domingo, 9 de marzo de 2014

poemas de la quietud (a ritmo de Carnaval)

lo mejor de esta entrada es la canción que, como siempre, se encuentra al final (podéis ahorraros el texto)... o, como dicen por aquellas tierras: el que avisa no es traidor...

En las calles de Cochabamba, las danzas ancestrales quedan desmadejadas en ritmos acaudalados de perversión sónica, mientras sus habitantes se entregan a la fanfarria hueca del alcohol y la mirada impúdica. Danzas de cascabeles macho que entonan himnos desarreglados a mayor gloria del colorido fugaz de la piel hembra, escuetamente ataviada de cordajes de sencillo desamarre. Grandes y niños correteando las plazas y embadurnándose de agua sucia, químicos y supuesta tradición, mientras el asfalto germina licores mal digeridos y tropiezos ebrios. Carnaval, o sea: triunfo multitudinario de la carne excesiva sobre la sobriedad solitaria del alma: ecos de alborozo de Baco o de mugir de Apis, en contradictoria coyunda con feligresías del Hijo del Hombre y atávicos ritos terrenales. Poco amigo como soy de buscar el fulgor de la carne entre multitudes y desperdicios (además, puestos a elegir festividades de disfraz y exceso, prefiero el superávir de ausencia textil de Brasil... cuestión de color, qué le vamos a hacer), me arrumbo al mínimo tartamudeo con que tu piel me viste el deseo, porque las profanas festividades, esta noche, traen a mi memoria aquella canción del gran Vinicius de Moraes que aseguraba la tristeza no tiene fin, la felicidad sí. Así el carnaval, así la victoria de la carne, que dura lo que la comparsa del orgasmo o la mascarada del deseo. Eso, creo, quería expresar el poeta brasilero. Pero yo, esta noche, he decidido alargar mi carnaval de ausencia desvistiéndote la máscara de cotidianía para danzar por siempre entre tus brazos de fiesta y calma. Mira por dónde he descubierto que, tal vez, la canción esté equivocada y la felicidad, en la simétrica existencia de nuestros besos, pueda ser eterna...


lívida quietud de la noche
interrumpida tan sólo
por el dócil interruptor
de mi deseo

y llegas de nuevo a mí,
como un chapuzón de vientre
que se me vierte en los labios
para florecerme la garganta
de humedades valientes
y palabras como orgasmos

y arribo de nuevo a ti
como un sorbo de erección demente
que torna vino en tu dicción
para germinar tu latido
de diástoles inconscientes
y gemidos de convulsión

trémula turbación de la noche
interrumpida tan sólo
por el eclipse lascivo
de tu ausencia


                     

sábado, 1 de marzo de 2014

hay otras guerras

Noche de Nick Cave y Flor de Caña Gran Reserva (uno es pobre pero no imbécil... al menos eso quiero pensar) en que la poesía sónica de culpas, rencores y melancolías del bardo australiano se diluye junto a las fluorescencias opacas del alcohol bien (o mal, ya no sé) digerido. Y acuden a la memoria que no tengo agueridos guerreros de bandera fofa, carnes derrotadas y desencadenados canes que buscaban El Dorado, en tierras americanas, para lograr la satisfacción viciosa de réditos y manjares, monedas y hembras, violencias y latrocinios que los suyos no les permitirían... o tal vez sólo buscasen poder seguir soñando que su vida tenía más sentido que el que habían marcado, a fuego, en su grupa de batalla y niebla, esos que llamamos, aún hoy, los poderosos.

Hoy, en trayecto cruzado, mordiscos de rabia y consignas de odio surcan el Atlántico. Y Europa sufre asaltos al poder mientras América asalta desde el poder (y viceversa, qué mas da, quién es el bueno, quién el malo, en este fuego cruzado de bandos, banderas, hipotecas, supuestas libertades, cenas sin pan, redes insociales, exabruptos, niños descalzos de zapato nuevo y miserias?) 

Afortunadamente, a uno y otro lado, podemos gozar el estallido limpio de la palabra, la deflagración benévola de la Poesía, y a mí me llega, hoy, como una explosión de belleza acertada, la tipografía gloriosa del gran Javier Vayá... gracias, hermano, por recordarnos que hay otras guerras, que vivimos tiempos extraños, que ellos lo saben y de eso se aprovechan...

