miércoles, 20 de febrero de 2013

poemas de la quietud (al filo de una herida que sangra)

días de recordar momentos,
infalibles estallidos de lucidez
y efímera gloria,
instantes a la sombra de una charla amiga,
segundos como tormentas
que humedecieron por siempre
nuestro latido

antaño, noches de rock'n'roll
en que lo más importante
no era la música, no,
sino quien a tu lado respiraba
idénticos acordes

hoy esos mismos,
lejanos
pero tan aquí,
sufren latrocinios y tristezas,
y yo sufro sus lamentos,
puedo escucharlos,
a ritmo de rock'n'roll

perdido en la jungla de pixel y fugacidad de "la red" quedó este absurdo articulo con que inauguraba yo mi gratuito recorrido por publicaciones online, a la búsqueda de una identidad que aún hoy sigo sin reconocer como mía...la publicación desapareció y el artículo quedo en nada...hoy recuerdo a los buenos amigos, los buenos conciertos, la cerveza y el hachís, los abrazos, las gargantas gangrenadas de exceso decibélico y ganas de apurar la vida...hoy puedo sentir sus lamentos acariciando el oleaje de los océanos que quisieron disponer, como un ajedrez enfermo, el tablero inconcluso de nuestras emociones...van a conciertos pero ya no sé lo que sienten...miran las noticias y sé muy bien cómo se sienten...nada cambia, todo permanece, para bien...y para mal...brindo por vosotros

IT'S ONLY ROCK'N'ROLL...BUT I LIKE IT!


De nocturno regreso al hogar, tras una noche de rock’n’roll. Con todo lo que ello implica, ya sabéis: música, ruido, euforia, adrenalina desatada, drogas (blandas, de momento), alcohol de alta gradación y…el sexo lo dejamos para más tarde (uno ya no tiene edad para determinadas mezclas).
El caso es que acabo de asistir a un concierto de uno de los personajes más controvertidos, musicalmente hablando, de este bendito país. Realmente, no sé si podría situar la controversia con respecto a Enrique Bunbury en el campo estrictamente musical. Quizás no, tal vez sí. La realidad es que el mencionado cantante se ha ganado, año tras año, trabajo tras trabajo, una fama rebosante, a partes iguales, de ciega pasión y odio desmedido. Yo, que me hallo más cerca del bando de los apasionados defensores, siempre me he preguntado qué hubiese ocurrido de haber nacido el orgulloso bardo en geografías más lejanas de estas en que se ubica nuestra madre patria. De haber desarrollado su carrera profesional en, digamos, Detroit, o Manchester, quizás no hubiese sido acicate para la crítica musical su desaforada avidez por aglutinar y devorar influencias, su estudiada pose de rock’n’roll star, sus premeditadas prepotencias y salidas de tono. Seguramente se le consideraría, únicamente, como a otro representante del show business, con todos los aderezos que a los mismos les son propios. Pero nos hallamos en la ibérica península, en la zona de la misma que consideramos, de manera prepotente e inmisericorde, como mejor y más desarrollada. Y es por tanto preciso que hagamos gala de nuestra bien merecida fama de envidiosos, denostando la fama y merecidos aplausos del artista maño.

No tendría mayor importancia la reflexión que antecede, de quedarse ahí, en una mera alabanza de las bondades musicales del cantante conocido como Enrique Bunbury.
Pero a toda noche de exceso, a cierta edad, y previo a la añorada sesión de sexo suave y adormecedor, antecede un estado de seminconsciencia en que uno gusta de abandonarse a las televisivas interferencias nocturnas. O sea, que veo la tele antes de ir a la cama. Puedo prometer que lo hago por si el concierto de esta noche ha sido de alguna manera glosado por los informantes patrios. Pero es evidente que yerro: la música no interesa ya en este país, salvo si va acompañada de cifras de muchos ceros (y no me refiero al número de asistentes al recital, no). Hace mucho que dejó de interesar, al menos como fenómeno cultural y posiblemente subversivo.

Y es en el noticiario de pasada la medianoche dónde tengo el honor de asistir a ese otro recital con que nos agasajan los políticos nacionales.
Mientras el presidente del gobierno aún juega al aprendizaje de los tiempos modernos intentando adoptar poses de certero y seguro adalid del progreso, los candidatos a opositarle ejecutan extraños pasos de un baile que se me antoja, cuanto menos, grotesco. Resulta que ahora no permanecen impertérritos, tras un atril, frente a un público entregado a cada una de sus obviedades verbales. Ahora gustan de sentirse estrellas, y se pasean arriba y abajo de un escenario dispuesto como si de una entrega de premios musicales se tratase. Pasean, ya digo, por un escenario circular, situado en el centro del recinto a efectos de que podamos observar los rostros embelesados de sus acérrimos seguidores. El presidente, mientras tanto, haciendo gala de su espíritu de sacrificio y capacidad de trabajo, agacha la mirada sobre toneladas de documentos que se pretenden imprescindibles para el avance económico del país y, posiblemente, no escondan más que garabatos e insensateces, páginas en blanco al fin y al cabo. Pero no pueda culparse al presidente de ser un perroflauta dedicada a la risa, la chanza y la algarabía, ¡no!: hay que trabajar duro para conseguir que todos los ciudadanos puedan trabajar duro, conseguir mucho dinero, consumir mucho y pensar cero o nada.

Es observando estas imágenes cuando me asalta el cortocircuito.
Resulta que los políticos actúan como estrellas del rock’n’roll, bien absortos en sus papeles, y como a tales les apluadimos.
Mientras tanto, las estrellas del rock’n’roll son denostadas por falta de humildad, por no comportarse como el vecino del 5º. Discúlpenme, para ver al vecino del 5º no tengo más que bajar un tramo de escaleras, y posiblemente lo haga para ver como solucionamos el problema de las humedades. Pero para ver a un artista de la música me tengo que desplazar a una sala de conciertos (sí, alguna queda) o un estadio, y ni quiero ni pretendo saber nada de su vida y sus sinceras ilusiones, de su capacidad de trabajo o su compromiso con los pobres: necesito música y actitud que me hagan olvidar por unos momentos las inclemencias de los tiempos que corren. Soñar, cantar, entregarme a la euforia, aposentarme en el exceso.

No ha mucho tiempo que Roger Hodson decidió titular uno de los más sonados trabajos de su grupo Supertramp, con el título de “Crisis? What crisis?” Y, hoy, podríamos llamarle visionario. No sólo por el título, sino por el conjunto que este hacía junto a la foto de portada del vinilo en que, un supuesto veraneante disfrutaba de un momento de solaz y reposo en las inmediaciones de un complejo fabril, amparado bajo una sombrilla de la lluvia ácida que arrasaba sus inmediaciones.
                                             Just a Normal Day by Supertramp on Grooveshark
 Viendo las imágenes de nuestros políticos, escuchando sus palabras, estudiando su estudiada coreografía sobre el escenario de la falsedad y la carencia de escrúpulos, me encomiendo a Roger Hodson, y me sonrío ante el recuerdo de aquel disco de Supertramp.

