jueves, 21 de julio de 2016

aullando con Allen Ginsberg




he visto las mejores mentes de mi generación destruidas, despedazadas, desperdiciadas por la obtusa quimera de un puñado de monedas que, suponían, les sacarían del agujero por cuyas paredes, a cada momento, más raudos resbalan, para mejor olvidar la escasa belleza que un día portaron sus genes

quienes, cuando niños, jugaban a los autos de choque del inconformismo, pasean ya sus grises trajes de oficinista en el incendio inverso del Metro, antes de colocarse el ambidiestro yugo del monetarismo social

quienes se proclamaron comandantes de las revoluciones del espíritu y los seísmos de la conciencia, muestran los agrietados surcos de una edad que llega antes de tiempo

quienes masticaron una adolescencia de suburbio, pasión e incertidumbre, se encomiendan cada noche a plegarias imberbes, en la lubricidad mentirosa del matrimonio, y luchan por no errar el camino marcado por el rebaño que conduce a la ausencia de identidad, el clarear de las neuronas, y el mimetismo de la piel con el neutro asfalto que pisotean las ruedas de los utilitarios de lujo de los que gustan en llamar poderosos

quienes retozaron a la sombra insolente de las páginas subversivas, han olvidado en la cuneta de la existencia sus sueños, cediendo el paso al brioso jamelgo de la uniformidad y, abandonando sus escritos juveniles en los vertederos del arte, en las alcantarillas de la belleza, suplican, el picotazo de la droga que les haga olvidar que ellos, al nacer, creían ser distintos del resto

quienes afilaban cuchillos de lucidez en los efervescentes renglones torcidos del blues, han disuelto su nervio eléctrico en el pantanoso brebaje de melodías de feria que con necio estribillo empequeñecen sus pupilas hasta que estas reflejan la nada más tremebunda

quienes engrasaban su lengua en solidaridades, fraternidades, justicias, revueltas, afirman que repetían frases aprendidas cuyo sentido se pierde en el sumidero de la farsa, al calor de licores de brutal gradación, calidad y precio, al albur de espesuras engendradas en la buena hierba que no pueden sufragarse los apestados que ellos mismos, algún día, juraron ser

quienes deseaban enhebrar sensaciones en las pupilas de los desfavorecidos, caminan lanzando, de tanto en tanto, monedas como proyectiles al regazo de los miserables que la sociedad decidió extirpar, cual tumores, de su organismo, y aún proclaman en alta voz lo doloroso que les resulta contemplar tamaña pobreza, semejante miseria, lo mucho que ayudarían, de poder, a segregar el hambre del estómago de los desheredados

quienes proclamaban a los cuatro vientos la igualdad del ser humano, apagan los incendios de su mente a la mesa de restaurantes exóticos vegetarianos japoneses macrobióticos, o en aviones que recorren geografías a la velocidad del turoperador y el despilfarro, o frente a las 50 pulgadas de televisores aletargados, o al accionar el botón que inicia el software que redecora la instantánea hueca con que pretenden socializar el arte y regalar su creativa grandeza a los miserables que se sujetan a la barra de bar de la ignorancia

quienes despedazaban sus puños contra la pared del totalitarismo, hieren verbal y físicamente a todo el que pueda llegar a arañar alguna triste migaja de su banquete de orden, limpieza, uniformidad y comida tres veces por día, con la todopoderosa excusa de cuidar de su prole, sus retoños, esa remilgada jauría que mañana arrancará de cuajo la mano que les da de comer

quienes subvertían el orden establecido en coloquios de guerrilla, patalean sus tan cacareados ideales, cual guiñapos, arrumbados por los cordajes que unen sus miembros a los del titiritero de camisa de marca made in Indonesia, corbata de lazada gruesa a tono con los tiempos, y perfume de cobaya disecada en esencia de sutil a vainilla que marca el ritmo del baile de moda en la verbena de las vanidades

he visto las mejores mentes de mi generación perdidas, chapoteando el subsuelo mentiroso de una vida mejor que no era la suya, y alzo mi copa vacía, la acerco a mis labios, la mastico, brindando por ellos con mi sangre paria y deseando que abandonen, al menos, la pretensión drogadicta de que su sueño ácido sea compartido por el resto de los mortales

miércoles, 29 de junio de 2016

poemas de la cicatriz (3)

Hay quien dice que el mundo termina hoy. Hay quien asegura que lo dice la boca embalsamada en saliva de un loco. Hay quien ve caminos en la niebla. Hay quien, en la niebla, ve acercarse el infierno. Hay quien vive y hay quien muere. Hay quien nunca quiso estar vivo lejos de tus labios... gracias, eternas, al Gran Sergio Ribero, por atreverse a mirar el vacío para recomponer el espanto.