FUEGO CRUZADO
Javier Vayá
Ojalá no tengas que verte nunca
en mitad de un fuego cruzado
entre el ruido de sables
en un lugar común y cacareado
ojalá que el ruido y la furia
y el odio y la patria y la gloria
y el disparo bienintencionado
no te alcancen con el pie cambiado
ojalá no tengas que verte nunca
en mitad de un fuego cruzado
que no te pudra la propaganda
de ninguno de los bandos
y la cruz y la venganza y la ruina
y el mal menor y el daño colateral
y el consuelo torpe de muchos
se conviertan en el pan diario
ojalá no tengas que verte nunca
en mitad de un fuego cruzado
que le levantes la falda a la verdad
para ver qué diablos hay debajo
y lo absoluto y el miedo y el honor
y el luto impostado y el dolor fingido
y Georges Washington ensangrentado
y la realidad ponzoñosa del telediario
no te agarren nunca despistado
en mitad de un fuego cruzado.

viernes, 14 de febrero de 2014

aluvión globalizado

Abandoné ya la inundación de créditos impagados y sonrisas hipotecadas del viejo continente, su tormenta de consumo urgente y su aguacero de oropel inexacto, para sumergirme en la inundación de trastorno climático y lluvia iracunda que asola la región cochabambina, aquí, en Bolivia.

Me llegan dudas de amigos, y preocupaciones de no tanto (no tan amigos, quiero decir), deseando saber cómo me encuentro y si no me ha llevado la riada. Pueden estar tranquilos los amigos, e impacientes los no tanto: me encuentro bien, no soy yo el desafortunado habitante de unos metros cuadrados de adobe mal empastado, ni aquel a quien hasta ayer daban cobijo cuatro plásticos mal amarrados a la brevedad postal de una foto manchada de barro. Quiero decir que, afortunadamente, la lluvia no me afecta más que en lo anímico, cuando pienso en todos los chavales que han visto desaparecer, cual bocado urgente, en la garganta húmeda e insaciable de la tormenta, enseres (pocos) y familia (demasiada), o en los ancianos que ya no caminarán senderos que han quedado definitivamente difuminados al albur del vendaval. Las lluvias, en la región de Cochabamba, han decidido sepultar en su funesta lavandería de lodo y oscuridad cuerpos como prendas sin uso y esperanzas como trapos desgastados. La muerte ha decorado con su graffiti de nada y su gotelé de miedo los alrededores que me circundan. Pero yo permanezco vivo y salgo de casa, cada día, con un paraguas bajo el brazo. Y no, en esta ocasión no lo olvido en los bares.

Me cuentan amigos (los no tanto, de esto no hablan) que en España finalizaron las lluvias, pero no las tormentas, ni las inundaciones. Pero, en esta ocasión (globalización obliga), las autoridades, en un desmesurado alarde comunitario, han decidido replicar la desgracia de la muerte acuática boliviana en las costas hispanas. Parece ser que tuvieron envidia, los gobernantes, de esta macrofiesta de la desgracia que siempre asola a ese mundo que decidieron dejar en tercer puesto en el campeonato de la vida: la inundación, el aluvión... el desastre natural, o sea. Y es por ello que han decidido emplear los réditos obtenidos de los impuestos que pagamos los que menos tenemos en acercar a la piel de toro la gloria inversa y mojada de la inundación. Han decidido, ya digo, inundar de muerte y pelotas de goma los cuerpos sepultados en marea de un puñado de inmigrantes ilegales (negros, cómo no). Y el Hombre del Tiempo... ¿qué opina?, me pregunto... creo que anda perturbado porque las olas en el Cantábrico superan los dos metros de altura. Comenta que la Guardia Civil ha empleado a fondo todos sus efectivos para mejor rescatar a la vida terrestre la vida fluvial de pescadores y bañistas. La misma Guardia Civil que (cumpliendo órdenes, of course) ha decidido erigir homicida frontera frente a nuestras costas más sureñas, no vaya a ser que se vuelvan negras como cuando el Prestige. Es lo que tiene un mar infectado de subsaharianos cuyo color de piel no logra erradicar ni el más potente de los detergentes patrios.

No es cuestión de parecer partidista, a estas alturas: lo que explico lo trae la prensa, también.

Nos dijeron que la globalización era fenómeno que acercaría a los pueblos. Callaron que lo que haría sería hermanarlos en la desgracia, a mayor gloria de aquellos que no desean más que globalizar la vergüenza, la ignominia, el abuso y el regodeo en la desgracia ajena. Y yo, en esta noche de goteras y vino agrio, me lamento al comprobar que tenían razón. Porque hoy, en Bolivia, la lluvia siembra cadáveres, mientras en España, el mar germina cuerpos sin vida. Claro que, pienso, los muertos bolivianos son festín provocado por fenómenos meteorológicos posiblemente causados por los gases que, a la atmósfera, vierten fábricas de plástico en que toman cuerpo un puñado de pelotas de goma que irán a estrellarse contra el ébano humedecido de la desesperación, ése que intenta alcanzar las costas europeas para olvidar los desastres naturales que asolan la tierra que los vió nacer. Globalización, ya digo.