Así que decido olvidar que, a pesar de la huelga general, en Bélgica, contra las medidas de austeridad y el castigo que estas ejercen contra los más desfavorecidos de la sociedad, todos los Jefes de Estado de la Unión han llegado sanos y salvos a la capital del país para participar en la Cumbre (atención al nombre) de la Unión Europea, de la que se esperan decisiones que nos saquen a todos a flote de esta ausencia de valores y medios en que irremisiblemente nos vemos sumergidos.
Se han movilizado todos los efectivos precisos para que un aeródromo militar asegure el cómodo (y gravoso, desde el punto de vista económico) aterrizaje de los distintos potentados.
Se han cortado las calles para evitar que los que salvarán nuestro futuro tengan que ver de cerca el rostro de aquellos a los que ya ningún futuro les queda.
Se han habilitado medios excepcionales para que puedan degustar un suculento menú compuesto por manjares elaborados por los más renombrados (y mejor pagados) chefs de cocina del continente.
Pero ha merecido la pena. Se han trazado las líneas maestras y han conseguido convertir la Cumbre en lo más parecido a un concierto de rock (jet privado en aeropuerto cerrado al tráfico aéreo, cordón policial abriendo paso a la limusina, arrogantes poses frente a los fotógrafos, champagne del caro…¡vamos!, ni los Rolling Stones) mientras en España, y otros países de la Unión y el Desconcierto, quedaban definitivamente varados ciudadanos de tercera que sólo querían desplazarse a sus lugares de origen, o a tramitar los documentos administrativos que les permitiesen continuar disfrutando de la quimera del sueño económico europeo (dígase los ciudadanos de Malí, o Senegal). ¿El motivo? El cese repentino de actividad de una compañía aérea que se había cuidado mucho, con anterioridad, de cobrar los pasajes de los vuelos que no llegarían a realizarse. Los políticos de uno y otro bando (vencedores o vencidos, según si gobiernan u opositan) recogen de su público vítores y alabanzas al prometer castigar a los culpables, o clamar que los contrarios no harán nada por castigar a los culpables. The Song Remains the same, proclamaban Led Zeppelin.

                                    The Song Remains the Same by Led Zeppelin on Grooveshark

¿Puedo permitirme un último alarde de indignación? Yo escribo gratis por ver si algún día puedo alimentarme (no engordar) con el esfuerzo que a tan gratificante labor dedico. Los discursos preparados para nuestros insignes políticos, las asesorías de imagen, los preparativos de la actuación ante “su” público, etc. se pagan bien, muy bien, me consta. Pero me alegra saber que lo hacen con la filántrópica intención de sacarnos de la crisis, ya ven. Yo, al fin y al cabo, no solucionaré jamás nada con las palabras que tecleo.

Creo que a partir de ahora no asistiré a más concierttos. Me bastará esperar las noticias de la noche, en compañía de una botella de whisky de marca blanca. El exceso está servido.

¿Y Bunbury? Pues lo siento por él, que se hubiese dedicado a la política.

                                    El Cielo Esta Dentro De Mi by Bunbury on Grooveshark

domingo, 10 de febrero de 2013

lubricidad del párrafo insomne

Hoy en día no tiene sentido escribir una novela al estilo decimonónico... eso ya está hecho...y sí, enseñan cómo construirla en miles de talleres de literatura... es como una urbanización de adosados clones unos de otros donde sólo la ficción, el engaño, te hace creer que vives en una zona exclusiva y natural... y no... aunque sea lo que se vende o más bien lo que compra el consumidor bien informado que no se deja influenciar por lo que las corporaciones quieren que compre... NO...
extracto de La Cámara de Niebla (Alfonso Xen Rabanal)

dedicado a Maica...que escribe sin más horizonte que el siguiente párrafo

NOTAS PARA UNA NOVELA QUE NUNCA VA A EXISTIR

es así que la noche viene de nuevo a equivocarme los sentidos, absortos y sometidos a un violento vendaval de alcoholes e inconsciencias. No es el metódico y prolongado desarreglo de todos los sentidos que proclamase y pusiese en práctica un iluminado Rimbaud, no, tan sólo es un remedo de la grotesca mueca que practico ante el espejo cuando sé que el vapor de la ducha la desdibujará sin dejar rastro. 
El espejo: catalógo de vacuas vanidades e inevitables fracasos.
Y la noche, decía, provoca que mis músculos busquen sin éxito el aleteo fulgurante y tenso de tus labios, ya abandonados al fragor mudo del sueño

llega la mañana desgarrando el lacre de mis pestañas, con su sinfonía de recuerdos a medio componer y su danza de insensateces venideras. La promesa de tormenta aún permite que un haz de luz violente la habitación para iluminar tu grupa cansada a la que, de inmediato, deseo trepar. Pero no, tú aún estás dormida y respeto el sueño que yo no alcanzo, no tengo. Abandono la fragancia de vino barato y temperatura mal calibrada que es este colchón amordazado por sábanas húmedas y retazos de franela, tirado en mitad de la habitación, y mis manos sorprenden la ilusoria prepotencia de una descabellada erección que anhelo asesinar en tu garganta. Pero tú aún estás dormida y, ya digo, respeto tu descanso, ese preciado bien que a mí me está vetado

mirar ese cuerpo como si fuese otro, no el habitual reflejo que he querido moldear para mis ilusiones, sino el envés del mismo, ese otro lado en que se retuercen las siluetas hasta romper geometrías y afilar deseos. Ocurre, quiero imaginar, porque aún no reconozco estas paredes como las que habitarán mis horas, mis melancolías. Porque es duro regresar a casa y no reconocerla como propia. No es fácil volver al hogar y saber que aún ni siquiera ha tenido tiempo de serlo, que en breve habrás de abandonarlo, que aún no existe en él un hueco privilegiado por tus pensamientos para la lectura, o para escribir sin que la venganza fresca del sol en retirada despierte reflejos incómodos, cegadores, o para masturbarte sin temer ser descubierto por los desconocidos vecinos. Debe ser la razón de este desconcierto que sombrea hoy mis movimientos, en esta mañana de resaca y vértigo en que sólo desearía seguir durmiendo, como tú, profundamente. Aunque no pueda ya nunca hacerlo, como tú, inocentemente

...y las voces del extrarradio aderezando este café mal calibrado que se asoma a la ventana arrebatándome el puesto de vigía que gusto de ejercer, cada mañana montañas al fondo glorieta de nubarrón cauce huérfano de corriente lavadero de basuras, y las cholitas que bajan al valle para vender los productos robados a la Pacha Mama vienen cantando más bien susurrando, siempre la timidez, Bolivia tímida, Bolivia desacompasada en la danza ebria del progreso, Bolivia aún atenazada de miedos y suspicacias, Bolivia me mira desde detrás de las pupilas encogidas de la joven que cesa su canturreo al verme difuminando con mi silueta noctívaga el vano de la ventana, humeando aún el café en la taza de cerámica barata sólo tres bolivianos no más que sostengo entre las manos, pero más baratas las baratijas que, entre legumbres y frutas recién nacidas, porta la cholita que bordea este basural cercano que antaño fuese río y que, quién sabe, tal vez desembocase en un fragante baño de perezas y amaneceres en vez de en este soliloquio turbio de los residuos orgánicos...

despiertas y eres tú, de nuevo, ya no la promesa de lujuria y desvarío que prometía tu figura en la cama, desnuda de consciencia palabras y pijama. Resulta que antes de acudir al cuarto de baño te acercas a posar la promesa de un beso sobre mi cuello desnudo. Y la cholita lo ve, reorienta con descaro, hacia mí, su mirada y me sonríe desde sus 15 años como lo haría...¿quién?, ¿tal vez tú cuando abandones la carcajada subterránea del inodoro que ensucia de eco digestivo las silenciosas paredes de granito?, ¿o quizás esa otra que eras mientras dormías y yo acariciaba el violín de tu cabello para arrancarle notas de amor inacabado?