el mundo ha finalizado suspirando el suspiro azul  de tus más azules párpados
esos que te lastimaban cuando se hacía pentagrama azul, en tu pubis,
la inconstancia del mío
también mis arritmias, mis besos tartamudos, y la celeste, lastimosa
procacidad de mi alma

en ti se extirpaba... en ti se vertía

hoy, a ti, lo lamento,  te reclama

el infierno me congrega, vistiendo disfraz de nervio, máscara de aguacero
y el perfil pérfido de tus labios al quebrar, inconscientes, el espejo de mi infamia

el infierno son los otros, decía uno que no te conocía

no pudo... afortunado, y es por eso que hoy... le bendigo 

porque el infierno es tu ausencia, y la ausencia que en mí coloreas
con sedas de trampa y cartón
a la orilla de una sociedad 
que ya no encuentra riberas 
en que acunar la sed
que le provoca tu ausencia

miércoles, 1 de junio de 2016

poemas de la cicatriz (2)



tus cabellos peinaban nubes
contra el espejo del lago

tu sonrisa mascullaba luces
haciendo eco al silencio

tus caderas quebraban cipreses
que aunaban rumor de muertos

el viejo embarcadero 
del Lago di Como:

invitando a derrotar relojes
contra los que golpeaba
la piedra de tu mirada

silenciosa, lenta, callada y
con una obturación de beso
revelando mis pupilas

pero una novela de adiós
escribiéndote los párpados

hoy ya puedes regresar a Como
sin perder tus pasos en los míos

hoy ya puedes mostrar tu rostro
sin la máscara de mi hastío

hoy ya puedes regresar a Como
porque hoy yo ya no existo


miércoles, 18 de mayo de 2016

me va la vida en ello

Despertar sin haber descansado, preparar una generosa cantidad de café, sentarse frete al teclado, perder un rato leyendo titulares, recordar aquella palabra inicial, sorber el café, encender un cigarro, contemplar el humo, escribir la palabra, luego otra, elegir algo de música que ahuyente el silencio, dar fin a una frase, tumbarse a pensar, quedar levemente amodorrado, recuperar la vigilia con una idea entre los labios de la mente, sentarse de nuevo frente al teclado, escribir siendo consciente de que ya has cambiado las palabras que tan exactamente modelaban esa idea de la que querías dejar noticia, contrariarse, ofuscarse, encender otro cigarro... 

Contemplar cómo el reloj anuncia horarios propicios para el sueño, desnudarse, lentamente, frente al espejo del cuarto de baño, dirigirse a la cama, profanar su vientre de algodones y color desvaído, estirar y el cuerpo y escucharlo quejarse de tantas horas encorvado frente al teclado, cerrar los ojos, pensar en aquella frase que no acertaste a componer, esa idea que no lograste expresar, sentir el pánico de tu difícil situación económica, también personal, pensar en el modo de seguir adelante, escuchar los bostezos de la casa en silencio, dar vuelta hacia un lado, pensar que deberías levantarte y abrir las puertas a los fantasmas que te persiguen, terminar ese texto que nadie te pagará pero en el que te va la vida como le irá, quieres soñar, a alguien, algún día, cuando tu libro esté impreso y encuentre en sus páginas esa revelación que a ti hoy se te escapa.

La vida de escritor no es bella, ni buena. El mundo oprime. El mundo nos exprime. A todos. También a los escritores. Nunca llegaremos a nada. Tampoco deseamos llegar a ningún lugar más allá de la siguiente página. He ahí el drama. Porque lo es, doy fe. Si lo hiciesen "reality" televisivo (todo se andará, mercado manda) os resultaría fascinante...

Toda esta retahíla para hablar de un libro. Un gran libro. Una obra literaria delineada con la dolorosa exactitud de quien escribe porque la va la vida en ello. Un volumen de relatos que funcionan perfectamente por separado, pero conforman, unidos, una novela inolvidable que desnuda la más cruda realidad cuando se viste de fantasía. Y viceversa.

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. 
El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicvente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida. 

Vicente escribió este magnífico libro hace ya años, cuando algunos aún jugábamos a emborronar páginas soñando con edificar volúmenes que sí, llegarían, pero de nada nos servirían más allá de la satisfacción por haber cerrado otra puerta (¿la de nuestro futuro?). Hoy, el tiempo, tan horrendo a menudo, ha decidido marcar la hora de los justos, y El merodeador se reedita con una par de relatos extra que no hacen más que enriquecer la ya proteínica prosa de sus páginas primigenias, cuadrar ese círculo que ya era cuadrilátero en que peleaban los fantasmas del que se perdió en los vericuetos de la vida. Y es que El merodeador no es más que eso: un ajuste de cuentas con los espectros del día a día. Nada más. Y nada menos.

No hace falta ser escritor para, acompañando a este moderno doctor Jekyll que es el protagonista -álter ego del autor-, sentir el espinazo recorrido por los escalofríos que provoca el miedo de saberse vivo. No hace falta compartir las obsesiones de su inseparable Mr. Hyde -el merodeador del título-, que recorre las páginas como ánima en pena, para descubrir que la vida es mucho más de lo que ocurre mientras estamos dormidos. Porque, además, él nunca duerme, viste disfraz de insomnio y careta de amanecer insolente. No poder dormir, sentir el tic tac del reloj como el lamento del sepulturero, saber extraña a la que duerme a tu lado, no querer dormir solo... saber, sentir, sufrir. Luchar para que deje de doler todo aquello que nos hiere. Eso, y mucho más, es El merodeador. La epopeya del hombre actual que nos pretendemos. Si alguien desea investigar los crímenes del día a día, los homicidios que cometemos cada vez que caminamos sólo por mantenernos en pie, que se zambulla en estas páginas. El merodeador será su acompañante sabio y fiel, torpe y traidor. De paso, comprenderá los solitarios suplicios del escritor contemporáneo.

