miércoles, 25 de enero de 2017

ombligos literarios

Escribo de mí mismo porque no conozco mejor a ningún otro. No sé, puede ser una razón. Tal vez otra sea que escribo de mí mismo por el gusto de remojar mis pies cada día, cual gorrino satisfecho, en mi propio lodazal. Claro, que de satisfacción poca en mis letras... pero de aquellos lodos estos barros -o como sea que se diga-. De hecho, puedo ponerme social y estupendo. O sea, asegurar que que escribo de mí porque soy tan poco importante como el pensionista acuciado por el precio de la lechuga, el desempleado a cuya mesa se sientan los buitres del hoy ahora ya, el inmigrante de países y personas que se aferra a la vida aunque esta se disfrace de odio y concertina, el niño cuya frazada huele a factura eléctrica imposible... o aquel otro que no termina de comprender por qué ese cura tan simpático, profesor de religión, le acaricia cuando Dios ya no ilumina y la penumbra engulle la capilla... 

No sé, ya digo, por qué destrozo el vocabulario recorriendo la cartografía desastrosa de mi cuerpo, y pienso ahora -inevitable- que tal vez lo haga para mostrarlo atractivo a tus labios, qué sé yo. Al final, va a resultar que todo es cuestión de ombligo. Por eso de mirar el propio, lo digo. Y por eso otro de mirarte a ti perdiéndote en sus arrabales.

Dejo escrito Henry Miller algo así como que la vida de cualquier hombre es lo suficientemente apasionante como para poder ser escrita y devorada por millones de lectores. Y es así que sigo fiel a su palabra, único Evangelio al que me asomo con el ánimo de pervertirlo y desprestigiarlo. Por eso admiro a quienes son capaces de crear tremebundas ficciones pero, a medida que el reloj me recuerda el sentido inapelable de su recorrido, recuerdo que me importan -dichas ficciones- poco menos que nada. 

Así que entiendo la literatura como literatura del yo, cada vez con mayor intensidad. Pero jamás lo explicaré como hace quien ha hecho de su vida palabra y de su palabra vida. Hablo de Jorge Muzam... no lo han leído? Pues háganse un favor: lean y, de paso, comprendan por qué no sé escribir más que de mí mismo... que el Maestro lo explica mejor... y desaparece mejor que nadie:

