«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios».
Evangelio según San Juan
La distancia entre mis clavículas y mis rodillas contiene todo lo que aprendí hasta hoy. Porque justamente hasta hoy todo lo medí en inviernos voraces de abriles que se soñaban excavándole poemas a mi piel. Algo harían mis pies, sí, lo sé.
Hasta hoy, que descubro perdí la métrica y el paso. Bailo desnudo y descalzo en mitad del salón. Bochorno para la pantalla apagada del televisor. No me salen los versos ni encuentro ritmo a mis textos. Ni siquiera acaricio la cintura al verbo y ya equivoco los pasos. Mido las palabras que contengo sólo por instinto. Por eso y porque la música sigue sonando mientras escribo. Como si me recorriese este cuerpo que ya ni siquiera me acaricia ni acaricio porque no comprendo mío y para nada habrá de servir así. Simplemente lo contemplo envejecer danzando sábanas Canterville. O creciendo hacia adentro, que es lo hondo y no es lo mismo.
Hace años comencé a medir mi cuerpo en versos creyendo que entre mis vísceras anidaban todos los verbos. Hasta que descubrí que no me pertenecía y las metáforas equivocaron el ritmo. Beat. Beat. Los encabalgamientos perdieron la montura y los sinónimos embarraron el verbo. El beat.
¿Cómo mido ahora la distancia entre mis clavículas y mis rodillas?
Comenzar a reescribir el propio cuerpo no es un acto gratuito. Encontrar de nuevo las palabras que juegan escondite en el propio pulso. En la femoral, el tintero. Y la pluma entre qué dedos. Aprenderse para de nuevo aprender a escribir.
Habitan un cisma mi cuerpo y mi diccionario: a un lado los órganos que pronuncian milagros, al otro aquellos que se tildan mortales e imperfectos. Así también se funda una religión, pero de misal disfuncional que no invita a cantar ni me permite escribir, caminar, bailar.

¿Y el verbo?
Una coreografía de libélulas danzando escalpelo como pañuelo largo entre mis pestañas. Tu mirada y las grietas por las que se desliza el poema. La noche giróvaga alrededor de las horas muertas hechas grumo Dalí al filo de mis madrugadas. La quietud y la nada como náusea sartreana o vodevil de picaportes que chirrían tu nombre. Un aguijón en el costado y tus dedos, coleóptera costumbre de mi memoria, panal de abismos y milagros y grados de más para la temperatura que sólo tú sabes calibrar. Cianotipias de mi barba en mediodía reptándole ocasos al plumaje de tus muslos. Relojes sin calendario. Tiempo de escayola y musgo. Una goleta con su ebriedad de espuma. Aquel naufragio entre tus párpados. La tormenta excavándome las vértebras y tú vertebrando el ayer, deconstruyendo el hoy qué día es. Cuántos ya, aquí, arrullado por la mortaja en que sábanas como lienzos de cierzo me soplan tu ausencia entre los dedos. Hubo un tiempo en que fuimos y está aquel otro en que mordidos por la vorágine de esta telaraña sin embozo seremos y no me contradigas, al menos de viva voz, poesía. Soñémonos de nuevo capitanes de todos los puertos y extrarradios por los que arrastramos nuestra hambre de piel, buen pescado y trago lento. Soñemos de nuevo la posibilidad del verbo.
¿Y las palabras?
«Se miran, se
presienten, se desean,
se acarician,
se besan, se desnudan,
se respiran,
se acuestan, se olfatean,
se penetran,
se chupan, se demudan,
se adormecen,
despiertan, se iluminan,
se codician,
se palpan, se fascinan,
se mastican,
se gustan, se babean,
se confunden,
se acoplan, se disgregan,
se aletargan,
fallecen, se reintegran,
se distienden,
se enarcan, se menean,
se retuercen,
se estiran, se caldean,
se
estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se
juntan, desfallecen,
se repelen, se
enervan, se apetecen,
se acometen,
se enlazan, se entrechocan,
se agazapan,
se apresan, se dislocan,
se perforan,
se incrustan, se acribillan,
se remachan,
se injertan, se atornillan,
se desmayan,
reviven, resplandecen,
se contemplan,
se inflaman, se enloquecen,
se derriten,
se sueldan, se calcinan,
se desgarran,
se muerden, se asesinan,
resucitan, se
buscan, se refriegan,
se rehúyen, se
evaden y se entregan».
Oliverio
Girondo
Se aman, entonces, y no están gastadas. Desde mis clavículas hasta mis rodillas un desfiladero de aristas entre las que aprender a recolectar palabras.