Vicente nos recuerda en estas páginas que, a pesar de todo, estamos solos. Pero, paradójicamente, mientras él escriba, sus lectores podremos sentirnos acompañados. Sus párrafos acunan multitudes y yo, hoy, me enorgullezco de ser parte del gentío. 

lunes, 11 de abril de 2016

las columnas de Hércules

El número 9 de la Revista Hércules, incluía una entrevista que me realizó la Poeta y Agitadora Cultural Nuria Ruiz Fernández, autora de una delicada obra: Bitácora de un viaje a Tánger sin retorno. Recibí un ejemplar de la revista en casa, casi coincidiendo con el fallecimiento de David Bowie... y otras circunstancias igualmente difíciles... sigo llorando a Bowie, pero Nuria merecía mi agradecimiento que, no sé, no creo, dudo haber expresado con la intensidad que merece. Aquí, para aquel a quien pueda interesar, la citada entrevista, con la bella intro que Nuria osó regalarme... gracias, siempre!

Nuria Ruiz

Me gusta entrevistar a los escritores que leo para poder así conocer mejor su obra. Pablo Cerezal es uno de ellos. Un título, Los Cuadernos del Hafa, me llevó a conocer al escritor. El Hafa, ese acantilado que mira insolente la "calle de agua" que nos separa, apareció ante mí un día. Contacté con su autor a través de facebook, esa plataforma digital que más que calle es un océano donde navegan almas sin patera, a corazón abierto, buscando alguien que les lance un salvavidas. Conseguí que me enviara un libro a través de un amigo, aunque no lo tengo firmado. Eso está pendiente, y él lo sabe.

Cuando me zambullí en Los Cuadernos del Hafa, me transporté en el tiempo. Este es un libro para leerlo de madrugada, en penumbra, y cerrar los ojos cada vez que pasas una página. Durante todo el recorrido por Marruecos, a veces real, a veces onírico, donde se cruzan pasado y presente, me hice compañera de William S. Burroughs, de Brian Jones, de Jane Bowles, de Brion Gysin, esa generación underground de los 60 que reviven en la fantasía del protagonista. Pero también me sentí la compañera imaginaria de Pablo, recorriendo a su lado realidades de un Marruecos, presente, que se oculta a los ojos del turista.

Un rompecabezas que sólo Cerezal sabe componer, descomponer y volver a componer mientras el lector, atónito, viaja hacia atrás y hacia adelante, en un "flash back" que te deja sin aliento. Él, que es un buen lector, sabe lo que significa llegar a la última página y saber que ya nay nada más, te encuentras con el abismo, con un acantilado, con un Hafa, y sólo quieres andar lo desandado.

Pablo Cerezal, para mí el mejor escribiente de la realidad marroquí después de Mohamed Chukri.

Ha sido un placer lerte y entrevistarte.

P: Naces en Madrid en el 72, te licencias en Derecho y los primeros años de tu vida laboral los dedicas a actividades financieras. ¿Qué te hace cambiar el rumbo y dejarlo todo por destinos "más inciertos"?

R: Es una pregunta sencilla, pero de respuesta compleja. Creo que ese cambio de rumbo fue la resaca de un explosivo cóctel formado a partes iguales por impulso de huida hacia adelante, necesidad de viajar y exceso de hastío. Supongo que, al final, el detonante fue que por aquellos tiempos leía demasiado a Gil de Biedma, y me dolía mucho ese "que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde". No obstante, respecto a lo que indicas de destinos "más inciertos"... te agradezco el entrecomillado, porque creo que no hay nada más incierto que permanecer anclado a las comodidades apócrifas del sofá del salón y la silla del despacho.

P: Se te conoce como "un escritor errante", has viajado por ciudades tan entrañables como inhabitables. ¿De todos los países que has recorrido, cual te ha dejado más huella?

R: Todo país visitado deja huella si te relacionas, por poco que sea, con sus gentes. Yo me alegro de poder asegurar que cada país que visité me dejó profunda huella. Como todo, esto tiene su parte negativa, y es que a día de hoy me habitan la piel tantas huellas que, a veces, temo haber perdido las mías.

P: Tu primer libro se titula Los Cuadernos del Hafa. ¿Por qué elegiste este lugar de Tánger para tu libro?

R: Aunque suene a tópico: yo no elegí el Hafa, el Hafa me eligió a mí. Durante un amplio período de mi vida, el Hafa y Tánger han sido, para mí, epicentro de pulsiones animales, de esas que te reconcilian con tu naturaleza, con lo que eres. Mi primera novela no podía girar alrededor de otro ámbito. Tánger es frontera. El Hafa es frontera dentro de Tánger. Como toda frontera, contienen los elementos precisos para gozar y sufrir. Lo disfrutado y soportado allí reclamaba mis palabras. Además, para rizar el rizo, soy un mitómano empedernido, y pocos lugarres tan míticos como el Hafa.

P: Después de recorrer Marruecos, ¿qué impresión tienes de ese país y de sus gentes?