Literatura del yo por Jorge Muzam

Habitualmente no me motiva escribir ficciones. Creo en su poder, creo en las técnicas literarias, en ciertas teorías que la sustentan. Pero para mi no pasan de ser mekanos narrativos, ajedrecismos retóricos o circos selectos de palabras camuflando ideas más cercanas a la intuición que al sistema. No siempre fue así. Mi entusiasmo literario juvenil se encauzó por ese lado con resultados no del todo desdeñables, a juzgar por los generosos comentarios de mis lectores de entonces. Recuerdo mi primer cuento. Sucedía en Santiago, a bordo de un bus Nuevo Amanecer. Lo pilotaba un vejete chiflado  y sudoroso bastante enojado con la vida. El relato era contemplativo, introspectivo, plagado de analepsis e inevitablemente triste. La soledad urbana suele ser más gélida para el alma que la soledad rural. Sentía afecto por ese cuento. No sé dónde quedó. Hoy no podría reconstruirlo porque necesitaría mi espíritu de esa edad, y la verdad es que soy muy distinto.
Escribir literatura autoreferencial me salió naturalmente, quizá porque me aburría el juego de disfraces de la ficción, el cambiar nombres, superponer situaciones, crear clímax (la vida nunca tiene un clímax sino reiteradas patadas en la bolas que te mantienen a medio morir saltando)
Nabokov decía que tales inclinaciones eran propias de la primera etapa de un escritor. Deslumbrar a los demás con la propia miseria. Luego el creador se estibaba hacia la sensatez y creaba un universo autónomo donde su yo convivía como uno más de los personajes de ese universo. No lo dijo exactamente así, pero así lo quise entender yo.
Lorena Ledesma, mi mujer, escritora y crítica literaria tan feroz como insobornable, considera a los autoreferenciales como el postre más selecto del voyeurismo intelectual. Porque no solo hablas de ti, de tu desastre mental, si no de quienes te rodean, de quienes te detestan, o te aman. Y seguramente tus apreciaciones serán tan horrorosamente subjetivas como sabrosas de leer.
En lo que narro no suele haber progresión dramática, enseñanzas moralizantes o ideas políticas categóricas. Más que avanzar suelo hundirme, más que levantar ánimos suelo deprimir a mis lectores. Y si algunos se sienten identificados es porque la época es una zorra de mil colas donde nadie sabe a qué diablos aferrarse. Mi realidad autoreferencial es apenas una parcialidad anímica. Un pedacito de la agria torta de mi miseria. Soy mucho peor y mucho mejor de lo que cuento. Rencoroso, pendenciero y abominable con el hijoputismo. Generoso, inofensivo y tierno con los que nunca dañarían a sus semejantes. Potencialmente muy peligroso, indisuadible, he sido mi Frankenstein, médico y monstruo, reconstruido con despojos, he cosido torpemente mis emociones con hilo barato, mis ideas con alambre galvanizado, pero no quiero hablar de eso ahora.
No sé exactamente adonde voy con este chisporroteo de palabras. Escribo por defecto, compulsivamente, airadamente. Soy consciente de que tal arbitrariedad narrativa me puede conducir a un limbo despoblado de lectores, algo parecido a lo que le ocurrió a Juan Emar y Mauricio Wacquez, extraordinarios escritores chilenos que caminaron siempre al borde del abismo de la experimentación. Sin embargo, a Foster Wallace, digresionista, payaso y cirujano del alma herida, parece no haberlo afectado. 
Respecto a qué tipo de realidad narramos, me quedo con las palabras del argentino Juan José Saer: "Nuestra percepción es fragmentaria. Simplemente realizamos una síntesis. Algunos la llaman racional, yo prefiero llamarla imaginaria , porque solo una parte es percepción, y la otra es recuerdo e imaginación. El realismo literario pretende que la realidad es perfectamente perceptible en su totalidad a través de los sentidos y de la razón; que el tiempo tiene una dirección determinada. Yo pienso que cuanto más realista es una literatura, menos se parece a la realidad. La más irrealista de todas es la novela realista y lineal".
Las formas para hablar de si mismo pueden ser múltiples. Diarios, memorias, autobiografías, frases sueltas, ficción pura, o especulativa. Mo Yan, Nothomb, Hrabal, a veces Auster, Murakami, Philip Roth y Karl Ove Knausgård suelen escribir autoreferencialmente. Mis admirados amigos Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Miguel Sánchez-Ostiz, Ricardo Mena y Pablo Cerezal, mi compañero de fórmula, Claudio Rodríguez Morales, o ese sacerdote del cosmos que es Pablo Cingolani en las alturas de La Paz. También Carver, Bukowski, Bertoni y Rodrigo Lira a través de sus poemas. Con todos me siento hermanado. Es posible que hayan muchos otros tan buenos como ellos, y autoreferenciales, pero no es posible conocerlo todo. De alguna forma siempre se habla desde la ignorancia.
Hay casos como el de José Donoso en que para hablar de si mismo necesitó disfrazarse, construir un edificio narrativo de cimientos muy firmes para recién ahí prestarle su ropa y su ser a un personaje secundario, como sucedió en El lugar sin límites. Pero Donoso también llevó un diario secreto, guardado celosamente incluso de sus familiares, un diario con intenciones psicoanalíticas que no pensaba mostrar en vida. Pero como siempre estaba urgido por dinero, no tardó en venderlo a la universidad de Iowa. Parte de esos diarios fueron revisados por su hija Pilar para escribir Correr el tupido velo. Lo que se aprecia en esos diarios es al escritor desnudo, temeroso, egoísta, envidioso, homosexual, paranoico, errático, muy inseguro, aspectos que ocultó en su vida pública.
Hay otros que necesitaron una parafernalia mayor para desglosarse, como el enmascarado Fernando Pessoa, monstruo mitológico de 72 cabezas...
A García Márquez le preocupaba la sobreexposición. Convertir su vida privada en objeto de escrutinio público. En algún momento manifestó: "Es como si te pillaran con los pantalones abajo".
William Faulkner fue explícito al respecto, como queda consignado en el prólogo de sus Cartas Escogidas: «Estoy chapado a la antigua y soy además un tanto lunático —había escrito a Malcolm Cowley—. No me gusta que mi vida y mis asuntos privados puedan ser utilizados por todos aquellos que puedan pagar el precio que está marcado en el libro, o porque tienen un amigo que lo compró y se lo va a prestar». Y: «Mi ambición, como persona reservada que soy, es que me borren y echen de la historia, sin dejar rastro, sin más restos que los libros publicados; ojalá hace treinta años hubiese tenido suficiente perspicacia para prever lo que iba a ocurrir como algunos isabelinos, y no los hubiese firmado. Es mi propósito que, vencidos todos los esfuerzos, la esencia y la historia de mi vida, que en la frase equivalen a mis exequias y mi epitafio, sean ambas: Compuso libros y murió».
Julio Ramón Ribeyro, en cambio, escribió sus diarios con una intencionalidad claramente literaria. Hombre generoso, quiso que sus ideas estuvieran disponibles para los futuros aprendices de escritor, o para quien quisiese transitar por esas palabras cimentadas por una vida de duro trabajo. Si aun no podemos conocer por entero su obra es simplemente por el egoísmo especulativo de su viuda. 
Nubes negras avanzan hacia el sur. Esporádicos truenos retumban en las paredes rocosas del Malalcura. Llueve sin parar. Imagino la perplejidad de las plantas ante esta primavera desvanecida. Entre mis papeles viejos encuentro una frase de Pascal Quignard que me seduce como para finalizar este texto: "Escribir es desaparecer".

domingo, 11 de diciembre de 2016

despegamos...

Aún no ha pasado un año y parecen siglos de desventura este regresar a su perfil de mármol vivo, a su timbre de deflagración valiente, a su mirar de envés no solicitado y su pisar el planeta sabiendo que le pertenece, que aún le pertenece... este regresar a David Bowie. Porque, como habitantes de este planeta de rencores y desidias, le pertenecemos. Él se atrevió a vender el mundo, hace ya demasiado, y lo hizo con nosotros dentro. Ahora andan los mercaderes (cada vez con mayor intensidad) disputándose la carroña. Se disfrazan de benefactores, luchadores sociales y adalides de la ecología, de amigos incluso. Pero ya no nos engañan. Las cartas están marcadas.

Aún no ha pasado un año y recordamos que él nos enseñó a amar sin esperar retorno. Antes incluso de que nos diese alcance la paternidad, esa sí, la única transacción válida, la que está llamada a cambiar el mundo. Y es que si sabemos ser padres de nuestros hijos como él, sin siquiera desearlo, lo fue de nosotros, llegará la revolución. Aunque retrasada -como todas-, llegará. Lástima que ya no estará entre nosotros, y los hijos que amamos no podrán hacer guirnaldas de victoria con su sonrisa de fauno melódico y travieso.

