lunes, 20 de abril de 2026

samsara pedestre

«Nuestra esencia es como una sombra bajo el sol del mediodía:
no importa cuánto corras, siempre estará bajo tus pies».
Salvador Dalí

Tú que me sostienes, que me hiciste, y aún, tambalear. Que ensayaste aprenderme a caminar. Dedo gordo o pequeño. Derecho o izquierdo. Duda irresoluble o desacierto. Sobre mis hombros cualquier peso si aún me sostienes. Sin ti no me sé levantar. La cama fulge negro y le juegas ajedreces al despertar. Uno y luego otro, hermanos que gemelos cuando arrullando en el vacío un salto anfibio e infinito como el universo. Me conducen hasta el cuarto de baño y me desean arrodillado. Después hasta la cocina soñando a fuego lento la memoria. Lo único que poseo. Pespuntes del deambular sin gloria. Azulada su raigambre de tanto correr extraño. Filigranando el abismo y desordenando la arena de una playa que muerde mi desnudo comenzando por ellos. Aprenderme el camino es lo que pretenden ya que son dos incluso cuando juntos. Becarios en pasillos aeroportuarios. Vigilantes en salas de museo que exhiben mitología de animales reacios al turismo y sus muestrarios. Desaprendieron el paso para desordenarme el rumbo.

Mis pies.

Los pies de Dalí apoyados en el vacío del cielo ampurdanés (detalle)

martes, 14 de abril de 2026

pranayama gestual

«Se trata ahora de un hueco donde ocurrió el prodigio...».
José Hierro

Costura reversible de una calavera. Bandera pirata de la plena sonrisa. Máscara de puerco que recién ha hozado el barro limpio del milagro. En él ha hecho nido el crujir hélices de libélulas metálicas. Mariposas lo han rondado por trazarle pestañas a sus miradas de brisa, gaviota y jauría. Escarabajos han apelmazado lágrimas mejillas abajo. Pintura mapache del amanecer. Cuando la lumbre se despista. Tapiz de pupilas en que plantó rodillas el barro. Broma que ruboriza a los espejos. Reducto otoñal de mis cabellos. Cuando el labio todo sur de tan contrariado. Ha sido cautiverio de no pocas manos. Mechones de arena le han renombrado en calma los párpados. Noches que en jugo lo han embalsamado. Reptil sorprendido bajo luz de verbena. Ventisquero de los años. Expresión indecorosa del puñal que escarba el vientre en autopsia bella y trémula. Engranaje de gozos y daños. Músculo extirpado a un muslo para disfrazarlo de mandíbula. No aprendió a aparentar y quedó contra el espejo como pan desmigajado. 

Mi rostro.

José Hierro por Alberto Schommer, cortesía de la red


domingo, 12 de abril de 2026

mudras occidentales

«... esa estrella doble en que terminamos».
Francisco Umbral

Han visto aflorar entre sus líneas la voluble partitura del universo. Han desgarrado carne y han sido lamidas por algunos animales. Han despreciado los números y sus cuentas han logrado ser innumerables. Han buscado anzuelos en que clavarse sólo por ver si la tregua. Han acariciado sangre y me han tiznado de pulpa los labios. Han perdido una palabra en la punta de la lengua. Se han cuestionado su propia existencia mientras sepultadas en vientre. Me han tapado los ojos para que no escuchase el miedo. Laringe múltiple en que se expresan mis arterias. Se han soñado arte ensuciando el lienzo de lo ingobernable. Incapaces de sostener un arco pero hábiles esquivando flechas. Han tecleado suicidándose una y mil veces. Tal vez por eso se sienten invencibles cuando inútiles, como asimilando artritis, artrosis u orfandad de tacto/abecedario. Con sus terminaciones como anémonas nacidas de los mares que nos bañaron. No aprendieron a caminar y llegaron tarde a todos los cumpleaños. 

Mis manos.