R: Marruecos es uno de esos ámbitos geográficos en que quien gusta de viajar desearía perder calendarios y brújulas, un país que se ríe de todas las recomendaciones de guía turística, una geografía que desorienta clichés y tópicos. Las gentes de Marruecos se encuentran entre las más hospitalarias que he llegado a conocer. Pero su hospitalidad puede trocar rechazo extremo sin que llegues a comprender el motivo. Intentar discernirlo es una de las avnturas más fascinantes que se pueden emprender.

P: Eres un amante de la buena música, y en Los Cuadernos del Hafa lo desarrollas perfectamente. Háblame de la música, ¿qué significado tiene en tu vida?

R: Debería releer a Freud, a ver si logro comprender por qué no concibo la vida sin música. Seguro que tiene que ver con el sexo. De hecho, ya lo explicó Rimbaud en su poesía, los cuerpos pueden escucharse. El caso es que podría escribir mi biografía hilvanando acordes musicales. Mi vida se escribe con canciones. Lo que yo hago luego, al escribir, es simple balbuceo. Tal vez sólo escriba porque soy un músico frustrado. Y además, ya lo dejé escrito en algún lugar, una canción te puede salvar la vida. Como cualquier otra creación artística, por supuesto, pero con mayor inmediatez. El fulgor de una canción puede deslumbrarte, a la primera escucha, para siempre.

P: Tu segundo libro se titula Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrito compartido con el escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Para quien no lo conozca, descríbeme a ese escritor.

R: ¿Describir a Claudio? A Claudio es imposible describirle. A Claudio hay que leerlo. Claudio cultiva una de las prosas más sublimes y desconcertantes que tengo el honor de conocer. Claudio degüella el verbo y juega con sus vísceras como lo hacía Francis Bacon con los volúmenes. Es una máquina de aniquilar clasificaciones literarias, un grande de los que muy de tanto en tanto aparecen para descubrirnos lo sublime de la palabra sentida. Aparte, él, Claudio, la persona, es de los que demuestran que antes se es animal que escritor, que para escribir hace falta haber vivido, y que no por ser un Maestro has de ser igualmente un imbécil. Deberíamos dejar de lado nuestro estúpido nacionalismo cultural y saltar fronteras. Allende las nuestras -me refiero a lo que se considera Occidente- se encuentra el arte más vivo que podemos disfrutar a día de hoy. Claudio es uno de los muchos olvidados de la Literatura... porque es boliviano, porque escribe por necesidad, porque no busca prebendas ni agasajos. A Claudio, insisto, hay que leerlo.

P: ¿En tu segundo libro también aparece la música?

R: Por supuesto. De hecho, de entre los 12 apartados en que se divide el libro, el primero es "Músicas". En este caso, además, al tratarse de una obra decididamente autobiográfica, tanto Claudio como yo desarrollamos, a través de nuestras vivencias, todo eso que intentaba explicar antes sobre la importancia de la música en mi vida -también en la suya-.

P: ¿Qué diferencias y qué cosas comunes existen entre tu primer y segundo libro?

R: La diferencia más evidente es que esta es una obra escrita a cuatro manos. Si bien Madrid-Cochabamba podría funcionar perfectamente como dos obras independientes de dos autores distintos, está concebida de tal manera que perdería la esencia en caso de que fuesen separadas. El resto de diferencias que puedan existir creo que es labor de los lectores el descubrirlas. Para mí, cada obra es una pieza más de un conjunto literario, y mi capacidad de análisis a este respecto es más bien limitada cuando ya estoy con otras dos finalizadas y avanzando en una tercera. En común... me ocurre lo mismo, aunque sí puedo decir que, como pieza del conujunto literario que intento poner en pie, sin prisa, continúa indagando en los vericuetos de la experiencia vivida, con todo lo que de contradicción y juego puede haber en ella. Y, por supuesto, creo, coinciden ambas en mi amor por la palabra.

P: En cuanto a la actualidad, tú que has viajado tanto, ¿piensas que hay refugiados de primera y de segunda clase?

R: Un refugiado es una persona atacada y herida en lo más profundo de su ser. Lo lamentable es que somos nosotros quienes desvirtuamos el mismo adjetivo con que hemos desprestigiado a dichas personas. "Refugiado" es el que obtiene refugio, y hoy pocos de los que lo necesitan lo tienen. Refiriéndonos estrictamente a las personas que se quieren englobar en ese término, aseguro que cualquier migración no deseada, por el motivo que sea, es una herida demasiado profunda. Nosotros, lo que vivimos cómodamente, somos quienes adjetivamos a estas víctimas y las dividimos en categorías, aplicando a cada una distinta importancia. Todo forma parte del mismo juego, todo sea por alimentar a los medios de desinformación que nos manejan, y por añadir cifras a las de las cuentas bancarias de aquellos a quienes nada importan las personnas si no producen beneficio económico. Pero hoy todos los refugiados son de segunda, por esa misma causa: lo que hoy es mediático dejará de serlo en un par de días. Luego está África... que dejó de ser mediático hace tiempo, o nunca lo fue.

P: Has dado una charla sobre drogas y literatura en Bolivia. ¿Por qué este tema es recurrente en tus escritos?