Un año casi, también, desde aquel día en que unos cuantos afortunados pudimos disfrutar de la valentía artística y personal de Fernando Bazán, Charly Chicago y Carlos Ann, artistas por elección, por necesidad. Por imposición divina, o sea. Porque si hay dios que pueda imponer algo, sea el que anida en el interior de aquellos que se incineran buscando, en la vida, la belleza. Canciones, tragos, abrazos acumulados: una semilla de amor entrelazando la noche... y Bowie como sumo sacerdote, oficiando la misa negra de nuestro daño por su pérdida. Un daño que, a pesar de todo, danza y se viste de música... de emoción. Ahí, aquella noche, nació LIFT OFF y algunos renacimos a la vida y el amor. También a la amistad que, cuando verdadera, es lo mismo que lo otro, pero mejor (que para el amor uno ya se sirve solo, llegado a ciertas edades). 

2016 ha sido, sin duda, el más nefasto año de los que llevo vividos. Me quedan más, y acojona, no lo niego. Pero ahora es hoy y es presente y duele, y 2016 (decía) ha sido el año más jodido de mi jodida existencia. Afortunadamente, hay quien desea cauterizar, cicatrizar heridas con fogatas de abrazo y zurcidos de amor. Los chicos de La Galla Ciencia, esos alienígenas. Jóvenes que luchan a brazo partido por la Poesía, a quienes no amedrentan las leyes del mercado, que boxean en cualquier cuadrilátero en que no haya más knock out que el de la palabra bien dicha y mejor sentida, que hacen de la lírica emoción y de sus emociones pura lírica. Ellos llevan ya unos años regalando prodigios a todo aquel que sigue buscando fulgor en la página impresa, y sólo ellos podían emprender este colosal homenaje a Bowie que hoy, por fin, ha llegado a mis manos y corre el riesgo de perder su tinta en los meandros que dibujan mis lacrimales. Hoy estoy llorando, de nuevo, desordenando con mi llanto la aritmética fugaz y exacta de este año maldito... pero en esta ocasión mi vida es lágrima por sentir que roza, con manos y latido, la Belleza.

Ya dejé dicho, tras publicar Madrid-Cochabamba, que escribir aquel libro a cuatro manos fue una de las más deliciosas experiencias que tuve la suerte de gozar. Conocer a Claudio Ferrufino-Coqueugniot, dejar que su prosa excelsa envenenase los balbuceos de mis párrafos, que sus emociones anidasen en mis desvaríos... puro delirio esto de la coautoría, oigan (aquí, en esta frase, incluso en la posterior, se cuela de alguna manera otro coautor de este LIFT OFF que nos ocupa, y de mis emociones, Emilio Losada, él bien sabe). La chispa de aquel incendio fue el extinguirse en cenizas la vida de Lou Reed, el bardo de Nueva York, aquel otro demiurgo cuyos brazos acunaron el abrazo de melodía perpetua de Bowie. Hoy colaboro en este homenaje al Hombre de las Estrellas con titanes del verso, el párrafo y la melodía. Vuelvo a sentirme vivo, bien alimentado (que uno pretende aún alimentarse de sus letras, sí, pero que hay otro alimento que se impone más preciso, y es el del abrazo y la cercanía, el del cariño certero y el amor sin cara oculta de luna falaz). Que otros se vanaglorien de sus obras redondas, sus poemarios perfectos. Un servidor, si de algo ha de sentirse orgulloso, es de esta reunión de abrazos huérfanos en que hemos naufragado, un buen puñado de creadores, para llorar con alegría al Duque Blanco. De eso, y de poder conocer a estos lunáticos sin cara oculta que desnudan, con cada uno de sus nuevos proyectos, la Belleza más inmediata. Amigos de La Galla Ciencia: gracias por hacerme hueco en esta nave de emoción y papel que hoy despega...

No quería extenderme pero... pido disculpas, soy pecador reincidente y el exceso es crimen que no logro eludir. Así que mejor lo dejo aquí. Valgan las imágenes que ilustran este torpe texto. Valga el continente y, si aman a Bowie, si aman la música y la Poesía, háganme caso y no eviten sumergirse en el contenido.

Hace casi un año que todo finalizaba. Hoy hemos descubierto que sólo era un nuevo inicio. Hacia él despegamos.



lunes, 12 de septiembre de 2016

... y tu mirada

La vida nos regala ocasiones, cruces de camino en que tropiezan los pasos perdidos de las personas que, sin saberlo, hacían guarida en nuestro latido, siglos antes... 

en uno de esos cruces de camino tropecé con el Alquimista de La Mirada, el Gran Sergio Ribero, fotógrafo y hermano, quechua de cuna e hindú de adopción, amigo de trago y luz, aborígen de abrazo y vida, terrorista de la imagen, el sentido y... sí, claro, la sensibilidad... 

hace ya un buen puñado de días me regaló este pedazo de vida al que no sé poner palabras... espero que puedan servir estas que, de paso, son adelanto de mi próxima publicación: Breve Historia del Circo...

de mi publicación seguiré informando, hasta la saciedad, y pido disculpas de antemano... la mirada de Sergio es más limpia que mis versos, y su Poesía más digna de tal nombre... os invito a que os asoméis a ella: nunca el parpadeo de un obturador contuvo en su interior tantos milagros...

salud!



dicen que hay que ser cauteloso
con lo que decimos a los niños
(no vaya a ser que registren
nuestros reflejos erróneos)

ignoramos que somos nosotros
los que deberíamos
andar con ojo
a lo que el ojo del niño agranda,
magnifica,
y transforma en ley de vida

