«Me moriré escribiendo páginas ilegibles,
porque el muerto me crece, como un amigo triste,
y revuelve mis cosas sin interés ni gana».
Francisco Umbral
Bajo mi piel repta la de un condenado a muerte. Como todos, dirán. Y no les falta razón. Pero el que caracolea los avernos de mi dermis desconoce si la condena es a horca, guillotina, garrote vil o muerte natural. Como todos, insistirán. Y harán bien, porque hay cuestiones que nadie debería olvidar. Aunque cualquiera que me lea descartará ejemplos de tortura previa, de las que hasta hace pocos ayeres no se consideraban medievales. Mi condenado a muerte ha aprendido a barajar, entre sus manos de hueso tahúr y trasnochado, todas las posibilidades. Porque ha fallecido ya en varias ocasiones, ejecutado, y le resta aún esa querencia, tan de vivo, por las sorpresas. Recuerda, de tanto en tanto, crucifixiones que le hicieron soñarse hijo del hombre que se quiso dios. Ausente, pero dios, con sus aperos de demiurgo abandonados en el desagüe de todos los domingos. Delirios de grandeza de quien nunca la tuvo y si la tuvo la perdió como grafiti grotesco contra cualquier paredón.
Mi condenado a muerte se siente tan cómodo en sí mismo que me enseña, asomado al espejo del afeitado peligroso, su cuello desbrozado por sogas de marinero que perdió la mar, su nuez cascada como entre las manos de un titán, su poco cabello danzando como nieve recién quemada y ofrendada a una testa inútil que, inútilmente, imita aflicciones dignas de santoral mientras se contempla en el barbecho de mis pupilas para saberse ya muerto, una vez más.
He decidido invitarle una caña, a mi condenado tantas veces ejecutado. Reiremos brindis mientras la cerveza le abre acequias a nuestros labios. Desde pequeño me enseñaron que siempre hay motivo para celebrar. Quizás, cuando nos hayamos fumado un petardo, le invite a bailar. Sé que él nunca me perderá el paso.
Silba el viento y ruge su aliento de futuro colonial entre mis párpados mientras mi condenado me dice que no son ojeras sino ojos acostumbrados a mirar cómo desde el cielo caen ranas en aguacero que rompe contra las aceras con vocación de alcantarilla. Nos besamos y sonreímos y nos ofrecemos un cigarro sin dejar de preguntarnos si ese es, realmente, nuestro último deseo. Nos sabemos tan mentirosos como carne de presidio y nos respondemos que no, mientras inauguramos un nuevo baile.
Miento, lo comprendo, porque sólo espero que no me abandone aún. Él también es pura farsa. Por eso ríe al pedirme, con escasa convicción, que no pierda la cabeza.