R: Las drogas son un medio para alcanzar con rapidez estados de consciencia que son de más difícil acceso en estado de sobriedad. A nadie le disgusta, de tanto en tanto, ante la imposibilidad del viaje físico, emprender uno mental. Imagino que soy una persona demasiado vehemente o intensa, y a veces la vida se me antoja en exceso lineal. Eso no quiere decir que precise de las drogas, pero tal vez sí de las experiencias de quienes las tomaron o las toman. Me apasiona cualquier manifestación artística o creativa, y es indudable que estas serían menores (en número y calidad) si no existiesen o hubiesen existido las drogas.

P: En uno de tus post dices "para escribir hace falta salirse de la realidad" pero tú siempre escribes en primera persona. ¿Es real o pura imaginación lo que escribes?

R: No hay nada más real que lo ficticio... y viceversa.

P: ¿Se puede conocer a Pablo Cerezal a través de su obra?

R: Si alguien llegase a tener interés en conocerme, desde luego, mi obra sería lo más inmediato... hasta que pudiésemos compartir un vino y una charla.

P: Por último, di unas palabras sobre la revista Hércules. ¿La recomendarías?

R: Cualquir emprendimiento orientado a expandir lo cultural, lo creativo, la sensación, merece el mayor de mis respetos. Si, además, se orienta igualmente a tender puentes y dinamitar fronteras, me quito el sombrero que no tengo. Hércules aúna estas dos concepciones de la cultura, y logra transmitirlas al lector atento. ¿Qué mas se le puede pedir a una revista cultural?

sábado, 19 de marzo de 2016

de Vallecas a Idomeni

Que El Dorado no existe en sudamérica ya me quedó claro. Que en Europa tampoco existe debería comenzar a quedarnos claro a muchos. Y es que de Vallecas a Idomeni, hay sólo un paso. Hoy, miren ustedes por dónde, me ha salido un burdo relato:

SOMOS LEGIÓN



Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.
Bertolt Brecht



Piel oscura incendiada en hogueras de lágrima. El niño llora. Su mamá le abraza y llora, también, deseando no haber nacido este hijo. Una ventisca noviembre desgarra en latigazo la piel del pequeño, la de su madre. El padre abisma su tragedia en algún sótano, lejos de su prole, botas militares como único horizonte. Él también solloza, en silencio. Que no se regodeen, sus captores, más allá de los porrazos y puntapiés en que les hemos instruido como hiciese aquel Henry Lee Lucas con OttisToole, su tarado compinche asesino.

La mujer y el niño consumen callejas buscando el hospital más cercano. No está lejos, dos gitanos señalan el camino, ofrecen llevarlos en su furgoneta. Ella declina la invitación, terror en su tartamudeo. Gitanos: delincuentes peores incluso que ellos, inmigrantes. Eso aullan en televisión, los bufones a quienes asignamos puesto indefinido de tertuliano todoterreno. El pequeño, descalzo, esboza un graffiti de sangre en el pavimento de las calles. Sus zapatos los arrebató uno de nuestros esbirros, mientras golpeaba a aquel vecino que pretendía inmortalizar el instante con su teléfono móvil. La mamá tironea de su retoño, sollozando, desorbitadas las pupilas, fuera de órbita el entendimiento. Pánico, indefensión y esa imbécil pregunta: ¿por qué a mí?

Ya en el hospital, el muchacho a medias vestido, tiritando frío y espanto, los pies desollados, la madre copulando la histeria, un corazón defectuoso mordiendo su pecho. ¿Puede facilitarme la tarjeta? Ella gimotea ¿qué tarjeta? La de la Seguridad Social, señora. No tengo… la tiene mi marido, o estará en casa… ya no hay casa, el niño, mírele, por favor, ¡ayúdenos! Necesita la tarjeta, tenemos muchos accidentes de tráfico esta noche, y por lo que veo ustedes están bien. Sin tarjeta no podemos atenderles, salvo en caso de urgencia, lo siento.

Me asomo al espejo. Mi rostro es normal, corriente, afable incluso cuando sonrío, como el de aquel Wayne Gacy cuando vestía de payaso. Muchos dicen que mi rostro relata mi mediocridad, como decían de Gacy una vez entre rejas. Entonces era fácil reír. Pero ¿quién se reía, antes, de sus payasadas? De mí se ríen, en las redes sociales y en el sofá de casa. En algunas cadenas de televisión, también. Lo sé. Como el payaso que me creen, sé hacer reír a los niños. En público los abrazo, incluso beso y, aunque me repugna, sonrío. Como Gacy, hago mi pantomima. Pero mirad los pies ensangrentados del muchacho, su rostro espanto. ¿Os siguen haciendo gracia mis payasadas? 