...y como en una película cuya trama abandonas ante el brutal asedio del sueño las calles comenzarán de nuevo a acelerar su irregular geometría de infectos socavones, asfalto abortado, cañerías asesinadas, al compás irresoluto de la carrera matutina, montado en el taxi, o en el trufi o micro que además de mi cadáver y la gloria de tu mirada porte los desórdenes corporales de viajeros que nunca conocerás aunque compartan escueto espacio contigo, cada mañana, y pensarás en lo sencillo que es acostumbrarse a una vida que carece de todo lo que ayer considerábamos cómodo...tan fácil y suave como ahora cerrar la bombona del gas por evitar esa explosión que nunca llegará pero que de hacerlo nos dejaría sin el hogar que aún no tenemos...

sales del cuarto de baño y el café con leche tres cucharillas de azúcar más leche que café caliente pero que no lastime los labios con exceso de temperatura te espera ya en la mesa, y me besas y preguntas mermelada o huevo y ya sabes  la respuesta y es por ello que me enloquece escuchar la pregunta que has formulado sólo por verme sonreír y decir: huevo...poco hecho...y abrazarte y susurrarte no sé que haría sin ti...aunque en ocasiones seas otra


ES IMPOSIBLE QUE DE AQUÍ SALGA UNA NOVELA
¿NO CREES?


miércoles, 30 de enero de 2013

aberraciones gastronómicas

Me comentan que la FAO, que es renombradísima organización dedicada en cuerpo y alma a la salvaguarda del derecho a una alimentación digna y sana del que se hace beneficiario cualquier ser humano por el simple hecho de nacer (eso dicen), ha decidido nombrar el recién inaugurado año 2013, como Año Internacional de la Quinua.

Y se preguntará alguno de ustedes qué se supone que es la tal quinua. Aquí, en Bolivia, nadie se cuestiona acerca del origen y propiedades de tan célebre cereal. Sería imposible tratándose del país que se erige, en la actualidad, en productor número uno (hablamos de volúmenes y porcentajes, ya me entienden) de quinua: un tipo de cereal (pseudocereal según wikipedia, pueden comprobarlo, pero yo lo ignoro, no soy amigo del prefijo pseudo, las cosas son o no son) originario de los Andes y que se caracteriza por su rico sabor, por contener los que se consideran 8 aminoácidos esenciales (saben Dios, Belcebú, los científicos o los lectores de muy interesante qué significará el palabro), y por citarlo aquellos que habitan las andinas alturas y la mundial ignominia con el nombre de kiuna (es lo que tiene atesorar el quechua como lengua materna, no haber cedido a la lógica de la espada y el arcabuz y no haber pisado en la vida los pasillos de una escuela).

Gratificante labor la de la FAO. Quizás gracias a ella, aumente el número de población boliviana que pueda proceder a la alimentación perfecta sirviéndose del citado cereal. Porque a día de hoy, la quinua es uno de los más caros de entre los productos con que nos provee la Madre Tierra (si desean conocer el motivo vengan a Bolivia en vez de invertir catastróficas sumas económicas en asépticos paseos por el caribe o éxoticas travesías de todo incluido por asiáticos parajes), y de todos es sabido que la economía bolivianano no se caracteriza por ser puntera en los festivales de cifras que inaugura, cada día, en Wall Street o lugares del estilo, el alarido encorbatado de un pseudoeconomista (perdón: olvidé mis desavenencias con el prefijo pseudo). Quiero explicar con esto que no, que la quinua no es producto de primera necesidad ni elevado consumo en estas tierras, más bien escaso, residual o reservado a quienes gozan de saneadas cuentas corrientes forjadas en negocios de turbio desenlace. Lo dicho, ahora que la FAO lo advierte quizás comience a abundar la quinua en las mesas del pueblo llano. Aunque me temo el efecto contrario.

A la par que conozco este recién inaugurada efeméride descubro, oculta tras la pixelada tipografía de uno de esos periódicos que acostumbraba leer cuando aún habitaba en la Península Ibérica, una inquietante noticia: cierto renombrado laboratorio dedicado no sólo a salvaguardar nuestra salud mientras menoscaba nuestra economía y capacidad de raciocinio, sino también a proveer a nuestros caducos físicos de brebajes, afeites, potingues que ayuden a aparentar más juveniles y lozanos, ha descubierto que la quinua abunda en ciertas enzimas, proteínas, cosas con las que podrán producir productos (valga la redundancia) que serán, sin duda, mercadeados a gran precio en la feria de las vanidades occidental debido a su gran potencial cosmético, sea eso lo que diablos sea. Todo bien hasta aquí, eso también lo saben algunas ancianas cholitas de las que viven en lo más agreste de las cumbres andinas, y es por ello que lo utilizan desde tiempos inmemoriales para mejor ocultar el galopante avejentamiento que provoca la vida pseudosalvaje (de nuevo el dichoso prefijo, al final le tomaré cariño). El problema, vayamos al grano (de quinua), es que el citado laboratorio ha decidido patentar el uso cosmético del cereal, y cualquiera que decida usarlo sin su consentimiento puede ser penado por las legislación mercantil internacional. Saquen sus propias conclusiones.

 
Se caracteriza la cocina boliviana por la abundancia y el gusto. Abundancia porque no es poco lo que se come en este país. Gusto porque las verduras, legumbres, frutas, carne, pescado (sí, hay ríos en Bolivia) gozan de algo que el paladar occidental ha perdido hace tiempo, las últimas generaciones incluso antes de nacer: el sabor, el aroma...no impera aquí, aún, la experimentación genética orientada a la excesiva producción y más excesiva ganancia. Y digo aún porque también conozco a través de la prensa (en este caso impresa y de origen boliviano) que el estado plurinacional ha perdido ya cerca de 88 tipos de papa (patata, al otro lado del Atlántico) de entre las cerca de 2.000 que nacen en sus tierras (sí, la papa es de origen latinoamericano, no brota de la cocina de McDonalds, lamento informarles). Y se han perdido estas variedades porque su aspecto rugoso, desagradable al tacto, irregular, agujereado, no era del gusto de los gerifaltes de los nuevos hipermercados que comienzan a germinar idiocia en estas tierras. Parece ser que a los que de fuera vinimos no nos gustan más agujeros que los que hoy decoran el Cerro Rico de Potosí, ese monstruo de piedra y (antaño) preciado metal que los ancestros hispanos decidieron esquilmar para mejor sufragar los excesos de La Corona y saldar las deudas con la ídem de la Gran Bretaña. Acudan a wikipedia si lo desean, yo ya estoy cansado de escribir párrafos que pocos querrán leer hasta su fin. Tengo mejores cuestiones en que entretener el tiempo. Por ejemplo: una botella de vino barato y una bolsa de quinua de fácil y rápida preparación...pura aberración, lo sé, pero la quinua seguro desdibuja los nocivos fósiles que el alcohol pueda querer imprimir en mi hígado.

