He sobrevivido a los naufragios de la saliva, a la cólera indolente del corcel sin dueño, a la duda inexorable del día a día, al hambre alumno que torna profesor para enseñarte cómo alimentarlo para que no desfallezca, al cuchillo de los días de muslo y fiebre, a la voracidad de las noches sin luna y a los amaneceres con disfraz de presidiario.
He sobrevivido a los tumultos del horario ceñido, a los vendavales de estanques huérfanos de pato, a los sortilegios brutales de patas de conejo extirpadas para condonar todas las deudas, a los festivales de la paciencia, los velatorios de la fraternidad y los límites exorbitados de la consciencia, la furia aplacada, pero siempre plena.
He sobrevivido a los días pasados, a su álbum de familia, al desayuno de neuronas en que se deshilacha la memoria, a la noria de los días color frambuesa y a los amaneceres que juegan astros contra las paredes del Albaicín para hacerle coro a los pasos que no saben dónde ni por qué terminan.
Pero me falta energía para golpear la lápida, para brotar de entre la tierra las garras de mi voz cada mañana congregando la sonrisa mientras contemplo tus dedos jugando sobre un papel que ignora el negro cuando todo naufragio viene henchido en color de viento.
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| © Munay |