El niño gimotea papáááá. Escucha, pequeño: la policía está propinando una buena tunda a tu papá. Por inmigrante, ilegal, vago, deudor y negro. Por su maldita sonrisa negra. Como la que ayer limpiaba tu rostro de oscuridad y lo engalanaba de ternura. Esa sonrisa debería haber quedado descosida en las concertinas con que defiendo mis fronteras. Así te hubieses ahorrado lo de hoy, y todo lo que vendrá a continuación. Porque esto es sólo el principio. Y a mí no me va a detener la policía. Es jauría que me debe obediencia. Reciben órdenes y salario de todo el séquito de acólitos que he logrado reunir durante estos años. Esto no es una secta fácilmente desarticulable y, aunque yo sea un líder fácilmente intercambiable, tras de mí hay otros muchos, bien adoctrinados, que no se derrumbarán ni confesarán culpabilidad como hicieran los discípulos de aquel Charles Manson. Charles es nombre muy común en los Estados Unidos. Como Ted. Sí, pienso en aquel Ted Bundy que se hacía pasar por policía, periodista o político –gente respetable- para perpetrar sus crímenes. Yo no necesito disfrazarme ni camuflar a los míos, pero también tengo un nombre muy común. Aunque el nombre es lo de menos, es intercambiable, al fin y al cabo somos legión.

Payaso, mediocre, títere y todo lo que se os antoje. Pero ya llegué a la casa que pagáis con el rendimiento de vuestro trabajo esclavo, y enciendo un puro habano a la par que la televisión.

Hoy, en Villa de Vallecas, una familia de inmigrantes senegaleses ha sido desahuciada. Algunos vecinos han sido detenidos en virtud de la nueva ley que impide manifestarse contra los desahucios. El padre de la familia ha pasado a dependencias policiales por la violencia que ha opuesto durante el desalojo. Pequeños grupos de radicales han lanzado objetos a los agentes de la autoridad. Las sirenas policiales, hoy, son la banda sonora en este barrio madrileño. 

Sonrío y apago la televisión. He de preparar el discurso que mañana ofrendaré a mis adláteres, en el Consejo de Ministros de la Unión Europea. Haré pública mi renuncia a las ingratas expulsiones masivas de inmigrantes con derecho de asilo… faltaría más.



Pero… Idomeni, Grecia, cuna de esta civilizada civilización que debemos defender a capa y espada. Porque una democracia es demócrata, y yo soy muy demócrata. Como aquel Adolf Hitler, que sólo deseaba lo mejor para su pueblo. He de meditar acerca de todo esto. Al fin y al cabo sólo deseo lo mejor para mi pueblo, y… somos legión.

sábado, 13 de febrero de 2016

la noche más oscura

Resulta que hay noches que parecen haber nacido para devorar la luz de todos los días que fueron y serán. Noches en que acontece la vida como el desfile de muertos que siempre quiso ser. Noches que te embadurnan de lágrima y desprestigio. Noches que esconden tu rostro de ventríloquo mudo y rellenan la copa de la madrugada deseando que el amanecer se te atragante con su mezcla de frío como hielo y hiel como ginebra. 

Resulta que hay noches con redundancia de anoche. Noches como la de anoche -redundo- en que decido escuchar, en bucle y sin solución de continuidad, esa canción, My death, que escribiese e inmortalizase Jacques Brel. Pero la escucho en sus distintas versiones: desde la del inolvidable belga, pasando por la del demiurgo Scott Walker, hasta naufragar en la de mi añorado David Bowie... ¡maldita orfandad!

En noches así no hay alcohol que suture las cicatrices, ni flama que incinere los pesares. Son noches de my death, de morir y no querer descubrir que incluso la muerte es una broma de mal gusto. 

Pero cuando se supera la muerte de morir escuchando a Brel/Walker/Bowie y fallecer añorando la caricia que ya nunca, cuando el día viene a recordarte que la resaca sólo es un síndrome de abstinencia sometido a la mansedumbre del calendario, cuando el día se saca el sombrero y te invita a invadir sus equívocos aposentos, es que decides morir de nuevo y no lo haces porque, sencillamente, falta la banda sonora. 

Luego, el día, disfrazado de esperanza, te regala la voz de Emilio Losada enredando tu prosa absurda a la perfección en que se tensan las cuerdas de su guitarra. Y Javier Vayá te recuerda que el Poeta lo es por algo, incinerando tu memoria en las brasas azul de su verso inmortal. Lloras. Bebes de nuevo, te tatúas Rimbaud en el pecho y piensas, como aquel, que no hay más muerte ni suicidio ni opción que seguir adelante, aunque tu tatuaje se mire del revés en la enrevesada lente fotográfica y te sorprendas tú mismo de tan gillipollas

empuñando el martillo, cribemos  
todo cuanto aprendimos: luego, Hermano, ¡adelante!


Lo que anoche cantó Emilio, ese poeta, mi hermano, he de callarlo. Pero no lo que escribió esta mañana Javier, ese poeta, mi hermano... gilipolleces como esta:

MY DEATH
Ya saben como funciona esto; te levantas por la mañana, te lavas las legañas y en el rectángulo ese de enfrente, salvo casos de vampirismo súbito, ensayo de ceguera o criminal resaca, deberías ver tu rostro. Deforme y ojerosa, asimétrica y pálida, pero al menos es tu jodida cara, y el resto del cuerpo que no desmerece el conjunto y la acompaña.
Pues resulta que no. Que ya hace demasiado tiempo que por más que mire y busque no me encuentro. Ni tan siquiera un resquicio borroso de ese algo que antes estaba allí, para mal o para bien. Un reflejo de perpetua derrota, la constatación cotidiana y rigurosa del más estrepitoso fracaso, y los putos ojos de sapo que fue todo lo que me dejó mi padre antes de largarse a por tabaco. Y con todo un yo al que aferrarse como estúpido clavo ardiendo. Un por supuesto ahora desvanecido.
Todos mis ahoras se van desdibujando en pasados.
Si la fe mueve montañas, la desesperanza hace danzar galaxias.