martes, 22 de enero de 2013

mercado de tormentas

Prólogo innecesario

el mercado de La Cancha, en Cochabamba (Bolivia), se autovanagloria de ser el mayor centro comercial al aire libre de todo Latinoamérica. A sus pasillos irregulares acuden los habitantes de la ciudad (y sus inmediaciones)  para proveerse de todo tipo de productos, desde alimentos a ingenios electrónicos, pasando por artículos orientados a ejercer la brujería y ropa de segunda mano. La venta en dicho mercado es tan irregular y poco reglamentada que en él pueden encontrarse también todo tipo de productos robados y los precios bailan al albur de las habilidades negociadoras de comprador y vendedor. Su estructura y su actividad se hallan en las antípodas de lo que cualquier ciudadano "occidental" podría considerar un centro comercial, y se asemeja más a esos imperfectos mercados inmejorables que son los zocos de las ciudades musulmanas

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Los senderos mal asfaltados que recorren el puzzle de La Cancha se retuercen avasallados por el frescor salvaje de una lluvia que parece no querer morir en esta tierra. Entre los charcos, como naúfragos desvencijados, danzan muñones de verdura y caparazones de sucio plástico que amenazan con obstruir alcantarillas, zapatos y negocios.

Es día de feria y La Cancha, a pesar del desastre meteorológico de un cielo huérfano de luces, se puebla de miradas, paseos, trueques, ofertas, cambalaches que han de llegar a buen puerto, atravesando esta marea de húmeda suciedad en que han mutado sus laberínticos pasillos. El puerto en que, cual grumetes hambrientos, aguarda la ordalía festiva de la prole subalimentada. 

Y llegará la madre cargada de bolsas embarazadas de arroz y pasta, pedazos de carne decorados con fósiles de moscas desafortunadas y sangre sin vida, plásticas inutilidades orientadas a facilitar la batalla gastronómica, verduras como junglas desprestigiadas de verdor, descoloridos ropajes en peligro de extinción...porque La Cancha es feroz proveedor de todo lo que la subsistencia pueda precisar, porque en La Cancha florece el musgo de la segunda mano en todo lo necesario para seguir adelante, batallando, en esta cruel existencia reservada a quienes dejaron de soñar, ya antes de nacer, con la rutilancia fragante del lujo y la codicia.

Amanecen los charcos a la luz de los farolillos, ejecutan su danza milenaria e inversa los goterones extirpados de los tejados de uralita...agua que espera el pistoletazo de salida para correr los cien metros lisos hacia una meta que no existe o anda desorientada entre el tráfago de suciedades y despojos que amordaza el grito suave las alcantarillas, espejo de caminantes desorientados y compradores indecisos, desastre de nubes rollizas en festín de tormenta y lujuria...y la ciudad toda paseando su necesidad de viandas, útiles, vestimentas entre las resfriadas callejas de este ovillo de hojalata y mugre que ha perdido su rutilante esplendor a la luz ciega de un día de lluvia que engendra ríos que no, no dan a la mar.

La amenazante combustión de los carros, micros, trufis, taxis y motocicletas, redecora la atmósfera con su brochazo de polución congelada, acercando el cielo, reproduciendo el mal presagio de la tormenta que arrecia, aquí, a la vereda del adoquinado inexacto de estas calles inundadas de negocio y trapicheo en que los recortes exactos de los pies de los carteristas dibujan expresiones de sorpresa en la boca muda de los bolsillos mientras los puestos de comida exhalan su niebla de especias y giran de nuevo su cruel ruleta de hambre atrasada y sabor indefinido, a la orilla, ya digo, de una confusión de arroyos salvajes que en ninguna bahía desembocan.

Pasear el caos por entre la anarquía húmeda de La Cancha, en día de feria que también es de lluvia, y abandonarse al flujo efervescente de la vida que fermenta en las irregulares bolsas de la compra, en los ajados tenderetes de las brujas, en las turbias miradas de los bandidos, en los improvisados puestos ambulantes, en el baile mendigo de las cholitas niñas, en el desorientado caminar de los turistas, en la antediluviana superficie de los billetes, en el sonoro asedio de los charlatanes...pasear tan sólo y envenenar los pies de lluvia sucia...y el pensamiento de gozosa ausencia.

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Epílogo superfluo

el mercado de La Cancha nunca duerme, siempre bulle de vida y comercio y, a pesar de los firmes pasos con que la dictadura del mercadeo indecente ha comenzado a caminar en tierras bolivianas, sobrevive aún con las reglas del precio justo como única ley no escrita. El mercado no es paseo de oropel falso creado para engañar las conciencias del comprador adinerado, sino un lugar de encuentro más cercano al antiguo trueque al que acude la casi totalidad de la ciudadanía cochabambina, independientemente de su condición económica. Todos los día, ya digo, La Cancha funciona, pero es en los días de feria (miércoles y sábado) que sus callejas se sobrepueblan de productos y personas. Ni la lluvia ni ningún otro fenómeno meteorológico, independientemente de la incomodidad que puedan añadir al ya de por sí incómodo deambular por sus inacabables senderos de lata, barro, polvo, piedra y mugre, frenan la actividad de La Cancha

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Publireportaje

a continuación un documento audiovisual excesivamente amable manufacturado por algún ente turístico de la ciudad de Cochabamba...si bien su visión no es desdeñable recomiendo al lector curioso emprender pesquisas en "la red"...en esta ocasión les ahorraré mi versión fotográfica...quizás en otro momento

                             

martes, 8 de enero de 2013

el criminal regresa al lugar del crimen

No ha pasado mucho tiempo desde que inauguré con una semblanza de David Bowie, ese alienígena, lo que prometía ser sección imprescindible de una revista imprescindible de nombre Achtung! Lamentablemente he de repetirme insistiendo en que corren malos tiempos para la lírica. La revista no tiene el éxito que merece...allá aquellos que prestan oídos sordos a la grata lectura del buen periodismo!

Y es hoy, un día después del 66 cumpleaños del extraterrestre en cuestión, tras conocer la grata noticia de su glorioso regreso a la música, que decido incluir en esta bitácora dicha semblanza. Afortunadamente, Bowie, de nuevo ha traicionado sus propias convicciones y ha vapuleado su imagen de aristócrata francés.

Advierto: es texto largo. Aconsejo, como siempre, si no leerlo, si al menos llegar al final del mismo donde, como es habitual, espera lo mejor: el video con la nueva canción del Maestro...que ustedes lo disfruten!

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DAVID BOWIE, ESPÍRITU FRANCÉS

Fue mediado el siglo XVIII cuando se instauró, entre las personas de la alta sociedad francesa, la costumbre de retirarse de un lugar de reunión sin salutación alguna, sin despedirse. Tales extremos de corrección alcanzó la impostada despedida que pasó a considerarse de mal tono el marcharse diciendo “adiós” (más bien adieu, hablamos de Francia). Se permitía al que iba a ausentarse hacer aspaviento que pudiese iluminar el motivo de su partida, tal que mirar el reloj, por ejemplo, pero bajo ningún concepto hacer pública una normal despedida.