Y no es cuestión de parecer partidista, a estas alturas: lo que explico (lo de Bolivia) sucede cada año, y dice la prensa que las autoridades hacen pública manifestación de lágrima reptiliana y dolor de contrabando a la luz de la desgracia que ni intentan evitar.

Aquí cerca, al otro lado de la cordillera, los hay que miran el horizonte suplicando que no venga preñado de humedad asesina. Al otro lado del océano, en las costas que hace poco redecoraban mis pies cansados, los hay que buscan en el trazado metálico de un horizonte asesino los cuerpos sin vida de sus seres queridos.

A mí, afortunadamente, me queda la gloria de observar gotas de lluvia suicidándose contra el cristal de la ventana del salón de mi casa. Y cada vez que llueve, decido soñar que la vida es sueño y lo que cuentan los periódicos es tan sólo pesadilla. 

sábado, 14 de diciembre de 2013

nos has nacido

cierto... lo sé... abandoné temporalmente estos Vislumbres en espera del regreso a Bolivia... pero aquí también, en esta tierra en que inicié mis torpes andaduras, he podido vislumbrar un El Dorado más refulgente que todos aquellos que imaginaran los antiguos conquistadores, y por eso regreso: para dejar constancia... y para que el joven Salazar sepa que ya tiene más latidos que le unen a los antiguos invasores... siempre

gracias a todos (sí, tú, no mires a otro lado, sabes quién eres) por ser y estar

Amaneces al invierno frío de este mundo despejando las dudas de un anochecer incauto, y tu voz desgarra los fulgores de estrellas que no se atreven a brillar para no asustar al cielo.

El hospital despereza el sudor de heridas y lamentos de un día perdido entre vendajes, sondas, goteos y suturas que no quieren decir su nombre. Y tú describes tu presencia con la metáfora quieta de tu llanto primero. Yo, aletargado por el cínico festival de luces agrias de la sala de partos, asisto a tu nacimiento. 

Surges de un naufragio de sangre y vísceras como pétalos de rosas que nunca germinaron espinas, reclamando tu pequeño espacio en un mundo que se precia de regalar a cada uno el suyo. Tu madre te regala el punzón incierto de un dolor de siglos con el que tú decides hacer celofanes de regalo y pajaritas de tiempo.

Afuera, los voceros del apocalipsis continúan su prédica huérfana de esperanza y podrida de futuros que no llegan. Yo, dentro, embadurnado de la asepsia azul cobalto del paritorio, asisto al apocalipsis de vida y milagro de tu nacimiento, hijo, mientras tu madre se desmadeja en arrumacos de lágrima y desvanecimientos de emoción que nadie ya, salvo tú, podrá reverdecer en el pasto breve de las pupilas.

Nos has nacido, hijo. Lo has logrado. Has estrechado tu osamenta de río para verterte en el caudal de miedo y ternura de nuestras vidas, aquí afuera, donde la luz, hoy, es milagro que abreva en tus labios de beso y latido. 

Y ya no somos más una mujer y un hombre porque, al rugir la alarma benévola de tu llanto, hemos acudido prestos al incendio de una nueva vida. 


jueves, 7 de noviembre de 2013

¡arde Cochabamba! / ¡arde Madrid!

...como ya acostumbro (aunque intuyo ser ignorado), aviso que lo mejor de esta entrada es la música que, nuevamente, se encuentra al final (a ver si así alguien me lee)...

Cochabamba esconde en sus bolsillos de escarnio y propaganda monedas de basura y billetes de podredumbre, con que poder adquirir una salteña de saldo y una entrepierna de uso y abuso. Pasear ciertas calles de la ciudad, al albur de las farolas en huelga y los horarios ingratos descubre un tropel de desperdicios que difícilmente puedan desaparecer antes del día siguiente, cuando las caseras  inicien la danza somnolienta del adecentamiento. Cuando el gallo aún no sabe que lo es y las prostitutas sumergen en la turbulencia gélida de una ducha apresurada los lodos de sus cien batallas. Será entonces que el mercado comenzará a tomar forma del barro en que quedó desecho la noche anterior, cuando los despojos y el estiércol apócrifo amenazaban con sumergirlo todo en una marea de abrazos de mugre y adioses mal suspirados.

Arde Cochabamba, podría pensar el inexistente lector de estas líneas retorcidas en regueros de cochambre. O quizás no. Porque, de primeras, es difícil imaginar la basura que ya forma parte del pavimento y el caminar ciudadano ardiendo en pira funeraria de suciedades y melancolías. La basura, cuando es parte del paisaje, caso de arder, sólo logrará desmantelar la ciudad y eso no, no lo deseamos los que en ella habitamos.

