¿Estás acampado aquí?, me pregunta una deliciosa joven de piercing en nariz ( ) y tatuajes excesivos recorriendo su sinuoso y, por mi parte, infravalorado cuerpo. No, sólo soy un mirón, respondo. A lo que ella, embrión dialéctico, me regala su cara de póker amañado. No mirón de tu cuerpo, ya no tengo nada que contemplar en avernos ajenos a mi propia temporada en el infierno. Y ya que de juego de manos que invento va el riesgo le muestro mi cámara de fotos, como máscara de pulpo aferrada por mis dedos. Dedos feos, de grosor imbatible y feroz plantándole cara a todos los pianos, sin la agilidad del pulpo pero pura pulpa en determinados momentos y le pregunto si querría posar para mí. Muerdo en hueso. Los pulpos no tienen diente y ella es pura carne.
- ¿De qué vas, tío?
- Perdona, sólo era un intento de apresar un rostro seguro de sí mismo, que con el mío tengo ya demasiado castigado al espejo.
- ¿Qué dices?
- Nada, que si puedo pasar y pasear y hacer fotos.
- Puedes pasar, pero ojo con lo de las fotos, que a la peña no le mola.
- Ojo, creo, todavía tengo. Y cautela, puedes estar tranquila.
- No, no, si yo estoy tranquila, lo digo por ti.
- En peores barros he chapoteado, tranqui, que además, aunque no lo creas, vengo aquí más por mí que por vosotras, que ya ves que no cumpliré otros 30 años como los que tú tienes y también vivo de alquiler y no tengo herencia que dejar a mi vástago.
- ¿Ves?, esto es una putada para todas, ¿ves?
- Veo que para todos, ya lo veo...
Lo veo y me adentro en esta especie de aparato digestivo social que es la acampada en la Puerta del Sol. Vivienda, dicen. Digna, a poder ser. Por vivienda digna claman y yo que no la tengo sólo pienso en recorrer los intestinos de esta úlcera social hasta sentirme expulsado a su exterior de helicobacter turístico y luces de color en que recomponer mis prendas gastadas en jugos gástricos de los que amanecerán mejillones que me piden que los mire mientras prestos a volar durante el tiempo en que decido si ya tengo demasiada ropa sucia como para preparar otra colada.
Paseo y silencio y me enredo y aliento y aroma de lumbre joven enredándose y el tajo y el fuego y regreso a casa deshecho y leo a Vallejo y me hablo y te respiro y te leo y hablo mientras enredas metacarpiana pulposidad en el teclado antes de acoger la danza de nieve en que se deshilacha mi nuca. Qué más da cuando tengo la fortuna de haber apresado tus deditos entre la tela de araña tejida por mis escasos y canos cabellos. Qué más da cuando te leo como en un haikú infinito y me dices que te gusta que te hablé así, que te traiga la voz de Vallejo, que no puedes hablar así con quienes te rodean porque no te entenderían. Pero te atreves a hablar conmigo, aunque escrito y a escondidas, sabiendo que yo me leo por dentro para poder comprenderte y a ti me entrego y te dedico un vómito, ya que vengo vomitado por las razas del hartazgo. Yo, me vierto y te canto
AVE, CAESAR
Cómo acontece el trotar
Caballito tictac espuélase 1,2...
Ayer fue el abrigo, pero
de tu ausencia me enfrió y me resfrío
un brioso relincho
trinitario, trimultuoso tributo
que diento sin desearte dentada, yegua
¿Viste cómo crecía la hierba?
Toda verde que te quiero
mas en tus axilas
respiro musgo y lo crezco crecido,
cozido en el paladar a paladas
de pupilas populosas
de vulvosidades raquídeas
El fulgor de tu verbo
adentrando dedos en mi garganta
obscura cuando obstacula
catarro y labio que sabe encontrar
arriba y muy hondo
lo nocturno
¿Escuchaste aullar a la luna?
En la noche desrruido el silencio
y te desbrozo sílabas
ensalivadas de riesgo y diccionario
para embozarme tu nombre todo
cuando desaprendemos
jugándonos la vida en un abecedario
¿Cómo acontece el trotar?
Caballito de riesgo y tictac 1,2...
Para cuándo el incendio, me pregunto mientras me entrego a los vaivenes de un delirio en que soñaré que no hay continentes sino contenido, que no hay mares que se puedan cruzar sino caminos a transitar, que nunca mareas que no sepamos surcar, que no islas ni autopistas ni arrecifes, que las ciudades no existen y que tal vez sólo un pueblo por el que paseo mientras le das nombre con tus dedos como acentos. Las calles aún no arden porque el amor sigue siendo incierto. Yo, cada vez más lejos de la calle, no ofrezco más batalla que la del amor en que me incinero.

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