Hace ya unos años que David Robert Jones, más conocido como David Bowie, dejó la escena musical como si de uno de esos aristócratas franceses se tratase, sin ni siquiera mirar el reloj. Quizás haya dado otras señas y no las hayamos percibido. Quizás sólo asume un nuevo álter ego, uno más de los muchos que ya ha llevado a escena.

Ha sido la carrera de Bowie, efectivamente, una diabólica sucesión de transformaciones y metamorfosis, en cada una de las cuales ha querido, el artista británico, asumir un nuevo nombre, una nueva máscara tras la que poder ocultar su verdadera personalidad. 

Ya desde joven, tras haberse iniciado en el mundillo rockero de los años ’60 del pasado siglo colaborando, al saxo, con diversos grupos de blues, quiso el artista sufrir su primera transformación. Abandonó bandas y nombre, en busca de una fama que aún se le resistiría un par de años. Para evitar equívocos y posibles comparaciones con un grupo de cierta fama por aquellos tiempos, Davy Jones & The Monkees, adoptó el nombre de David Bowie, en honor al cuchillo que popularizó el mercenario estadounidense Jim Bowie, y ya nunca más volvió a utilizar el apellido con que sus padres le hubieron bautizado.

Como forzado por el cambio de apelativo, se sumergió Bowie en una disciplinada alteración de los sonidos típicos de la época hasta dar a luz a Space Oddity, una épica canción en la que narra cómo el Mayor Tom pretende comunicarse con la Tierra desde algún punto inconcreto del espacio exterior en que la nave que tripula ha quedado varado, suponemos, para siempre. La canción fue lanzada a las ondas radiofónicas en 1969, cinco días antes de que despegase el Apolo XI y se cambiase, para siempre, el transcurso de la civilización occidental con la llegada del hombre a la Luna. La supuesta coincidencia sirvió para que Bowie comenzase a jugar con la mitomanía del público, presentándose ante las cámaras como un ser andrógino llegado de algún lejano e ignoto planeta.

A partir de entonces nada sería igual en el mundo de la cultura popular. Bowie no se limitó a copiar las burdas hechuras musicales y de guardarropía del glam rock, como algunos aseguran. Él dio un paso al frente para situarse en vanguardia de todos aquellos músicos que pretendían desechar del orbe rockero la imagen macho del cantante aguerrido y castigador. Se atavió con largos vestidos de mujer y empleó a fondo su voz de falsete, pero sin olvidar los timbres graves con que la naturaleza le había dotado. Podemos afirmar que fue Bowie y sólo Bowie quien trajo la moda al rock. Podemos afirmar que fue Bowie y sólo Bowie quien llevó al paroxismo la identificación de los fans con su estrella predilecta. Él encarnaba todas las necesidades de autoafirmación de una juventud desorientada en sus roles sociales, políticos, religiosos y, sobre todo, sexuales.

Durante este tiempo, amén de en una virtuosa estrella de rock, se erigió en artífice de tres discos imprescindibles para todo aquel que desee comprender la evolución del rock’n’roll: Space Oddity ó la psicodelia adiestrada, The man who sold the world ó el hard rock bisexual, Hunky Dory ó el pop experimental de laboratorio.

Suficiente para cambiar y diversificar, para siempre, los caminos que la historia de la música popular deberían recorrer en las siguientes décadas. Y suficiente para que el músico acabase hastiado de su propia creación y decidiese tomar un nuevo rumbo y asumir una nueva personalidad.

Ziggy Stardust. Con una imagen inspirada a partes desiguales por las drag queens de la Factory de Warhol, los actores del teatro kabuki japonés y los desquiciados drugos de La Naranja Mecánica, Bowie se presenta ante el público como un extraterrestre bisexual llegado a la Tierra para salvarla de la destrucción a que está abocada. Para ello se transforma en una especie de profeta rockero.
1972 fue el año en que el público asistió atónito a la eclosión de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, uno de los discos conceptuales más aclamados de la historia del rock. No contento con la amalgama de guitarras afiladas y sensuales cambios de ritmo con que aderezó su nuevo artefacto sónico, Bowie decidió sacar a pasear por medio mundo a su nueva criatura, en un espectáculo deudor de las sesiones cabareteras del Berlín de entreguerras pero que también anticipa toda la pirotecnia y fantasía del futuro stadium rock.

Pero, siguiendo al dedillo la historia que el conceptual álbum relata, Bowie dió ceremonioso entierro a Ziggy el 3 de julio de 1973, en un concierto que convertiría en filme para la posteridad el director D.A.Pennebaker. El responso final del mesías alienígena del rock respondía en realidad al fin de gira de presentación del álbum Aladdin Sane. Consiguió en aquella época el genial músico poner en pie, a la par, a dos de sus álter egos: Ziggy Stardust, la pansexual estrella de rock, y Aladdin Sane (juego de palabras a partir de “a lad insane”: “un muchacho loco”), un prototípico ejemplar de músico del porvenir. Un porvenir, que ya ha llegado, en que las armonías de raíces rhythm’n’blues fecundan plácidamente con las vanguardias melódicas más extremas, desde el free jazz al avant garde futurista. De esta manera moría Ziggy pero permanecía Aladdin, que se despediría con un exquisito álbum de versiones en que el artista rendía sentido homenaje a sus ídolos musicales de los ’60, desde los Pink Floyd de Syd Barret, hasta los Kinks de Ray Davies, haciendo una discreta pero sobrecogedora pausa en la desgarrada voz de Jacques Brel y su Amsterdam, primera y discreta muestra, quizás, del espíritu francés del músico británico, aunque en esta ocasión escogiese a un cantante belga. Lamentablemente, esta deliciosa versión sólo se publicó años después, como pista adicional no incluida en el LP original.

Revestido ya de la suficiente popularidad, Bowie se instala en los Estados Unidos, instalando a su vez, allí, su cohorte de paranoicos seguidores/imitadores. La deriva musical que toma en aquellos tiempos le conduce por los senderos del funk y el soul, quizás en premeditado agradecimiento a los ritmos que con más fuerza golpeaban las listas de éxitos de la música norteamericana. Retomando sus visiones apocalípticas, Bowie da a luz, al épico 1984, pretendida banda sonora de la obra literaria homónima de George Orwell. Anclado en una fangosa adicción a la cocaína, el músico continúa su deriva hacia las músicas negras con Young Americans, en 1975, y la culmina al año siguiente con Station to Station, álbum en que da un nuevo giro a las bases tradicionales utilizadas en los ritmos más obvios para aderezar, en esta ocasión, el soul con sonidos tecnológicos cercanos al krautrock. Consigue pues, nuevamente, subvertir las normas no escritas de la música rock y se viste los ropajes de un nuevo álter ego, El Delgado Duque Blanco: un nuevo ser alienígena, inspirado en esta ocasión por la película de Nicholas Roeg que él mismo interpretó: El hombre que vino de las estrellas. La gélida y elegante presencia de este flamante extraterrestre se agranda, contradictoriamente, con la cadavérica estampa de un Bowie consumido por la adicción a la cocaína. Asistimos también a una eclosión de las mejores cualidades vocales de un artista que comienza a tomar distancia respecto a las estridencias del falsete que le había ganado tantos acérrimos seguidores. Madura la voz grave y profunda del maestro en un extraño momento. Época de paranoia la del Delgado Duque Blanco, un personaje desquiciado que coquetea con la mitología nazi y con las más duras de las drogas que mordisqueaban a la juventud de la época. Pero cabecilla también, sin saberlo, de una marea juvenil que arrasaría el orbe: el punk.