Pero tampoco deseamos conservar la basura en nuestras casas. Mejor su descanso dominical de barrenderos en huelga y gatos famélicos.


Es, ahora que el regreso, temporal pero inminente, a Madrid me muerde los talones, que gusto de gastar los de mis zapatos contracturados por los meandros de suciedad y abandono de la ciudad de Cochabamba. Marearme en el hedor de estiércol y verdura sin sentido de La Cancha, al anochecer, y navegar su brillo de navajas calcinadas y vísceras a medio fermentar, como aquel navío ebrio de Rimbaud en la epopeya del sexo y la celebración de los oponentes. Olfateo cual lobuno engendro los efluvios de la chicha desperdiciada en marea de vómitos que amenazan con naufragar las calles más sureñas de este Planeta Sur que hoy me habita, aquí, en Cochabamba, perdido en el laberinto de cerrojos oxidados y miradas ídem del Mercado de La Cancha, más bien del tropel de mercados que dan vida a este monstruo multiforme que los cochabambinos que no lo pisan se enorgullecen de cacarear como el más grande de toda Latinoamérica... yo no lo sé, sólo lo paseo en la penumbra del riesgo y la anochecida que nos ha de tragar a todos.

Y todo podría arder, en confetti o desperdicio, esta noche sin más luna que la del ojo de cristal del mendigo borracho que pretende amancebarme a su conversación de chicha putrefacta y harapo deslumbrante.

Pero no arde, no, y un Madrid en que la basura sí comienza a calcinarse al amparo de la revolución mínima de unos barrenderos, operarios de la limpieza ajena, que ven peligrar sus puestos de trabajo de sobras e inmundicia. Porque el Ayuntamiento de la capital de esa España que sepultó en los Andes que hoy me rodean los huevos putrefactos de la cruz y el látigo, ha decidido que están de más un buen puñado de esas personas que se encargan de limpiar el culo a la ciudad mientras sus habitantes duermen. Y ellos, cansados, con su aroma a sardina descompuesta como única bandera pirata y revolucionaria de una revolución fracasada de antemano, han decidido incendiar en basura las calles de la ciudad: incendiar su basura.

Al fin, creo, no se me hará tan patente como temía el cambio de continente. Pero, para no olvidar las pequeñas diferencias e inapreciables concomitancias, acompañará mi viaje el velero glorioso de la prosa quebrada y prístina de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, que me ha reconciliado con la literatura en estos días de paseos desmemoriados y memoria equívoca en que me pierdo por lo más perdido de la ciudad que, durante año y medio, he habitado sin darme cuenta de hasta qué punto me habitaba ella a mí.

Regreso, en breve, a "casa", a enmendar el dictado pornográfico de los periódicos con mis onanismos de guerrillero absurdo y perdido. Pero, sobre todo, regreso para zambullirme en la basura sentimental del abrazo amigo y el beso fraterno mientras la basura real, la que despreciamos y otros nos recogen, arde en las calles de un Madrid que se me hará, seguro, desconocido e incierto. Como Cochabamba, como Bolivia, Latinoamérica y ese El Dorado que algunos vinieron a buscar antes que yo y del que, lo lamento, pocos vislumbres he podido registrar. De momento, porque... volveremos.

Madrid, sí, eso ya lo sé: nunca volverá a ser lo mismo. Afortunadamente, como dijese el Poeta: queda la música...
                                            

viernes, 25 de octubre de 2013

mate uruguayo (y 2)

Recorríamos las avenidas color vacío del extrarradio, en busca del personaje de aspecto siniestro pero charla acogedora que nos dispensaría una bolsita de plástico reutilizado repleta de cogollos de verdor más apagado que el de las lechugas que nuestra madre disponía sobre el alambre escueto de la cena de fin de mes. Intercambiábamos palabras y la sonrisa del camello de cartón piedra se redecoraba de agravios cuando le planteábamos la posibilidad de un menor precio....

- Mira, niño, esto no es mierda, esto llega de lejos, lo compra gente de renombre, ¿me estás vacilando? Porque yo, a buenas, dabuten, pero a malas... no queráis saberlo

Desmembrábamos la tensión tendiendo la policromía monótona del billete y, bajo la greña de costra y rock'n'roll de aquel tipo mal vestido de cuero gastado, recobraba un guión raído la sonrisa de la ganancia. 

Después, al parque, bajo la noche apócrifa de la floresta desaseada de jardinerías que aún no había puesto en marcha el Ayuntamiento de Madrid. La saliva recorriendo senderos de funámbulo en la boca de la litrona y en la boquilla del porro.. de labio en labio, de beso falso y verso descascarillado. Y, más tarde, a ahuyentar a las chicas del grupo con nuestra descarada desinhibición de ebriedad mal encarada.