© Sergio Ribero

jueves, 21 de julio de 2016

aullando con Allen Ginsberg




he visto las mejores mentes de mi generación destruidas, despedazadas, desperdiciadas por la obtusa quimera de un puñado de monedas que, suponían, les sacarían del agujero por cuyas paredes, a cada momento, más raudos resbalan, para mejor olvidar la escasa belleza que un día portaron sus genes

quienes, cuando niños, jugaban a los autos de choque del inconformismo, pasean ya sus grises trajes de oficinista en el incendio inverso del Metro, antes de colocarse el ambidiestro yugo del monetarismo social

quienes se proclamaron comandantes de las revoluciones del espíritu y los seísmos de la conciencia, muestran los agrietados surcos de una edad que llega antes de tiempo

quienes masticaron una adolescencia de suburbio, pasión e incertidumbre, se encomiendan cada noche a plegarias imberbes, en la lubricidad mentirosa del matrimonio, y luchan por no errar el camino marcado por el rebaño que conduce a la ausencia de identidad, el clarear de las neuronas, y el mimetismo de la piel con el neutro asfalto que pisotean las ruedas de los utilitarios de lujo de los que gustan en llamar poderosos

quienes retozaron a la sombra insolente de las páginas subversivas, han olvidado en la cuneta de la existencia sus sueños, cediendo el paso al brioso jamelgo de la uniformidad y, abandonando sus escritos juveniles en los vertederos del arte, en las alcantarillas de la belleza, suplican, el picotazo de la droga que les haga olvidar que ellos, al nacer, creían ser distintos del resto

quienes afilaban cuchillos de lucidez en los efervescentes renglones torcidos del blues, han disuelto su nervio eléctrico en el pantanoso brebaje de melodías de feria que con necio estribillo empequeñecen sus pupilas hasta que estas reflejan la nada más tremebunda

quienes engrasaban su lengua en solidaridades, fraternidades, justicias, revueltas, afirman que repetían frases aprendidas cuyo sentido se pierde en el sumidero de la farsa, al calor de licores de brutal gradación, calidad y precio, al albur de espesuras engendradas en la buena hierba que no pueden sufragarse los apestados que ellos mismos, algún día, juraron ser

quienes deseaban enhebrar sensaciones en las pupilas de los desfavorecidos, caminan lanzando, de tanto en tanto, monedas como proyectiles al regazo de los miserables que la sociedad decidió extirpar, cual tumores, de su organismo, y aún proclaman en alta voz lo doloroso que les resulta contemplar tamaña pobreza, semejante miseria, lo mucho que ayudarían, de poder, a segregar el hambre del estómago de los desheredados

quienes proclamaban a los cuatro vientos la igualdad del ser humano, apagan los incendios de su mente a la mesa de restaurantes exóticos vegetarianos japoneses macrobióticos, o en aviones que recorren geografías a la velocidad del turoperador y el despilfarro, o frente a las 50 pulgadas de televisores aletargados, o al accionar el botón que inicia el software que redecora la instantánea hueca con que pretenden socializar el arte y regalar su creativa grandeza a los miserables que se sujetan a la barra de bar de la ignorancia

quienes despedazaban sus puños contra la pared del totalitarismo, hieren verbal y físicamente a todo el que pueda llegar a arañar alguna triste migaja de su banquete de orden, limpieza, uniformidad y comida tres veces por día, con la todopoderosa excusa de cuidar de su prole, sus retoños, esa remilgada jauría que mañana arrancará de cuajo la mano que les da de comer

quienes subvertían el orden establecido en coloquios de guerrilla, patalean sus tan cacareados ideales, cual guiñapos, arrumbados por los cordajes que unen sus miembros a los del titiritero de camisa de marca made in Indonesia, corbata de lazada gruesa a tono con los tiempos, y perfume de cobaya disecada en esencia de sutil a vainilla que marca el ritmo del baile de moda en la verbena de las vanidades

he visto las mejores mentes de mi generación perdidas, chapoteando el subsuelo mentiroso de una vida mejor que no era la suya, y alzo mi copa vacía, la acerco a mis labios, la mastico, brindando por ellos con mi sangre paria y deseando que abandonen, al menos, la pretensión drogadicta de que su sueño ácido sea compartido por el resto de los mortales

miércoles, 29 de junio de 2016

poemas de la cicatriz (3)

Hay quien dice que el mundo termina hoy. Hay quien asegura que lo dice la boca embalsamada en saliva de un loco. Hay quien ve caminos en la niebla. Hay quien, en la niebla, ve acercarse el infierno. Hay quien vive y hay quien muere. Hay quien nunca quiso estar vivo lejos de tus labios... gracias, eternas, al Gran Sergio Ribero, por atreverse a mirar el vacío para recomponer el espanto.


el mundo ha finalizado suspirando el suspiro azul  de tus más azules párpados
esos que te lastimaban cuando se hacía pentagrama azul, en tu pubis,
la inconstancia del mío
también mis arritmias, mis besos tartamudos, y la celeste, lastimosa
procacidad de mi alma

en ti se extirpaba... en ti se vertía

hoy, a ti, lo lamento,  te reclama

el infierno me congrega, vistiendo disfraz de nervio, máscara de aguacero
y el perfil pérfido de tus labios al quebrar, inconscientes, el espejo de mi infamia

el infierno son los otros, decía uno que no te conocía

no pudo... afortunado, y es por eso que hoy... le bendigo 

porque el infierno es tu ausencia, y la ausencia que en mí coloreas
con sedas de trampa y cartón
a la orilla de una sociedad 
que ya no encuentra riberas 
en que acunar la sed
que le provoca tu ausencia

miércoles, 1 de junio de 2016

poemas de la cicatriz (2)



tus cabellos peinaban nubes
contra el espejo del lago

tu sonrisa mascullaba luces
haciendo eco al silencio

tus caderas quebraban cipreses
que aunaban rumor de muertos

el viejo embarcadero 
del Lago di Como:

