla. Hogar de los cambios de temperatura. Abismo que tantean mis dioptrías. Ictus de Süskind cuando separando pétalos para embriagarse. Siguió rastros de orines hembra. Alzó lycras íntimas queriéndose apéndice. Alcanzó el cénit al iluminar la cueva con el perfil lirio y vendaval del universo. Se soñó rota por Muhammad Ali. Durmió el knockout de una primavera digerida sin horas y a destiempo. Aún se sorprende al pasear un parque, capaz de desvestirle todos los disfraces a la floresta.
Mi nariz.
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| detalle del «David» de Miguel Ángel |
Sarcófago en que sollozan las carcajadas. Columbario de otras lenguas. Hogar de lo inhabitable. Espejo deformante del alarido. Callejón de gatos que maúllan atlánticos. Caracolas cantábricas. Caracoles sin hueso. Hormigueo de los sueños. Coctelera de sílabas que sisean, músicas que serpentean. Obviedad decadente de la edad. Redil de párrafos sin escribir. Auriga crepitante del aullido en que la piel enmudece. Hogar del poema. Berbiquí que taladra presto a inocular terciopelo azul en mi cerebro. Sala acolchada del ruido. Babel de sinsentidos. Pabellón psiquiátrico del latido. Guarida de lenguas que, sin decir nada, expresan el todo. Suburbio de ronquidos que desorientan las baldosas. Maelström que devora el taconeo de unos párpados forjados en incendio. Refugio antiaéreo cuando libélulas cambian de sexo para acudir al carnaval con disfraz de helicóptero. Sonajero de fantasías. Estrofa final del abecedario. Sordera de lo prescindible. Caverna en que el verbo juega a ser Platón. Cerebro platónico del sexo.
Mis oídos.
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| Instante en que David Lynch decidió ampliar el campo de batalla |
a Gazzano
se cometen fechorías, por la noche y a plena luz del día, qué luz, me pregunto cuando todo es yermo de fulgor y el único brillo que me sonríe es el de una navaja muda de dentadura, quizás para abrirse una lata de mejillones en conserva recién extirpada del Mercadona más cercano, bien hecho, me digo, le digo al mendigo al que no quiero llamar sin hogar ni ninguna de esas otras majaderías con que quienes pueden vivir cada día despreocupados de facturas y aledaños pretenden engolar sus discursos a pie de barra, o al calor reflectante de un televisor mientras surfean la marea del turismo low cost sin dejar de alimentarla y pensando únicamente en lo más positivo para su bolsillo de las consecuencias, a pesar de que estas sean, siempre, inevitables
sé que se cometen fechorías y, desde mi pequeñez sé que tipos vestidos con trajes dos tallas por debajo de su propia bajeza se pasean por galeras restallando el látigo contra la espalda negra del esclavo, y tipas mal confeccionadas se disfrazan de alta confección para acudir a la oficina habiéndose previamente masajeado las rodillas, porque sí, en esto también soy políticamente incorrecto, política y corrección son antónimos y trabajo esclavitud y ya quisiéramos trabajar trabajándonos el alma día a día, desperdiciando desayunos copiosos entre los dientes y descorchando botellas y sonrisas sea cual sea el alcohol o zumo que aquellas puedan contener, pero sin continencia beber de ellas, beber y comer: comed y bebed todos de él, porque este es mi cuerpo huérfano de labios y dientes
luz del atardecer, se cometen latrocinios y felonías, se dispensan burritos y un burrito cargado de la plata que olvidó Juan Ramón deambula aeropuertos sorteando miradas como sortean sierras sin escarpadura los que soñándose idéntico futuro quedaron allá lejos, en el pueblo, en esa villa de la que nunca se escapa por más que se quiera uno imaginar adentrándose en un nuevo mundo de billetes como oleajes trasegados hasta llegar allá donde nadie te quiere y la vida muere entre conservas que con uñas de años venideros rebaña un mendigo mientras otra vedette se sueña danzando al son de los chasquidos millonarios y el pelotón de fusilamiento sólo apunta al tipo que no se vistió de negro pero cuya piel no conoció otro color