Eran tiempos de permisividad, sí, pero aquella no pasaba por el hecho de condescender la adquisición segura de marihuana bien cultivada y sueños a medio hacer. Debíamos bajar al submundo que, dentro de nuestra periferia de barrio pobre y granujas de calle sin salida, suponía el trapicheo de sustancias prohibidas. Otros llegaban aún más abajo, donde el sótano te acogía con aniquilante abrazo de muerte segura pero diferida, allá donde las sustancias dispensadas eran de menor tamaño pero más fuerte mordida en la psique del consumidor. No bajaban, pienso ahora, caían, eran conscientes, pero se dejaban caer, y la heroína de sus vidas, a partir de aquel momento comenzaba su arrebatado galope de caballería desbocada, hacia la nada, el vacío, el epitafio y la esquela mentirosa.

No pasamos nosotros, afortunadamente, de la marihuana y el hachís. Y en eso andamos, algunos, todavía. No comprendíamos, en aquel entonces, la ardua labor de parientes y autoridades por alejarnos del mal que nuestra enajenada juventud no nos permitía comprender. Ahora, ya adultos, con muescas de excesos tatuando nuestra sonrisa de caries y nuestra mirada descabalgada, me pregunto por qué siguen intentando mantenernos a salvo de un mal que ni de lejos rozamos. 

Occidente es padre inmisericorde cual Yahvé de la Biblia. Y, como aquél, dispensa opios con que mantenernos despiertos en el sueño de la abundancia televisada mientras nos arrebata toda droga que nos permita soñar que la abundancia, aunque sea de  dicha, más que de productos, pueda llegar a rozarnos los párpados cansados de computadora y sueño a medio hacer. Bueno, miento, no nos la arrebata, únicamente sube el precio para que ellos puedan seguir manteniendo vivas las ganancias que inundan los mass media que nos aborregan en rebaño de asepsia y miedo. O sea, que prohiben la droga para mejor lucrarse. Luego dicen que la culpa es de los narcotraficantes: ¡esas bestias! 

pues... ¡vaya usté a saber!

Yo, hoy, sólo sé que en un escuto pedazo de tierra del Planeta Sur, han llegado a comprender, gobernantes que se dignan de no poseer más que el terruño que les vio nacer, que los narcotraficantes son otros. Por eso en Uruguay se ha legalizado total y absolutamente el cultivo y consumo de la marihuana, y ésta se podrá vender al mismo precio que hace unos días se pagaba por ella en ese turbio e intrincado mercado que llaman negro (¿racismo?). No hablo de Bolivia y su coca, eso es harina otro costal. Hablo de Urugay y su presidente y la coherencia brutal de sus dirigentes. ¿No saben nada de ese mandatario democráticamente elegido que calza alpargatas y pastorea ganado? Busquen en "la red", sorpréndanse y comprueben que el sueño de un mundo mejor no se escribe con los renglones que dicta la corporación y el oropel, y que algunos, sí, ya han comenzado a manchar con tinta fresca y pulso firme la Historia que nos merecemos.

En Bolivia, sí, hay coca, pero la marihuana es difícil de encontrar, penado gravemente su consumo y, para colmo, de mala calidad, como aquella que nos vendía el camello de desértico bolsillo que se lucraba con las ansias de experiencias de una pandilla de jóvenes más temerosos que intrépidos, cuando mi adolescencia en Madrid-Vallecas.

Escribí hace un tiempo que el lunfardo argentino, como el silabeo sibilino y sabroso del uruguayo de a pie, a pesar de ser difícil de entender, es delicioso al oído. Así me suena hoy la melodía coherente de un país que reconoce que, para prosperar, es mejor no hacerle el juego a los que juegan apostando fuerte pero poniendo, siempre, sobre el tapete las esperanzas del pueblo sufriente y doliente que les da de comer.

Maestro Calamaro, de nuevo, adelante...

                                                     

jueves, 17 de octubre de 2013

poemas de la quietud (siguiendo el rastro de lluvia de la voz de Chinoy)

Que hay otras realidades...a nadie se le escapa. Que hay otras músicas alejadas de los cánones pero aquejadas de los mismos dolores...quizás no sea tan evidente. Pero en el Planeta Sur, al otro lado del Atlántico, hay voces que para sí quisiera Bob Dylan si volviese a nacer, y letras que ya desease el bardo estadounidense reinventar. Claro, que estas letras son, quizás, más de todos los que aprendimos a pronunciar la ñ, por mucho que nos empeñemos en clamar por el Nobel para el autor de A Hard Rain's A-Gonna Fall. Pero lo importante, al fin, es que, a uno y otro lado del Imperio, se viste de primeras nupcias una lluvia que todo habrá de arrasarlo...