invitando a derrotar relojes
contra los que golpeaba
la piedra de tu mirada

silenciosa, lenta, callada y
con una obturación de beso
revelando mis pupilas

pero una novela de adiós
escribiéndote los párpados

hoy ya puedes regresar a Como
sin perder tus pasos en los míos

hoy ya puedes mostrar tu rostro
sin la máscara de mi hastío

hoy ya puedes regresar a Como
porque hoy yo ya no existo


miércoles, 18 de mayo de 2016

me va la vida en ello

Despertar sin haber descansado, preparar una generosa cantidad de café, sentarse frete al teclado, perder un rato leyendo titulares, recordar aquella palabra inicial, sorber el café, encender un cigarro, contemplar el humo, escribir la palabra, luego otra, elegir algo de música que ahuyente el silencio, dar fin a una frase, tumbarse a pensar, quedar levemente amodorrado, recuperar la vigilia con una idea entre los labios de la mente, sentarse de nuevo frente al teclado, escribir siendo consciente de que ya has cambiado las palabras que tan exactamente modelaban esa idea de la que querías dejar noticia, contrariarse, ofuscarse, encender otro cigarro... 

Contemplar cómo el reloj anuncia horarios propicios para el sueño, desnudarse, lentamente, frente al espejo del cuarto de baño, dirigirse a la cama, profanar su vientre de algodones y color desvaído, estirar y el cuerpo y escucharlo quejarse de tantas horas encorvado frente al teclado, cerrar los ojos, pensar en aquella frase que no acertaste a componer, esa idea que no lograste expresar, sentir el pánico de tu difícil situación económica, también personal, pensar en el modo de seguir adelante, escuchar los bostezos de la casa en silencio, dar vuelta hacia un lado, pensar que deberías levantarte y abrir las puertas a los fantasmas que te persiguen, terminar ese texto que nadie te pagará pero en el que te va la vida como le irá, quieres soñar, a alguien, algún día, cuando tu libro esté impreso y encuentre en sus páginas esa revelación que a ti hoy se te escapa.

La vida de escritor no es bella, ni buena. El mundo oprime. El mundo nos exprime. A todos. También a los escritores. Nunca llegaremos a nada. Tampoco deseamos llegar a ningún lugar más allá de la siguiente página. He ahí el drama. Porque lo es, doy fe. Si lo hiciesen "reality" televisivo (todo se andará, mercado manda) os resultaría fascinante...

Toda esta retahíla para hablar de un libro. Un gran libro. Una obra literaria delineada con la dolorosa exactitud de quien escribe porque la va la vida en ello. Un volumen de relatos que funcionan perfectamente por separado, pero conforman, unidos, una novela inolvidable que desnuda la más cruda realidad cuando se viste de fantasía. Y viceversa.

Vicente Muñoz Álvarez. Literato de los que construye, día a día, desde hace muchos, el vocabulario anímico y sensorial de toda una generación. 
El merodeador. Una de sus más jugosas obras. La Ilíada del creador actual. La Odisea del escritor contemporáneo, en lucha continua con sus propios fantasmas con la sola intención de alcanzar algún día esa Ítaca en que, sueña, le espera la calma del abrazo amado. Vicvente logra, una vez más, tocar con cada palabra la cuerda de las emociones, para arrancarle arpegios de vida. 

Vicente escribió este magnífico libro hace ya años, cuando algunos aún jugábamos a emborronar páginas soñando con edificar volúmenes que sí, llegarían, pero de nada nos servirían más allá de la satisfacción por haber cerrado otra puerta (¿la de nuestro futuro?). Hoy, el tiempo, tan horrendo a menudo, ha decidido marcar la hora de los justos, y El merodeador se reedita con una par de relatos extra que no hacen más que enriquecer la ya proteínica prosa de sus páginas primigenias, cuadrar ese círculo que ya era cuadrilátero en que peleaban los fantasmas del que se perdió en los vericuetos de la vida. Y es que El merodeador no es más que eso: un ajuste de cuentas con los espectros del día a día. Nada más. Y nada menos.

No hace falta ser escritor para, acompañando a este moderno doctor Jekyll que es el protagonista -álter ego del autor-, sentir el espinazo recorrido por los escalofríos que provoca el miedo de saberse vivo. No hace falta compartir las obsesiones de su inseparable Mr. Hyde -el merodeador del título-, que recorre las páginas como ánima en pena, para descubrir que la vida es mucho más de lo que ocurre mientras estamos dormidos. Porque, además, él nunca duerme, viste disfraz de insomnio y careta de amanecer insolente. No poder dormir, sentir el tic tac del reloj como el lamento del sepulturero, saber extraña a la que duerme a tu lado, no querer dormir solo... saber, sentir, sufrir. Luchar para que deje de doler todo aquello que nos hiere. Eso, y mucho más, es El merodeador. La epopeya del hombre actual que nos pretendemos. Si alguien desea investigar los crímenes del día a día, los homicidios que cometemos cada vez que caminamos sólo por mantenernos en pie, que se zambulla en estas páginas. El merodeador será su acompañante sabio y fiel, torpe y traidor. De paso, comprenderá los solitarios suplicios del escritor contemporáneo.

Vicente nos recuerda en estas páginas que, a pesar de todo, estamos solos. Pero, paradójicamente, mientras él escriba, sus lectores podremos sentirnos acompañados. Sus párrafos acunan multitudes y yo, hoy, me enorgullezco de ser parte del gentío. 

lunes, 11 de abril de 2016

las columnas de Hércules

El número 9 de la Revista Hércules, incluía una entrevista que me realizó la Poeta y Agitadora Cultural Nuria Ruiz Fernández, autora de una delicada obra: Bitácora de un viaje a Tánger sin retorno. Recibí un ejemplar de la revista en casa, casi coincidiendo con el fallecimiento de David Bowie... y otras circunstancias igualmente difíciles... sigo llorando a Bowie, pero Nuria merecía mi agradecimiento que, no sé, no creo, dudo haber expresado con la intensidad que merece. Aquí, para aquel a quien pueda interesar, la citada entrevista, con la bella intro que Nuria osó regalarme... gracias, siempre!