Su regreso a Europa, almidonado por los efectos de los narcóticos, le lleva a unirse en Santa Compaña a un alucinado Iggy Pop, al que produce los mejores de sus álbumes durante aquella época. Pero también se une a un visionario Brian Eno con el que, mano a mano e influenciado por los años que viviría en el barrio de Schöneberg, en el Berlín occidental, dará vida a una de las trilogías musicales más rompedoras y reveladoras de la historia de la música rock, formada por los álbumes Low, Heroes y Lodger. La experimentación en estos tres discos es total y Bowie arriesga hasta el punto de tener que batallar con la oposición de su discográfica a que sus nuevas “criaturas” vean la luz. Sus iluminados desvaríos musicales en la Berlin Trilogy van desde la utilización de abstractos pasajes sonoros en que la letra es aleatoria a ensortijados extractos armónicos basados en escalas musicales importadas de Oriente, pasando por la experimentación con el ruido blanco en que la densidad de todo espectro sónico adquiere la misma potencia. Nuevamente Bowie se coloca en vanguardia de las tendencias que habrían de invadir las ondas radiofónicas en el futuro inmediato, y se viste en este caso los ropajes de un nuevo álter ego, el Lodger o “inquilino”, un sin hogar demente víctima de las dictatoriales reglas que la tecnología impone en aquellos años de ruptura y avance social. En el corazón de todo amante de la música queda ya, por siempre, Heroes, ese himno atemporal.

Con firmeza pero sin estridencias, Bowie comienza a inocular, en su música, la preeminencia de la guitarra, tamizada aún por los sonidos del sintetizador, para recuperar a su Mayor Tom, en el álbum de 1980 Scary Monsters. Encontramos ahora a un Mayor Tom regresado a la Tierra, tras años de vagabundeo estelar, y convertido en un yonqui maltrecho y moribundo.

Como desconcertante podemos calificar la deriva musical que le llevó, en los ’80, a coquetear sin ningún rubor con los vacíos ritmos discotequeros que invadían las pistas de baile y abultaban los bolsillos de productores que germinaban éxitos flor de un día como el que fabrica galletitas repletas de productos tóxicos decoradas con la sonrisa juvenil de un héroe de dibujo animado. Bowie había descubierto sus muy otras inquietudes artísticas: el cine, la pintura, el diseño, y se entregaba a ellas convirtiendo su música en una mecánica máquina de hacer dinero. Pasó del pop más hueco al heavy metal más cazurro sin ningún tipo de rubor, para instalarse de nuevo en la música electrónica, en esta ocasión al amparo de la ola de estridentes ritmos industriales que arrasaba el mundo a principios de los ’90. Podemos salvar, de esa década ruinosa en lo musical, la permanencia en las letras de sus canciones de esos conceptos filosóficos y cuajados de referencias literarias que tanta fama le habían dado. Afortunadamente, la alquimia de Brian Eno vino a situarle de nuevo en la vanguardia del sonido al producirle éste el álbum Outside, en 1995, gérmen abortado de una nueva trilogía musical en que, a modo de ópera rock, se habrían de narrar los crímenes de un artista asesino. Dos años después nos regala Earthling, un agresivo y barroco álbum impregnado en paisajes sonoros cuya base musical es el drum’n’bass.


Se arrastra el músico ya, más que deslizarse, en el nuevo siglo, decorándolo con algún que otro pespunte creativo, como aquel Heathen del 2002, postrera seña visible de su genio, antes de escupir su último álbum de estudio hasta la fecha, un clasicista Reality que sólo da pie a la consiguiente gira, la última en la que los humanos tienen la fortuna de poder ver en directo al alienígena más controvertido y creativo que jamás haya pisado el planeta Tierra.

Después…la despedida que nunca se materializa y, como broma final, su colaboración con la actriz Scarlett Johansson en un vergonzoso álbum de versiones de Tom Waits. No culparemos al maestro. Quizás sólo está avanzando alguna nueva tendencia que nos negamos a admitir, como cuando a finales de 1977 acompañó, a la voz, a Bing Crosby en una versión imposible del navideño Little Drummer Boy que, cinco años después, se convertiría en éxito de ventas y recuperaría al avejentado cantor de Las Vegas como prototipo de un sonido que nunca debió desaparecer. Claro, que la Johansonn no es Bing Crosby pero…quién sabe.

Ahora, sólo nos queda esperar que Bowie regrese, aunque sólo sea por ponerle nombre a ese aristócrata francés que ha dejado la escena musical sin despedirse como es debido.

(todas las fotos de David Bowie incluidas en este artículo son cortesía de "la red")

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domingo, 6 de enero de 2013

poemas de la quietud (envenenado por Greg Dulli)

De nuevo me sorprende la noche a medio vestir o medio desnudo, qué más da, ya no importa, a nadie sorprende mi escueto fulgor de huesos a medio hacer y piel desteñida en tiranteces que no albergan más futuro que una partida de dados jugada con las esquirlas de mi osamenta...y sin nada que decir y nadie a quien hablar decido darle al play de nuevo y escuchar las melodías que compusiese Greg Dulli para mejor glosar la glosa salvaje de la desverguenza...los Suplicios del Amor que dijese el Divino Marqués...qué sé yo, que no me entiendo, por qué intento hacer poemas con la rebaba prolija de mi desnudo deseo...sólo, de nuevo, puedo invitaros a hacer sonar la melodía...ignorad mis palabras pero no ignoréis la música que, como siempre...rubrica el final del poema (deja siempre lo mejor para el final...alguien me dijo)

bucles de viento
inexacto
equivocando esta noche
que no quiere despertar

mordiscos de escalofrío
rebanando este cansancio
que me acompaña
al girar

sobre la almohada
entre las sábanas

y tú
respirando calma

con la quietud
del sueño inocente,
mientras yo enhebro
otro cigarro
con la hierba inconsciente
que me hará perder el arrullo
de la realidad 

y susurrar
buenas noches
mientras, 
desorientado,
 beso el murmullo
de tu cabello 
al despertar


                                          My Curse by The Afghan Whigs on Grooveshark

jueves, 27 de diciembre de 2012

blanca Navidad

Las calles de Cochabamba se desperezan al ritmo inexacto de correteos infantiles. Ha llegado la Navidad y, con ella, centenares de familias que mascullan, entre cariadas y hambrientas dentaduras, felicitaciones y limosneras súplicas. Han bajado de los escalofríos nevados de la cordillera. Han llegado de la marea estanca del campo. Vienen del lóbrego poblado de madera crujiente y pan de ayer, a esta tormenta inversa de cemento y vidrio que es la ciudad. Abandonan paraísos como prados para sembrar destellos de lacerante indigencia aquí y allá, entre los adoquines, a la sombra del tráfico, a la puerta de los mercados y entre los labios de las alcantarillas. Y llegan acompañados de sus retoños, que convierten la tragedia de la mendicidad en una comedia de juegos inconscientes, sonrisas dinamitadas y miradas de peluche.