qué agrio, qué dolor, qué sinsentido todo esto y más cada vez que pienso lo que ya sé, que después de escribir utilizaré mis dedos para soñarte la garganta cuando le arrancaba notas musicales a mi desafinar preparando el primer bocado con que los días despertaban, qué mal está todo, podría imaginar mis garras arrancando la glotis al potentado, pero ya ves, a pesar de la pena que me da tanta pobreza, tanta injusticia, ahora sólo pienso en la última calada y en cómo, a pesar de las estrecheces que imponen soledad y ausencia, me acogerá con caricia de sudor de ayer esta cama a la que le sobran decencia y geometría de sábanas, a la que le faltan vicio y latido y premonición de tormentas en el primer café de la mañana, removido hasta el infinito por una cucharilla que sabe no la contemplas
se comenten fechorías y alguien roba fotos y también frases esparcidas entre tanto amor cuando se comunica, porque eso también es Poesía y ahora sólo pienso que debo dejar de pasear por el barrio y reprimir mi yo más panfletario
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| Cuello de Lee Miller, fotografiado por Man Ray antes de que pronunciase el daño en la bañera de un búnker |
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| Porcia hiriéndose en el muslo, de Elisabetta Sirani (detalle) |
Tú que me sostienes, que me hiciste, y aún, tambalear. Que ensayaste aprenderme a caminar. Dedo gordo o pequeño. Derecho o izquierdo. Duda irresoluble o desacierto. Sobre mis hombros cualquier peso si aún me sostienes. Sin ti no me sé levantar. La cama fulge negro y le juegas ajedreces al despertar. Uno y luego otro, hermanos que gemelos cuando arrullando en el vacío un salto anfibio e infinito como el universo. Me conducen hasta el cuarto de baño y me desean arrodillado. Después hasta la cocina soñando a fuego lento la memoria. Lo único que poseo. Pespuntes del deambular sin gloria. Azulada su raigambre de tanto correr extraño. Filigranando el abismo y desordenando la arena de una playa que muerde mi desnudo comenzando por ellos. Aprenderme el camino es lo que pretenden ya que son dos incluso cuando juntos. Becarios en pasillos aeroportuarios. Vigilantes en salas de museo que exhiben mitología de animales reacios al turismo y sus muestrarios. Desaprendieron el paso para desordenarme el rumbo.
Mis pies.
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| Los pies de Dalí apoyados en el vacío del cielo ampurdanés (detalle) |
Costura reversible de una calavera. Bandera pirata de la plena sonrisa. Máscara de puerco que recién ha hozado el barro limpio del milagro. En él ha hecho nido el crujir hélices de libélulas metálicas. Mariposas lo han rondado por trazarle pestañas a sus miradas de brisa, gaviota y jauría. Escarabajos han apelmazado lágrimas mejillas abajo. Pintura mapache del amanecer. Cuando la lumbre se despista. Tapiz de pupilas en que plantó rodillas el barro. Broma que ruboriza a los espejos. Reducto otoñal de mis cabellos. Cuando el labio todo sur de tan contrariado. Ha sido cautiverio de no pocas manos. Mechones de arena le han renombrado en calma los párpados. Noches que en jugo lo han embalsamado. Reptil sorprendido bajo luz de verbena. Ventisquero de los años. Expresión indecorosa del puñal que escarba el vientre en autopsia bella y trémula. Engranaje de gozos y daños. Músculo extirpado a un muslo para disfrazarlo de mandíbula. No aprendió a aparentar y quedó contra el espejo como pan desmigajado.
Mi rostro.
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| José Hierro por Alberto Schommer, cortesía de la red |
Han visto aflorar entre sus líneas la voluble partitura del universo. Han desgarrado carne y han sido lamidas por algunos animales. Han despreciado los números y sus cuentas han logrado ser innumerables. Han buscado anzuelos en que clavarse sólo por ver si la tregua. Han acariciado sangre y me han tiznado de pulpa los labios. Han perdido una palabra en la punta de la lengua. Se han cuestionado su propia existencia mientras sepultadas en vientre. Me han tapado los ojos para que no escuchase el miedo. Laringe múltiple en que se expresan mis arterias. Se han soñado arte ensuciando el lienzo de lo ingobernable. Incapaces de sostener un arco pero hábiles esquivando flechas. Han tecleado suicidándose una y mil veces. Tal vez por eso se sienten invencibles cuando inútiles, como asimilando artritis, artrosis u orfandad de tacto/abecedario. Con sus terminaciones como anémonas nacidas de los mares que nos bañaron. No aprendieron a caminar y llegaron tarde a todos los cumpleaños.
Mis manos.
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| Francisco Umbral por Alberto Schommer, cortesía de la red |