Hablan de guerras, los noticiarios. Hablan sin hablar, tartamudos de abecedarios y engreídos de moneda hecha sudario de niños fríos como calendarios arrancados a la baraja en que juegan póker los mercados.
Afuera, la respiración es un estanque sin peces deflagrado en CO2 a marchas forzadas respirado bajo mascarillas y máscaras que amartillan la sien de lo ingrávido.
Afuera, la realidad es una carcajada y un disfraz que te amamanta las pupilas para injertarles semillas de mar huérfano de algas, henchidas de rímel como cristal dispuesto a afilarme las pestañas.
Mugre y quebranto en mi llanto como adiós y furor en el canto de quien olvidó cantar porque desconoce qué cosa es el daño.
Y yo, ya, vislumbrado el ocaso, tengo preparadas las cadenas:
Piel de oso las recubre, no te dañaré, no temas.
En realidad acolché mi redil con papel de celofán, frenopático y cordel, y tampoco dañaré a este animal famélico, esquemático, en cuyo interior se asfixia el oxígeno buscando tu perfil.
A pesar de todo: por si truenan helicópteros, arrecia una DANA, los aeropuertos se duelen de bombardeos o tu piel pierde la mía en un desvelo de reloj sin madrugada:
aunque no me sirvan
la lengua que me fuerza:
pronunciar palabras más allá del miedo y contra los aviones hechos de lluvia hacia dentro por no deshacer los cordones del zapato que siempre dejas olvidado en el rincón de mis infartos:
seguro de revivirte
triunfal en tu taconeo.
Eres el Aleluya en que se rompió Jeff Buckley y el sollozo en que se quiebran todos mis anhelos.
¿Me preguntas si lloro?
mira mi pulmón:
oscuridad, corrosión,
nervio, soledad,
nicotina y miedo.
Como otras tantas veces, Pablo, me dejas sin respiración y un escalofrío desconcertado se queda rumiando tus palabras. ¡Grande, amigo!
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