Nuria Ruiz

Me gusta entrevistar a los escritores que leo para poder así conocer mejor su obra. Pablo Cerezal es uno de ellos. Un título, Los Cuadernos del Hafa, me llevó a conocer al escritor. El Hafa, ese acantilado que mira insolente la "calle de agua" que nos separa, apareció ante mí un día. Contacté con su autor a través de facebook, esa plataforma digital que más que calle es un océano donde navegan almas sin patera, a corazón abierto, buscando alguien que les lance un salvavidas. Conseguí que me enviara un libro a través de un amigo, aunque no lo tengo firmado. Eso está pendiente, y él lo sabe.

Cuando me zambullí en Los Cuadernos del Hafa, me transporté en el tiempo. Este es un libro para leerlo de madrugada, en penumbra, y cerrar los ojos cada vez que pasas una página. Durante todo el recorrido por Marruecos, a veces real, a veces onírico, donde se cruzan pasado y presente, me hice compañera de William S. Burroughs, de Brian Jones, de Jane Bowles, de Brion Gysin, esa generación underground de los 60 que reviven en la fantasía del protagonista. Pero también me sentí la compañera imaginaria de Pablo, recorriendo a su lado realidades de un Marruecos, presente, que se oculta a los ojos del turista.

Un rompecabezas que sólo Cerezal sabe componer, descomponer y volver a componer mientras el lector, atónito, viaja hacia atrás y hacia adelante, en un "flash back" que te deja sin aliento. Él, que es un buen lector, sabe lo que significa llegar a la última página y saber que ya nay nada más, te encuentras con el abismo, con un acantilado, con un Hafa, y sólo quieres andar lo desandado.

Pablo Cerezal, para mí el mejor escribiente de la realidad marroquí después de Mohamed Chukri.

Ha sido un placer lerte y entrevistarte.

P: Naces en Madrid en el 72, te licencias en Derecho y los primeros años de tu vida laboral los dedicas a actividades financieras. ¿Qué te hace cambiar el rumbo y dejarlo todo por destinos "más inciertos"?

R: Es una pregunta sencilla, pero de respuesta compleja. Creo que ese cambio de rumbo fue la resaca de un explosivo cóctel formado a partes iguales por impulso de huida hacia adelante, necesidad de viajar y exceso de hastío. Supongo que, al final, el detonante fue que por aquellos tiempos leía demasiado a Gil de Biedma, y me dolía mucho ese "que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde". No obstante, respecto a lo que indicas de destinos "más inciertos"... te agradezco el entrecomillado, porque creo que no hay nada más incierto que permanecer anclado a las comodidades apócrifas del sofá del salón y la silla del despacho.

P: Se te conoce como "un escritor errante", has viajado por ciudades tan entrañables como inhabitables. ¿De todos los países que has recorrido, cual te ha dejado más huella?

R: Todo país visitado deja huella si te relacionas, por poco que sea, con sus gentes. Yo me alegro de poder asegurar que cada país que visité me dejó profunda huella. Como todo, esto tiene su parte negativa, y es que a día de hoy me habitan la piel tantas huellas que, a veces, temo haber perdido las mías.

P: Tu primer libro se titula Los Cuadernos del Hafa. ¿Por qué elegiste este lugar de Tánger para tu libro?

R: Aunque suene a tópico: yo no elegí el Hafa, el Hafa me eligió a mí. Durante un amplio período de mi vida, el Hafa y Tánger han sido, para mí, epicentro de pulsiones animales, de esas que te reconcilian con tu naturaleza, con lo que eres. Mi primera novela no podía girar alrededor de otro ámbito. Tánger es frontera. El Hafa es frontera dentro de Tánger. Como toda frontera, contienen los elementos precisos para gozar y sufrir. Lo disfrutado y soportado allí reclamaba mis palabras. Además, para rizar el rizo, soy un mitómano empedernido, y pocos lugarres tan míticos como el Hafa.

P: Después de recorrer Marruecos, ¿qué impresión tienes de ese país y de sus gentes?

R: Marruecos es uno de esos ámbitos geográficos en que quien gusta de viajar desearía perder calendarios y brújulas, un país que se ríe de todas las recomendaciones de guía turística, una geografía que desorienta clichés y tópicos. Las gentes de Marruecos se encuentran entre las más hospitalarias que he llegado a conocer. Pero su hospitalidad puede trocar rechazo extremo sin que llegues a comprender el motivo. Intentar discernirlo es una de las avnturas más fascinantes que se pueden emprender.

P: Eres un amante de la buena música, y en Los Cuadernos del Hafa lo desarrollas perfectamente. Háblame de la música, ¿qué significado tiene en tu vida?

R: Debería releer a Freud, a ver si logro comprender por qué no concibo la vida sin música. Seguro que tiene que ver con el sexo. De hecho, ya lo explicó Rimbaud en su poesía, los cuerpos pueden escucharse. El caso es que podría escribir mi biografía hilvanando acordes musicales. Mi vida se escribe con canciones. Lo que yo hago luego, al escribir, es simple balbuceo. Tal vez sólo escriba porque soy un músico frustrado. Y además, ya lo dejé escrito en algún lugar, una canción te puede salvar la vida. Como cualquier otra creación artística, por supuesto, pero con mayor inmediatez. El fulgor de una canción puede deslumbrarte, a la primera escucha, para siempre.