las nubes ronronean
un torpe rumor de humedad
y la tierra crepita líbido
con tonada de tormenta inminente

los puestos callejeros
toman nota de los cielos
y comienzan su agria danza
de pan de ayer fruta fea
y mercadería en desbandada

amas de casa recuerdan
haber olvidado 
en la quietud ebria de la cocina
la nota que les recordaría cuántos tomates precisa
el guiso que al día siguiente alimente a la familia

un cancionero culpable
de brazos esclavos de bolsas
demanda abolición de taxis
desdibujando sombras a la orilla
de caminos calles y calzadas

boliches peluquerías colmados
inician naugragio en perfiles
que no quieren dar la cara
a la meteorología fiera
de nubes que han de sembrar rastro

yo añoro el caldo de nube
que me aderece la calma
con que paseo las calles
de la ciudad y la nada

...y en mi mente la estridencia aterciopelada de la voz de un joven chileno: Chinoy de nombre (o apodo, a quién le importa), poeta de apellido...

escuchen
                                                      

domingo, 6 de octubre de 2013

el Mercado 25 de Mayo


Por si hubiese algún editor avispado y suicida, advierto: lo que continúa es un extracto de la obra inédita Este es el fin de mi carrera literaria:

(en caso de sopor, recomiendo la ceguera primaveral del urinario público)



El Mercado 25 de Mayo se presenta como la ocasión propicia para despegar mi dolorida musculatura del pegamento sucio que supura la cuerina tercermundista del asiento en que decidí recoger mis contracturas. Ignoro si habrá sido, éste, el mercado al que ella ha acudido en busca de la ensalada de proteínas y grasas con que habremos de alimentarnos, pero nada pierdo intentando encontrarla entre la devastación alimenticia de sus puestos de carne mutilada y pescados de ayer.
Antes de sepultar mi cuerpo en el sarcófago de aromas y texturas del mercado, paseo la mirada (que no el cuerpo) por entre los carteles de los comercios aledaños. Hay huevos detergente helados abarrotes cervesa jugos proclama uno de éstos, así, con la intrépida improvisación de la vida haciéndose a sí misma. He habituado ya mi capacidad de sorpresa a la obscenidad material de los colmados de la ciudad, ese estrépito de productos equívocos tan similar al que reúne a los miembros de una familia desestructurada a la hora de la cena navideña o el cumpleaños del bisabuelo, por ejemplo. Bolivia no tiene tiempo de preocuparse por la dictatorial estética comercial que obliga a colocar los artículos de primera necesidad en recoleta recolección de colores y promesas de una vida mejor, más saludable, y que, junto al jabón lujurioso de axilas fragantes, reposen sus postreros resquicios de vida el rompecabezas imposible de la comida para gatos y la edificación ebria del vino barato. Al fin y al cabo, no difiere tanto de la mercadería pulcramente colocada de los grandes centros comerciales occidentales: puedes perder una jornada completa buscando el artículo preciso, como pierdes el rumbo deslumbrado por el oropel de cartón piedra de los citados comercios primermundistas. El mercado es, siempre, ese lugar en que equivocar la brújula de lo imprescindible para mayor satisfacción del vendedor de turno, y yo estoy a punto de entrar en el 25 de Mayo para mayor satisfacción de la mirada verdeazul de las lechugas y el tacto inexistente de los pedazos de carne que las moscas intentan acariciar con su molesta danza de alas sucias y ojos imposibles. 
Soy consciente de que a ella, hoy, no voy a encontrarla aquí. Pero me hipnotiza el pequeño colmado de la esquina sur, ese que, entre grandes sacos terreros descosidos por la lucha silenciosa del arroz, esconde desquiciadas bolsas que ocultan, tras su noche de plástico, pedacitos de galletas para gatos, a menor precio que en el hipermercado y, por supuesto, que en la clínica veterinaria. No pienso en ella, por tanto, ahora. Me desentiendo del beso de fotografía añeja que estampó en el papel baritado de mi barba a medio hacer, hace minutos, horas, no sé, antes de susurrarme me acerco al mercado y marcho pronto a casa. Posiblemente ya esté festejando, ella, el maullido festivo de la gata, el mismo con que nos recibe cada día, al regresar del trabajo. Yo, ahora, pienso en la gata, y en lo satisfecha que mostrará su mudo parloteo de caricias y ronroneos cuando yo regrese al hogar portando entre mis manos un breve suicidio de plástico hinchado de galletitas, pedazos de galletitas. Creemos que engañamos a los animales dejándoles comer de nuestra mano, pensamos que nos reconocen como benefactores cuando, especialmente en el caso de los gatos, sólo comprenden que estamos sometidos a su dictatorial imperio de los sentidos, un imperio de los sentidos asexuado pero más cierto que aquél que mostraba la célebre película japonesa (creo que era japonesa, quizás fuese china, cuando la pasaron por televisión yo era demasiado joven para poder descifrar con soltura el jeroglífico gestual de la población oriental). El animal, los animales, los gatos, la gata, sólo comprenden la presencia de un ser anónimo que les dispone un almuerzo sin siquiera haberlo solicitado. Y no lo agradecen, sólo simulan hacerlo para poder después exigirlo en el momento menos oportuno. Los humanos contentos, felices de pensar que el animal nos reserva un pedazo del cariño que no siente.
La casera me dispara una sonrisa a la par que se unta los labios de agasajos mercantiles, pretendiendo que adquiera productos innecesarios y caducidades enlatadas. Como en cualquier mercado, creo que ya lo he dicho. Compro comida para la gata, pedacitos de galletas, y antes de salir al desastre sónico de la calle en hora punta de paseantes, autos y ventas improvisadas al albur del irregular adoquinado, decido pasear por entre los puestos de pescado, por mejor infectarme de ese aroma a mar envasado que siempre desprende el pescado, aunque provenga del río y no de los redundantes oleajes del mar que Bolivia no tiene. El oleaje siempre es redundante. El oleaje es pura redundancia, y el pescado ebrio de asfixia que agoniza al borde de los puestos del Mercado 25 de Mayo es pura antinomia. Pero huele a mar, ya digo, aunque pienso que este aroma sólo sea producto de la fraudulenta intervención del sentido de la vista. De no poder mirar a los ojos vacíos al pescado que languidece al borde del féretro vivaz del mercado, tal vez, creo, no rememoraría mi olfato el aroma del salitre. Las miradas engañan, ya lo decían las madres. Y a mí, la mía, no me advirtió de que algún día soñaría bañar el pentagrama ciego de mis pasos en la redundancia de una marea inexistente, al pasear los mercados bolivianos. 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

