martes, 19 de febrero de 2013

poemas de la quietud (al filo de una herida que sangra)

días de recordar momentos,
infalibles estallidos de lucidez
y efímera gloria,
instantes a la sombra de una charla amiga,
segundos como tormentas
que humedecieron por siempre
nuestro latido

antaño, noches de rock'n'roll
en que lo más importante
no era la música, no,
sino quien a tu lado respiraba
idénticos acordes

hoy esos mismos,
lejanos
pero tan aquí,
sufren latrocinios y tristezas,
y yo sufro sus lamentos,
puedo escucharlos,
a ritmo de rock'n'roll

perdido en la jungla de pixel y fugacidad de "la red" quedó este absurdo articulo con que inauguraba yo mi gratuito recorrido por publicaciones online, a la búsqueda de una identidad que aún hoy sigo sin reconocer como mía...la publicación desapareció y el artículo quedo en nada...hoy recuerdo a los buenos amigos, los buenos conciertos, la cerveza y el hachís, los abrazos, las gargantas gangrenadas de exceso decibélico y ganas de apurar la vida...hoy puedo sentir sus lamentos acariciando el oleaje de los océanos que quisieron disponer, como un ajedrez enfermo, el tablero inconcluso de nuestras emociones...van a conciertos pero ya no sé lo que sienten...miran las noticias y sé muy bien cómo se sienten...nada cambia, todo permanece, para bien...y para mal...brindo por vosotros

IT'S ONLY ROCK'N'ROLL...BUT I LIKE IT!


De nocturno regreso al hogar, tras una noche de rock’n’roll. Con todo lo que ello implica, ya sabéis: música, ruido, euforia, adrenalina desatada, drogas (blandas, de momento), alcohol de alta gradación y…el sexo lo dejamos para más tarde (uno ya no tiene edad para determinadas mezclas).
El caso es que acabo de asistir a un concierto de uno de los personajes más controvertidos, musicalmente hablando, de este bendito país. Realmente, no sé si podría situar la controversia con respecto a Enrique Bunbury en el campo estrictamente musical. Quizás no, tal vez sí. La realidad es que el mencionado cantante se ha ganado, año tras año, trabajo tras trabajo, una fama rebosante, a partes iguales, de ciega pasión y odio desmedido. Yo, que me hallo más cerca del bando de los apasionados defensores, siempre me he preguntado qué hubiese ocurrido de haber nacido el orgulloso bardo en geografías más lejanas de estas en que se ubica nuestra madre patria. De haber desarrollado su carrera profesional en, digamos, Detroit, o Manchester, quizás no hubiese sido acicate para la crítica musical su desaforada avidez por aglutinar y devorar influencias, su estudiada pose de rock’n’roll star, sus premeditadas prepotencias y salidas de tono. Seguramente se le consideraría, únicamente, como a otro representante del show business, con todos los aderezos que a los mismos les son propios. Pero nos hallamos en la ibérica península, en la zona de la misma que consideramos, de manera prepotente e inmisericorde, como mejor y más desarrollada. Y es por tanto preciso que hagamos gala de nuestra bien merecida fama de envidiosos, denostando la fama y merecidos aplausos del artista maño.

No tendría mayor importancia la reflexión que antecede, de quedarse ahí, en una mera alabanza de las bondades musicales del cantante conocido como Enrique Bunbury.
Pero a toda noche de exceso, a cierta edad, y previo a la añorada sesión de sexo suave y adormecedor, antecede un estado de seminconsciencia en que uno gusta de abandonarse a las televisivas interferencias nocturnas. O sea, que veo la tele antes de ir a la cama. Puedo prometer que lo hago por si el concierto de esta noche ha sido de alguna manera glosado por los informantes patrios. Pero es evidente que yerro: la música no interesa ya en este país, salvo si va acompañada de cifras de muchos ceros (y no me refiero al número de asistentes al recital, no). Hace mucho que dejó de interesar, al menos como fenómeno cultural y posiblemente subversivo.

Y es en el noticiario de pasada la medianoche dónde tengo el honor de asistir a ese otro recital con que nos agasajan los políticos nacionales.
Mientras el presidente del gobierno aún juega al aprendizaje de los tiempos modernos intentando adoptar poses de certero y seguro adalid del progreso, los candidatos a opositarle ejecutan extraños pasos de un baile que se me antoja, cuanto menos, grotesco. Resulta que ahora no permanecen impertérritos, tras un atril, frente a un público entregado a cada una de sus obviedades verbales. Ahora gustan de sentirse estrellas, y se pasean arriba y abajo de un escenario dispuesto como si de una entrega de premios musicales se tratase. Pasean, ya digo, por un escenario circular, situado en el centro del recinto a efectos de que podamos observar los rostros embelesados de sus acérrimos seguidores. El presidente, mientras tanto, haciendo gala de su espíritu de sacrificio y capacidad de trabajo, agacha la mirada sobre toneladas de documentos que se pretenden imprescindibles para el avance económico del país y, posiblemente, no escondan más que garabatos e insensateces, páginas en blanco al fin y al cabo. Pero no pueda culparse al presidente de ser un perroflauta dedicada a la risa, la chanza y la algarabía, ¡no!: hay que trabajar duro para conseguir que todos los ciudadanos puedan trabajar duro, conseguir mucho dinero, consumir mucho y pensar cero o nada.