P: Tu segundo libro se titula Madrid-Cochabamba (cartografía del desastre), escrito compartido con el escritor Claudio Ferrufino-Coqueugniot. Para quien no lo conozca, descríbeme a ese escritor.

R: ¿Describir a Claudio? A Claudio es imposible describirle. A Claudio hay que leerlo. Claudio cultiva una de las prosas más sublimes y desconcertantes que tengo el honor de conocer. Claudio degüella el verbo y juega con sus vísceras como lo hacía Francis Bacon con los volúmenes. Es una máquina de aniquilar clasificaciones literarias, un grande de los que muy de tanto en tanto aparecen para descubrirnos lo sublime de la palabra sentida. Aparte, él, Claudio, la persona, es de los que demuestran que antes se es animal que escritor, que para escribir hace falta haber vivido, y que no por ser un Maestro has de ser igualmente un imbécil. Deberíamos dejar de lado nuestro estúpido nacionalismo cultural y saltar fronteras. Allende las nuestras -me refiero a lo que se considera Occidente- se encuentra el arte más vivo que podemos disfrutar a día de hoy. Claudio es uno de los muchos olvidados de la Literatura... porque es boliviano, porque escribe por necesidad, porque no busca prebendas ni agasajos. A Claudio, insisto, hay que leerlo.

P: ¿En tu segundo libro también aparece la música?

R: Por supuesto. De hecho, de entre los 12 apartados en que se divide el libro, el primero es "Músicas". En este caso, además, al tratarse de una obra decididamente autobiográfica, tanto Claudio como yo desarrollamos, a través de nuestras vivencias, todo eso que intentaba explicar antes sobre la importancia de la música en mi vida -también en la suya-.

P: ¿Qué diferencias y qué cosas comunes existen entre tu primer y segundo libro?

R: La diferencia más evidente es que esta es una obra escrita a cuatro manos. Si bien Madrid-Cochabamba podría funcionar perfectamente como dos obras independientes de dos autores distintos, está concebida de tal manera que perdería la esencia en caso de que fuesen separadas. El resto de diferencias que puedan existir creo que es labor de los lectores el descubrirlas. Para mí, cada obra es una pieza más de un conjunto literario, y mi capacidad de análisis a este respecto es más bien limitada cuando ya estoy con otras dos finalizadas y avanzando en una tercera. En común... me ocurre lo mismo, aunque sí puedo decir que, como pieza del conujunto literario que intento poner en pie, sin prisa, continúa indagando en los vericuetos de la experiencia vivida, con todo lo que de contradicción y juego puede haber en ella. Y, por supuesto, creo, coinciden ambas en mi amor por la palabra.

P: En cuanto a la actualidad, tú que has viajado tanto, ¿piensas que hay refugiados de primera y de segunda clase?

R: Un refugiado es una persona atacada y herida en lo más profundo de su ser. Lo lamentable es que somos nosotros quienes desvirtuamos el mismo adjetivo con que hemos desprestigiado a dichas personas. "Refugiado" es el que obtiene refugio, y hoy pocos de los que lo necesitan lo tienen. Refiriéndonos estrictamente a las personas que se quieren englobar en ese término, aseguro que cualquier migración no deseada, por el motivo que sea, es una herida demasiado profunda. Nosotros, lo que vivimos cómodamente, somos quienes adjetivamos a estas víctimas y las dividimos en categorías, aplicando a cada una distinta importancia. Todo forma parte del mismo juego, todo sea por alimentar a los medios de desinformación que nos manejan, y por añadir cifras a las de las cuentas bancarias de aquellos a quienes nada importan las personnas si no producen beneficio económico. Pero hoy todos los refugiados son de segunda, por esa misma causa: lo que hoy es mediático dejará de serlo en un par de días. Luego está África... que dejó de ser mediático hace tiempo, o nunca lo fue.

P: Has dado una charla sobre drogas y literatura en Bolivia. ¿Por qué este tema es recurrente en tus escritos?

R: Las drogas son un medio para alcanzar con rapidez estados de consciencia que son de más difícil acceso en estado de sobriedad. A nadie le disgusta, de tanto en tanto, ante la imposibilidad del viaje físico, emprender uno mental. Imagino que soy una persona demasiado vehemente o intensa, y a veces la vida se me antoja en exceso lineal. Eso no quiere decir que precise de las drogas, pero tal vez sí de las experiencias de quienes las tomaron o las toman. Me apasiona cualquier manifestación artística o creativa, y es indudable que estas serían menores (en número y calidad) si no existiesen o hubiesen existido las drogas.

P: En uno de tus post dices "para escribir hace falta salirse de la realidad" pero tú siempre escribes en primera persona. ¿Es real o pura imaginación lo que escribes?

R: No hay nada más real que lo ficticio... y viceversa.

P: ¿Se puede conocer a Pablo Cerezal a través de su obra?

R: Si alguien llegase a tener interés en conocerme, desde luego, mi obra sería lo más inmediato... hasta que pudiésemos compartir un vino y una charla.

P: Por último, di unas palabras sobre la revista Hércules. ¿La recomendarías?

