lunes, 27 de julio de 2026

vailima en el fondo del espejo

De la pérdida no quiero saber nada, a pesar de ser lo único que tengo. También tengo una esfera de cristal modo bruja adivinatoria de escombros venideros a la que me asomo en las noches de humo excesivo con lubricidad de incendio. En ocasiones también en las mañanas, para descubrir sobre su superficie trucada en dos dimensiones aquellas noches en que deforme y estas otras en que pedazos rotos. 

Me agrada mirarme desenraizado contra la longitud nacionalizada de los espejos. Sí, las raíces tienen esa cualidad para amarrarse a la tierra e incluso la mar, que así rizoidean, danzando, las algas en busca de alimento. Y hoy yo aquí frente al espejo me derramo en raíces con maneras de metacarpiano presto a dictarle arterias a mi verbo atropellado.

Y hoy yo aquí sin atreverme a mirar cómo la sangre me palpita voraz entre los muslos mientras Lorca tirita de frío. Déjame cubrirte. Permíteme regalarte mi calor. Es lo único que tengo. Eso, la pérdida y la cartografía de un aliento. Mi fascinación por los mapas, será. Mi seguir recorriendo latitudes que sé ya no existen y es motivo, me engaño, para no salir ya nunca de mis propios extrarradios. Upolu fue un invento de Tusitala.

Luego, ahí afuera, están y me esperan los tiempos modernos. Me río de Chaplin pero no con Chaplin. Nunca me gustó su bigotito de arlequín recién inventado ni su mísera poética del drama que encoge los corazones no habituados al espanto. De él prefiero y sólo rescato la magna vejez de su hija. Bendita sonrisa. Mirada desbrozada por las modernidades de un siglo ya pasado. 

Salgo al exterior después de haber apedreado el espejo masturbando un recuerdo de imágenes en que se soñó forjada su sonrisa de vidrio falso. Y el exterior se inicia en el inframundo del Metro. Y supuestamente es moderno todo lo que en su intestino de herrumbre contemplo. Supuestamente, digo, porque aunque siga apareciendo en las listas elitistas que nos dictan para indicarnos quienes son los grandes de la poesía, nadie comprendió a Rimbaud cuando se tatuó en el epigastrio, antes de vomitarlo, aquello de que hay que ser absolutamente moderno. 

Hay que llevar el poema hasta su último extremo. Pero nadie comprendió que el poema, recién nacido de la carne, vuelve a sus adentros para mejor seguir creciendo hasta escuchar el canto tribal de una antropofagia que repudia el autoconsumo en que hoy se consume el falso hombre moderno. Waris' brasileros devorando el duelo a dentelladas y Lévi-Strauss recordándonos que todos somos caníbales. Hoy dictamos con vulgaridad una modernidad carente de poesía. Nadie comprendió a Rimbaud. Ni siquiera quienes lo leyeron. Ni siquiera yo mientras asomado al espejo.

Y así deambulamos esto que dimos en llamar vida moderna. Exhibiendo nuestras falsas cicatrices tiznadas de purpurina. Ni siquiera mercromina. Así caminamos carentes de estilo y exiliados de latido, retorcidos en nuestra propia burbuja de vacuidad compartida. Si ni siquiera sabemos caminar. Si para al menos intentarlo necesitamos ejemplos arcaicos porque no sabemos mirar alrededor. O porque cuando lo hacemos sólo hallamos vulgaridad. Ya no tenemos capacidad de imaginar cómo caminaba Aglaya. Era griega y era inventada, nos dirán. Nos decimos.

Somos un albañal de experiencias frágiles forcejeando contra el olvido. Donde habite el olvido, cantaba el poeta, donde yo sólo sea. Dime tú si conoces dicho lugar. Dime siquiera si en alguna ocasión has hecho el más mínimo esfuerzo por encontrarlo. Ahora está en todas partes. Por eso te cuesta habitarlo. Ciegos como gusanos nos desgañitamos para hacernos ver, que nos vean, que nos escuchen pero ni nos lleguen a oler siquiera. Los perros saben del olfato, incluso bajo la lluvia. Perros mojados y tanto perro obedeciendo la voz de su amo. 

Hay que ser absolutamente moderno. Por eso, de la pérdida no quiero saber nada. Por eso es lo único que tengo y aún me asomo sin pudor a los espejos para regresar a Vailima.

«Untitled», Vivian Maier en 1955



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