Se me acumula la vida. Se me acumula tanto que no sé qué hacer con ello. Sé que sería fácil darle cauce. Sólo un tajo en la ingle y brotaría plena de amaneceres repetidos y cantos no por ya rodados peor cantados.
Se me acumulan las caricias que aún no, y todos los terrenos que no dimos por conquistados. Se me acumulan vocablos que fermentan en mi vello con maneras de verbo recién inventado. Y bajo el forraje escueto de mi vientre: raigambre de guerrero y semilla de ariete. Las batallas y los podencos acariciando entre sus mandíbulas la musical dictadura del amo. La normativa siempre aceptada del dueño. Reorganización de tropas: generosas en su ofrenda de sangre mientras caminan debilitándose con puños de fierro impostado el pecho. Sin alimento más allá del polvo hecho sendero que desordenarán con sus huesos. Como espráis de arte urbano cuando aún se sabía siniestro. O izquierdo. Que de la diestra ya sabemos. Pero con la derecha recompongo cada noche el engranaje en que esculpen perfecta contienda músculos y aliento.
Toda esta vida que me anida como feto.
Por cierto, aunque nada que ver conmigo en lo estético, justo por eso: qué hermoso es el feto de un elefante. Mi similitud tiene más que ver con los senderos y los días por delante. Aníbal y sus paquidermos, de los que únicamente uno pisó Imperio. Los guerreros que la historia dejó a la izquierda o el que entre las páginas de nuestra memoria continúa caminando bien derecho. El extrarradio o el centro. Elefantes africanos como cuando fetos iguales a la tanta vida que se me acumula dentro, en un punto indeterminado entre el labio inferior y el intestino grueso. Elefantes africanos, con una uña menos en cada una de sus patas delanteras que sus hermanos asiáticos: Ganesha, qué fina estampa para iluminar cada inicio de camino nuevo. Una uña más en cada una de las traseras, danzando tamboril, los africanos. Océanos de por medio. Cuestiones del tiempo y el recorrido, procederes de la estirpe y la geografía. Y no por eso menos infecta cuando aún feto de elefante toda esta vida, decía, que se me acumula dentro, en un punto indeterminado entre el labio inferior y el intestino grueso. El otro labio, ese que vive en las nubes cuando no colma temblores, arrullos, sueños hondos o palabras que se dicen en cine mudo, ya sé mordérmelo mientras extraño los días festivos del trabajador espartano como paquidermo recién domado.
Los días regalados que el asalariado festeja atrincherado en la costumbre y la seguridad de lo cierto, bien sea sueldo o temperatura de hogar. Yo usaría cada uno de ellos como Aníbal, henchido de temores pero dispuesto a ensanchar, sin alharacas, las sonrisas y los nervios. Yo acariciaría cada uno de ellos como elefante recién nacido en tropiezo. El caso es que ni jornadas festivas tengo. Porque no hay salario que gastar ni respiración que celebrar y sólo aprieto los puños para comprobar cómo se me desangra un océano entre los dedos. Sal e improperio, cicatriz descosida con una radial. La mar, allá tan lejos para mí, hombre de tierra adentro, muñón de elefante, siempre supuso una suerte de cartomancia. Voltea la carta que traes bajo tu manga de espuma y redundancia. Si se la lleva la resaca espero me repitas la oportunidad de otra jugada, señora de las multitudes: acuática Ganesha.
Porque se me acumula la vida. Se me acumula tanto que no sé qué hacer con ello si no lo regalo, bien sea en tanto galopar palabras que, como las vidas, se quieren soñar pájaro sabiendo que darán en gusano.








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