Vienen a la ciudad porque esperan arrebatar a sus habitantes la limosna que les asegure la continuación de los días. Creen ferozmente que hallaran la bondad de sus compatriotas jaleada por esta marea de paz y solidaridad universales que la Navidad, ¡ay!, debería instaurar en los corazones humanos, si de honrar las prédicas de su inventor se tratase. Atestan las calles con sus ropas de carestía y sus proles de apetito, rebalsan en las aceras la marea inconsciente del consumo y la podredumbre, tan callados, ocupados tan sólo en su mano alzada al transeúnte, a la espera de monedas, migajas, prendas de vestir que les desvistan el miedo a un futuro que, en su caso, llega con adelanto. Tan en silencio, ya digo: sigilosos como el rugir de una tormenta abortada por los caprichosos designios de la polución. 

Es así que, en Cochabamba, como en cualquier otro lugar (me temo), los desheredados del banquete universal buscan entre la multitud la gema silenciosa de esta minería de escarnio en que convertimos, los humanos, la dulce Navidad

...hambre y progreso...¿para qué uno sin el otro?, ¿con qué motivo? 
...lo ignoro, no tengo respuestas, tan sólo pregunto...

Vienen de los cerros, de la verticalidad horrenda de cordilleras sin mañana, de los pastos incendiados en ignominia de un progreso que ignora lo verde, lo claro, los valles, los cielos. Vienen de la ciudad subterránea para invadir nuestras calles con sus andrajos y súplicas de pan y moneda. Aquí, ya digo, como en el resto del orbe: el pobre aprende del rico que éste debe refregar su conciencia en la piedra maloliente de la limosna y el favor. Es por ello que bajan a la ciudad sin límites con un fronterizo rezo demoliéndoles la dentadura. Es por ello que invaden las acequias de hormigón y ladrillo en busca de la migaja que nos sobra o no nos place. Mendicidad latente de la Navidad y la Buena Nueva. Mendicidad oculta entre los rieles de ferrocarriles que conducían al futuro y quedaron en mero atropello de fraternidades y comunes esfuerzos.

Ha llegado la Navidad, ya digo, con su manto maloliente de pavos asados y cebones sacrificados a la mayor gloria de la gula y el exceso. Ha llegado la Navidad, en el día, para replegar su manto de banquetes desperdiciados, en la noche sucia de cartones remendados y pies ateridos en que habitan los habitantes de la montaña, los montaraces supervivientes de la cordillera, los desheredados...los conocéis, vosotros que habéis tenido el valor de enfrentarles la mirada. 

Ignoro si es mejor cristiano el que les ofrece la dádiva de la limosna y el mendrugo de pan (siente a un pobre en su mesa) o el que se niega a siquiera mirarlos para no favorecer su inactividad pordiosera (la igualdad no es posible). Sólo creo poder comprender que ellos también anhelen el tiovivo de electrónicas y lujos a que nos someten (a unos y otros) los voraces dueños de mercados, bolsas y gobiernos, y tal vez sea éste el verdadero mensaje oculto del dios de los cristianos: la igualdad entre los hombres y, por supuesto dejad que los niños se acerquen a mí, independientemente de que calcen zapatos de barro y vistan túnica de lamparones.

La Navidad, en Cochabamba, no es blanca...salvo por el refulgente latigazo de este sol de mediodía que amenaza devorar las noches.

sábado, 15 de diciembre de 2012

breve historia del circo (3)

Fue a mediados de los años 30 del pasado siglo (si la memoria, ingrata, no me falla) que Tod Browning llevó a las pantallas las desdichas y alegrías de una heterogénea troupe de personas cuya constitución física les situaba, a ojos de la sociedad, más cerca del animal o la anomalía que del ser humano.
Esta joya del séptimo arte llevaba el título de Freaks, palabra que el mundo anglosajón comenzó a utilizar para denominar a aquellas personas con apariencia o comportamiento sorprendentemente inusuales. 

Tod Browning rodeado de algunos de sus actores (cortesía de "la red")

Si bien en su origen la palabra se utilizó como un apelativo mayormente despectivo, bien es cierto que en la actualidad puede llegar a convertirse en elogio. Esto sólo puede ser muestra de la esquizofrenia galopante del ser humano "moderno" que se inmiscuye vulgarmente incluso en los irracionales vericutos del lenguaje.
Independientemente del cariz con que se pronuncie la palabra de marras, a nadie se le escapa la certeza de su estrecha vinculación con los "fenómenos" que comenzaron a ser mostrados, allá por el siglo XVI, bajo carpas y tenderetes, junto a buhoneros, magos, trapecistas, embaucadores y malabaristas.

Podemos afirmar, pues, que fue ya por aquellos lejanos años cuando el circo comenzó a incorporar a su caravana de sorpresas y milagros, todo aquello que pudiese alimentar la gana que atesora el hombre (al menos el que vive en sociedad) por lo inusual y grotesco, por doloroso que pueda llegar a ser. El paralelismo actual más fiel serían los "circos" televisivos en que asistimos al evidente desequilibrio mental de personajes que no tienen el mayor reparo en exponer ante las cámaras su carencia de raciocinio y sus intimidades más vergonzosas, sólo por obtener a cambio un puñado de monedas. La diferencia de estos con los freaks que fueron paseados por pueblos de medio mundo, bajo la circense carpa del hambre y la miseria, es que aquellos eran bien conscientes de que sólo podían, para subsistir, convertir su monstruosa condición en fuente de ingresos.

Así se exhibieron durante siglos el hombre de dos cabezas, la mujer barbuda, las siamesas unidas por el mentón, el hombre sin brazos ni piernas, la mujer de múltiples senos y un largo etcétera de desdichados seres humanos a los que Madre Natura había decidido jugar una mala pasada.

El bueno de Tod Browning realizó su imprescindible largometraje como un acto de justicia poética que reintegrase la dignidad a estas personas, y tuvo que enfrentar la censura y recriminación de los mismos ciudadanos que se agolpaban aún a las puertas de una carpa en que se exhibían las vergüenzas del avergonzado Hombre Elefante, por ejemplo. Pensarían los magnates de Hollywood que bien estaban estos seres deformes recluidos tras las celdas del espectáculo pueblerino, pero que jamás deberían aparecer en sus rutilantes pantallas de dólar y postiza belleza...o que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

En la actualidad continúa el Circo deambulando el globo terráqueo para sorprender a propios y extraños con su arsenal de florituras y desconciertos, pero tiempo hace ya que fue prohibida la lucrativa exhibición de aquellos cuerpos que habían tenido la desgracia de nacer contra la norma.

Pienso en Freaks y en Tod Browning, no obstante, y mi cinefilia (imagino) me hace pensar que, hoy día, cualquier circo que de tal se precie, debe seguir contando entre sus filas con algún que otro freak, alguna anormalidad...