Quien sabe. Tal vez como leí ayer al magistral Vicente alguien mató algo. El caso es que ese alguien estaba tan tranquilo y yo le puse el arma en la mano, tiré de su dedo sobre el gatillo y apunté a mi pecho. Víctima y verdugo del crimen perfecto. Por lo visto millones de daños colaterales se toman justa venganza planeada en la última reunión de la comunidad de vecinos del infierno.
Merecido.

Quien sabe. Tal vez como escribe el genio de Pablo, me he dado cuenta de que todos estamos muertos. Quizá se acercó, un día de lluvia que no recuerdo, a dejar sobre mi tumba "un ramo de rosas negras de esas que solo existen en los sueños de los poetas". Y el pobre Iván deba recitar solo el miércoles que viene. Menuda putada, bro, ya conoces lo inoportuno que soy.
Si es eso, si me he muerto, tengo la sensación exacta de que se trata de algo intermedio entre lo mejor que podía pasar y una gran faena.
Pero bueno, ya conocen mi tendencia a la afectación y el dramatismo.
Tal vez deba aprovechar que no existo y hacerme el duro. Escribir algo sobre el cadáver de cupido flotando sobre el río Hudson y los interventores de El Corte Inglés de luto. Estas cosas suelen quedar muy bien y dan prestigio para el competido puesto de heredero de Bukowski, siempre que jamás hayas leído a Bukowski, claro.
Esas cosas que escriben todos ustedes descojonándose del amor una víspera de San Valentín. Hasta que claro, un buen día una boca (y el resto del hermoso conjunto que por dentro y afuera no desmerecen y acompañan) se les queda atravesado en la garganta como un trozo de pollo. Y entonces se ahogan y dejan de encontrarse en el espejo.
Y escriben gilipolleces.
Javier Vayá Albert

Gracias: Emilio, Javier, hermanos, también Iván Rojo y Vicente Muñoz Álvarez, ídem, de siempre, por estar cerca sin saber lo cerca que podéis llegar a estar. Yo, para rematar el día, escucharé a Tindersticks.

P.S: para quien desee ahondar en el tema, que ya viene de lejos: mi muerte

domingo, 10 de enero de 2016

poemas de la cicatriz


Ne me quitte pas...

hay un silencio de nieve en la mañana del domingo
y un arrullo de hojas secas que contraría a los gatos

los barrenderos del ayer olvidaron esparcidas
las migajas del otoño
sobre el sueño y el asfalto

camino arrastrando kilómetros
que se adhirieron a mis zapatos
sólo para recordarme
que vivir sigue siendo extraño

decadencia de noche de un sábado
que ensucia aceras
con naufragios de vidrio roto
y suicidios de tabaco usado

¿Para qué escribir?
¿por qué luchar contra relojes, latido, víscera y dados?

¿a qué seguir extendiendo
este rumor de palabras con que ansío resumir
la vida que me soñó
un títere estropeado?

          

domingo, 13 de diciembre de 2015

el tiempo de las ratas

La Paz, Bolivia, 2014, -10º y el Illimani descubriendo sus aleros de glaciar insomne a lo lejos, sin darse importancia pero soplando ventiscas de ingratitud y desvelo... La Paz, Bolivia, y unos funcionarios de Migración que amenazan secuestrar a mi hijo de apenas 10 meses de edad. Regresábamos, ateridos, heridos y desconcertados, al pequeño hotel en que un amable ciudadano de origén francés tuvo a bien regalarnos hospedaje. El alojamiento: cómodo, lindo, pleno de vituallas, al día: wifi con funcionamiento más veloz de lo que dicta la media boliviana, y la voz de uno que creía amigo me llegaba a través de las redes sociales incitándome a escribir unos textos, cosas, elogios, a aquellos escritores que, como yo pero con más pericia, ensuciaban las páginas de la historia literaria de este yermo país al que me ví regresado. Los perros habían replicado en aullido la voz de su amo, aquella misma mañana, en las oficinas de Migración, amenazándome con secuestrar a mi hijo, así de claro: tu bebé puede ser "requisado". ¿Dormir? Lo hubiese intentado. ¿Descansar? Sólo cuando pudiese verme fuera de Bolivia... y la partida se antojaba difícil. En eso, aquel amigo, aquel que se decía tal, me incitaba a escribir para glosar la epopeya de los autores malditos de España, mi país de nacimiento, tan lejano y tan añorado en ese instante, reclamarles en letras la cuota de gloria que les robaban los medios y mercados, que existiría un reportaje que les sacaría del anonimato... y a él, de paso...

Abandoné Bolivia, al fin. En otro momento relataré los despieces emocionales a que, para ello, me sometieron, y los despieces de mi burda mochila, de los pañales de mi hijo, que cagó y meó sobre mis manos por no haber nada más apropiado cerca... nada grave, venía de orfandades de paternidad y alimento que no me dejaban considerar grave el que mi hijo hubiese de cagar sobre mi regazo... al fin, hasta eso es lindo, quizás deba agradecérselo al supuesto amigo que me incitó a escribir a la sombra de un infiernillo que no lograba calentar, ni siquiera iluminar, la noche de temperatura y abandono de La Paz, Boliva, 2014, -10º, y el Illimani fulgente a la luz de la nada... 