breve biografía no autorizada de La Belleza

Pues sí, así entro hoy, con el cuchillo amoldado a las encías y la epidermis erecta de sensación y palabra. Y lo hago sin pedir permiso a aquellos a quienes gloso y que son los párrafos tartamudos que conforman las páginas más gloriosas de la creatividad hispana, sí, de España: ese retazo de cuero que hiede a descomposición de laboratorio, ese agujero negro de egoísmo sin espejo y moneda mal prensada, ese serpentín que oscurece de temperatura cerveza agria y vermú barato, esa componenda de retazos de mastuerzos que se esfuerzan por medrar a costa de los de al lado....España. 

Pero, afortunadamente, también, aparte muertos en vida sin protagonismo más allá del de la hora de la cena recalentada, y ridículos magnates de la nada y el expolio que en Nada desean convertir al ser humano, España acuna, al ritmo de nanas que suenan a blues de ajenjo y rabia, a las mejores mentes de mi generación. Y éstas no se perderán junto a las que glosara Ginsberg en su demoledor Aullido contra la inercia grisácea de los tiempos modernos.

España: cobijo de sabandijas, erial de bondad, autopsia de cercanía, todo en aras de la sacrosanta e imbécil quimera de la individualidad y el provecho propio.

España: guarida de equlibristas de la palabra, panal al que se acercan los revuelos ebrios de la mirada certera, recreo de funambulistas de la Belleza....sí, eso también es España, y su contradicción la anima a seguir en pie aunque los pies de otros pidan turno para comenzar a pisotearla.

Quiero decir, entre otras muchas cosas que no alcanzaré a pronunciar, que la Asamblea Fantasma del Quinceeme y la Uniformada Policía de lo Correcto: uniformada de Zara, pero, eso sí, con corbata, que no parezca que esta ropa la hacen unos niños chinos entre paliza y golpiza, repito, quiero decir que tales grupúsculos de náusea y sudor y cerveza recalentada al aire de soflamas antiimperialistas marcadas a fuego en la parte trasera del cuello de la camiseta vintage...me pierdo, así que resumo: la verdadera Asamblea a que todos aquellos que aún atesoran un ápice de decencia pueden aspirar se haya injertada sin remedio en lo que me gusta llamar La Cofradía de la Santa Palabra. Y especifico: es sólo un ejemplo, porque sí: existen otras redes de personas enredadas a la dulce tarea de no hacer nada por cambiar el mundo más allá de lo que saben pueden hacer. La Palabra, La Obra, El Trazo, La Mirada, qué más da. Sólo importa que cada traspiés propinado por la estulticia del Tiempo del Hombre Muerto no nos lleve a unirnos a él. Ya digo: no hay que cambiar el mundo. Basta con ser consecuente con las palabras que traza ese remolino de hueca verborrea que amenenaza gangrenarnos la garganta.