Vivo rodeado de niños que realizan espectaculares piruetas, tragan y escupen fuego, se desplazan en monociclo, por calles mal adoquinadas y terrados irregulares, con la habilidad que lo hace el astronauta veterano por las cavidades abdominales de su cápsula espacial. Vivo rodeado de magia e ilusión, a  la sombra de un circo que aún no lo es, junto a unos poetas de la acrobacia de la edad (y menos) de ese otro poeta que con su furia adolescente y sabia vino a poner patas arriba la Historia de la Literatura...sí, hablo del joven Rimbaud, ¿cómo no? Vivo inundado de sorprendentes anomalías, a la deriva en una marea de geniales rarezas: las de unos niños que en edad de jugar con canicas lo hacen con fuego y cuchillos, y exhiben con orgullo, bajo la carpa inconsciente del cielo metropolitano, sus lenguas de lumbre y sus brazos de vértigo y filo, le deliciosa anomalía de su diestra habilidad. El público presta atención, más sorprendido por el hecho de que sean niños, de su talla breve y su sonrisa desaseada, que por la profesional ejecución de sus números circenses. El público se acerca y descubres en su mirada una mezcla de admiración y desprecio...la misma, supongo, con que se asomaba el público de antaño al abismo doloroso de un rostro aquejado de elefantiasis.


¿Es admiración o morbo lo que genera los aplausos? ¿Son estos niños los nuevos freaks? No tengo respuestas, sólo muchas dudas, y la certeza de que cuando los chicos actúan frente a un público infantil, frente a un nutrido grupo de niños tan niños como ellos lo son, desaparece esa mirada ambivalente en los ojos de quien admira el espectáculo. Los niños ven a estos jóvenes poetas como lo que son: profesionales de la magia y la fantasía.

Igual Tod Browning, que enfrentó a su troupe de actores deformes con la límpida mirada del igual. Eso era demasiado pedir a los hipócritas espectadores de la época, tal vez también lo sea para los hipócritas espectadores de hoy día. Porque sí, aún existen los freaks en el circo, yo los conozco y son tan humanos como usted. Claro, son quizás demasiado pequeños para andar ganándose la vida de manera tan arriesgada, pero es que no todos nacen bajo el signo de la opulencia.


domingo, 9 de diciembre de 2012

poemas de la quietud (a la sombra de Nick Drake)

unas gotas de alcohol y una copa de Nick Drake es todo lo que necesita un pobre imbécil como el que escribe para poner en marcha la roída bicicleta de la melancolía...ignorad el poema pero no ignoréis Cello Song...ensancha el alma...eso sí: la canción está al final del poema...una burda manera de forzar su lectura, lo reconozco, pero ahora que ya lo sabéis...podéis ir directamente al final...sin olvidar, por supuesto, que debéis darle al

                                                                    !!play!!

I

las nubes danzan
rumbas tristes
y las señales
de luz, ahora,
son tan sólo
una quimera

sorprendo el vuelo
aguerrido
de la golondrina
que no me trae
noticias
de los viejos amigos

sucumbir a una edad
de esperanza
pero sin vuestro abrazo
es duro


enfrentar las pesadillas
y no poder
compartirlas
es duro

                                           'Cello Song by Nick Drake on Grooveshark

domingo, 2 de diciembre de 2012

cumbia colombiana

a Naikel, Jenny, Fer, Edgar...a todos los que van y vienen...porque siempre están regresando

Hay personas que recorren los senderos que la mayoría decide ignorar. Espíritus, no libres, tan sólo espíritus que se reconocen como tales y como tales deciden vivir.
Hay personas que deciden beber a dentelladas la vida que nos es dada. Almas sin pena que por la pena ajena vagan para mejor curarla.

Sí, existen personas que sin miedo a los candados, que no encuentran amarrados a frustrantes ansiedades fabricadas para cercenarnos los sueños y la ebriedad del silencio, la mirada y el tiempo con su etiquetado tictac de fragores ruinosos y envejecimientos prematuros.

Allá, lejos, donde nací, y donde tantos de ustedes lo hicieron, y tantos otros ahora moribundean las horas que les regalaron una noche de pasión un par de personas que sólo jugaban a reconocerse en sudores, latidos, crujidos de una piel efervescente de amoroso murmullo, allá, lejos ahora, ya digo, continúa la danza farsante del prestigio que anida en ropajes de nombre voluminoso y talla escueta, el delirio imbécil de las cifras que nada dicen aunque pretendamos que nos digan y hagan de nosotros algo que no somos para mejor amedrentar al extraño, al otro, al amigo incluso. Bailan y siguen y seguirán bailando las desalmadas almas que dejaron de serlo, rodeadas de otros fantasiosos espectros engalanados de oropel y burda burla hacia el que no tiene, el que no posee, el que no sabe, mientras existen personas que confían en que todos tenemos derecho a saber...revolucionaria creencia en estos días de pelea y hambre...

Aquí, ahora, acá, en estas tierras que alguien quiso nombrar américas y algún otro hispanoamérica, latinoamérica, qué más da el distintivo, qué nos importa el dominador apelativo. Digo que aquí, ahora, ya, andan recorriendo sendas y vagabundeando abrazos, personas que creen en las personas y que despiertan de un naufragio de sangre guerrillera en que se hundió un día la semilla de la esperanza, la fantasía de la igualdad, la quimera de la vida en paz hermanada a la Pacha Mama. Allá se ríen, ya lo sé, y les llaman perroflautas, costras, vagos, maleantes (reminiscencias de una ley antigua que, ¡ay!, reverdece estos días), y un sinfín de apelativos que no son muestra más que de la estulticia mental y la ciénaga imaginativa en que chapotean los motores de sus deportivos, las valías de sus chequeras, los desvelos de sus multimillonarias hipotecas. Lamentablemente el insulto y la mofa sólo son producto del miedo, ni valor tienen los que ofenden para defender unos planteamientos prestados por los esclavistas propietarios de la moneda y el odio.

Pero hay personas, ya digo, que no necesitan más techado que el festival de nubes, iluminaciones, tormentas o calimas con que les provee esta bendita tierra que gustan de festejar a cada uno de sus pasos. Llegan de Colombia, abandonando cumbias, tiroteos, guerrillas desprestigiadas, paramilitares feroces, sólo para recoger esencias, mezclarlas en su mochila de sueño y esperanza con un puñado de harapos, y regresar engrandecidos por la humildad del poeta y, como el poeta, para regalar, no para pedir ni mendigar, ni mucho menos exigir. También abandonan tangos argentinos laburados a la sombra de una traición femenina, o corridos mexicanos que celebran la existencia a punta de botella de mezcal. Otros llegan de ese Madrid que en ocasiones añoro, un Madrid de abrazo y malabar de sonrisa tierna funambulista sorteando el precipicio, entre la carcajada y el beso. Llegan de todas partes, vienen y van, marchan los caminos con la voz alegre de canto y el espíritu libre de cadenas.

Lo sé, por allá se ríen de ellos, en cenas de lujo y celebraciones de relumbrón. Pero ellos tienen la llave y nos enseñan que podemos cruzar umbrales, puertas, senderos, vidas para hallar que la nuestra sólo se sostiene por un puñado de necesidades básicas a las que deberíamos regresar antes de descubrirnos muertos.

Ellos ya dan las gracias, a cada paso, con cada acorde. Yo no sé. Me queda grande. Espero no me culpen por mi torpe intento...mejor le dejo la voz a los poetas