R: Cualquir emprendimiento orientado a expandir lo cultural, lo creativo, la sensación, merece el mayor de mis respetos. Si, además, se orienta igualmente a tender puentes y dinamitar fronteras, me quito el sombrero que no tengo. Hércules aúna estas dos concepciones de la cultura, y logra transmitirlas al lector atento. ¿Qué mas se le puede pedir a una revista cultural?

sábado, 19 de marzo de 2016

de Vallecas a Idomeni

Que El Dorado no existe en sudamérica ya me quedó claro. Que en Europa tampoco existe debería comenzar a quedarnos claro a muchos. Y es que de Vallecas a Idomeni, hay sólo un paso. Hoy, miren ustedes por dónde, me ha salido un burdo relato:

SOMOS LEGIÓN



Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.
Bertolt Brecht



Piel oscura incendiada en hogueras de lágrima. El niño llora. Su mamá le abraza y llora, también, deseando no haber nacido este hijo. Una ventisca noviembre desgarra en latigazo la piel del pequeño, la de su madre. El padre abisma su tragedia en algún sótano, lejos de su prole, botas militares como único horizonte. Él también solloza, en silencio. Que no se regodeen, sus captores, más allá de los porrazos y puntapiés en que les hemos instruido como hiciese aquel Henry Lee Lucas con OttisToole, su tarado compinche asesino.

La mujer y el niño consumen callejas buscando el hospital más cercano. No está lejos, dos gitanos señalan el camino, ofrecen llevarlos en su furgoneta. Ella declina la invitación, terror en su tartamudeo. Gitanos: delincuentes peores incluso que ellos, inmigrantes. Eso aullan en televisión, los bufones a quienes asignamos puesto indefinido de tertuliano todoterreno. El pequeño, descalzo, esboza un graffiti de sangre en el pavimento de las calles. Sus zapatos los arrebató uno de nuestros esbirros, mientras golpeaba a aquel vecino que pretendía inmortalizar el instante con su teléfono móvil. La mamá tironea de su retoño, sollozando, desorbitadas las pupilas, fuera de órbita el entendimiento. Pánico, indefensión y esa imbécil pregunta: ¿por qué a mí?

Ya en el hospital, el muchacho a medias vestido, tiritando frío y espanto, los pies desollados, la madre copulando la histeria, un corazón defectuoso mordiendo su pecho. ¿Puede facilitarme la tarjeta? Ella gimotea ¿qué tarjeta? La de la Seguridad Social, señora. No tengo… la tiene mi marido, o estará en casa… ya no hay casa, el niño, mírele, por favor, ¡ayúdenos! Necesita la tarjeta, tenemos muchos accidentes de tráfico esta noche, y por lo que veo ustedes están bien. Sin tarjeta no podemos atenderles, salvo en caso de urgencia, lo siento.

Me asomo al espejo. Mi rostro es normal, corriente, afable incluso cuando sonrío, como el de aquel Wayne Gacy cuando vestía de payaso. Muchos dicen que mi rostro relata mi mediocridad, como decían de Gacy una vez entre rejas. Entonces era fácil reír. Pero ¿quién se reía, antes, de sus payasadas? De mí se ríen, en las redes sociales y en el sofá de casa. En algunas cadenas de televisión, también. Lo sé. Como el payaso que me creen, sé hacer reír a los niños. En público los abrazo, incluso beso y, aunque me repugna, sonrío. Como Gacy, hago mi pantomima. Pero mirad los pies ensangrentados del muchacho, su rostro espanto. ¿Os siguen haciendo gracia mis payasadas? 

El niño gimotea papáááá. Escucha, pequeño: la policía está propinando una buena tunda a tu papá. Por inmigrante, ilegal, vago, deudor y negro. Por su maldita sonrisa negra. Como la que ayer limpiaba tu rostro de oscuridad y lo engalanaba de ternura. Esa sonrisa debería haber quedado descosida en las concertinas con que defiendo mis fronteras. Así te hubieses ahorrado lo de hoy, y todo lo que vendrá a continuación. Porque esto es sólo el principio. Y a mí no me va a detener la policía. Es jauría que me debe obediencia. Reciben órdenes y salario de todo el séquito de acólitos que he logrado reunir durante estos años. Esto no es una secta fácilmente desarticulable y, aunque yo sea un líder fácilmente intercambiable, tras de mí hay otros muchos, bien adoctrinados, que no se derrumbarán ni confesarán culpabilidad como hicieran los discípulos de aquel Charles Manson. Charles es nombre muy común en los Estados Unidos. Como Ted. Sí, pienso en aquel Ted Bundy que se hacía pasar por policía, periodista o político –gente respetable- para perpetrar sus crímenes. Yo no necesito disfrazarme ni camuflar a los míos, pero también tengo un nombre muy común. Aunque el nombre es lo de menos, es intercambiable, al fin y al cabo somos legión.

Payaso, mediocre, títere y todo lo que se os antoje. Pero ya llegué a la casa que pagáis con el rendimiento de vuestro trabajo esclavo, y enciendo un puro habano a la par que la televisión.

Hoy, en Villa de Vallecas, una familia de inmigrantes senegaleses ha sido desahuciada. Algunos vecinos han sido detenidos en virtud de la nueva ley que impide manifestarse contra los desahucios. El padre de la familia ha pasado a dependencias policiales por la violencia que ha opuesto durante el desalojo. Pequeños grupos de radicales han lanzado objetos a los agentes de la autoridad. Las sirenas policiales, hoy, son la banda sonora en este barrio madrileño. 

Sonrío y apago la televisión. He de preparar el discurso que mañana ofrendaré a mis adláteres, en el Consejo de Ministros de la Unión Europea. Haré pública mi renuncia a las ingratas expulsiones masivas de inmigrantes con derecho de asilo… faltaría más.



Pero… Idomeni, Grecia, cuna de esta civilizada civilización que debemos defender a capa y espada. Porque una democracia es demócrata, y yo soy muy demócrata. Como aquel Adolf Hitler, que sólo deseaba lo mejor para su pueblo. He de meditar acerca de todo esto. Al fin y al cabo sólo deseo lo mejor para mi pueblo, y… somos legión.