Días sin huella, más allá de la baba con que el caracol no puede solventar nuestras ansias de una vida larga, longeva, casi eterna conectados al imbécil estallido de luz falsa de la computadora y la teleserie de éxito capital y capital creciente. Pero, aún así, los hay que imprimen el paso glorioso de su asimetría sensorial en los senderos que aún deja libres la devastación del hormigón y el beneficio a toda costa (¿dije costa?, ¿es que acaso rima con hormigón? Tal vez).

Y no son muchos. No, ni siquiera llegan a 26, más les valdría, ya tendrán tiempo. Cualquiera diría que andan Perdidos, pensando, como el que se rebana el sentimiento ante una fotografía en blanco y negro y le susurra al amigo que le acompaña: "¿puedes sentir la luz?".

Lo que quiero decir es que no sé lo que quiero decir. Quizás tan sólo que la verdadera Revolución está en el corazón de aquellos que deciden abrir las puertas al de los demás.

Y sí: aunque os parezca pueril, esto es algo así como vislumbrar El Dorado que no existe...o tal vez sí. Hasta aquí tuve que llegar para saber que El Dorado no es un chalé adosado, de cocina alicatada en monedas, ubicado en el centro marchito de un vergel de oro y plata. Tal vez, El Dorado, sólo sea la fugacidad dolorosa de una caricia y la salvaje simetría de un beso con maneras de abrazo. Quizás sea no más que un caudal breve de camaradería y sensación a flor de latido. Yo he descubierto, en Bolivia, quién me quiere y me extraña...eso ya es mucho...mucho más de lo que muchos soñarían lograr en mil vidas. Así que, a pesar de todo: ¡feliz de vivir en Bolivia y enraizarme a la Pacha Mama!

Escribo estas palabras desde el Hafa. Quienes me seguís me entendéis. Sabéis dónde está el Hafa. Aquí nos encontramos, envueltos en el humo que desprende el elixir de los dioses y amarrados al abrazo sincero de la amistad y lo íntegro.

Salud, hermanos y ... siempre adelante!


mi eterno agradecimiento a quien tuvo la acertada certeza de tomar esta instantánea (seas quien seas)

sábado, 21 de septiembre de 2013

poemas de la quietud (paseando con Brel y Bowie las playas de Bolivia)

(OJO: esta entrada tiene música, como siempre, al final...y es buena memorable inolvidable...así que no es preciso leer...escuchar, en este caso, será más productivo)

Aseguran los bolivianos que, cuando la pleamar de la borrachera amenaza con descubrirles náufragos de ojos como globos y oculares globos de alcohol, pueden lamentarse sin control y sentirse, llorosos de ebriedad, ebrios de pena, cual supervivientes únicos de un naufragio de sangre a la orilla de una isla desierta: la que no acuna las olas al costado de las costas que no existen en Bolivia.

Hubo una vez un belga que logró que los mejillones de las cocinas de sus compatriotas abriesen la boca por siempre y que éstos decidieran cerrarla definitivamente para ni parecer que pretendían hacerle sombra, al hablar. Jacques Brel lloró con chubascos de garganta y timbre las miserias de un anciano pescador que paseaba el puerto de Amsterdam al ritmo de su propia resaca de mareas y licores. David Bowie, años más tarde, encogió la voz de Brel y ladró a la luna de los melancólicos que se pretendían andróginos y los machos que se quisieron borrachos, pidiendo más pescado, más pez, más oscuro, más llanto .... y yo una vez más me abandono a su fraseo enfermizo y delicado llorando y gritando y, añorando el mar que no puedo divisar desde las costas inversas del altiplano, solicito al menos un océano de cartón piedra en que hundirme ... para no seguir llorando. Es entonces que comprendo lo que siempre he llamado "la absurda petición de mar por parte de los bolivianos".

Al final, creo, Brel sólo venía a decir esto: el mar no es más que el desagüe de las esperanzas fracturadas

soñé una explosión de espumas
un fragor rojo tormenta
coral sangre azul bravura
que me encendiese la líbido
antes que la pérfida edad
la declarase caduca
(a pesar del alma)

hoy desfilo esquivos senderos
de polvoriento almizcle y grava
donde el deseo es sólo sueño
y la vida trazas de tumba
en que se enredan las costras
de expolio y fe de esta tierra
en cuyas ausentes costas
redundan las olas de un mar
que reclama su tributo
de dolor
sangre
y espuma
 
y al otro lado
(siempre al otro lado)

me espera la ilusión
de seguir adelante
a pesar de las furias
los ruidos
los años
los besos
y beberme cada noche
el mar que no he digerido

mi naufragio de impotencia

mi corona de salitre

mi pleamar de chiste

mi soledad de alga fresca