Francisco Umbral por Alberto Schommer, cortesía de la red

martes, 24 de marzo de 2026

jilguero de perfil contra la suerte

«El lenguaje es una piel: yo froto mi lengua contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo».
Roland Barthes

coreografían cuerdas vocales lontananzas, anaqueles de un pañuelo rimando las formas de ese viento murmurado hacia adentro en el hueco que deja la luz cuando palabra

no por mentir la carcoma fulge menos nítido el tronar de las noches memoria, las respiraciones hondas, los límites de la piel, el mordisco en la clavícula y el masticar lo siempre fresco


tal cual humedad de verbo dictado al albur del mágico desvelo, inmenso en lo cierto de la respiración detenida cuando el penúltimo intervalo de lo siempre doble o nunca nada 


pero atesoro días como milagros: aleluyamente, me sonríe y casi grita Munay, ¡acabo de inventarlo!, después de disfuncionarle con mi voz toda suya un navajazo de Vallejo


fueron versos, pero perdí el ritmo porque acabas de reinventar falanges que, occipitales, amansan el recuerdo de un perfil anfibio adumbrando contra las paredes antónimos de escapada


qué buscas papá un libro un lenguaje no sé tal vez agua olvidaste rellenar la botella tal vez noche tal vez caricia tal vez voz o un trago de aliento ya voy a lo hondo no temas ya duermo




lunes, 2 de marzo de 2026

ecografía volátil del verbo

Se me acumula la vida. Se me acumula tanto que no sé qué hacer con ello. Sé que sería fácil darle cauce. Sólo un tajo en la ingle y brotaría pleno de amaneceres repetidos y cantos no por ya rodados peor cantados. 

Se me acumulan las caricias que aún no, y todos los terrenos que no dimos por conquistados. Se me acumulan vocablos que fermentan en mi vello con maneras de verbo recién inventado. Y bajo el forraje escueto de mi vientre: raigambre de guerrero y semilla de ariete. Las batallas y los podencos acariciando entre sus mandíbulas la musical dictadura del amo. La normativa siempre aceptada del dueño. Reorganización de tropas: generosas en su ofrenda de sangre mientras caminan debilitándose, con puños de fierro impostado, el pecho. Sin alimento más allá del polvo hecho senda que desordenarán con sus huesos. Como espráis de arte urbano cuando aún se sabía siniestro. O izquierdo. Que de la diestra ya sabemos. Pero con la derecha recompongo cada noche el engranaje en que esculpen perfecta contienda músculos y aliento. 

Toda esta vida que me anida como feto. 

Por cierto, aunque nada que ver conmigo en lo estético, justo por eso: qué hermoso es el feto de un elefante. Mi similitud tiene más que ver con los senderos y los días por delante. Aníbal y sus paquidermos, de los que únicamente uno pisó Imperio. Los guerreros que la historia dejó a la izquierda o el que entre las páginas de nuestra memoria continúa caminando bien derecho. El extrarradio o el centro. Elefantes africanos como cuando fetos iguales a la tanta vida que se me acumula dentro, en un punto indeterminado entre el labio inferior y el intestino grueso. Elefantes africanos, con una uña menos en cada una de las patas delanteras que sus hermanos asiáticos: Ganesha, qué fina estampa para iluminar cada inicio de camino nuevo. Una uña más en cada una de las traseras, danzando tamboril, los africanos. Océanos de por medio. Cuestiones del tiempo y el recorrido, procederes de la estirpe y la geografía. Y no por eso menos infecta cuando aún feto de elefante toda esta vida, decía, que se me acumula dentro, en un punto indeterminado entre el labio inferior y el intestino grueso. El otro labio, ese que vive en las nubes cuando no colma temblores, arrullos, sueños hondos o palabras que se dicen en cine mudo, ya sé mordérmelo mientras extraño los días festivos del trabajador espartano como paquidermo recién domado. 