Es observando estas imágenes cuando me asalta el cortocircuito.
Resulta que los políticos actúan como estrellas del rock’n’roll, bien absortos en sus papeles, y como a tales les apluadimos.
Mientras tanto, las estrellas del rock’n’roll son denostadas por falta de humildad, por no comportarse como el vecino del 5º. Discúlpenme, para ver al vecino del 5º no tengo más que bajar un tramo de escaleras, y posiblemente lo haga para ver como solucionamos el problema de las humedades. Pero para ver a un artista de la música me tengo que desplazar a una sala de conciertos (sí, alguna queda) o un estadio, y ni quiero ni pretendo saber nada de su vida y sus sinceras ilusiones, de su capacidad de trabajo o su compromiso con los pobres: necesito música y actitud que me hagan olvidar por unos momentos las inclemencias de los tiempos que corren. Soñar, cantar, entregarme a la euforia, aposentarme en el exceso.

No ha mucho tiempo que Roger Hodson decidió titular uno de los más sonados trabajos de su grupo Supertramp, con el título de “Crisis? What crisis?” Y, hoy, podríamos llamarle visionario. No sólo por el título, sino por el conjunto que este hacía junto a la foto de portada del vinilo en que, un supuesto veraneante disfrutaba de un momento de solaz y reposo en las inmediaciones de un complejo fabril, amparado bajo una sombrilla de la lluvia ácida que arrasaba sus inmediaciones.
                                             Just a Normal Day by Supertramp on Grooveshark
 Viendo las imágenes de nuestros políticos, escuchando sus palabras, estudiando su estudiada coreografía sobre el escenario de la falsedad y la carencia de escrúpulos, me encomiendo a Roger Hodson, y me sonrío ante el recuerdo de aquel disco de Supertramp.

Así que decido olvidar que, a pesar de la huelga general, en Bélgica, contra las medidas de austeridad y el castigo que estas ejercen contra los más desfavorecidos de la sociedad, todos los Jefes de Estado de la Unión han llegado sanos y salvos a la capital del país para participar en la Cumbre (atención al nombre) de la Unión Europea, de la que se esperan decisiones que nos saquen a todos a flote de esta ausencia de valores y medios en que irremisiblemente nos vemos sumergidos.
Se han movilizado todos los efectivos precisos para que un aeródromo militar asegure el cómodo (y gravoso, desde el punto de vista económico) aterrizaje de los distintos potentados.
Se han cortado las calles para evitar que los que salvarán nuestro futuro tengan que ver de cerca el rostro de aquellos a los que ya ningún futuro les queda.
Se han habilitado medios excepcionales para que puedan degustar un suculento menú compuesto por manjares elaborados por los más renombrados (y mejor pagados) chefs de cocina del continente.
Pero ha merecido la pena. Se han trazado las líneas maestras y han conseguido convertir la Cumbre en lo más parecido a un concierto de rock (jet privado en aeropuerto cerrado al tráfico aéreo, cordón policial abriendo paso a la limusina, arrogantes poses frente a los fotógrafos, champagne del caro…¡vamos!, ni los Rolling Stones) mientras en España, y otros países de la Unión y el Desconcierto, quedaban definitivamente varados ciudadanos de tercera que sólo querían desplazarse a sus lugares de origen, o a tramitar los documentos administrativos que les permitiesen continuar disfrutando de la quimera del sueño económico europeo (dígase los ciudadanos de Malí, o Senegal). ¿El motivo? El cese repentino de actividad de una compañía aérea que se había cuidado mucho, con anterioridad, de cobrar los pasajes de los vuelos que no llegarían a realizarse. Los políticos de uno y otro bando (vencedores o vencidos, según si gobiernan u opositan) recogen de su público vítores y alabanzas al prometer castigar a los culpables, o clamar que los contrarios no harán nada por castigar a los culpables. The Song Remains the same, proclamaban Led Zeppelin.

                                    The Song Remains the Same by Led Zeppelin on Grooveshark

¿Puedo permitirme un último alarde de indignación? Yo escribo gratis por ver si algún día puedo alimentarme (no engordar) con el esfuerzo que a tan gratificante labor dedico. Los discursos preparados para nuestros insignes políticos, las asesorías de imagen, los preparativos de la actuación ante “su” público, etc. se pagan bien, muy bien, me consta. Pero me alegra saber que lo hacen con la filántrópica intención de sacarnos de la crisis, ya ven. Yo, al fin y al cabo, no solucionaré jamás nada con las palabras que tecleo.

Creo que a partir de ahora no asistiré a más concierttos. Me bastará esperar las noticias de la noche, en compañía de una botella de whisky de marca blanca. El exceso está servido.

¿Y Bunbury? Pues lo siento por él, que se hubiese dedicado a la política.

                                    El Cielo Esta Dentro De Mi by Bunbury on Grooveshark

1 comentario:

  1. Hola, Pablo.

    Cinco minutos de lectura me han sabido a una tarde de cervezas con amigos, has tocado casi todos los palos de una conversación de calidad con gente de confianza. Tal vez con tu tecleo no soluciones nada de este maltrecho sistema en el que aún pataleamos, pero estoy segura de que, como sucede con el aleteo de la mariposa, alguna conciencia habrás agitado, motivado o incluso sublevado.

    P.D. Sin presentarme y sin llamar, he comentado creyéndome totalmente lo de la mesa con los colegas. :)

    Un abrazo.
    Lele

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te escucho...