Esto escribí, pensando en tantos que garrapateaban letras, como yo, pensando que el futuro nos reconocería el esfuerzo... vacuo esfuerzo...

los nombres, disculpénme si olvido alguno, eran claros, bailaban en mi mente: Vicente Muñoz Álvarez, David González, Alfonso Xen Rabanal, Pepe Pereza, Javier Vayá, José G. Cordonié, Gsus Bonilla, Salva Rubio, Maica Bermejo, Felipe Zapico, Carlos Salcedo Odklas, José Ángel Barrueco, Ana Pérez Cañamares, Isabel García Mellado y muchos más que, no es que se me olviden, es que ya he bebido demasiado... sepan perdonarme quienes saben que son y están... sigan escribiendo, y discúlpenme... yo nunca quise llamarlos "underground", fue imposición de quien me reclamaba el texto... 

y, lo lamento, pero realmente sólo me importa que Munay cumplió ya dos años, y de La Paz sólo recuerda el soroche que me atizó a mí, y del que pudo reír a gusto al verme derrumbado sobre el piso de la habitación de aquel hostal que nunca olvidaré


EL TIEMPO DE LAS RATAS (LA LITERATURA UNDERGROUND EN ESPAÑA)

Habría que escribir como si uno fuera la primera persona de la tierra y describiera humilde y sinceramente lo que ha visto, experimentado, amado y perdido. El Arte es bueno cuando nace de la necesidad. Tal origen es la garantía de su valor.
Neal Cassady

Algunas culturas orientales, consideran a la rata animal creativo, generoso y honesto. Eso ocurre, como digo, en Oriente. Por contra, en España y Occidente todo, la opinión sobre estos roedores es bien distinta: peligrosos, traicioneros y avariciosos son sólo algunos de los adjetivos que les otorgan. Las fuerzas del orden establecido, mediado el siglo XX, ante la avalancha de artistas radicalmente libres y opuestos a la cultura oficial que amenazaba con sacudir los cimientos del sistema capitalista occidental, debieron pensar que las ratas habían regresado para propagar una plaga aún más peligrosa que la de la peste bubónica: la libertad de pensamiento y expresión. Aquella epidemia se extendió a toda manifestación artística, pero fue especialmente intensa en lo literario, con la llegada de los beats, aquellos salvajes. Ya saben: Kerouac ametrallando sílabas al son efervescente de un saxo, Ginsberg desordenando en versos la falacia de la esclavitud moderna, Burroughs sodomizando frases para recomponerlas en el grito postrero del orgasmo… Pero, antes de ellos, ya estuvieron Kenneth Rexroth despilfarrando su insobornable y vital anarquismo en versos de vida y espuma, o Henry Miller devorando la podredumbre de la vida urbana para vomitarla en ritmo sincopado y prosa deslenguada. Todos ellos corrieron libres y salvajes, en su día, por las cañerías de la misma literatura oficial que hoy, con sus maquiavélicos procedimientos mercantiles, ha logrado convertirles en autores mainstream. Pareciera que las ratas han sucumbido al poderío del orden establecido y residen hoy, tan sólo, en los laboratorios. Porque les recuerdo que en Occidente se odia a la rata, pero se la utiliza para hallar en su organismo curas milagrosas para las enfermedades humanas. 

Por los subterráneos de la cultura oficial española pulula un nutrido grupo de literatos que, como las ratas orientales, andan bien dotados de extraordinaria creatividad, insobornable honestidad y elogiable generosidad. Vilipendiados y ninguneados desde las tribunas académicas, como antaño lo fueron los beats norteamericanos, se ven forzados, como aquellos, a desempeñar trabajos que puedan alimentarles para poder ellos seguir alimentando, con gloriosos párrafos, la Historia de la Literatura actual. Viven en las alcantarillas. Allí hacen manada, ayudándose unos a otros, luchando por sus ideales, y rescatando de entre la inmundicia ciudadana esa perla de sensibilidad que logre conmover a los lectores. Su obra no se pliega a modas ni correcciones políticas, no precisa de esponsorizaciones oficiales, y no cuenta su éxito en cifras monetarias sino en sensaciones experimentadas y genialmente transmitidas. 

Hoy, en España, el underground está más vivo que nunca, y toda una generación de escritores amantes de la palabra y su expresión libre y sincera, repta reventando de poesía los márgenes de las cañerías. No venden muchos libros, no viven de la Literatura. Pero viven para ella, y ya son analizados en los laboratorios del gran comercio, por ver si en su dermis de vocablo y verso encuentran la solución a los males de que adolecen las letras oficiales. Sus obras comienzan a ser valoradas por un mayor número de lectores que han decidido desoír los cantos de sirena de los mercados para seguir surcando las mareas de la calidad y el riesgo literarios. Su insobornable y valiosa creatividad comienza a ser un secreto a voces que se propaga cual virus glorioso por las venas de tipografía y píxel de publicaciones alternativas y redes sociales. Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que la Literatura está viviendo ya el tiempo de las ratas.