Los días regalados que el asalariado festeja atrincherado en la costumbre y la seguridad de lo cierto, bien sea sueldo o temperatura de hogar. Yo usaría cada uno de ellos como Aníbal, henchido de temores pero dispuesto a ensanchar, sin alharacas, las sonrisas y los nervios. Yo acariciaría cada uno de ellos como elefante recién nacido en tropiezo. El caso es que ni jornadas festivas tengo. Porque no hay salario que gastar ni respiración que celebrar y sólo aprieto los puños para comprobar cómo se me desangra un océano entre los dedos. Sal e improperio, cicatriz descosida con una radial. La mar, allá tan lejos para mí, hombre de tierra adentro, muñón de elefante, siempre supuso una suerte de cartomancia. Voltea la carta que traes bajo tu manga de espuma y redundancia. Si se la lleva la resaca espero me repitas la oportunidad de otra jugada, señora de las multitudes: acuática Ganesha.

Porque se me acumula la vida. Se me acumula tanto que no sé qué hacer con ello si no lo regalo, bien sea en tanto galopar palabras que, como las vidas, se quieren soñar pájaro sabiendo que darán en gusano.



sábado, 31 de enero de 2026

doble o nada

«Me moriré escribiendo páginas ilegibles,
porque el muerto me crece, como un amigo triste,
y revuelve mis cosas sin interés ni gana».
Francisco Umbral

Bajo mi piel repta la de un condenado a muerte. Como nos pasa a todos, dirán. Y no les falta razón. Pero el que caracolea los avernos de mi dermis desconoce si la condena es a horca, guillotina, garrote vil o muerte natural. Como todos, insistirán. Y harán bien, porque hay cuestiones que nadie debería olvidar. Aunque cualquiera que me lea descartará tales ejemplos de tortura previa. Pero es que mi condenado a muerte ya tiene una edad, y ha aprendido a barajar, entre sus manos de hueso tahúr y trasnochado, todas las posibilidades. Porque ha fallecido ya en varias ocasiones, ejecutado, y le resta aún esa querencia, tan de vivo, por las sorpresas. Recuerda, de tanto en tanto, crucifixiones que le hicieron soñarse hijo del hombre que se quiso dios. Ausente, pero dios, con sus aperos de demiurgo abandonados en el desagüe de todos los domingos. Delirios de grandeza de quien nunca la tuvo y si la tuvo la perdió como grafiti grotesco contra cualquier paredón. 

Mi condenado a muerte se siente tan cómodo en sí mismo que me enseña, asomado al espejo del afeitado, su cuello desbrozado por sogas de marinero que perdió la mar, su nuez cascada como entre las manos de un titán, su poco cabello danzando como nieve recién quemada y ofrendada a una testa inútil que, inútilmente, imita aflicciones dignas de santoral mientras se contempla en el barbecho de mis pupilas para saberse ya muerto, una vez más.

He decidido invitarle una caña, a mi condenado tantas veces ejecutado. Reiremos brindis mientras la cerveza le abre acequias a nuestros labios. Desde pequeño me enseñaron que siempre hay motivo para celebrar. Quizás, cuando nos hayamos fumado un petardo, le invite a bailar. Sé que él nunca me perderá el paso.

Silba el viento y ruge su aliento de futuro colonial entre mis párpados mientras mi condenado me dice que no son ojeras sino ojos acostumbrados a mirar cómo desde el cielo caen ranas en aguacero con vocación de alcantarilla. Nos abrazamos y sonreímos y compartimos un cigarro sin dejar de preguntarnos si ese es, realmente, nuestro último deseo. Nos sabemos tan mentirosos como carne de presidio y nos respondemos que no mientras inauguramos un nuevo baile.

Miento, lo comprendo, porque sólo espero que no me abandone aún. Él también es pura farsa. Por eso ríe al recordarme que de vez en cuando no viene mal perder la cabeza.